Restaurante El Caserío (Suances). Nada es perfecto

Ya he contado en este blog que me cautiva Suances y que voy siempre que puedo a pernoctar en sus numerosos hoteles (tan baratos fuera de temporada), a pasear por la playa, a potear en sus distintos bares y a comer en sus restoranes, siempre que puedo a la carta. Nuestros ambigús favoritos son La Dársena y el Amita, ya comentados en LQCDM. Y un día me animé a comer por todo lo alto en El Caserío espoleado por dos señales: primera, la visión de sus enormes pescados expuestos en la vitrina de su ancho bar, y segunda, la lectura de una recomendación de la Guía Michelin que rezaba: «Dese un homenaje con los mejores productos de la costa. Su comedor acristalado goza de unas magníficas vistas, siempre compartidas con un servicio de mesa de buen nivel». Prometía la cosa y en cuanto tuve pasta y oportunidad ahí nos sentamos. El Caserío goza de fama y empezó en 1961 como local de bodas y demás (grandes fotos evocan esos pinitos ilusionantes en blanco y negro) y ahora es bar, restaurante, hotel y apartamentos. Anteriormente ya habíamos hecho muchas noches en su hostería y apartamentos, pero para comer debutamos un sábado. Ese día, El Caserío acogía una boda en el edificio anejo y un bautizo en el comedor. El comedor, situado tras el bar, es un cenador que circunda coqueto el edificio principal y que dispone de unas vistas muy bonitas y tranquilas, la verdad. Tiene un par de pegas el restaurante: comparte baño con el bar (lo que no le gusta a La Txurri y siempre lo destaca) y no expone la carta ni los precios por ningún lado, pero sí se ven los pescados y las tartas expuestos en las neveras, ya lo he dicho. Acudimos reclamados por el presentimiento de que las piezas serían grandes, de que los alimentos se impondrían a los condimentos, de que el pescado sería como el que todo el mundo imaginana, o sea, gordo y suculento… Pero...

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Restaurante Amita (Suances): Gozando del producto del mar

Me gusta mucho Suances, el municipio costero cántabro, a media hora de Santander, encima de Torrelavega, a la derecha de Santillana del Mar. Voy siempre que puedo, con la parienta, claro, que es la que conduce. Paseamos sobre las olas de sus dos playas principales, compro embutidos ibéricos y huevos navarros en la cadena de supermercados Lupa, tomamos potes en la zona del puerto (una ronda típica sería: Amita, Cholo, Sidro, La Dársena y el antiguo Socaire, ahora rebautizado Sidney), tomo gin tonics mirando al mar en El Castillo, almuerzo de menú del día o a la carta o de guay, y en general holgazaneo en mi burbuja. Calculo que hemos estado en nueve de sus numerosos hoteles y nuestro favorito es el Albatros (paredes con hiedra, habitaciones pequeñas y coloreadas, piscina rechula, serenidad exterior…), aunque en función del precio cada vez nos hospedamos más en El Caserío, agraciado con vistas increíbles a la bahía. El bar-restaurante Amita está un poco esquinado, alejado de las terrazas que dan a la playa y de los bares que dan al puerto, pero tiene mucha clientela. La Txurri y el menda lerenda lo frecuentamos. Cañas, tónicas y vinos tomamos en su barra, y nos suelen poner tapa. En su terraza concurrida nos hemos animado a pedir raciones, sobre todo de mejillones con tomate: enorme cantidad, precio barato (¡5’60 euros!), pan para mojar, sabor para recordar… Tomando potes en esa terraza he mirado con envidia a otras raciones de los clientes, como las de ventresca con pimientos asados (10,60). Hasta La Txurri se anima en la terraza: «Un día pedimos una tabla de quesos», comenta. Un día, en el bar, a ella le dio por curiosear el libro de visitas, donde los comensales escriben sus impresiones, y yo pensé al leerlas: «En cuanto podamos, venimos a comer aquí». Y lo que me costó convencerla y encontrar la ocasión propicia, pero al salir ya quería ella volver. Un sábado por la noche reservamos en la propia barra. Había cola...

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