Restaurante Adega Paço do Conde (Coimbra). La importancia del orden en la mesa.

Una tía mía acostumbraba a decir “El estómago no tiene baldas” para justificar el desorden en la ingestión de alimentos. Si el dulce es lo que más me apetece en este momento, por qué no empezar por esa tarta que me mira con ojos golosos, antes de comer el entrecote y la sopa, ¿eh? Había que darle la razón y ver cómo se relamía entre cremas y hojaldres, gozosa, mientras tú soplabas y soplabas, resignado, esperando a que el caldo se enfriara un tanto. Nadie debe extrañarse por ello, pues la máxima de los estantes debe guiar hoy también a muchos hosteleros que desatienden la tan necesaria lógica a la hora de servir las mesas y atender a sus clientes. Una desatención que, lamentablemente, ya no se circunscribe al sindios de los restaurantes chinos, donde el reducido precio justifica que nos sirvan al tiempo rollito de primavera, salsa soja, agridulce y picante, fideos de arroz, chopsuey, flan chino, cerveza, café, copa, puro y licor de rosas. Como muestra, sirvan estos botones de este mismo verano: María, lectora de LQCDM y cocinera, se olvidó del corporativismo cuando le sirvieron los platos calientes en primer lugar a su paso por la sidrería El Bodegón de Llanes, donde, por lo visto, llaman bogavante al surimi; Jgar, otro lector del blog, todavía andará mosqueado después de que “la dueña” del restaurante Boga, en Algorta, le dijera “enfurecida” que “allí se comía como ella decía”. Todo por pedir que llevaran “más despacio los platos, porque no había más sitio en la mesa”. Y yo mismo he padecido recientemente el desdén de cocineros y meseros a mi paso por Coimbra. Lo padecí, y el recuerdo de tamaño desaguisado ensombrece cualquier otro recuerdo de mi escala en la ciudad surcada por el río Mondego, el más largo entre cuantos nacen y desembocan en Portugal. Orgullo nacional. Excepción hecha de las angostas cuestas que conducen a la vieja universidad, el parque Portugal de los Pequeñines y los cafés a 70 céntimos. Si...

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