Restaurante Casa Vieja – Etxe Zaharra (Vitoria). Asados durante el Azkena

Foto tomada de minube.com

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Pese a estar a 70 kilómetros de mi casa y de yo no tener coche, el restaurante Casa Vieja es uno de los que más he visitado por la calidad de sus asados, lo generoso de sus raciones y lo ajustado de su precio. Es de mis restoranes fijos e infalibles, y eso que empecé con mal pie: debuté ahí sin reservar (hay que hacerlo para los asados), insistí en comer cordero e intentaron que desistiera, pero como yo culo veo culo quiero (como me decía el abogado Paco) me puse burro y me sirvieron al abuelito del rebaño, al patriarca ovino de insípidas carnes duras. Pero como Dios aprieta pero no ahoga, al de mucho tiempo repetimos en el Casa Vieja, nos salió bien la jugada, y hasta hoy.

Ahora frecuento ese caserón de dos plantas, paredes salmón, vidrieras de colores, añejos muebles macizos, vigas de madera a la vista, etc. El Azkena de 2009-2010 comimos ahí a la carta dos días y uno nos invitaron al postre. A Susana le encanta el Casa Vieja y a menudo recuerda las medias raciones de jamón estupendo en cantidad para hartar que hemos compartido ahí, o esa ensalada con queso de cabra gratinado que a ella le costó acabar. Una selección nuestra habitual es pulpo para abrir y compartir, yo un asado de cochinillo o de cordero en horno de leña, ella un pescado (por ejemplo ‘Medallones de rape con jamón sobre salsa de carabineros’), de postre quesito también a compartir, y ella agua y yo 50 centilitros de Rioja reserva o crianza (hum… releo la carta de su web y pienso que hemos de salirnos del sota, caballo y rey ante sus numerosas alternativas de entrantes y pescados).

La única pega es que el local radica en pleno casco viejo y debes atravesar el degradado territorio comanche de los borrokas y los perrofláuticos. Os juro que la última vez que lo crucé me vio un borroka con camiseta de ‘Independentzia’ y señalando la lejanía igual que Cristobal Colón espetó: «¡Hostia! ¡Al Azkena!». Más que miedo me entró la risa y me descojone al ritmo de mi camiseta de los vallisoletanos Hula Baby. El caso es que durante el 10º Azkena Rock Festival visitamos tres veces el Casa Vieja. El jueves 23 de junio reservaron Bruno, Tsustas y mi hermano Igor y por 106,81 comieron esto: una ración de ‘Morcilla a la brasa con mermelada de tomate y puré de manzana’ (8,5 euros + IVA), una segunda ración de ‘Croquetas de boletus edulis con reducción de Pedro Ximenez’ (11,5; Tsustas se quejaba al día siguiente: «Eran ocho croquetas y ocho pedazos de morcilla, y no sé por qué no había nueve si sabían que éramos tres»), luego dos asados de cochinillo y uno de cordero (16 cada uno; según Igor «sabrosos, tiernos y abundantes, con su ración de costillar en cada plato», pero Tsustas seguía quejándose: «Por sacar faltas digamos que la ensalada de acompañamiento era escasa»; y le respondió mi hermano: «No es que hubiera poca ensalada, es que había mucho cordero»; y yo pensé: «Y la lechuga para desengrasar los asados no te la cobran en el Casa Vieja»), y al final un postre doble a compartir (10,5; «biscuit de nueces flojo, flojo, y mousse de chocolate nada extraordinario»), todo con agua y una botella de Valserrano (14,5). En el fondo, todos contentos quedaron.

Menú del día

El segundo día del 10º Azkena, 24 de junio, acudí con Carlos para probar una experiencia en mí inédita: comer el menú del día en el Etxe Zaharra (se me ha escapado el nombre en euskera). Por 15 euros más IVA había cuatro primeros, cuatro segundos y tres postres, pan incluido (1,05 te cobran en la carta la ración de chapata rústica), agua incluida (a 2,75 en la carta) y un tinto cosechero de Rioja alavesa especialmente embotellado para el Casa Vieja por una bodega de Baños de Ebro (a 8 en la carta), un caldo de 12,5 grados, violáceo, olor y sabor a moras, y cuerpo poderoso. «Cojonudo», se manifestó Carlos.

De los primeros platos del menú descartamos los cogollos a la plancha con salmón ahumado, también la crema de bacalao con tostas de jamón, yo pedí pimientos rellenos de berenjena y cordero (cuatro piezas contenedoras de la potencia terrenal del cordero) y Carlos ensalada de coliflor y tomate con vinagreta de orejones (una señora ensalada que se emparejaba divinamente con el vino, un plato alegre, elegante en su rusticidad, con la coliflor como elemento menos destacado a pesar de ser el remate estético, una ensalada aliñada con justeza: «No está seca, ni mojada, ni salada», calibró Carlos.

Fueron estas raciones generosas, como las de los segundos platos. Descartamos la trucha en salsa con verduritas y los escalopines de carne euskolabel con pimientos verdes de Gernika, yo pedí medallones de cerdo ibérico con salsa de queso (me sirvieron bastantes medallones muy hechos, lo que les restaba sabor, con dos pimientos del piquillo, patatas panadera y una salsa estupenda que sabía más a carne que la propia carne), y Carlos, tachán-tachán, escogió gallo a la menier (Dios, qué envidia, era una pieza enorme, fresca, blanca, perfectamente cocinada, con patatas panadera con sabor a limón, un pescado que Carlos, profesional años ha de la hostelería, se desespinó de un tirón y con maestría; ah, en el menú escibieron ‘meniere’, que es una enfermedad).

De postre había cuajada, que descartamos, y Carlos pidió helado y le trajeron una tentadora copa con nueces ricas, chocolate natural y helado de vainilla. Yo me comí el último goxua de la casa que les quedaba (en la carta lo tienen a 5 euros…; es que merece la pena comer el menú si eliges bien), un goxua exquisito, nada empalagoso, en dos estratos; arriba la crema, abajo el bizcocho. A los cafés nos invitó la casa (lo cual nos empujó a dejar propina: yo, para no variar, guardaba calderilla por menos de un euro, pero libramos gracias a la aportación carlista) y mientras los sorbíamos le planificaba a Carlos: «Un día que haya bolo guiri en el Pabellón Universitario vitoriano subimos desde Bilbao en bus, comemos este menú del día, nos tomamos unos gin tonics en la calle Dato, vamos a comprar vino al Cortinglés, después vemos el bolo con los estudiantes pribando birras a un euro, y que luego nos baje a casa mi hermano en su coche, que curra en Vitoria y es melómano». ¡Planazo!

Error en la factura

Y el sábado 25, el último día del reciente Azkena, Carlos y el menda repetimos en el Etxe Zaharra (diantre, se me ha pegado la nomenclatura euskaldun). Esta vez a la carta. Y nos ubicaron en el comedor de la planta baja, mi favorito. No sólo porque ahí se vean más chicas guapas, lo cual será casualidad, pues la clientela del Casa Vieja es transversal y ahí se alimentan con alegría de vivir familias enteras, compañeros de trabajo generalmente chillones, parejas con los tíos supertontos y, durante el festival, roqueros con posibles, camisetas negras, resacas y querencia por los chuletones de buey a la brasa (a 33 el kilo).

Ese sábado fuera de la carta había percebes y atún con salsa vizcaína, y dudé de picar este pescado porque me informaron que la lubina no era de mar (cuando tiempo ha la comió La Txurri estaba aparente, ¿eh?, pero ella ya le pilló el matiz; es que esta Susana tiene un paladar…). Para empezar Carlos y yo compartimos dos entrantes de la larga carta. Él propuso morcilla (me negué), luego croquetas (aquí igual hasta le contesté de malas maneras), él replicó que ensalada ya había comido la víspera (yo no soy de ensaladas, a mí lo sano me la suda), yo sugerí gambas porque tenían una pinta estupenda las de la mesa de al lado (ocupada por una pareja panoli), Carlos las rechazó porque no le gusta chupar, y menos aun en público (le da corte todo), y llegamos a una solución de consenso: pulpo a la brasa (13,5) y almejas con refrito (16).

El pulpo no falla en el Casa Vieja. Nos acercaron los dos tentáculos de rigor acompañados de patata en finas rodajas. Las extremidades olían a brasa y entraban de maravilla. Suponemos que antes cocerían el pulpo, pues se deglutía con suprema facilidad. Yo lo trinché y sajé los bracitos en trocitos de un centímetro de grosor, como recomienda el maestro Martín-Ferrand, y gozamos de un producto de calidad y sin alharacas que ni siquiera se acompañaba de pimentón. Luego llegaron las almejas, 13 según contó Carlos (por cortesía se debe añadir una a la docena, así se evitan errores de contabilidad), con su fino refrito de ajo, su limón que no interfería y su contundencia marina. Las sirvió Carlos con la maestría a una mano que le caracteriza.

Curiosamente, el vino, un Valserrano, alargaba su posgusto con las almejas. Habíamos elegido Valserrano crianza 2007, de color bonito, terroso al paladar, alcohólico según la nariz de Carlos (14º tiene, sí) y balsámico según la etiqueta de la botella y la pituitaria carlista. Es un tinto alavés de Villabuena y de corto recorrido, cerrado en sí mismo. Decantado se habría abierto un tanto y crecer. No me gusta el Valserrano y no sé por qué lo pedí. Eso que había Campillo y Luis Cañas a precio similar. El caso es que cuando miré el lunes 27 (dos días después) la factura para añadir su precio en este post, aluciné: ¡no nos cobraron el vino! Ostras: ¡ni el agua! A ojo, con el IVA, 18 euros que nos ahorramos. Juro por segunda vez en este post: no nos dimos cuenta. Esperemos que no me lo cobren cuando vuelva.

El Valserrano no resistió el empaque de los segundos, sendos solomillos. El mío sencillo (16), un trozo grueso que pedí al punto y debí haber requerido algo menos hecho. Estaba guarnicionado por patatas panadera, pimientos rojos que ya me saludan cuando me sirven el plato en este local y salteado de setas con pimiento, unas setitas sápidas y graciosas que aportan misterio y variedad a la carne. Durante la comanda la camarera (en el Casa Vieja curran sobre todo mujeres) me preguntó si deseaba alguna salsa especial, pero respondí que ya conocía ese plato y que estaba muy bueno (y aparte las salsas enmascaran los sabores, lo sabemos todos). Carlos pidió ‘Supremas de solomillo con foie fresco,hongos y salsa de frambuesa’ (19,5) y le sirvieron dos estupendas rodajas con un foie a la plancha por montera. Ahí podían comer dos personas y Carlos se manifestaba cada vez que se preparaba un bocado con setas, confitura, patata panadera, carne de ternera e hígado de ave: «¡Se nota el sabor de cada parte!».

Y de postre él pidió crema helada de café (correcto y mucho menos chulo e impactante que el helado del menú del día) y luego se tomó un café solo. Yo me conformé con un sorbete de limón al cava con mandarina, refrescante, excitante, afrodisíaco casi… Tras pagar a medias (Carlos dejó propina por su cuenta) y sin saber que no nos habían cobrado el vino (igual fue un regalo: ahí me han convidado a los postres, al café…), salimos al sol de justicia camino de los conciertos del X Azkena Rock Festival, a asarnos nosotros entonces.

(Espera que no le reclamen el vino Óscar Cubillo)

web del restaurante

ver ubicación

Calle Txiquita, 6; 01001 Vitoria-Gasteiz
945 146 565

5 Comentarios

  1. Oscar Cubillo /

    En tránsito hacia el Sur, Carlos y yo paramos en Vitoria para homenajearnos con el menú del día del Casa Vieja. Era martes y solo se ocuparon dos mesas con cinco varones, o sea en total 81 euros de facturación hicieron. En hora y cuarto nosotros gozamos con un vino de año asaz carbónico, agua y tres platos en el comedor de la entrada, con chimenea y reloj de pared. De primero descartamos los espárragos blancos a la plancha sobre salsa de salmorejo y la lenteja pardina ecológica con verduras, a Carlos le apeteció el hojaldre de morcilla y manzana, muy fino e integrado el dulzor, y yo probé una esmerada y generosa ensalada de chaca, algas y gambas, también con gulas y tomate y tal, que entró de cine. De segundo descartamos el salmón a la plancha con salsa al cava y el pavo encebollado con ciruela pasa, Carlos pidió secreto ibérico a la plancha con patata panadera con un chulito contraste entre la carne y el crujiente de la grasa, y yo me quedé con el gallo a la menier (siguen escribiéndolo meniere, como la enfermedad), bien presentado, con su justo sabor a limón y bastante grande. Y de postre, o sea de tercer plato, pasamos de la tarta de trufa y de la manzana asada y tomamos dos dulces de campeonato: mousse de queso exquisita con galleta verdadera en la base y un goxua de cortar. Y fumando puros salimos contentos del Casa Vieja y proseguimos el trayecto.

  2. Estuvimos en Casa Vieja por consejo de un amigo y desde la llegada ya nos empapamos del ambiente añejo, tranquilo y distendido del lugar. Enemigo del tiempo donde el reloj y el paso de las horas se vuelven secundarios, cruzamos el portalón con hambre y emoción a partes iguales. Muy bien ubicado en pleno Casco Viejo vitoriano, nos cautivó la decoración y el trato personal. Que mejor época que la medieval para degustar cochinillo, cordero, pulpo a la brasa (Un poquito más seco que el a feira pero muy rico igualmente), morcillas con su piperrada, etc…
    Quizás el que nadie nos dijera que se pagaba en el piso de abajo tras 20minutos esperando la cuenta fue un poco la nota negativa que le deja con un digno Notable en lugar de un sobresaliente. Repetiremos…

    • Gracias por tu detallado comentario, Gorka. Supongo que el detalle del pago que cuentas puede mejorarse, y para eso sirve también este apartado del blog, para hacer llegar a los responsables de los establecimientos sugerencias de mejora.

      LQCD. Manuel

  3. Hola!
    Totalmente de acuerdo con lo que cuentas del Etxezarra, a nosotros nos encanta.
    Hemos preparado un blog que creo que puede interesaros, http://disfrutavitoria.com en él recomendamos restaurantes y bares de pintxos en Vitoria. Esperamos que os guste!
    Un saludo.

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