Restaurante Amelibia (Laguardia). Extramuros pero imbatible

Imagen tomada de dvinosyespiritus.blogspot.com

Hacía más de un año que no visitábamos mi pueblo vasco favorito: Laguardia. Aprovechamos para comer otra vez en el Amelibia, el mejor restaurante de la localidad, ajeno a manadas de turistas, y nos dio tiempo a hacer más cosas: caminamos por sus lagunas, circundamos las murallas por sus paseos detenidos en el tiempo y bajo sus arboles donde saltan las ardillas, oteamos Páganos, la Sierra Cantabria y el reflejo del hotel Marqués de Riscal en Elciego, y callejeando seguimos disfrutando y descubriendo nuevos sitios para tomar algo, caso del Hiruko (desayunos a tres euros con café, zumo natural y pinchos enormes y estupendos como los de tortilla; aperitivos con cerveza Keler y pinchitos de huevo de codorniz y anchoa; meriendas con estupendo vino de año a 60 céntimos para regar pinchos de calabacín relleno o de chorizo criollo…), el Velar (cutre y antañón, pero concurrido, con variedad de pinchos rebozados -mi favorito, el de oreja de cerdo, claro-, bastantes cazuelitas -de caracoles, de patas de cordero, de manos de cerdo…- y algunos tintos competentes), el Mahasti (ya de noche cae algún mojito bien preparado y servido; ah, aquí cuelgan un cuadro del jugador del Athletic Óscar de Marcos, nacido en Laguardia en 1989), la Hospedería de Los Parajes (es cara su barra, pero lees el periódico y estiras la estancia), o nuestro último refugio, la chocolatería Como Vino Para Chocolate, que también suministra tes, batidos, helados… ¿Vinotecas en Laguardia? Muy caras, cada vez más; yo el vino lo compro en Haro, de camino de regreso a casa.

Pero enfoquemos al imbatible Amelibia, establecido en 2005. Aunque es el mejor negocio restaurador de Laguardia, como se halla extramuros, al margen del cogollito turístico-hostelero-comercial, a veces se llena y a veces está semivacío. Acuden bastantes parejas de viajeros jóvenes despistados que suelen papear a la carta y numerosos comensales habituales que se suelen decantar por un menú del día estupendo que, al loro, no anuncian nunca los del Amelibia en el menú de la entrada, aunque sí discretamente en su página web.

En Lo Que Coma Don Manuel ya narramos complacidos que debutamos en el Amelibia en agosto de 2011 y que la gozamos a la carta y con el mentado menú. Esta vez me apetecía probar el menú degustación (cinco platos más postre por 35 lereles), pero La Txurri (alias Miss No) se opuso, claro. Así que me contenté con imaginarme una sentada a la carta con esto: para empezar, crep de morcilla y piñones con salsa de tomate y pimientos verdes fritos (7,41 + IVA) y para mí unas patitas de cordero en salsa de pimientos choriceros (12,92), y de segundo La Txurri civet de liebre en una cama de cebolla (17,59) y yo manitas de cerdo con foie fresco y reducción de PX (13,89). Si acudiese con algún hombre con saque, por ejemplo con mi amigo Carlos, compartiríamos otro segundo a compartir para rematar la experiencia: su estupendísimo cochinillo confitado al horno, deshuesado sobre manzana ácida (unos 18 euros). ¿De postre? Hum… algo con chocolate.

¿Pero para qué rascarte el bolsillo si por 16 euros entre semana puedes papear de maravilla un menú del día sabroso y servido como a un señor en este restorán tan sereno y educado y encima con vistas a los viñedos? Ese lunes de puente La Txurri y el menda nos adentramos en el Amelibia cuando estaba sin abrir, preguntamos por el menú del día y la chica Alejandra nos cantó cuatro primeros platos y cinco segundos. Al irnos nos advirtió que para el menú no reservan mesa, pero nos daba igual porque sabíamos que no se nos torcería la jornada.

Tras un par de potes y pinchos intramuros regresamos al restaurante, nos sentamos, nos tomaron la comanda, nos trajeron el agua (Sierra Cazorla, 450 de residuo seco) y el vino (de año, Araco, de Laguardia, 13,5º de alcohol, tan genial y violeta que su temperatura de consumo recomendada son los 16º), y durante la esperita nos obsequieron con dos croquetas de bacalao, rústicas y con bechamel adocenada, pero no censurable (en la carta tienen las croquetas de ibérico a 8,33 la ración).

La menestra de verduras
De los cuatro primeros de ese lunes descartamos los puerros a la vinagreta (los probé la vez anterior, o sea que repasad el primer post del Amelibia) y la ensalada con gulas, y pedimos y compartimos, intercambiando los platos, alubias blancas (en la carta ofrecen el potaje del día a 8,33) y la reputada menestra de verduras (8,33 en la carta). Las alubias llegaron un tanto espesas, por lo cual a La Txurri no le satisfacieron, pero a mí sí: estaban buenas, blanditas, con trozos leves de tocino emboscado y un chorizo picante de campeonato, y no podían faltar las guindillas en un platito aparte. La estupenda menestra de verduras arribó apetitosa y sápida, tentadora en su verdor, brillante, con zanahorias genuinas, colifor y brócoli, champiñoncitos con sabor, muchos guisantes y vainas, algún triguero escondido y una cobertura de buen jamón. Ñam, ñam…

Nos cambiaron los cubiertos para el segundo plato, del que descartamos pimientos rellenos de marisco, bacalao sobre pisto al dente (en la carta lo tienen a 14’81 + IVA; la receta es parecida al bacalao del restaurante Héctor Oribe de Páganos) y el codillo asado (me quedé con las ganas y la curiosidad, pues no vi que nadie lo comiera en las mesas cercanas), y la gozamos con pollo de corral y albóndigas, sin más… ni menos, empujando el condumio con gruesos trozos de pan rústico. El pollo, que al final se terminó del menú de tan solicitado que estaba, eran tres trocitos huesudos con piel rica y verduritas… Susana lo flipó. Eso que ella pidió las albóndigas, cuatro gordas y frescas pelotillas tan sabrosas que me río yo de los famosos pelotones del Casa Cofiño. Las guarnicionaban ciertos pimientos mayúsculos, y qué sencillez y qué manjar, oigan.

La maja Alejandra atendía ella sola con soltura todo el comedor, casi lleno con 11 mesas ocupadas y una libre. Los parroquianos hablaban bajito, o sea que todos muy a gusto. La muy simpática, rubiales y natural Alejandra se bastaba y sobraba para la labor: traía y recogía platos, saludaba a los habituales de todo tipo, recomendaba vinos y explicaba platos… Y, tras pasarnos el recogemigas (tercer detalle en un menú del día: aperitivo, cambio de cubiertos y limpieza de migas), de postre nos ofreció cuajada, fruta fresca y los dos aciertos que escogimos: una tarta de queso con el dulce en una lagunita al lado, o sea no volcado sobre la porción, un postre magnífico que Susana consumió con un café con leche muy rico que Alejanda le trajo con retraso, y yo los imbatibles canutillos rellenos de crema pastelera (a 6 euros en la carta), tres finos conos flotantes sobre un lago de chocolate. Riquísimos…. y además se podían compaginar con el vino Araco.

Por los dos menús (16,20, IVA incluido; no ha subido el precio en mucho tiempo) y el café (1,5) aboné en total 33,90 y salí tan contento que no tardé en contarlo por sms a algunos amigos. A ver si no tardamos otros catorce meses en volver al Amelibia.

(se ha vuelto adicto a los canutillos Óscar Cubillo)

ver Restaurante Amelibia. Notable carta, sobresaliente menú

web del restaurante

ver ubicación

Barbacana, 14; 01300 Laguardia
945 621 207
* Cierra los martes *

2 Comentarios

  1. Oscar Cubillo /

    Como me fascina Laguardia, ahí me escapé dos noches con mi amigo Carlos, que tiene también horario flexible. Él quería gastarse el capital en comer a lo grande y de modo oneroso, pero le dije: “Vamos al Amelibia, comemos el menú del día de 15 más IVA y luego me cuentas”. Pues flipó en colores un miércoles en el bonito salón ocupado por 12 comensales y atendido con lisura por la risueña Alejandra. Rápida nos sirvió el agua Sierra Cazorla y el vino, Mollarri, de año y de maceración carbónica, de 13 grados y de Bodegas Besagain de Laguardia, un caldo fresco, vivaz y violeta, con aroma a grosella y ciruela, sabor levemente ácido y plenamente frutal, y final mentolado. Antes de empezar nos obsequiaron con sendos pinchos de tortilla de patata casera y estupenda aún cuando ya estaba templada. De primero había salpicón de marisco, alubias rojas, y lo nuestro: puerros a la vinagreta, cremosos, tiernos y sin hilos, con aceite perfecto y ensalada verde (“los mejores que he probado en mi vida”, se manifestó Carlos), y arroz con setas, muy caliente al principio, pero sápido y vigorizante. Nos cambiaron los cubiertos y de segundo había estofado de ternera en plato caliente y con pinta seductora, salmón al limón o algo así, más lo nuestro: Carlos carrilleras al vino tinto, sápidas e integradas con las verduritas, jugosas e infiltradas por la grasa, tan tiernas que se deshacían en la boca (Carlos pontificó: “al igual que sucede con la casquería, la gente no las valora, pero tienen mucho sabor, es carne auténtica”), y yo me reí de contento al pedir mi plato favorito (o uno de ellos), lengua, cuatro gruesos medallones superesponjosos y con verduritas genuinas (zanahorias atómicas, guisantes al dente, brócoli bravucón). De los postres no tomamos cuajada con miel, ni mus de intsaursalsa (o sea salsa de nueces), ni fruta fresca, pero sí dos dulces imbatibles, vive Dios: los canutillos (“una pasada de contrastes entre el crujiente, la crema caliente y el chocolate”, juzgó Carlos) y una exquisita torrija mojada en una crema caliente alimonada, con canela arriba, sobre el techo de cristal. Tomamos aparte dos ricos cafés y partimos dejando todas las botellas secas y todos los platos limpios. Carlos calificó el menú de 9 sobre 10. Será exigente…

  2. Oteaste la sierra Cantabria desde laguardia??? quiero tu oculista pero ya. De todas formas: vaya saque: alubias de p rimero en un restaurante de postín, cmo dices tú: el segundo ummmmmmmm molaba, abrazo

    Tragaldabas

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