El croissant, francés. Sin duda

Desayuno en Oloron Sainte-Marie (foto: Igor Cubillo)

Si yo fuera un croissant, que no lo soy, desearía ser francés. Ni  vasco ni español, gabacho.

Sirva esta declaración de principios, o de intenciones, o de vaya a saber usted qué, de excusa para mostrar al mundo la fotografía que tomé en la terraza del Hotel Alysson, en Oloron Sainte-Marie, durante un desayuno con el bombón que tengo por esposa. El protagonismo de la imagen se lo disputan los bellos croissants y la audaz gorriona que, lejos de achantarse ante mi entonces oronda figura, se permite el lujo y el desafío de pegar un tarisco a mi comida, pero yo prefiero el croissant. Porque para comerlo no hay que desplumarlo y porque, ¡oh la la!, en Francia los hacen mejor que en cualquier otro lugar del mundo. ¿Por qué? Ni idea. Pa’que negarlo.

¿Puede que sea porque lo inventaron ellos? Pues parece que no, porque dieron con él en Viena. ¿Porque allí priman las fermentaciones largas, no las industriales? No sé… ¿Porque aquí abusan de las grasas hidrogenadas? Aaaahh… ¿Porque sus pasteleros amasan con la mente puesta en su particular princesa del pueblo, que fue Brigitte Bardot, no Belén Esteban? Es posible. ¿Chi lo sà?

Sea cual sea el motivo, lo cierto es que comer un croissant en España y hacerlo en Francia no tiene punto de comparación, son experiencias propias de universos paralelos. En un 95% de los casos, aquí son monótonos, de textura compacta, alejada del mito del hojaldre, y tan insípidos que precisan ser cubiertos por siropes y almíbares agresivos y pringosos. Un homenaje comestible, o no tanto, a la producción en serie, a la mampostería y al todo vale.

En cambio, basta dejar atrás los Pirineos para entrar en esa otra dimensión gustativa, pues allí, en el 95% de los casos, son una exquisitez. En la pastelería más humilde y en el hotel más pomposo. Apoyas levemente la yema del índice y, además de que no se te queda pegado, escuchas un crujido, como el ronroneo de un gato al que acaricias. Solo el olor ya es sugerente y, una vez en la boca, sorprende (la primera vez) y satisface (siempre) con una delicadísima textura crocante, su ternura y un sabor a mantequilla casi abracadabrante. Nada empalagoso, sin atisbo de ranciedad. La excusa que necesitabas para visitar el país vecino. Y encima son más baratos. El colmo.

(cuchillo)

5 Comentarios

  1. Capel, auténtico crítico gastronómico de El País, pregunta a Torreblanca, repostero mayor del Reino (de Valencia) cuál es el secreto de un buen cruasán.
    Respuesta: La mantequilla. Los cruasanes deben tomarse recién hechos, tienen que sonar al morderlos. Se ha demonizado la mantequilla porque la mayoría se hacen con margarina. Yo suscribo la frase de Ferdinant Point, “Du beurre, plus du beurre et seulement du beurre” Pero lo bueno hay que pagarlo y atravesamos momentos difíciles. Nuestro gremio debe recuperar una honradez de la que carece. No se puede afirmar que un alimento se elabora sin conservantes o contiene ingredientes ecológicos cuando es mentira.

  2. Perro labrador /

    Parece que el comidista coincide con Cuchillo al ciento por ciento, para prueba, su polémico post ¿Por qué los cruasanes españoles son tan malos?”

    http://blogs.elpais.com/el-comidista/2011/02/por-que-los-cruasanes-espanoles-son-tan-malos.html

  3. un buen croissant, la perfección… tan poco accesible! Lástima

  4. Chapitude /

    Los croissant tiene una pinta estupenda, pero el contenido de esa tacita es achicoria o un horrible café?

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