Ostras o caracoles (Gastrocine). El ambiguo sabor de la sexualidad en la comida de los moluscos

(+10 rating, 2 votes)Cargando... Ayer, en un magnifico post, como siempre, políticamente incorrecto, Óscar Cubillo, mostraba sin tapujos su preferencia por los caracoles. Uno, siempre ambiguo y dado al goce con calzón quitado, no puede con este simpático, carnudo y cornudo animalito. He visto demasiados caracoles por las esquinas, las aceras, los badenes, alimentándose de las comidas más variopintas para que les tenga mucho cariño. Son babosos, se arrastran por el suelo y meterse ese cuerpecillo de resonancias fálicas en la boca resulta demasiado para mi maltratada sexualidad. Me imagino que el primer riojano o francés que, allá en la prehistoria, cocinó un caracol tuvo que estar pasando un hambre del carajo de la vela. En el cine comer caracoles sólo le queda bonito a Julia Roberts en la escena de Pretty Woman, y eso porque no consigue comer uno solo y se le escapan volando el resto, como etéreas mariposas por el aire. En cualquier caso, una pena, hubiera estado MUY bien ver a Julia metiéndose un caracol en esa boca que más que boca es un buzón del servicio postal. Por otro lado, si hay algo en lo que un machote no pueda evitar amplias resonancias sexuales en la comida es en el placer de la ostra. Abrir la concha, que siempre se resiste, como buena concha, echar limón, ver los movimientos del bicho y con una ligera inclinación de cabeza meterse el contenido en la boca, sorber con ruido y pasar la carne temblorosa de un lado a otro de la boca y tragar. Oh sí, sí, siiiiii, tragar y tragar. Hemos hecho locuras comiendo ostras, hemos comido ostras como si no hubiera un mañana, nos hemos intoxicado, hemos vomitado y… bueno, dejémoslo ahí. Pero el criminal siempre vuelve a la escena del crimen. [youtube=http://www.youtube.com/watch?v=MFMpS9VYW7s] Este es un post dedicado a la gastronomía y el cine, y el “momento ostras Vs caracoles” es, sin duda, la escena de Spartacus, el film de Kubrick que cuenta con un magnífico guión de Dalton...

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Sidrería El Almacén (Llanes). Sidra bien escanciada y comida con fundamento

Hay dos Llanes, la tumultuosa de los días festivos y sus despedidas de solteros/as (grupos beodos con penes en las diademas; el horror, oh, el horror), los puentes de cuadrillas con camisetas del Athletic, el espanto del gentío apelmazado y borreguil de la Semana Santa, el mes de agosto y sus madrileños de vermú. Luego hay otro Llanes, el melancólico de entresemana, de los meses del resto del año, de las calles vacías y de los bares con cuatro mesas. Somos egoístas y preferimos ese Llanes. Aunque los comerciantes y hosteleros renieguen de la temporalidad y se cisquen en las progenitoras de los hombres del tiempo que les espantan los clientes. Señores/as, Asturias non ye verde por casualidad y el que no esté dispuesto a mojarse un poquín que se vaya a Almería, que es un destino turístico honroso y que, por tener, tiene un desierto, el de Tabernas. Aprovecho para mandar un abrazo a David Tabernas, insigne periodista económico de El Diario Vasco y a todos los taberneros que nos han saciado la sed de justicia con sus diálogos y la otra sed con sus bebidas espirituosas. Ya que hablamos de buenos taberneros nos iremos a El Almacén. Un local de comidas y bebidas con trabajadores de la barra fija, de esos que limpian, fijan y dan esplendor a su oficio. Son legendarios, el de la coleta y el otro, el largo y serio, no les tiembla el pulso a la hora de escanciar un buen culete de sidra y se dejan y alejan de esos engendros del demoniu, los escanciadores a pilas, que Pelayo confunda. Y, además, la sidra se sirve aquí a la temperatura correcta, sin dar ni una gota de razón a a aquellos que no la tienen, que son los que la piden helada de nevera. No, la sidra se toma enfriada lo justo, en barreños con agua corriente, y para eso están los artistas de la barra de El Almacén, para que nadie salga con una impresión equivocada de...

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