Cena y charleta. Sin perder las buenas costumbres

Un año más, y como inevitable que es, llegó mi cumpleaños. Sin en principio demasiado alborozo, el día resultó finalmente divertido, con buen tiempo y numerosas llamadas. Se ve que facebook hace milagros con la memoria de algunos. Pero no me voy a quejar, yo soy bastante cumplida hasta con aquellos que no quieren ser felicitados. Que se fastidien. Además de la celebración familiar, la comida con la big family y los pinchos en la oficina, se me ocurrió aminorar el impacto de un año más en mi ser, convocando una cena de amigas. Por tradición y comodidad, la organicé en el txoko de mis padres, así que se apuntó todo pichichi, ya que cocinaba la menda y lo haría al calorcito del asador, que estamos en invierno. La verdad es que me gustan estos saraos, siempre he sido un poco salsera; y no me importa liarme la manta en absoluto, aunque no niego que me pongo nerviosa cuando se acerca la hora pretendiendo que todo esté en su punto. De todas formas, prefiero que me dejen a mi bola y organizarme tranquilamente sin depender de ‘dispuestas’ ayudas que siempre acaban olvidándose del pan. Menos mal que existen esos bollitos congelados que se cuecen en un ti-ta y te sacan del apuro. Lo mejor es no preguntar. Parezco nueva. Que si la una está a régimen y mejor nada de fritos, que si la otra con el rollo del Karma y tal y cual se ha vuelto medio vegetariana, que si la hipocondríaca te habla del anisakis y qué pescado vas a poner (la misma que cuando estaba embarazada me hacía congelar la carne… no aprendo). Bueno, a las nueve en casa y puntuales. Y he dicho, puntuales. Nada más. Haré lo que me plazca, que para algo invito yo. Y vale, si alguien quiere ayudar, que se encargue de lo típico: pan, hielo y vino. El objetivo, además de comer, era pasar un rato agradable y despachar tranquilamente, que cada vez nos vemos...

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