Mesón Los Templarios y Villasirga (Villalcázar de Sirga). El silencio de los lechazos

Amo a Palencia. La amo con una carnalidad desbordada, como sólo se ama a las amantes que se entregan, en los días cálidos de verano,  con gotas de sudor que corren por los muslos,  arañazos en la espalda y gemidos.  Amo su Tierra de Campos  cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor. Amo su ocre tierra desnuda en el invierno. Sus palomares, que sirven para mucho más que el famoso Palomar en Palencia.

Su Canal de Castilla, obra maestra de la ingeniería y de la Ilustración que pretendió, sin conseguirlo, que esta España nuestra se pusiera a la altura de Europa. Amo sus casas de adobe, las glorias que las calientan y sus vinos jóvenes y sus bodegas.  Esa tierra horizontal, austera, religiosa sin aspavientos ni extremos. Un bella desconocida, un must para los vigilantes de aves, para los degustadores del mejor Románico. Para todos aquellos que creen haberlo conocido todo en la gastronomía española y no han probado la menestra palentina, sus sopas de ajo o, ¡sonido de trompetas y fanfarrias!, su lechazo.

Lechazo al horno

Lechazo al horno

Si el lechazo fuera caro o raro, si estuviera a punto de la extinción, los pijogourmets darían un huevo y parte del otro por degustar sólo una de sus paletillas. No hay nada que lo supere cuando está  bien asado. Lechazo de oveja churra, que no merina, criado en el pasto de verde de Palencia, vigilado por pastores y con mastines que lo protegen. Y entre todas las catedrales del lechazo hay una que destaca, aunque, hemos de reconocerlo, comer mal lechazo asado en Palencia es poco menos que complicado, es pecado.

Nuestro destino es Villalcázar de Sirga. Alcázar por su  relación con la orden del Temple y de sirga por aquellos que sirgaron las naves que surcaban el antes comentado canal. Los caballeros templarios construyeron la iglesia de Santa María en el siglo XII, un templo-fortaleza digno de ser visitado y casi adorado. Una belleza por la que el propio Camino de Santiago hizo un desvío para que los peregrinos se asomarán a su espectacular interior.

Y cerca, en la misma puerta de la Iglesia está otro templo. En este caso del buen yantar. El Mesón Los Templarios. Nuestra primera vez en este augusto mesón coincidió con una comida medieval en la que los únicos viajeros del tiempo fuimos nosotros. Entre Cides y Ximenas, Alfonsos sabios y Urracas corrieron cordero, jarras de vino y sopas de ajo. Nos divertimos y rendimos pleitesía a nuestra dama.

Luego, con calma, un día de mucho celebrar regresamos, nos pusimos el mandil que te ofrecen para que comas sin temor a salpicones de grasa y atacamos al cordero, mucho cordero, sólo y con ensalada fresca, que es como mejor se come. Y aquello fue un placer para los sentidos. No tengo palabras para describir la carnalidad desbordada, el gozo de experimentar una carne suave, jugosa, tierna. Un sabor lleno pero que sólo deja intuir lo que, más tarde,  al comer el bicho la  hierba, se convertirá en macaco. Y es que la palabra lechazo identifica una práctica bárbara pero necesaria. Asesinamos a los silenciosos corderos para que con su sabor sin mácula, sólo alimentado de la teta de su madre, la oveja, sea inocente, virgen y mártir, penetre sin tacha por nuestra garganta. Y merece la pena perder kilos de cordero y ganar en lo sutil de su sabor.

Peregrinaríamos jacobeos sólo por hacer una parada en el mesón Los Templarios. De rodillas y con ceniza en la cabeza, nos postraríamos en su puerta y volveríamos a pedir cordero, lechazo, churro que no merino.

(Gozó obscenamente, Dicky)

Ps: nos comprometemos públicamente, en este mundo que camina hacia la economía del trueque, a rehacer la penosa página web del establecimiento a cambio de una comida  en el Mesón para el equipo de Don Manuel

web del restaurante

Plaza Mayor, s/n; Villalcázar de Sirga (Castilla y León)

979 888 022

latitud 42.31696 longitud-4.54328

2 Comentarios

  1. Dia de visita a Fromista , hemos reservado mesa desde Cantabria, por el curioso menu del peregrino ,pero que no hay tal menu si no lo reservas con antelacion , carta pura y dura ,comedor amplio ,servicio “agil” y los camareros con la leccion aprendida , siempre te recomiendan ,pero no mirando por el comensal, como es logico, siempre te dicen que pides poco, el lechazo con calidad, pero sin guarnicion , hemos tenido que pedirla , la morcilla hecha por la casa riquisima , hemos tenido que ampliar los entremeses pues llevaba sol tres tajadas de morcilla , los postres ricos ,el arroz con leche , y los buñuelos, el vino clarete que te lo sirven en jarra de barro , en mi tierra que no es de vino , lo llamamos “peleon” de malo que es , al final precio clidad , altisimo , una de entremeses , una sopa castellana , una de morcilla , dos de lechazo, una de chuletillas , una de buñuelos , una de arroz con leche , y una tarta de hojaldre con dos cafes 150 € precio altisimo ,como para no volver ,pero que ha merecido la pena por el dia que hemos pasado por tierras Palentinas

    • Gracias por completar la crónica con tu experiencia, Manuel. Nuestras experiencias fueron sin duda mejores que la que nos cuentas, en calidad y en precio, pero, ya se sabe, cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo que permanece siempre a igual de bello es el paisaje palentino. Y que no cambie. Nunca.

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