«Tienes que ir». «Te gustará». «Excelente taberna de pueblo, de las de antes». «Menú del día casero y muy bueno». «»Como en casa». «Una visita obligada para los amantes de la buena comida». «Cómoda atmósfera y genial servicio». «Es un lugar con encanto»… ¿Encanto? ¿Conjunto de cualidades que hacen que una persona o cosa sea muy atractiva o agradable? Ahora que parece estar de moda afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor, que se lleva lo vintage, lo retro, el flashback, hasta el déjà vu y el back to the future, en lugar de exigir que alguien pase una bayeta, aborde una reforma o renueve el mobiliario, hay quien se deshace en elogios cuando ve una balda cubierta de polvo, un serio desconchón o un estante más inclinado que la torre de Pisa. Y así, terminamos confundiendo el tocino con la velocidad, las churras con las merinas y el encanto con la dejadez. Es la triste conclusión, pues no por conocida deja de resultar lamentable, tras dejarme caer por Irusta Taberna, un pequeño bar restaurante ¡pub! de Larrabetzu que, de tan descuidado y zikina, asusta a Lily y Herman Munster y, peor aún, hace olvidar el enorme mérito de Begoña Etxebarria, la octogenaria que cada día prepara en su pequeña cocina comida casera con aroma y gusto a tradición, memoria, constancia y honestidad. Un ejemplo esta mujer.
Me lo habían advertido ya, pero soy un poco como Santo Tomás, tengo que contrastarlo todo antes de asumir como propia una opinión. Lástima que la desatención generalizada marchite su labor y nuestro recuerdo. Claro que el sitio tiene a priori su gracia, con una nevera junto a la puerta de entrada, cuadros vascos y más que vascos, imágenes de época, luz mortecina, cajas y bolsas aquí y allá, bombillas de colores, bola de discoteca y pegatinas anticasitodo. Pero pasado el periodo de gracia, la sensación de desgobierno y descuido desluce todo.
A mi paso, la oferta del apañado menú del día (16 €) consistía en arroz con chirlas, alubias rojas, lomo y chuleta de cerdo, pechuga de pollo, anchoas al txakoli, flan casero y yogur. Qué bien. Como esa semana ya había comido alubias de órdago en casa de amatxu, pedí el arroz, que llegó un tanto pasado, claro, sobre bandeja de inox, con muchos pequeños moluscos y el sabor de nuestra infancia, el de toda la vida, old school. Lo degusté sobre el mantelito de papel que ya había utilizado también, al menos, la pareja que ocupó la mesa antes que yo y mi partenaire. Éste se decantó por la judía, resultona sin resultar manjarosa y guarnecida con un trozo de tocino.
Estupendas anchoas en Irusta Taberna
Estábamos terminando nuestras respectivas elecciones iniciales cuando llegó el agua solicitada, como única y dudosa armonía, en botella de Solán de Cabras abierta y ya consumida en una tercera parte. Me llamó más la atención eso que el hecho de que mi vaso estuviera sucio, fíjate. Y con agua disfrutamos también el segundo plato, una estupenda cazuela baja o paellera repleta de anchoas plateadas, tiernas, jugosas y sabrosísimas, perfectamente cocinadas con aceite, txakoli, ajo y perejil.
Mientras llegaba el postre, me entretuve observando que a mi lado, sobre una repisa de madera sucia y agujereada, yacían la manilla de una ventana y una especie de caja de conexión telefónica arrancada. Igual que antes había reparado en un viejo mando a distancia sin pilas ni tapa sobre la barra del bar, abandonado igualmente entre vasos y copas sin recoger. Qué necesidad, pensé ya una vez que se arrimó el flan, que resultó tan tembloroso que quizá hubiera salido beneficiado con una mayor consistencia. Cuestión de gustos, supongo.
Todo lo contrario que el adecentamiento del espacio, cuestión de necesidad, aseo, confortabilidad y sentido común. Qué quieren que les diga, el mismo edificio en obras, con el tejado levantado y sus paredes forradas de andamios y telas, luce mejor aspecto que esta taberna abierta en 1965 donde hoy trabaja Mikel, el hijo de sus fundadores, de Begoña y Ramón. No me digas que tiene encanto, y mucho menos duende; que la moda de la nostalgia no nos haga pasar por alto la más mínima exigencia.
Askatasuna Plaza, 10
+34 944 55 84 77

Periodista y gastrósofo. Heliogábalo. Economista. Equilibrista (aunque siempre quiso ser domador). Director de Suite, el único foro gastronómico sin cocineros de este país.
Tras firmar durante 15 años en el diario El País, entre 1997 y el ERE de 2012, Igor Cubillo ha logrado reinventarse y en la actualidad dirige la web Lo que Coma Don Manuel y escribe de comida y más cuestiones en las publicaciones Guía Repsol, GastroActitud, Gastronosfera, Kmon y BAO. Asimismo, vuelve a firmar en El País y es responsable de Comunicación de Ja! Bilbao, Festival Internacional de Literatura y Arte con Humor. También ha dirigido todas las ediciones del foro BBVA Bilbao Food Capital y fue responsable de la programación gastronómica de Bay of Biscay Festival.
Vagabundo con cartel, se dobla pero no se rompe, hace las cosas innecesariamente bien y ya han transcurrido más de 35 años desde que empezó a teclear, en una Olivetti Studio 54 azul, artículos para Ruta 66, Efe Eme, Ritmo & Blues, Harlem R&R ‘Zine, Bilbao Eskultural, Getxo A Mano (GEYC), DSS2016, Den Dena Magazine, euskadinet, ApuestasFree, eldiario.es, BI-FM, 7 Caníbales, Cocineros MX y alguna otra trinchera. Además, durante dos años colaboró con un programa de Radio Euskadi.
Como los Gallo Corneja, Igor es de una familia con fundamento que no perdonaría la cena aunque sonaran las trompetas del juicio final, si es que no han sonado ya. Sostiene que la gastronomía es el nuevo rock and roll y, si depende de él, seguiréis teniendo noticias de este hombre al que le gusta ver llover, vestirse con traje oscuro y contar historias de comida, amor y muerte que nadie puede entender. Eso sí, dadle un coche mirando al sol, una guitarra y una canción, una cerveza y rock and roll, y no le veréis el pelo más por aquí.
Tiene perfil en Facebook, en LikedIn, en Twitter (@igorcubillo) y en Instagram (igor_cubillo), pero no hace #FollowBack ni #FF.
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