Restaurante La Chata (Isla). En el Top de los menús

Oct 17, 12 Restaurante La Chata (Isla). En el Top de los menús

La ensalada de ventresca que comió Blackie en La Chata (foto: 27, The Black City)

El antaño periodista musical y hogaño comentarista culinario Mikel López Iturriaga (hermano del barbado exbaloncestista) pergeñó una lista con los mejores menús del día de España y uno de los locales caía en Isla, Cantabria, cerca de mi casa. Escribía López Iturriaga sobre este restorán llamado La Chata: «Los guisos de pescado son la especialidad, y también cuentan con excelentes albóndigas y postres caseros tan atractivos como la tarta montañesa. Por si fuera poco, si hace buen tiempo se puede comer en la terraza». Sí, en realidad disponen de varios espacios que sirven de refectorios: la terraza, el cenador, el bar si está muy lleno y una ampliación de la trasera de la casa donde han instalado un amplio comedor con techos altísimos, lámparas colgantes, madera, ladrillo…

Tres días seguidos almorzamos entre semana en La Chata, empresa alejada de las carreteras y las playas, ubicada en el centro de Arnuero, a pie da su iglesia visible a distancia. De esos tres días, el local tuvo dos llenos con colas. En su propaganda se dicen especialistas en pescados del Cantábrico (enormes los salvajes; cuando fuimos había rodaballo, dorada y lubina) y chuletón a la piedra, preparan mariscadas de encargo (y también paellas), subrayan su comida y postres caseros, ofrecen platos combinados, y se jactan de amplia carta, aunque no es para tanto. La de vinos es típica, corta y mayormente riojana, con pocos blancos para tantos pescados. Y bueno, ahí comimos tres días con satisfacción menguante, pero todos recomendables.

Martes

Debutamos con el menú del día, a 11,50 cada comensal. Llegamos y el local estaba lleno, pero nos colamos y nos colocaron en el altillo del comedor nuevo grande. Desde ahí oteábamos el resto de las mesas, que no molestaban con sus conversaciones. Ese día el menú proponía de primero ensalada de tomate de Isla (muy rojo, buena pinta, con cebolleta y algunas aceitunas con hueso; en la carta a 5 euros está), jamón de bodega (varias gruesas lonchas emplatadas para solaz de los muchos adolescentes que lo eligieron) y lo nuestro: calderata de bogavante y alubias blancas con almejas. Yo ataqué la caldereta de bogavante, o sea un guiso de patatas con marisco, y no me importa contar que acabé el perol dejado al lado. Se trataba de una suerte de marmitako (el guiso de patatas y bonito vasco) con sabor a sopa de pescado, patatas espesas y una pinza de bogavante con mucha enjundia. Susana eligió alubias blancas con almejas, y las legumbres estabas estupendas y suaves, tiernas, con clase y potentes, pacientemente cocinadas, con posgusto a pimentón, y los bivalvos sin más según Susana, que no acabó su perol, por supuesto. Ella bebía agua, Solares, cómo no en Cantabria, y yo pedí un clarete de la casa, Orcasol, riojano de 12 grados con corcho y sabor fresco y aparente, más que potable.

Ese martes de segundo ofrecían lomo empanado (que comían los niños), carrillera ibérica (por lo que vi lo completaban con demasiadas patatas) y lo nuestro, para ella un sanjacobo y para mí parrillada de pescado. Ella pidió la carne, sanjacobo casero, según su paladar frío, con jamón york y un poco de queso más ricas patatas fritas de guarnición. Yo acerté de pleno con la parrillada de pescado, tres piezas con unas patatas cocidas correctas. El trozo de lubina, exquisito, lo disfruté más que esa ración a la carta de El Caserío de Suances que me costó 24 lereles. Había dos trozos de rodaballo, uno justito y uno rico, ambos con la piel rotunda. Lo acompañaba una salsita de ajos muy sabrosa.

De postre había helado, yogur, fruta (ese martes melón), flan casero (a 3,90 en la carta; pero se agotó y le trajeron sin avisar a La Txurri unas natillas con galleta que rechazó, claro, y al final, a la postre, se arregló con un helado de palo) y lo mío, queso con (dulce de) membrillo, aparente (en la carta, el queso fresco con miel cuesta 3.50). Pagué en efectivo en la barra los dos menús: 23 euros, sin propina, no por nada, porque el camarero nos atendió muy bien y no se hartó de escalar hasta las alturas.

A nuestra vera en el altillo comió una pareja joven: una ensalada mixta (6,50) enorme para los dos, ella solomillo al foie y salsa de oporto (15,25; buena pinta, grueso y muy solicitado por la clientela de La Chata), y él debió conformarse con un rodaballo de piscifactoría pues ella no se avino a compartir pescado para dos, que sale a unos 40 euros el kilo de pieza salvaje. Sumándole la botella de agua y el postre compartido, una tarta dulce, les costaría unos 40 euros los dos, o sea muy competitivo.

Cocina del restaurante La Chata.

Miércoles

El miércoles el local no estaba lleno. Nos introdujimos directamente en el comedor principal, donde las voces humanas sonaban más altas que la víspera. Preguntamos qué había de menú y no nos apeteció: alubia roja (que servían con guindilla), alcachofas con jamón («me parece que sirven demasiado»,observó La Txurri, para quien la cantidad es defecto en gastronomía) y ensalada de pasta; de segundo, atún encebollado, bistec con patatas (finolis y escoltados por mogollón de patatas fritas) y churrasco asado.

Comimos a la carta y tras… hum… por culpa de malentendidos encadenados no pedimos otra de sus especialidades, los grandes pescados asados. Snif, snif… También descartamos las almejas en salsa verde (gruesas, aromáticas a distancia, una ración con más de una docena de piezas que cobraban a 12,90, al mismo precio que las almejas a la sartén), no tuve saque para su cazuelita de albóndigas (una especialidad, a 6,25), ni para su carrusel de fritos calientes (9,50), ni para la tablita de pulpo a la gallega (12,5). De pescado salvaje había lubina, dorada y rodaballo de nuevo, y los de la carta eran lubina y rodaballo de piscifactoría, merluza y bacalao seguramente congelados. Estos pescados los preparan al horno o en salsa verde y costaban todos alrededor de 14 y pico.

De la corta carta de vino me fijé en el Campillo (18,90) y en el Piérola, que debe de tener buen trato con La Chata por la publicidad que le hacen: la botella de 75 cl. la tenían a 14,90 y la media a 7,75, que es la que escogí. Piérola es un rioja de De Moreda, esta botella de la cosecha de 2008, con poco cuerpo pero rico. Empezamos compartiendo una ensalada. Buena pinta sabemos que tenían la mixta (6,50, para satisfacer a dos vale) y la de tomate (5 euritos), pero elegimos la ensalada de ventresca (13,25), dulzona por el vinagre y la cebolla caramelizados, con anchoas ricas, ventresca muy delicada y sabrosa. Nos la retiraron tan pronto que no me dio tiempo a untar el plato.

De segundo yo pedí lomo de merluza en salsa verde (14,25), con suculentas almejas (cuatro, parece que son recomendables las almejas ahí, sí), langostino duro que sabía a ajillo y la correcta pieza pescatera, sumergida en una salsa que quemaba y unté a modo. El Piérola crecía con el pescado blanco, por cierto. Susana comió un entrecot con salsa de tresviso (13,75) tan grueso que se lo planchearon en dos mitades, pues le gusta muy hecho, carbonizado a poder ser. Estaba duro en algunas partes, la salsa de ese queso azul excelente, y también traía jamón de adorno, patatas y champiñones.

Cuando yo estaba mirando a las moscas y las amplias cristaleras llegó el postre de ella: tarta de queso con arándanos (4,10), con helado de fresa, riquísimo todo. La camarera, una chavalita rubita que la habían hecho fija, me trataba de tú y no me gustaría dejar de evocar la figura pantagruélica de un paisano, seguramente un campesino cántabro, que a solas, en la mesa de enfrente de mí zampó alubias con guindillas, una gran bandeja de chuletillas de cordero con patatas y pimientos verdes, un copón de helado de chocolate y una botella de Cune. Ah, ¡el señor pidió que le repusieran el pan! Jo, ya me gustaría ser así de tragaldabas. Esa segunda vez pagó Susana: 60,90 euros.

Anuncio viejuno de La Gitana.

JuevesNuestra tercera visita a La Chata fue en jueves y hubo otro llenazo, el segundo. Debía de ser fiesta en Santander capital y se colmaron los salones del caserón. Antes de que llegara la avalancha humana nosotros tomamos un aperitivo en su porche. Los dos camareros sudamericanos no sabían qué era el fino que a mí me apetecía y al final encontraron una manzanilla de La Gitana. Luego, claro, tampoco sabían qué cobrarme. Les dije que máximo 1,50 y me lo rebajaron a 1,20. Les preguntamos qué había ese día de menú, pues nunca lo exponen de modo evidente. Lo que había nos convenció, nos quedamos y comimos en el cenador con vistas a una campa y con el runrún del bar de fondo y al fondo. El local se llenó, ya se ha dicho, y apuntaban en una lista para acomodar a los que llegaban después. A nuestra derecha primero comió un caballero a solas el menú y luego ocupó su mesa un matrimonio maduro que se homenajeó con percebes y un estupendo rodaballo para dos (de ahí comían tres fijo) regados con albariño de la casa. Yo les miraba con envidia, porque salir de restaurantes con La Txurri, que nunca quiere comer nada abundante, es un rollo, en serio.

Ese jueves de primero en el menú había fabada, ensalada de pasta, ensalada periñaca (típica de Cantabria) y macarrones con bonito. Yo me arriesgué y pedí el tinto del menú. La chica, la misma que nos atendió la víspera y me trató de tú, me miró con cara entre de asombro y de susto. El morapio se llamaba El Sotillo, era de la gran empresa García Carrión y tenía tapón de rosca y 11 grados, entraba suave y sin sabor a química y a nada. Flojo al principio y al final malo. Debí haber repetido el rico clarete del martes, qué fallo. Los macarrones de La Txurri estaban muy cocidos pero muy ricos, y mi fabada estupenda. Comí un montón de platos (tres), pues la abandonaron a mi vera. El chorizo entraba fácil por muy cocido, la morcilla era asturiana y el tocino tenía muchas vetas de carne que aplasté con el pan.

De segundo había mero en salsa, bonito encebollado, redondo y solomillo de cerdo. El mero en salsa llegó frío sobre una salsa rica, como observó ella, y yo me comí con esfuerzo un bonito con cebolla dulzona. Era una ración generosa y bastante hecha, pero sin más peros. Seguro que en vez de bonito era atún, que lo ofrecieron la víspera. De postre cantaban un montón de cosas: helado, yogur, fruta, tarta de bizcocho y sanmarcos… Yo tomé queso con membrillo, ella le parece recordar que tarta sanmarcos más un café abonado aparte. En total pagué, 24,20, o sea 11,5 por cada menú y 1, 20 el café. Y yo, buf, me sentía muy pesado al volver a casa en coche.

(volverá para devorar pescado asado, Óscar Cubillo)

ver ubicación

Barrio del Hoyo, 3; 39195 Arnuero-Isla (Cantabria)

942 679 372

Un rodaballo que no pude comer (foto: devericuetos.blogcindario.com)

Un rodaballo que no pude comer (foto: devericuetos.blogcindario.com)

8 Comentarios

  1. Cuchillo /

    Tomamos nota, Lorenzo.
    Muchas gracias.

  2. lorenzo /

    alubias con almejas muy ricas

  3. ¡ostras! pues sí, la verdad, los trapos sucios, que los laven ellos…sin pruebas, aventurada es la afirmación, vamos a mi me parece…un abrazo<!

  4. recomendacion: vigilen la caja registradora hay trabajadores que se les pegan los billetes a las manos, he comido en este restaurante y e visto como se guardan el dinero en sus bolsillos

    • No, sé, parecen declaraciones muy fuertes. Quizá el trabajador las cogió porque debía ir a comprar algo para la empresa. Pero no lo comento para sacar la cara a nadie, ¿eh?

    • jesus fernandez /

      haber si van a ser uno de los dueños.trabajan 3 de ellos de camareros.

  5. Hey, Blackie, si no te pones de morros, vampirizamos una de tus fotos. ¿OK? Es que el tal Óscar Cubillo nunca lleva cámara a los restaurantes, el tío…

  6. Qué gracia! he tenido un déjà vu con tu post!! jajajaja he estado varias veces en La Chata, te dejo el enlace para que veas la ensalada de jamón y micuit, es IMPRESIONANTE la cantidad de estos dos ingredientes, frente a la lechuga, casi inapreciable!

    http://www.theblackcity.com/search/label/La%20Chata

    Un abrazo!
    B.

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