Antropofagia, canibalismo, gastronomía y sexualidad. El sutil sabor de la carne humana (te lo como todo, todo, todo)

Sep 05, 11 Antropofagia, canibalismo, gastronomía y sexualidad. El sutil sabor de la carne humana (te lo como todo, todo, todo)

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Aquellos que la han probado, dicen que la carne humana tiene un sabor dulzón, similar al de la  carne de burro joven o la de cabrito. Las dos comparaciones, no cabe duda, nos dejan, como especie, en muy mal lugar. Imagino que esas referencias serán de cuando el ser humano comía cosas naturales y no de nuestra época en la que todos estamos hipermedicados y,  nuestro organismo,  lleno de productos tóxicos. Váyase usted a comer un foie hecho con el hígado de un paciente forrado de boticas contra el colesterol o el de un adicto a la comida basura. Me imagino que la cosa, de saber, sabrá bastante rara, por no decir muy mal.

La antropofagia es una de las últimas fronteras culturales que le quedan al ser humano y, cuando periódicamente se publica la noticia de un caníbal que trocea y se come a su víctima, la fascinación mezclada con el horror hacen que se convierta en gacetilla popular. Hasta que llega el siguiente caníbal para quitarle el protagonismo.

El homo sapiens, dicen los antropólogos, debe su capacidad cerebral y su  ¿inteligencia? a la ingesta de carroña. Ese plus energético que proporciona la carne se convirtió en la gasolina que necesitaba el cerebro de los homínidos para pasar al género sapiens. La caza y la carroña, el hecho de colaborar para conseguir esa dieta premium, nos hizo hombres, pero también nuestra dieta, al parecer, sirvió para hacernos más agresivos. Somos monos asesinos porque, desde los albores de los tiempos, en nuestra dieta han participado, de manera involuntaria, los vencidos en las reyertas tribales, los débiles, los enfermos y, en épocas de escasez, todo el que pasaba por allí y tenía un tendón que rebanar o un muslo que trocear.

En todo caso, nuestros tatatarabuelos no debieron cebarse con su parentela en exceso ya que, como prueba viva, aquí estamos su descendencia para contarlo. Otros que se emplearon con apetito a comer a sus congéneres no tuvieron la misma suerte. Los neardentales, al parecer, se extinguieron por comer (ritualmente) los cerebros de sus muertos, lo que, según señala el artículo A potential role for Transmissible Spongiform Encephalopathies in Neanderthal extinctiondio como resultado una larga cadena de enfermedades relacionadas con la, tristemente célebre, encelopatía espongiforme.

Parece estar clara la relación entre canibalismo y sociedades  con recursos alimentarios agotados. Un ejemplo es el ecosistema mesoamericano que, bajo el impacto de los siglos de aprovechamiento intensivo de sus recursos naturales y de alocado crecimiento demográfico, a falta de opciones más baratas, se decidió a incorporar de forma masiva la carne humana como fuente de proteínas animales.

En su trabajo ‘Caníbales y Reyes. Los orígenes de la cultura’, Marvin Harris habla de los aztecas y de cómo “todos los días se sacrificaban cuerpos humanos, y las grandes bajadas lisas de las pirámides y montículos tenían como fin conducir al cuerpo muerto hasta donde era partido en pedazos (se supone que por sacerdotes) y repartido entre la nobleza o el pueblo”. Historiadores como Diego Durán lo confirman en sus escritos: “Los aztecas avanzaban sobre sus enemigos cazando a los hombres como presas de alimento”. El inefable Mel Gibson retrata el sacrificio, por el nada sutil método de arrancar el corazón palpitante de la víctima todavía consciente por la espalda, en Apocalipto. La carne humana en esos tiempos era un manjar y la receta favorita era un estofado condimentado con pimientos y tomates. Las  flores aromáticas le daban el contrapunto chic al guisote.

Íbamos a poner una imagen de la película 'Holocausto Canibal' pero nos ha parecido más informativa la foto de Megan Fox degustando vaya Vd. a saber qué.

Íbamos a poner una imagen de la película ‘Holocausto Canibal’ pero nos ha parecido más informativa la foto de Megan Fox degustando vaya Vd. a saber qué.

Este último asunto saca a paseo uno de las innegables relaciones que tiene el canibalismo: la atracción sexual que se mezcla con el acto de la comida. Ese “te lo comía todo” bizarro hace volver al origen de la historia. Los Haníbal Lecter que periódicamente aparecen y de los que un psicólogo de guardia, sin duda, nos revelaría que el acto de comer al objeto del deseo es un (rico y tosco) sustituto del sexo.

Podríamos seguir con famosos caníbales y con el canibalismo en la historia. Se nos quedan sin catar brazos e higadillos en el congelador, y Bocassas, y supervivientes uruguayos de accidentes andinos y un largo etcétera.

No sabemos si en una sociedad post-apocalíptica veremos restaurantes que ofrezcan carne humana en su carta pero, por si acaso, si he de ser comido en futuros Blade Runner, desde aquí hago una petición para que a mí me lo rechupeteen todo, todo, todo, que este cuerpo lo merece. Y si he de comer esas viandas, yo soy más de pechuga. Pido que me reserven esa pieza. ¡Bon apetit!

(un artículo explotation by Gianfranco Stegani)

 

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