Restaurante Lasal (Santander). Entre la tradición y la innovación

Abr 22, 13 Restaurante Lasal (Santander). Entre la tradición y la innovación

Publicado por en Cantabria

Cuando le informamos de que iríamos otra vez a comer a Lasal, el director de este blog sobre buen yantar observó: “¿Otra vez a Lasal? Ya has escrito de él varias veces. ¡Probad otro restaurante de Santander!”. Ya hemos probado bastantes, otros apatecibles locales los tenemos en el punto de mira, y sólo hemos escrito tres veces del Lasal: la primera nos impactó y deseé volver a degustar cuanto antes; la segunda fue a la carta, fui convidado y salí encantado; y a la tercera ya me sentía en mi salsa. Y es que Lasal mola; mola la pequeña barra de vinos, pinchos y raciones, su cenador denominado gastro donde me tomé una tarde leyendo el periódico un gin-tonic excelente de Brokers y La Txurri un café al que no le añadieron galletita, ni chocolatinita, y ella lo comentó… ¡Y la camarera le trajo un pedazo de tarta! Dejé propina, claro. A mí me extraña que el comedor principal siempre lo vea yo tan poco frecuentado. Me da en la nariz que Lasal tiene fama de caro, lo cual no es cierto, y sospeché por una conversación con el encargado que la población santanderina siente prejuicios ante su presunta innovación gastronómica. El caso es que la última vez que visitamos La Pozona (así llaman a Santander muchos cántabros; por ejemplo, Pato) planeé una hoja de ruta con tres almuerzos: viernes, menú del día (a 20 euros, supongo que la competencia es dura y han decidido ofrecerlo, pero mi esposa se negó a mi invitación; ¿saben que a veces la llamo Mister No?); sábado a la carta, invitado por mi esposa que andaba de celebración (al final no fue a la carta); y domingo un menú degustación, por 36 euros de nada, con seis platos, bodega y servicio exquisito. Pues tras el rechazo matrimonial del viernes, acudimos el sábado y vimos que ofrecían un competente menú de fin de semana a buen precio, creo que 25 lereles, pero reservamos a la carta. Queríamos pescado a...

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Por comentar: Restaurante Piquio (Santander), un menú con vistas

Un viernes a las 15:00 horas llegamos a Santander. Aparcamos por el Sardinero y, después un paseíto, a las 15.30 o así, entramos en este local indígena ubicado entre sendas franquicias de Pans & Company y Pizza Hut. Luego me enteré de que hay otro Restaurante Piquio de la misma empresa cántabra y con el mismo nombre en el centro de la capital. El Restaurante Piquio playero tiene dos anchas plantas y una terraza. Abajo está el bar con muchas mesas para que se acomode la gente y los menús los sirven arriba. En su carta hay también sandwiches y hamburguesas, arroces, raciones, sartenes y botellas de vino buenas. Nosotros subimos a la primera planta a comer sin gastar mucho ni fregar nada, ja, ja… Había gentecilla a esas horas tardías: parejas, cuadrillas de amigos… No pensaba plasmar en este blog lo del menú de 9,95 euros que también sirven los fines de semana a mismo precio, pero lo cuento porque salí contento y disfruté de las vistas a la bahía y a la plaza. Lo peor fue el vino, potable sin más y servido en jarra. El pan era de barra y muy bueno. Almorzamos con mantel y servilletas de papel, acomodados en mesas con bancos aislados por el respaldo de madera en plan pub, en un comedor amplio con maderas, tonos grises y ventanales amplios. Y superamos nuestras expectativas, sobre todo La Txurri. De primero ese viernes descartamos las alubias pintas, Susana escogió spaghetti con gambas a la parmesana, un gran platazo que le encantó, con mucha nata, potente sabor, huevo, jamón y gambas congeladas pero todo sápido; y yo judías con jamón, o sea vainas con jamón frito y durito y patatas cocidas espesas y verduras sanas sin maravillar. Pero me pegó el subidón con ellas y pensé que merecía la penar narrarlo aquí. De segundo descartamos el recomendado jamón de pavo guisado con patatas fritas caseras y compartimos trucha rellena con ensalada, una pieza pescatera pequeña rellena con bacón y...

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Cantabria en tu Boca. Loable iniciativa en torno al desempleo y los productos tìpicos

(+5 rating, 1 votes)Cargando... El jueves nos enteramos de la existencia de Cantabria en tu Boca, una empresa que contrata desempleados mayores de 50 años que no reciben prestación alguna. Loable iniciativa. Tanto, que aquí les hacemos este poco de publicidad gratuita. Lo que está en nuestra mano… Cantabria en tu Boca, presentada hace una semana en la Feria de Inserción de Cantabria, comercializa bajo su etiqueta productos típicos de la región. De alta calidad. “Premium”, dicen sus responsables. Así,  muchos cuentan con sello de calidad otorgado por el Gobierno de la comunidad, a través de la Oficina de Calidad Alimentaría de Cantabria (ODECA); otros son parte de determinada Denominación de Origen; alguno cuenta con Identificación Geográfica Protegida… De este modo, la empresa comercializa online un buen número de productos; desde típicos sobaos y anchoas, hasta orujos, platos preparados sin conservantes ni colorantes, verduras directas del agricultor y carne certificada sin intermediarios. “Esta marca trata de hacer más accesibles los excepcionales productos de Cantabria y, a la vez, poder ofrecer contratos a las personas más castigadas por la crisis económica”, resume el comunicado remitido por Open Comunicación. (Igor Cubillo) IGOR CUBILLO Periodista especializado en música, ocio y cultura. Economista. Equilibrista (aunque siempre quiso ser domador). En el medio de la vía, en el medio de la vida, si hay suerte, tal vez. Ha pasado la mayor parte de su existencia en el suroeste de Londres, donde hace más de 20 años empezó a teclear, en una Olivetti Studio 54 azul, artículos para Harlem R&R ‘Zine, Ruta 66, El País, Bilbao Eskultural, Ritmo & Blues, Getxo A Mano (GEYC), Efe Eme, Den Dena Magazine, Kmon, euskadinet y alguna otra trinchera. Prefiere los caracoles a las ostras. Qué tío. Anda que… Ah, tiene perfil en Facebook y en Twitter (@igorcubillo), pero no hace #FollowBack ni #FF. Se le resisten ciertas palabras y acciones con efe. Él sabrá por qué… Igor CubilloPeriodista y gastrónomo. Economista. Equilibrista (aunque siempre quiso ser domador). Tras firmar durante 15 años en...

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La Casona del Judío (Santander). Picoteo deluxe

El Cenador de Amós, en Villaverde de Pontones, en el oriente de Cantabria, es uno de esos locales que hay que visitar alguna vez. Como nos comentaba un amigo gourmet, sale «a unos 80 euracos mínimo, si se trata de jamar un poco bien». Y añadía nuestro informador:«Sus dueños tienen ahora otra sucursal interesante en el barrio de Monte, Santander. Se llama La Casona del Judío, es más económica y se reabrió hace unos meses». Miré en su web y vi que me lo podía permitir. Y en una escala en La Pozona, o sea Santander, a La Txurri le apeteció comer ahí. Yo aún tenía en mente su carta: corta, tradicional, del gusto infantil y con vinos aparentes. «Un nuevo concepto de la cocina de siempre», plasman como eslogan en su web, dándose ringorrango. Arribamos en el barrio de Monte, un poco más abajo del Sardinero, y aparcamos por ahí sin saber que La Casona del Judío dispone de un amplio parking para sus clientes. El negocio cuenta con una pequeña barra, una terraza semiporticada al aire libre poblada por burgueses, salones privados en la mansión, un pabellón añadido para bodas y grandes ágapes, y el espacio donde se consume habitualmente, un habitáculo muy iluminado, una suerte de cubo de vidrio adornado con techo y suelo de madera, alfombras, sofás y sillas, algunas mesas altas con taburetes, alacenas con libros y falsos jardines con piedras. Un entorno chic tipo la sala de evasión de la nave Prometeus de la última película de Ridley Scott. Nos sentamos a eso de las tres de la tarde sin reservar ni saber que tras ese horario de comida cerrarían un mes por vacaciones (hasta final de noviembre) y que reaparecerían con nuevas propuestas. Vaya… Quizá por eso ese domingo no les quedaba ni caldereta de bonito (a 11 euros, todos los precios con IVA incluido; La Txurri me animó a que pidiera cocido montañés a ese mismo precio pero pasé), ni uno de los tipos de arroz (los...

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Restaurante Amita (Suances): Gozando del producto del mar

Me gusta mucho Suances, el municipio costero cántabro, a media hora de Santander, encima de Torrelavega, a la derecha de Santillana del Mar. Voy siempre que puedo, con la parienta, claro, que es la que conduce. Paseamos sobre las olas de sus dos playas principales, compro embutidos ibéricos y huevos navarros en la cadena de supermercados Lupa, tomamos potes en la zona del puerto (una ronda típica sería: Amita, Cholo, Sidro, La Dársena y el antiguo Socaire, ahora rebautizado Sidney), tomo gin tonics mirando al mar en El Castillo, almuerzo de menú del día o a la carta o de guay, y en general holgazaneo en mi burbuja. Calculo que hemos estado en nueve de sus numerosos hoteles y nuestro favorito es el Albatros (paredes con hiedra, habitaciones pequeñas y coloreadas, piscina rechula, serenidad exterior…), aunque en función del precio cada vez nos hospedamos más en El Caserío, agraciado con vistas increíbles a la bahía. El bar-restaurante Amita está un poco esquinado, alejado de las terrazas que dan a la playa y de los bares que dan al puerto, pero tiene mucha clientela. La Txurri y el menda lerenda lo frecuentamos. Cañas, tónicas y vinos tomamos en su barra, y nos suelen poner tapa. En su terraza concurrida nos hemos animado a pedir raciones, sobre todo de mejillones con tomate: enorme cantidad, precio barato (¡5’60 euros!), pan para mojar, sabor para recordar… Tomando potes en esa terraza he mirado con envidia a otras raciones de los clientes, como las de ventresca con pimientos asados (10,60). Hasta La Txurri se anima en la terraza: «Un día pedimos una tabla de quesos», comenta. Un día, en el bar, a ella le dio por curiosear el libro de visitas, donde los comensales escriben sus impresiones, y yo pensé al leerlas: «En cuanto podamos, venimos a comer aquí». Y lo que me costó convencerla y encontrar la ocasión propicia, pero al salir ya quería ella volver. Un sábado por la noche reservamos en la propia barra. Había cola...

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Casa Lita (Santander). 66 pinchos calientes y 21 fríos

May 31, 12 Casa Lita (Santander). 66 pinchos calientes y 21 fríos

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El Casa Lita es uno de mis bares favoritos de Santander. Junto con el Tívoli (ahí tomo caña o clarete con bocatita de calamares recién hecho), La Cigaleña (vinos extranjeros con tapa de bacalao),el Cañadío (viña Izadi y algún pincho), el Machichaco (un blanco y me arreglo con la tapa… si nos la proporcionan, que no siempre), la Cruz Blanca (birra guiri de barril y alguna tortilla rellena potentísima), el bistró del Lasal (ohh… Lasal… qué gin-tonic de Masters por 7 euritos libé el pasado domingo leyendo el ABC de la casa) y el Café Suizo para tomar un cortado en su terraza. Jo, me molan más los bares de ahí (La Pozona/Santander) que los de aquí (El Bocho/Bilbao). El Casa Lita abrió en 2003 pero aún parece nuevo a pesar del desgaste de la mucha madera que lo compone. Según publicó el periódico Alerta en diciembre de 2010, es «la barra más espectacular de Santander». Partiendo del cocinero Joseba Guijarro (premiado con una estrella Michelin), el Casa Lita gana concursos de pinchos cuyos diplomas cuelgan por doquier y atrae a una concurrencia transversal y nutrida: turistas, familias, cuadrillas, parejas de todas las edades… El local tiene puertas de entrada (y de salida) a dos calles. En su fachada principal, que da al Paseo Pereda, se abre una amplia cristalera y tras ella se erigen dos mesas altas y redondas que son una gozada para consumir mirando a los paseantes. O para leer el ABC de la casa mientras tomas un gin-tonic a buen precio: 5 euritos el de Tanqueray, 6,5 el de Citadelle o el de Beefeater 24, 9 euros ya el de G’Vine, etc. Estos precios de los combinados se exponen en un cartel o pizarrita. Otras pizarritas anuncian las copas de vino (Juve y Camps Rosé a dos euros que toma a menudo La Txurri, el cántabro Picos o el Blau de la denominación de origen Montsant que caté la penúltima vez que estuve por 1,90), las botellas de caldos (California,...

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Café Suizo (Santander). Como un barco del Misisipí

(+9 rating, 2 votes)Cargando... Ubicado en una zona privilegiada de Santander está el Suizo, cafetería-restaurante con terraza cubierta extendida a lo largo de decenas de metros, local con dos puertas a sendas calles y distintas alturas, pues dispone de un elegante altillo accesible vía unas escaleras de madera por las que esprintan los camareros en las horas punta. Cuando visitamos Santander nos agrada sorber un café en su terraza (¡sirven el mejor cortado del mundo!), y a menudo habíamos intentado probar su menú económico disponible también los domingos, pero siempre desistíamos por no rebajarnos a hacer cola o porque, directamente, el local estaba llenísimo, hasta los topes, congestionado. El Suizo lo frecuenta gente bien, señoras mayores con posibles (aunque coman enjoyadas y maquilladas sándwiches americanos en su terraza) y visitantes dispares, a veces turistas como nosotros. Debutamos un domingo y por 12,90 euros nos atracamos con dos platos, postre y café, todo regado con cosechero riojano. Repetimos el dato:12,90 euros un domingo en el centro de Santander, ¿eh? El local posee decoración serena y parece querer dar la sensación de un barco del Misisipí. De hecho, hay expuestas varias maquetas semejantes y el alzado de un riverboat se usa en sus posavasos. Los camareros recorren uniformados el piso entre barandillas blancas de madera más paredes, barra y manteles rosas. Cuando intentamos conseguir mesa la enésima vez en el Suizo, uno de los encargados, grueso y sudoroso cual mexicano, nos contestó que deberíamos esperar a que se libraran dos. Y, vaya, sin que sirva de precedente nos resignamos a esperar al sol de su terraza, que da a la ancha calle del paseo Pereda, cerca de la peluquería Eduardo y Pilar Pescador, donde a veces va La Churri, no sólo porque le ofrecen té.Ese nuestro primer día en el Suizo (y habrá muchos más, Dios mediante) de primer plato había berenjenas con pisto (buena pinta), alubias (no nos apetecían tras tantas comilonas durante las VIII Jornadas de los Productos Gastronómicos de Cantabria) y lo que...

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Casa Gelín (Santander). Papeo tradicional cántabro

(+5 rating, 1 votes)Cargando... Tenía ganas de debutar en el Gelín, casa de comidas, hospedaje y bar de larga tradición: más de medio siglo según informa su página web. Radica a la entrada de La Pozona (como algunos llaman a Santander Capital) y está cerca de El Corte Inglés, el centro comercial donde siempre que voy compro comida, ropa y la última vez casi una moto, lo juro. Nueva Montaña es un barrio de reciente construcción con bastantes tabernas. Una de ellas es la Cervecería Hijos de Gelín, de decoración modernista, minimal y con muchos brillos. La visitamos el año pasado, pero ni fu ni fa, y por eso no escribí sobre la experiencia, aunque me llamó la atención el cuidado que tenían por los gin tonics, cuidado aprendido de la casa madre… o sea padre. El caso es que nos sentamos en un comedor del Casa Gelín durante las pasadas VIII Jornadas de los Productos Gastronómicos de Cantabria. Elegimos su competitivo menú degustación de cinco platos más bodega por 30 lereles. Paseando acudimos en persona a reservar mesa un sábado soleado y molón desde la mañana a la noche. Y en su terraza vimos a José Campos, el marido de la Bordiú, que es un habitual: dos días hemos ido al Gelín y los dos le hemos visto en el local. Tras un pote previo en un irlandés de Nueva Montaña arribamos a la hora establecida y el refectorio estaba ya mediado. Nos acomodaron en una mesa esquinada pero muy buena. Mi silla se movía hacia los lados y la cambié por la de detrás justo antes de que viniera la desconocida señora, je, je… Mientras esperábamos a que nos atendieran miré la carta basada en el producto sin alharacas (como su web, eficaz y clara), criticamos a una prepúber petarda, chillona y molesta con su smart phone, me fijé en que en cada mesa un cartelito recomendaba el vino Reserva Barón de Ley por 13 euros, me colé a fisgar en la...

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Restaurante Lasal (Santander). A peor, pero aún sobresaliente

(+5 rating, 1 votes)Cargando... Tercera vez que me siento en su comedor y tercera vez que lo cuento en este blog. Y es que, a pesar de las novedades negativas, el restaurante santanderino Lasal sigue siendo nuestro favorito. Lo visitamos de nuevo durante las Octavas Jornadas de los Productos Gastronómicos de Cantabria (hala, por mayúsculas que no quede) y a mitad de la sentada sentenció inapelable La Txurri: «Lasal nunca falla». Claro que no… Gastronómicamente sigue cursando a un nivel estratosférico y la relación calidad/precio es misteriosamente competitiva, pero ha cambiado el servicio de sala a peor. De los fogones se sigue encargando el chef Fausto Alonso, pero del comedor ha desaparecido el maître David, ese que te recomendaba las croquetas de gambas por fantásticas y te lo creías. Además, parecen haber desaparecido también las dos chavalitas atentas y amables que servían las mesas y la barrita de la entrada. Ahora hay otro plantel, menos redondo. Un maître trotamundos vestido de chamarilero que pronto vendrá a currar a Euskadi, un camarero un tanto lento y distraído, y una camarera hispanoamericana (quizá una cubana felina, no sé) que certificó todos los tópicos negativos de los hosteleros suramericanos. Así, de memoria, a nosotros nos trató saltando del usted al tú, nos hablaba con una cercanía no solicitada ni bien recibida, se equivocó en el vino que nos escanciaba (lo calificaba de Priorato, hasta que me di cuenta y le observé que era Somontano; entonces leyó la etiqueta de Pirineos y zanjó: «bah, las dos empiezan por p»), a la mesa de al lado se le olvidó ponerles cubiertos cuando les preparó el steak tartar de buey, a veces no iba coordinada con el otro camarero, cantaba las recomendaciones de la carta como un lorito, de memoria («nuestros pescados son salvajes y cortamos los lomos y los desespinamos», explicó varias veces) y, lo más grave, olvidó ponernos aperitivo, grrr… A pesar de todo, Lasal sigue molando mazo. Y lo dicho, cenamos un viernes el menú de 30...

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Restaurante El Serbal (Santander). Burbuja de lujo en un entorno barriero

Una estrella Michelin refulge desde 2003 en el currículo del restaurante El Serbal, local abierto en 1999 y al que nos animaba a visitar nuestro amigo cántabro Pato (alias Mr. Duck). Espoleado por Pato, en Internet me sumergí en la carta del Serbal, estudié sus caros vinos y seleccioné unos tres caldos que me podía permitir dentro de mi pobreza, y entre su propuesta alimenticia opté como óptima opción por su menú degustación de siete medias raciones por 62 euros, IVA incluido (ahora ofertan otro por 58, enumerado al final del post). Se lo propuse a La Txurri, pero ella objetó que no le apetecía comer siete platos y que no valoraba tanto el coste (¡eso que pagaba yo!). Ella prefería yantar a la carta pero al final nos sentamos con intención de degustar su denominado ‘menú gastronómico’, o sea un entrante, un pescado, una carne y un postre, por 38 euros pero sin bodega y con varios obsequios y detalles más un trato de visires. El local se encuentra cerca de Puerto Chico, o sea en el centro. Está incrustado en una plaza vecinal particular que también cobija la salida de un aparcamiento. El Serbal se halla detrás del antañón mercado municipal de Puerto Chico, a la izquierda de un supermercado DIA («seguro que ahí compran el género», observó La Txurri) y a la derecha del restaurante La Mulata, no lejos de la calle Tetuán, la de las marisquerías con sus aceras recién reformadas. En tal entorno urbano, congestionado y feo, sí, en semejante hábitat barriero, cutrongo, pobre y demodé -igualito a mi calle-, se cobija la burbuja lujosa de El Serbal, restaurante galardonado por la guía Michelin y dotado de un comedor amplio y sin apreturas, con mesas separadas y una barrita externa donde se ofrece un picoteo más económico y con menos ceremonia. En su salón nos asistieron como a clientes habituales nobles: nos guardaron los abrigos y pasaron a menudo los recogemigas, nos convidaron a fino, ravioli y dulces, fueron retirando...

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Taberna Marinera Machichaco (Santander). Los mejores pescados de la lonja

Hágase el lector a la idea de que el litoral español mide miles de kilómetros. Sólo en la península (excluido Portugal, claro) hay 3.167 kilómetros de costa, a los que se debe sumar el mogollón de las ínsulas: Baleares y Canarias sobre todo. Pues el periódico ABC hizo este estío una selección de los mejores restoranes marineros de España y le salieron 19 nombres. Cupo el Machichaco y rezaba el texto: «Al Machi, como se le conoce popularmente, se va a comer las mejores rabas, guisos marineros y el pescado más fresco de la lonja». El colega Pato, que es cántabro, se asombró ante la elección y balbuceó: «Si es una tasca…». Ya, pero como lo recomienda el ABC… Además, como nos reveló una camarera al recoger la mesa: «No sabíamos que nos iban a sacar. Para salir en estas listas se paga, pero nosotros no pagamos nada». Nosotros debutamos en el Machi durante el Festival Turborock celebrado en Santander. Invitó La Txurri, que estaba en racha. El Machichaco se esconde cerca del Hotel Bahía, o sea en el cogollito comercial de La Pozona, próximo a sus estaciones de bus y tren. La terracita se le suele llenar y el comedor inferior también. La barra de la foto se ve afanosa y concurrida y el comedor superior suele merecer ocupaciones cumpliditas. La decoración es un tanto minimal-tradicional, y nosotros nos aposentamos arriba. Nos atendió una maître flaca que nos aconsejó, informó y, en previsión de que nos hastiáramos, corrigió la inicial petición de entrantes borrando las raciones enteras y reescribiendo medias. Pretendíamos comer pescado, claro, y nos ofreció machote, dorada… La Txurri preguntó casi impertinentemente si eran de piscifactoría y la delgada señorita respondió paciente, amable y orgullosamente que no. La carta de papeo es larga en el Machi y la de bodega competente y a precios no baratos aunque asumibles. A las marcas de los vinos les apoyan explicaciones subjetivas alegres, en plan el chef David de Jorge. Yo pedí Soliterra (16,20, IVA...

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Restaurante Lasal (Santander). Renovación manteniendo la esencia

Seis meses he tardado en volver a sentarme en mi restaurante favorito, que ya sabéis se halla en Santander, en Puerto Chico, junto a la gran enseña rojigualda. Debido a que Lasal cerró durante diez días por obra (y a que su web tardó aún más en ser actualizada), no pude acudir antes en mis esporádicas visitas a La Pozona. No obstante, no olvidaba mi debut en Lasal, narrado en Don Manuel en el post titulado ‘Emociones cantábricas’. De hecho, retaba a menudo a La Txurri: «Dime en Bilbao un restaurante que esté en el centro, donde te traten como a un rey, donde te sirvan sin prisas, cuyas viandas sean sinónimo de manjares y su precio te permita regresar». Y ella enmudecía, claro. La Txurri se estiró el 11-S y conmemoramos la efemérides. Ella se puso contenta nada más sentarse. La obra en Lasal ha sido superficial y se mantienen su terraza exterior, su cenador para las raciones junto a la entrada y su barrita barista. Lo que ha cambiado es el comedor principal, que de los tonos oscuros y marmóreos de antes ha pasado a un ambiente más descargado y grisáceo por las nuevas mesas (marmol blanco de café antiguo y hierro forjado rojo) cubiertas en parte por manteles rectangulares. Lo que no ha variado un ápice ha sido el trato del personal ni el resultado culinario satisfaciente, pues Lasal mantiene su esencia. El domingo ése la terraza estaba vacía y el comedor semilleno con familias burguesas y nosotros. El maître, un moreno majo, juvenil y dotado de verosimilitud, nos tendió las cartas y nos contó que fuera de ellas ese día disponían de ensalada de pulpo (la describió y nos entraron ganas) y de pescados como dorada y lubina a la sal (por raciones, no por piezas), más merluza de pincho y machote que sirven con refrito. Solicitó Susana la carta de vinos y el maître se disculpó, alegó que estaba cambiando la bodega y por eso no tenía impresas las...

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