Restaurante Zuen Etxea (Gorliz). Nunca falla

Foto tomada de GPS (Guía Para Salir)

Foto tomada de GPS (Guía Para Salir)

Seguramente, el bar-restaurante Zuen Etxea de Gorliz, en la frontera con Plentzia, cerca del puerto, es el comedor hostelero en el que más veces me he sentado. Dispone de carta, menú diario y menú especial. A la carta recuerdo besugos de ensueño y suaves ventrescas caseras. Su menú del día, a 12 euros, ya no lo frecuentamos desde que bajó la calidad del vino; la última marca era un crianza Viña Eguia (¡antaño creo que había Lan!), sustituido por el crianza Paulus, del montón, de esos de precio de saldo. Ah, pero qué recuerdos conservo de esos menús diarios con rico rioja, cazuela de alubias, lengua en salsa que comía en bocadillitos y, de postre, tartas heladas. Y La Txurri, una mujer de costumbres, una fémina de sota, caballo y rey, siempre pedía ensaladilla rusa, filete a la brasa y flan.

Así que, mientras se recupera el nivel vinícola de los menús del día en su restaurante cálido y acogedor (en multitud de ocasiones de fondo suenan Los Panchos), esperaremos acodados en la barra de su bar, concurridísimo en las horas punta, degustando satisfacientes potes matutinos. Hace meses, Tío Pepe con tortilla de patata sencilla y recién hecha; un poco más cerca, blanco Viña Esmeralda con pinchos de paté; y últimamente, vermú preparado acompañando canapés de langostino, huevo y mahonesa.

El caso es que el primer sábado de septiembre acudimos nueve comensales a celebrar el cumpleaños de mi suegro (77, el año del punk) con el menú especial, de 32 euros más IVA y sin café. El vino ahora es Solar Gran, de Laguardia, añada 2006, no tan bueno como el Viña Eguía precedente. Algo carbónico, tenía un pase pero decreció cuando nos sirvieron la cuarta botella (porque ya estaban más calientes, entre otras razones). Los panecillos se disponían apilados en una cesta de mimbre… alargados, estupendos, crujientes y con miga.

El menú especial del Zuen Etxea cuenta con bastantes primeros platos para elegir, que suelen variar poco a poco (por ejemplo, han desaparecido las pencas rellenas, tan celebradas por los gourmets). De primero, y para compartir, pedimos lo siguiente en este orden: dos raciones de jamón, que olía a mil amores según lo acercaban a nuestra mesa redonda, rico, suave; «de cortar», según La Txurri. Al poco, arribaron otro par de raciones de fritos, con rabas y croquetas. Las rabas, crujientes, ricas, de verdad, con rebozado genuino y adherido, me gustaron, pero a la suegra, dotada de buen paladar, le parecieron sosas y fue lo que menos le convenció del semibanquete. Y las croquetas a mí me suelen dar igual, pero estas de jamón estaban magníficas en su espesor y las elogió a sus 17 años Alejandro: «no saben a grasa», juzgó el experto en pizzas, revueltos y croquetas congeladas.

El escudo del pueblo.

El escudo del pueblo.

Una sorpresa

Una sorpresa generalizada fueron los piquillos con anchoas, en su punto de vinagre, con anchoas nada saladas (a la suegra le tocó una así, mala suerte), pimientos vivaces y un centro de bonito explosivo en una ración muy generosa. Luego llegó un platito de habitas salteadas con jamón, «muy delicadas» según mi concuñado Jesús, y al instante un revuelto poco consistente pero muy gustoso de ‘boletus edulis’ aclamados por el suegro setero. Para terminar los entrantes, nos propinamos dos ensaladas de bonito, cuya presentación ha variado una pizca. Ahora es menos tradicionalista y la novedad tropical la aportan los taquitos de piña. Sigue estando de notable con sus rodajas de tomate y trocitos de pepinillo, pero quizá antes era una ensalada más contundente, más vasquita.

(De los primeros platos nos quedamos sin catar únicamente dos ensaladas, mixta y rusa; ah, han eliminado del menú la ensalada de bacalao ahumado).

Los segundos, carne o pescado. Mi suegro, experto en merluza albardada con pimientos rojos, que a menudo la ha catado en el mítico Kubita cuando estaba en el Puerto Viejo, la juzgó rica, a pesar de que yo no la noté muy tersa. Yo pedí merluza en salsa verde y se trataba de una cola doble enorme, perfecta a la vista, suave al gusto, con su medio huevo cocido, un luengo espárrago separando ambas mitades y una fina salsa. Eficiente plato, pues. Tres mujeres escogieron ‘begihaundis’ (trozos de chipirones gigantes, para entendernos), en su tinta y magníficos… Estaban blandos, exquisitos y nadaban en una salsa de toma pan y moja.

De las carnes, dos invitados escogieron solomillo: muy hecho La Txurri, pero la pieza conservaba sus bondades sápidas tras la carbonización, y sin incinerar, o sea en su punto, jugoso, excelente en el maridaje con el vino, el filete de Alejandro. Su padre, o sea mi concuñado Jesús, pidió rabo de buey: con salsa contundente de aires cazadores y dos trozos de carne que cuando dejaron de emitir humo permitieron testar su suculenta gelatina.

(De carnes no escogió nadie entrecot ni carrilleras, y de pescados se despreciaron la dorada, la lubina y el rodaballo, los suponemos de piscifactoría todos).

Los postres nos los cantaron a toda leche y, así a ojo, se pidió flan (caliente), arroz con leche (la palabra «fetén» profirió mi suegro al liquidarlo; «ni demasiado líquido ni demasiado espeso», calibró el sereno y cabal Alejandro), una copa de helado que el catorceañero Miguel no quiso probar y se la acabó sin permitir probarla a nadie, más un par de tostadas o torrijas: la mía, sin aderezos de chucherías, permanecía caliente, era grande y sabía exquisita; la otra, la decorada, estaba más fría e insípida y resultaba como comparar a Dios con un gitano, uh.

Y así celebramos el 77 cumpleaños en el Zuen Etxea. Sentenció La Txurri: «el Zuen Etxea nunca falla» (claro, como ella nunca bebe vino…).

(celebró el cumpleaños de su suegro, Oscar Cubillo)

ver ubicación

Iturgitxi, 4; Gorliz

94 677 08 04

Como Oscar no saca nunca fotos, ilustramos la reseña con esta del faro de Gorliz publicada en caffelatte.es
Como Oscar no saca nunca fotos, ilustramos la reseña con esta del faro de Gorliz (que está bien lejos del Zuen Etxea) publicada en caffelatte.es

3 Comentarios

  1. Oscar Cubillo /

    Hace pocos sábados comí una vez más el menú especial del Zuen Etxea con motivo de un cumpleaños familiar. Yo por precio similar, mayor magia y más novedad prefiero el Boga de Algorta o el Tamarises de la playa de Ereaga, pero a mis compañeros de mesa les pudo la comodidad de no moverse de Gorliz en dos coches. Disfruté bastante de la reunión culinaria, pero nada más salir del local concluí que no había sido para tanto. El menú, largo en alternativas, ofrecía un par de novedades que entran y salen de la lista: kokotxas de bacalao y ensalada de salmón. Nosotros éramos siete personas acomodadas en una mesa redonda y compartimos todos los entrantes excepto uno, pues descartamos la ensaladilla rusa. Por este orden yo probé: 1º.- jamón ibérico, saladillo, sin brillo y con pinta de recién sacado del sobre pero muy rico; 2º.- fritos de dos tipos: croquetas de cortar y rabas superbuenas; 3º.- piquillos con anchoas, seis montaditos de bonita presentación con bastante ajo y una anchoa justita; 4º.- ensalada de bonito sabroso escoltado por pimiento rojo, tomate y una piña que no maridaba; 5º.- revuelto de hongos (boletus edulis), estupendo y denso; 6º.- habitas exquisitas, suaves, pequeñas y salteadas; 7º.- ensalada de salmón, con más piña y bastante avinagrada, una propuesta que habría emparejado estupendamente con una copita de cava. De segundo yo pedí las kokotxas de bacalao en salsa verde, sositas de sal y gratamente grasas, correctas; mi prima política, merluza en salsa verde, una cola sin misterio y con la misma salsa que mis kokotxas (también había merluza albardada y cogote de ídem); mi suegra, mi suegro y mi cuñada, begihaundis, o sea calamares en su tinta, con cierto regusto a quemado; mi concuñado Jesús, rabo («un valor seguro», comentó, y estaba muy bueno y contundente, la verdad), y La Txurri, solomillo, frío pero suculento. De postres, frescos sorbetes, flan sin más, arroz con leche que les queda muy bien… Yo tarta de manzana que compaginé con el café y que compartí porque la pieza era generosa pero su finura escasa (debí haber pedido tostada, que las ponen seductoras en el Zuen). Todo regado con agua Insalus frígida y vino Solar Gran, crianza 2006, 13,5 º, de Laguardia, mi ciudad vasca favorita, un caldo dulzón, floral y un pelín gélido. Así a ojo salió la cita a unos 35 lereles per cápita (no me acuerdo porque me invitó mi cuñada María).

  2. Los bocadillos de lengua son un capricho de dioses. Ahí te has dado de bruces con la poética cotidiana, hermano brother. Ya te digo.

  3. Oscar Cubillo /

    Hey, una actualización al post. La víspera del Pilar de este año, un lunes de puente, La Txurri me invitó a un menú del día de 12 euros + IVA en el Zuen. Lo peor: los menús los sirven ahora no en el comedor recogido, sino en el cercano al mostrador, con lo cual entre las cristaleras y los vozarrones de los parroquianos del bar puede resultar un tanto ruidoso a ciertas horas. Lo mejor sería todo el resto: no nos cobraron el IVA (ni nos dieron factura, ¡ja!), la mantelería y cristalería era la misma que dentro (aunque en el menú no te cambian los cubiertos), el agua de botella de cristal, el vino nada de Paulus putrefactus sino Solar Gran (¡a mejor temperatura que en el día del menú especial!)… Los primeros platos: yo alcachofas salteadas estupendas y La Txurri una ensaladilla rusa que le encantó, quizá por el cierto sabor a alioli. De segundos: yo LENGUA!!! que nunca falla y que comí en pequeños bocadillitos y ella un filete grande a la plancha («aquí bordan la carne», juzgó). De postre arroz con leche y flan para chuparse los dedos ambos. Ah, tenían lleno de comensales el espacio del menú pero no ocupó nadie el comedor principal antes de que nos fuésemos, que fue pronto… ¡Qué crisis! Yo habría entrado al comedor chic para celebrar con un besugo la Hispanidad, pero como había lengua…

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