Restaurante Ilha Formosa (Ilha de Tavira). La primera cataplana en la frente

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Tavira es una ciudad portuguesa que cuenta con más de 20.000 habitantes. Tavirenses ellos. Se ubica en la región del Algarve, al sur del país vecino, y cuenta con nueve pedanías. A su vez se divide en freguesías, se incluye en el Parque Natural de la Ría Formosa y presume de desafiar al cielo con los campanarios de nada menos que 37 iglesias. Todo eso es cierto, pero también lo es que el principal atractivo de ese destino turístico es Ilha de Tavira, una isla a la que puedes acceder en uno de los barcos de ‘línea regular’ que te llevan a y te traen de ella, desde el mismo centro, por sólo 1,90 euros, o en los barco-taxis que hacen el mismo trayecto por más de 20 euros. Repasadas las tarifas, rememoremos la llegada a la ínsula, en una nave repleta de turistas. Uno desembarca, mira a un lado y a otro, observando finas líneas de arena y unos pocos amarres, y deduce que lo bueno está más allá, al otro lado, donde se llega después de un cómodo y concurrido paseo de cinco minutos en el que observa pequeñas viviendas, un camping, puestos de venta y un buen número de restaurantes (más bien chiringuitos) donde se ofrecen pescados y mariscos. Al final, dejado todo eso atrás, se llega a la bella playa de Ilha de Tavira, donde uno puede recibir a buen precio el masaje de un fornido fisioterapeuta, dejarse vapulear por el oleaje de un precioso mar verde turquesa o simplemente tumbarse al sol con la esperanza de no quedarse dormido y perder el último barco económico. Está bien el sitio.

El falso convite.

Antes de descubrir los innegables encantos de su playa fuimos desechando ofertas gastronómicas hasta que se ganó nuestra confianza el camarero-encargado de Ilha Formosa, un vigués con madera de comercial, carne de reporteros viajeros españoles por el mundo. Él nos despejó el camino: nos dijo que mejor una cataplana de marisco que un arroz de marisco, nos aseguró que un plato combinado para compartir sería suficiente para los críos y nos animó a regarlo todo con un vinho verde (Casal García; 12 euros, 13% de IVA incluido) que en su austeridad nos supo de maravilla en el borde de la terraza, casi pisando la arena y peinados por la agradecida brisa marina. Qué bien.

Todo marchaba sobre ruedas, y más tras creernos invitados a tres piscolabis (aceitunas, queso fresco y dos minúsculas tarrinas de paté de sardinas) que fueron colocados sobre la mesa sin pedir, nosotros, ni avisar, ellos, y que terminó pagando el menda (nada menos que 6,60 inesperados euros; ¡¡1.100 pelas!!) para descubrir una, a nuestro juicio, rastrera costumbre de la hostelería portuguesa. Eso no se hace, oiga. Y uno tampoco puede ocultar cierta decepción ante su primera cataplana. Este es realmente el

El recipiente en cuestión.

nombre de un recipiente típico de la región donde, cerrado a modo de caparazón, se cuecen los más diversos alimentos. Nosotros optamos por la cataplana de marisco (38,50 euros / 2 pax), y al abrirla nos encontramos con una buena cantidad de caldo y verduras como base y complemento de un puñado de almejas (la mayoría pequeñas), mejillones, langostinos y dos pinzas de algún buey imberbe. Total, una baratija, no especialmente sabrosa, cobrada a precio de suculento manjar por presentarse en la rústica olla a presión del lugar, un leve abuso que uno acepta sin rechistar por aquello del tipismo, de abrazar las costumbres ajenas, de empaparse de la cultura vecina y ceñirse al allí donde fueres haz lo que vieres. Además, en el debe del local hay que apuntar que la bandeja de arroz blanco (3 euros) que pedimos para aprovechar y empapar en él el abundante caldo llegó muy tarde, tras reclamarla, entre excusas que no hicieron más ‘absorvente’ al arroz largo. Qué diferente hubiera sido hacer el mismo ejercicio con arroz redondo o arroz bomba..

Vaya, que ni fu ni fa. A la cataplana le daremos una segunda oportunidad, pero en otro local. Lo mejor de Ilha Formosa nos pareció finalmente su ubicación, en una lejana primera línea. Y por un tiempo seguiremos clamando contra la costumbre portuguesa de colocar de rondón sobre la mesa unos aperitivos que a este lado del Guadiana son un convite, y más allá resulta ser una trampa para sacar unos cuartos más al comensal. Con muy poco estilo. La trampa, no el comensal.

(no le gustan las trampas a Igor Cubillo)

Ilha de Tavira; 8800 Tavira (Portugal)

281 324 056

Perfil Igor CubilloIGOR CUBILLO

Periodista especializado en música, ocio y cultura. Economista. Equilibrista (aunque siempre quiso ser domador). En el medio de la vía, en el medio de la vida, si hay suerte, tal vez. Ha pasado la mayor parte de su existencia en el suroeste de Londres, donde hace más de 20 años empezó a teclear, en una Olivetti Studio 54 azul, artículos para Harlem R&R ‘Zine, Ruta 66, El País, Bilbao Eskultural, Ritmo & Blues, Getxo A Mano (GEYC), Efe Eme, Den Dena Magazine, Kmon, euskadinet y alguna otra trinchera. Prefiere los caracoles a las ostras. Qué tío. Anda que…

Ah, tiene perfil en Facebook y en Twitter (@igorcubillo), pero no hace #FollowBack ni #FF. Se le resisten ciertas palabras y acciones con efe. Él sabrá por qué…

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