Restaurante La Duna (Suances). Llenando por partida doble

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Ubicado en el paseo playero de la siempre reconfortante Suances, el restaurante La Duna ofrece unos menús competentes y baratos, lastrados por el vino de mesa, pocas veces potable. El local está agraciado con una decoración clara y moderna (madera tenue, gran cuadro naif…), un servicio rápido (lo que posibilita llenar dos veces el aforo de una tacada), la posibilidad de sentarse en la terraza cuando no llueve, y las diversas ofertas: carta, menú, menú especial, jornadas especializadas… La primera vez que ahí nos sentamos con vino de batalla comimos una paella muy buena (son especialistas en arroces, o sea que mal no les iba a quedar), unos spaghetti carbonara regulares, y de segundo una doradita que se quemó y yo una estupenda merluza rellena que sabía a merluza y a gloria. La segunda ocasión, un domingo, pedimos otra paella estupenda con sus tropiezos pescateros y un pulpo con cachelos que tenía un pase. Compartimos esto, pero no lo segundo: La Txurri escogió un besuguito que a pesar de ser de piscifactoría entraba estupendamente, y yo dos trozos de cordero contundente que me hicieron descartar el morapio del menú y pedir al camarero una copita de ribera de la barra (1’75), la cual me sirvió rápidamente,  para no ser menos. Entonces se me encendió la bombilla: debí haber pedido un albariño para el pulpiño.

Durante mis recientes y merecidas minivaciones pre-Semana Santa, otro domingo nos sentamos definitivamente conocedores del truco para maximizar ese menú del día: se debe despreciar el vino tinto y pedir copitas de la barra que te cobran aparte o apostar por el clarete. Esto hice yo y con clarete Monte Viesgo, dulzón, burgalés y de 12º lubriqué mis conductos gástricos. Este tercer día, que coincidía con sus jornadas del arroz (estos cántabros siempre dinamizando sus cartas), el menú de 12 euros más IVA ofertaba una ensalada de jamón y frutos secos brillante y de buena pinta, un salpicón primorosamente presentado, hojaldre de pollo y boletus, o lo que pedimos nosotros: ella spaghetti napolitana con chorizo y tomate, con la pasta ya cortada en cortos trozos y demasiado cocida pero que le gustó; y yo el infalible arroz, en este caso paella de marisco, rozando el rissoto, rica, de flipar con el clarete, levemente especiada, con un langostino potente, cuatro almejas ricas, tres o cuatro mejillones, trocitos de calamares…

Primariamente excitado yo deglutía deprisa y llegamos al segundo plato, ella manteniendo la vista ‘preciosa’ a las dunas de la playa y yo mirando a la pared del fondo con su mural naíf de Bob Esponja. Descartamos los chipiriones en su tinta y las carrilleras de ternera (éstas eran tres piezas rojas de estética estupenda muy solicitadas por los parroquianos: familias, parejas jóvenes o maduras, cuadrillas de amigos púberes…), y Susana tomó chuletillas de cordero escasas en cantidad para un hombre pero idóneas para una mujer, según su calibración. Estaban escoltadas por buenas patatas que acabé yo untándo en el tomate de mi bacalao a la cántabra, que es similar a la vizcaína; es decir rústico, tieso y rico, para tomar pan y mojar.

Los postres, bah… Ella descartó las tartas («no me gustan las caseras», le replicó al amable camarero mulato) y pidió una mouse de fresa que no le hizo nada de gracia, y yo un flan que no dejó ninguna huella en mi memoria. Para terminar ella requirió un buen café con leche de desayuno porque debía conducir hasta el siguiente pueblo de nuestra hoja de ruta, yo pagué con tarjeta 27,38, y al abandonar el local vimos que estaba lleno… otra vez más.


(Tripitió de cara a la pared Óscar Cubillo)

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Paseo de la Marina Española, 10; 39340 Suances (Cantabria)

942 811 125

DCF compatable JPEG ImgÓSCAR CUBILLO

Otro más de los licenciados en Ciencias Económicas que pueblan la nómina colaboradora de esta web. Cuando le da por ser comunicativo, manifiesta que publicó el mejor fanzine de rockabilly de España (el Good Rockin’, allá por los 80) y la mejor revista de blues de la Europa Continental (llamada ‘ritmo y blues’, editada de 1995 al 2000). Actualmente junta letras por dinero en el periódico El Correo, por comida en El Diario Vasco, por ego en Lo Que Coma Don Manuel y por contumacia en su propio blog, bautizado Bilbao en Vivo y tratante, sobre todo, de conciertos en el Gran Bilbao, ese núcleo poblacional del que espera emigrar cuanto antes. Nunca ha hablado mucho. Hoy día, ni escucha. Hace años que ni lee. Pero de siempre lo que más le ha gustado es comer. Comer más que beber. Y también le agrada ir al cine porque piensa que ahí no hace nada y se está fresquito.

3 Comentarios

  1. Alain Alaba /

    Este puente de abril de 2012 recalamos en Suances en una escapada de fin de semana. El pueblo y la playa son lugares bonitos. Pero la experiencia que tuvimos en este local fue rotundamente mala.
    Literalmente fuimos atracados. Por una ración de exactamente 12 gambitas (12, contadas) a la plancha y dos copas de vino (nada de peticiones concretas ni vinos caros ni reservas, quede esto claro) La feliz idea de entrar en este local nos costo 20,80 euros!!!!!
    El restaurante no es de lujo, la ración fue muy corta en cantidad. El servicio se ajustó a lo meramente correcto, y la instalación simple, llanamente normal. En resumen, no hay nada en este restaurante que pueda justificar ni remotamente el precio.
    Queda pues avisado el turista que visite Suances. Prepárese a un atraco si decide entrar en La Duna.

  2. Óscar Cubillo /

    El sábado 10 de diciembre estuvimos de Puente de la Inmaculada en la acogedora, playera y montañera Suances y fuimos infieles a nuestra primera opción: una paella de marisco para dos personas (unos 25 lereles) más alguna ración mientras esperáramos al arroz (tigres a 5, navajas a 7, rabas a unos 7 también…) en el restaurante La Dársena, nuestro favorito del pueblo. El primer paso pérfido esta vez lo di yo, pues pensé que estaría de muerte la merluza rellena de La Duna y libraría el papeo por 12+IVA cada menú. Como azuzaba la gusa, nos sentamos temprano en el remozado comedor de La Duna, que ya no ostenta el fondo naif marino tipo Bob Esponja sino unos elegantes y grandes cuadros fotográficos de equinodermos y así, en plan el restaurante Abaroa. De primero ese sábado en su menú había espagueti carbonara, ensalada de ahumados con chipirones, o lo que pedimos nosotros: paella de marisco para ella, en ración más pequeña que en ocasiones anteriores, con arroz cremoso y sacramentos económicos pero sápidos (mejillones, cachón…), y yo caldereta de ternera, o sea guisado de carne con sus patatas, guisantes y un zancarrón potente en su sustancia y fino en sus grasas. De segundo plato había sapito, bacalao al ajo arriero, rabo estofado, entrecot, o lo que pedimos nosotros: yo merluza rellena, rica ella, trufada con gambitas congeladas al ajillo y presentada sobre una salsa de marisco, muy sabroso el conjunto, y Susana solomillo ibérico relleno de bacon, hongos y tal sobre una salsa dulzona con piñones y todo muy rico también, pero en cantidad cortita a su parecer. De postre descartamos las varias tartas y la fruta, ella pilló helado de marca blanca muy apetecible y yo un arroz con leche flojo, frío y con el grano demasiado blando. Regamos el condumio con agua de marca poco conocida cuya botella de plástico nos llevamos y con clarete Monte Viesgo, morapio de mesa burgalés de 12º que servía para desangrasar. Lo olfateó la Txurri y sentenció: «Esto huele a carburante».

  3. Arturo /

    Ese artículo me ha gustado bastante más que a ti el vino de pelea. Mola

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