¿Para qué sirve una estrella?

¿Para qué sirve una estrella?

Mucho se ha escrito sobre las estrellas y aún no es suficiente. Antes incluso de leer a Antoine De Saint Exupéry, todos quisimos viajar a una, o al menos alcanzarla con la yema de nuestros dedos. Los Rodríguez titularon ‘En un hotel de mil estrellas’ una canción preciosa y desgarradora (“que triste cuando se acaba la vida durmiendo en la calle”) y Los Vegetales nos arrancaron más de una sonrisa con ‘El sol no es para tanto’ (“…la luna nunca te quemará / la Tierra es más completa, el sol no es un planeta…”). ¿Y qué podemos decir, que no se haya dicho ya, de las estrellas Michelín, las distinciones que supuestamente distinguen (por eso son distinciones) a los restaurantes más mejores de la muerte de todo el mundo conocido y algún otro confín? Pues que primero se sueña con ellas, pero luego no son la panacea; el sueño, la fantasía onírica, puede convertirse incluso en pesadilla.

Va un señor de incógnito (no se rían) a tu negocio, se pega un buen homenaje, de los de órdago y muy señor mío, te concede una luminaria con la autoridad que le confiere la gloria pretérita de la nouvelle cuisine, y te ha hecho una faena, un hijo de madera. Los comensales esperan ahora levitar con cada bocado, no se te puede caer ya ni un pelo en la sopa, esa cristalería no brilla lo suficiente, hay que tirar esos platos (que tienen unas rayitas), necesitamos más manteles de seda, deconstruye esa patata frita, pásame el nitrógeno liquido, atiende bien a ese señor orondo (podría ser Don Manuel), hay qué pedir más salicornia… Por cierto, ¿dónde están Luis y Laura…? Dramático, sí; los amigos de verdad ya no van a visitarte, pues no les llega el dinero para ocupar una de tus mesas.

Tanto sacrificio e impostura, ¿para qué? ¿Quién quiere ser esclavo del prestigio? ¿No es más deseable ser un restaurante popular y desprovisto de ataduras artísticas y reglamentarias? ¿No es mejor ser uno mismo? Alguien más piensa que sí y, olé sus narices, ha sido el último en renunciar a la estrella que ostentaba su restaurante: Tristán, en Portals (Mallorca). ¿Para qué? Precisamente para lograr un “ambiente mas informal, desenfadado u abierto”. Para que su cocinero pueda disfrutar nuevamente en los fogones, ofreciendo “cocina marítima”. Para cocinar por gusto. Enhorabuena, Gerhard Schwaiger, bienvenido al mundo real. 

(vive en un camión sin ruedas, al lado de la carretera, cuchillo)

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