Restaurante Blanco y Negro (Oña). Castilla y Senegal, en un entorno de sueños

Soy un perro. Un chucho mil leches, mestizo. Y me encanta serlo. Viajo por el mundo y en  esos lugares, en los que no tengo ascendentes también me siento de la casa al minuto.  Cockney en Londres, transtiberino en Roma, Rive Gauche en Paris,  llego a Túnez y la tez se me oscurece y aceituna. En Venezuela, nos sentimos acogidos y como en casa,  tengo alma llanera y la gente allí es chévere. Qué hubo.

Y luego hay otros sitios repartidos  por la península ibérica donde puedo bucear en los ancestros: la zona de Karrantza,  las Merindades,  la Tierra de Campos,  León, las cuencas mineras astures, la Bureba. Todos somos mestizos, usted también aunque piense que ha sido siempre de aquí. En realidad los únicos de aquí ( o de allí, de su pueblo de toda la vida)  si hacemos caso a los que entienden de antropología serán unos veinte o  treinta individuos de  algún villorrio en un secarral de Etiopía. El resto somos emigrantes y así seguiremos, si es que esto sigue, en un mundo más globalizado y multicultural.

Y esta introducción sirve para charlar de cultura y globalización en un pequeño pueblo de la Bureba. En un oasis de calma/tranquilidad, con bellas casas de sillería, con plaza para tomar el fresco y ver pasar a los vecinos y dotada tres restaurantes, que para una villa de mil y pico habitantes está más que bien. Llegamos a Oña atraídos por la exposición de las Edades del Hombre que, en esta edición lleva por título Monacatus. Somos fieles seguidores de esta serie de exposiciones que van cambiando de sede cada año y que reúnen piezas artísticas del arte religioso castellano  muy difíciles de  contemplar, juntas o por separado,  en cualquier otra ocasión. Este año está ubicada la exposición, que cuenta con un comisariado de primer orden, en el Monasterio benedictino de San Salvador que data del 1011, mil años tiene la criatura. Y allí, en un juego de luces y de sombras, y sonidos vemos un grupo de tesoros al alcance de la mano y acabamos visita en un claustro que Simón de Colonia construyó en el siglo XVI y que es una joya engarzado en la corona  de lo general. Nuestro espíritu se eleva en ese ambiente, nuestra alma ora y aplica la Regla de san Benito, es a que decía que había que laborar y también, porqué no,  comer en consecuencia para tener en condiciones de revista el ánima y el cuerpo.

Así que según salimos de Monacatus decidimos comer en un lugar que nos plugiera. La primera opción fue el “Once Brutos” un nombre arietado y elegante y de apariencia de tasca donde nos dijeron que daban buen arroz, pero el lugar estaba tomado por los forasteros peregrinos y como segundo plato elegimos el Blanco y Negro. Y menos mal, ¡qué acierto, que alegría, qué descubrimiento y vaya sorpresa!.

Llegamos a las tres  y media y vimos un  lugar pequeño, coqueto, abarrotado de gente eufórica por la comida (y la bebida) y decidimos que allí había que comer a toda costa. También nos animó el que, sobre la marcha preguntamos a lugareños avisados, en concreto a la persona que probablemente más sepa de Oña y su historia,el periodista de Radio Nacional Eduardo de Rojo, presidente de la Asociación de Estudios Onienses,   y nos habló muy bien del sitio, de su cocinero senegalés y de su comida fusión de los castellano y lo africano.

Nos sentamos y nos avisaron que por lo tardío de la tarde,  y por el tapón de un grupo de veinte recién  llegado,  quizás la cocina tardara. Así que pedimos un Capilla de Ribera de Duero que servido a la temperatura perfecta nos entretuvo la espera que también se vio recompensada por un aperitivo ofrecido como cortesía de la casa de tostas queso fresco y huevas de pez.

Observamos al esforzado camarero, apuesto de rostro cincelado y profundos ojos claros que hizo la delicia de nuestras acompañantes femeninas, corría sin pausa en su afán de tenerlo todo atendido al momento y sin demoras. Perfecto en su ejecución profesional. Atento y dispuesto y con mucha mano izquierda, como observamos para tratar con los clientes de la mesa de al lado a los que con simpatía vimos exaltar la amistad y arrancarse en cantos regionales.

Y la verdad es que  no esperamos mucho,  aunque no nos hubiera importando. Llegó la ensalada para compartir y allí empezamos a notar que el lugar era algo más que lo habitual. La ensalada capricho es perfecta, un plato equilibrado del que quizás lo único que no está a la altura es el nombre, un poco adocenado y soso, yo la llamaría, por ejemplo “otra cosa que explota en la boca”.  El resto perfecto, imaginen una mezcla de peras de la zona, frutos rojos, membrillo, nueces, mezclum de lechugas  y queso azul, sin ningún aderezo sólo con el picor del queso y la dulzura de los ingredientes hacía un completo que estallaba en la boca y que nos hizo prometernos que copiaríamos sin ningún pudor la receta.

Ensalada capricho, o esa mezcla afortunada que te metes en la boca y explota de sabor

Ensalada capricho, o esa mezcla afortunada que te metes en la boca y explota de sabor

Después nos decantamos de una brocheta de cordero a la brasa. Un cordero castellano, tierno, con especias, que nos recordó a los pinchos morunos pero sin necesidad de estar tapado por un exceso de condumios. Le acompañaban un perfecto cus-cús y salsa de cebolla tostada. Lo mejor de los dos mundos Europa y África.

Nuestra bella compañía  se entretuvo con un espectacular “montadito blanco y negro”. Desconfíen del diminutivo, ese era un señor plato de los que por si sólo ya hacen una comida: berenjenas, bloc de foie y queso de cabra a la plancha, naranja y confit de cebolla con reducción Pedro Ximénez. Nos dejó sorprendidos por su originalidad y ahítos por su cantidad y la contundencia de sus ingredientes.

montadito blanco y negro

montadito blanco y negro

La veterana de la expedición, aunque arrojada, intrépida y, en ocasiones, aventurera, siguió sus instintos castellanos y se decantó por unas chuletillas de cordero a la parrilla. Quedó satisfecha y de su plato sólo sobraron un palitos bien mondados.

Y con el estómago agradecido y tras servir de reporteros gráficos y  sacar unas fotos a los compañeros de comedor, que enardecieron efusivamente, pedimos infusiones de la casa (en eso también son especialistas).  Pagamos por todo, tres comensales y buen vino, sesenta euros, un precio justo. El remate, bueno y reseñable y agradecible, fue la visita de la que supusimos era la jefa de sala. Una bella señorita, un poco estilo Sallander, que nos miró a los ojos y nos pidió disculpas por un retraso inexistente y nos preguntó si nos había gustado. Desde aquí te lo decimos: nos gustó mucho y también tu broche en forma de Principito de Saint Exupery,  que nos hizo un guiño y que nos dijo que pertenecemos al mismo club, aquel de los que piensan que  “Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos.”

Y nos levantamos y fuimos y paseamos y vimos la bella casa de interpretación del Parque Natural ‘Montes Obarenes-San Zadornil’  y nos hubiéramos quedado charlando con los entusiastas guardeses hasta que se hiciera de noche, y vimos el estanque donde los benedictinos criaron truchas y anguilas y soñamos con ese mundo de oración y cultura y buenos vinos. Un lugar donde se reinventó la civilización y Europa, allí en la época más oscura de nuestra historia como europeos, aunque todavía no sabíamos que lo éramos.  Un paradigma para lo que está pasando ahora en nuestro continente y una lección de cómo con esfuerzo y trabajo e intelecto se puede salir de lo que sea.   Y así con una fusión, una comida, un paseo, un rezo y una charla acabó el día y todo fue bueno. Y anocheció, nos fuimos y fue otro día y otra historia.

 se elevó, meditó y comió Dicky del Hoyo

web del restaurante

Blanco y Negro

c/ del Agua, 23 (Oña)

Burgos

947 300152

COCINA SENEGALESA, TRADICIONAL Y DE AUTOR

2 Comentarios

  1. Reblogged this on Dicky del Hoyo.

  2. Dicky, me da por la foto que lo que te comiste era el centro de mesa, tío…

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *