Restaurant Celler del Roser (Lleida). Especialidad en caracoles y bacalao

(+22 rating, 5 votes)Cargando... Camino del Levante le propuse a La Txurri hacer noche en Lérida, una capital en la que ella nunca había estado. “¿Ahí qué hay?”, interrogó. “Nada. Y es horrible. Por eso hay que ir”, insistí animoso. Y le avisé: “Y verás cuántos negros hay. Trabajadores del campo”. Hacía años yo había pernoctado ahí, una noche con Carlos y Gerar, camino del Festival de Blues de Cerdanyola, pues un tormentón en la autopista nos acojonó y nos desviamos a la capital entre los lloros de Gerar. Condujimos a la parte vieja (lo más barato, supusimos) y paseando nos perdimos entre las calles a tope de negros. Decenas de africanos y nosotros tres blancos, jóvenes y de buen ver, para qué negarlo. Buf, ése fue el segundo acojono del día, pero no pasó nada, of course. ­En Sábado Santo La Txurri y el menda arribamos con luz y calor solar vespertinos a Lérida -a partir de ahora Lleida- y la impresión fue muy positiva. A La Txurri le encantó. Atravesamos sus calles comerciales de la Parte Vieja (yo me compré una chamarra que causará sensación, lo sé), paseamos a la vera de su río (el Segre, el bautismo de uno de los barcos donde navegó mi suegro), vimos a los negros y los moros y los gitanos (estos yendo al culto), escalamos a la catedral vieja, al bajar nos topamos con una señora africana de buen ver haciendo la calle, oímos parlar catalán a tutiplén y entramos a pocos bares, pues les falta glamour, carisma. Son bares cutres. Antes de partir ojeé una guía Michelin y los figones leridanos de más nivelón cerraban en Semana Santa. Uno que no lo hacía y que estaba recomendado era el Restaurant Celler del Roser, del que contaba la guía de 2006: «Instalaciones modestas pero decorosas, en pleno casco antiguo, con una pequeña sala de sencillo montaje y, en el sótano, otra ocupando lo que antaño era la bodega». En la gran calle comercial, a unos...

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