De ostras y otros moluscos. A casa por Navidad

Imagen tomada de mibahia.net

A mí las cenas navideñas me gustan ligeritas, cediendo el protagonismo al cordero en la comida de año nuevo. Que la noche es muy larga. Se ha convertido, en mi caso, en un clásico celebrar lo celebrable con distintas variedades de marisco. Y aunque siempre he sido muy de crustáceos, los moluscos han ido apareciendo en mi vida poco a poco, con más recelo, y ahora lamento no habernos conocido antes…

Soy una férrea defensora de todo tipo de bivalvos. A la hora de decidir el menú, y siempre que me permitan meter baza, soy capaz de elaborar una lista de innumerables razonamientos para llevar a mi terreno a la organizadora de la velada. Dicen que se me ve el plumero, pero el análisis debilidades-amenazas-fortalezas-oportunidades que elaboro cada 15 de diciembre en defensa de un menú saludable, no tiene parangón. Que si las vitaminas para los niños, el bajo colesterol para los más mayores, escasas calorías para los que se reservan para los postres, la importancia de los minerales… de todo. Y creo que lo consigo, aunque me reprochan que saludable sí, pero a qué precio. Busco algún otro argumento… ¡Uy!, mi padre está de mi parte. Touché.

Y es que en Navidad, como el turrón, vuelven las ostras a la mesa. Es la vez del año que las degusto, sobre montaña de hielo picado y mantel de hilo, que en esta vida todo entra por los ojos. O quizás debiese pensar que no, ya que del pobre molusco se ha dicho de todo, que si tiene barbas, que si aspecto viscoso… Hasta han destacado su fealdad. Qué crueles podemos llegar a ser. En su defensa alegaré que, como todo en esta vida, la belleza está en el interior.

La ostra es un manjar que he descubierto más bien tarde, y ahora no sabría por qué variedad decantarme, si por la plana o la cóncava. Lo que tengo claro, es que me gustan con limón, después de abiertas, desechado el primer agua y esperado a que generen su “agua más pura”, que permita disfrutar del intenso sabor del que hacen gala. Es así. De todas formas, con la ostra no hay término medio. O se ama o se detesta. Es un producto que levanta pasiones y, seguramente, cierto morbo; aunque no sé yo si alguien puede corroborar las propiedades afrodisíacas que los griegos le otorgaron. A saber.

Disfraz de mejillón. Anda que...

Otro descubrimiento relativamente cercano son las vieiras. Más allá de la imagen de la concha de peregrino, este fruto del mar me parece sencillamente exquisito, suave y ligero. A la plancha, y sin salsas, como mucho acompañadas de guarnición de txalota bien pochada. Y por no hablar de las almejas, todo un referente. Dependiendo de su tamaño, cocinadas o crudas con limón. Y no es por presumir, pero “a la marinera” son mi especialidad, me salen estupendas, con la salsa ligada en su justa medida, sin grumos, en su punto de sal. Vamos, que es un incondicional en mi mesa cuando pretendo ganar a alguien por el estómago… Bueno, creo que sí voy a presumir.

Y para terminar mi oda al molusco, no quiero olvidarme del hermano pobre: el mejillón. Es el gran desterrado de las mesas que se visten de glamour. Él, que tanto juego da, y que está con nosotros todo el año (mejor en los meses con erre). Y no estoy pensando en “moules et frites” de los franceses, no. Los prefiero al vapor. Pero está claro, que en toda familia siempre hay una oveja negra, o más bien azulada.

(ni una Navidad sin ostras para Uve)

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