Restaurante Erribera (Donostia). Pida entrecot

Morros y callos de Erribera (foto: cuchillo)

Pocas cosas han cambiado en la zona de Portuetxe desde nuestra última visita. El Diario Vasco sigue en su sitio, intentando minimizar las hazañas del Athletic Club, seguramente de modo bienintencionado, para ahorrar traumas a sus lectores. En la sede de la Kutxa aún brindan por las condiciones de su acuerdo con la Bilbao Bizkaia Kutxa. En Nanogune se empeñan en hacer más pequeño lo pequeño. Elkar continua editando discos y libros carne de romería e ikastola. En la cercana universidad se sigue jugando al mus con sólo cuatro reyes. Etcétera, vamos.

Por si fuera poco, la arquitectura de la zona no se ha tornado seductora, nadie le dirá en lo viejo “no abandone Donostia sin visitar la calle Portuetxe”. Lorenzo Juarros y otros destacados representantes de la Real Sociedad frecuentan la misma vinoteca-txoko, cuyo nombre no desvelaremos para que los rectores del Atlético de Madrid no se presenten allí dispuestos a negociar el fichaje de Griezman. Y en la pared aledaña, la del restaurante Erribera, me confundí una vez más al escoger la cena. Me decanté sin pensarlo por un platazo de morros y callos (9 euros + IVA), fotogénicos (como observará el avispado lector), pero poco indicados para el consumo nocturno, por la sed que dan (siempre) y por echarse en falta mayor untuosidad (en esta ocasión). Que no estaban muy allá, vamos. Y eso que los empujamos con una botella de Marqués de Vitoria crianza (11,80).

La morcilla de Burgos (6,60) que picamos estaba correcta, con un ligero toque picante y servida sobre una rica salsa de tomate. Los pimientos del Padrón (7,35) “olían mejor que sabían; no sé si les faltaba sal”, rememoraba al día siguiente mi bella y juiciosa esposa.

Huevos camperos.

Los huevos camperos (9,60) tenían gran apariencia, pese a su reducido tamaño, con la yema brillante y bullente, y el jamón que los acompañaba estaba rico, no así las grandes patatas, de apariencia congelada. ¿El escalope? “Superfino pero bien”, sentenció mi hermana.

Pero olviden todo lo anterior, pues todo ello pasó por alto para los dos acompañantes que escogieron entrecot (11,40) al punto, con piquillos enriquecidos con un apropiado toque de leña y, eso sí, patatas del montón. Riquísima la carne, tan roja y sápida que no parecía ternera, y realmente en su punto, “muy acertado”. El propio cocinero salió a presumir de su calidad, con su oronda figura y su mandil mancillado. Debía estar tan bueno (el entrecot) que me niego a publicar aquí su imagen, para olvidar cuanto antes mi error, y las enormes bandejas de puntillitas que vi, salivando, en otra mesa, y los lomos de bacalao crudo que observé en la cocina, y su oferta de ensaladas, su amplia lista de bocadillos y la pizarrita de la barra donde anuncian patatas bravas, champis… 

(volverá, y pedirá entrecot, Igor Cubillo)

 web del restaurante     

Camino de Portuetxe, 15 (Igara); 20009 Donostia-San Sebastián (Gipuzkoa)

943 21 03 00

2 Comentarios

  1. Igor Cubillo /

    Gracias por tu comentario, Jon. Su lectura me reconforta. Mi texto no pretende un premio literario, únicamente indicar que el entrecot del Erribera es bien recomendable. Se trata de un halago y de una pista/recomendación gastronómica para quienes visiten el lugar. Y los mandiles, por cierto, están para ensuciarlos. No te lo tomes tan a pecho. Un saludo.

  2. Lástima que esta crónica este tan mal redactada. Sobran comparaciones y la estructura narrativa, oronda y mancillad, es de primero de EGB.
    Lástima.

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