Restaurante Lasal (Santander). Renovación manteniendo la esencia

Seis meses he tardado en volver a sentarme en mi restaurante favorito, que ya sabéis se halla en Santander, en Puerto Chico, junto a la gran enseña rojigualda. Debido a que Lasal cerró durante diez días por obra (y a que su web tardó aún más en ser actualizada), no pude acudir antes en mis esporádicas visitas a La Pozona. No obstante, no olvidaba mi debut en Lasal, narrado en Don Manuel en el post titulado ‘Emociones cantábricas’. De hecho, retaba a menudo a La Txurri: «Dime en Bilbao un restaurante que esté en el centro, donde te traten como a un rey, donde te sirvan sin prisas, cuyas viandas sean sinónimo de manjares y su precio te permita regresar». Y ella enmudecía, claro. La Txurri se estiró el 11-S y conmemoramos la efemérides. Ella se puso contenta nada más sentarse. La obra en Lasal ha sido superficial y se mantienen su terraza exterior, su cenador para las raciones junto a la entrada y su barrita barista. Lo que ha cambiado es el comedor principal, que de los tonos oscuros y marmóreos de antes ha pasado a un ambiente más descargado y grisáceo por las nuevas mesas (marmol blanco de café antiguo y hierro forjado rojo) cubiertas en parte por manteles rectangulares. Lo que no ha variado un ápice ha sido el trato del personal ni el resultado culinario satisfaciente, pues Lasal mantiene su esencia. El domingo ése la terraza estaba vacía y el comedor semilleno con familias burguesas y nosotros. El maître, un moreno majo, juvenil y dotado de verosimilitud, nos tendió las cartas y nos contó que fuera de ellas ese día disponían de ensalada de pulpo (la describió y nos entraron ganas) y de pescados como dorada y lubina a la sal (por raciones, no por piezas), más merluza de pincho y machote que sirven con refrito. Solicitó Susana la carta de vinos y el maître se disculpó, alegó que estaba cambiando la bodega y por eso no tenía impresas las...

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