La Casona del Judío (Santander). Picoteo deluxe

Media ración de anchoas con mucho pan cristal (foto: lacasonadeljudio.com)

El Cenador de Amós, en Villaverde de Pontones, en el oriente de Cantabria, es uno de esos locales que hay que visitar alguna vez. Como nos comentaba un amigo gourmet, sale «a unos 80 euracos mínimo, si se trata de jamar un poco bien». Y añadía nuestro informador:«Sus dueños tienen ahora otra sucursal interesante en el barrio de Monte, Santander. Se llama La Casona del Judío, es más económica y se reabrió hace unos meses». Miré en su web y vi que me lo podía permitir. Y en una escala en La Pozona, o sea Santander, a La Txurri le apeteció comer ahí. Yo aún tenía en mente su carta: corta, tradicional, del gusto infantil y con vinos aparentes. «Un nuevo concepto de la cocina de siempre», plasman como eslogan en su web, dándose ringorrango.

Arribamos en el barrio de Monte, un poco más abajo del Sardinero, y aparcamos por ahí sin saber que La Casona del Judío dispone de un amplio parking para sus clientes. El negocio cuenta con una pequeña barra, una terraza semiporticada al aire libre poblada por burgueses, salones privados en la mansión, un pabellón añadido para bodas y grandes ágapes, y el espacio donde se consume habitualmente, un habitáculo muy iluminado, una suerte de cubo de vidrio adornado con techo y suelo de madera, alfombras, sofás y sillas, algunas mesas altas con taburetes, alacenas con libros y falsos jardines con piedras. Un entorno chic tipo la sala de evasión de la nave Prometeus de la última película de Ridley Scott.

Nos sentamos a eso de las tres de la tarde sin reservar ni saber que tras ese horario de comida cerrarían un mes por vacaciones (hasta final de noviembre) y que reaparecerían con nuevas propuestas. Vaya… Quizá por eso ese domingo no les quedaba ni caldereta de bonito (a 11 euros, todos los precios con IVA incluido; La Txurri me animó a que pidiera cocido montañés a ese mismo precio pero pasé), ni uno de los tipos de arroz (los preparan para un mínimo de dos personas y salen a unos 13 lereles), ni lo que se me antojó a mí, el huevo escalfado con trufa (7 euros), pues me apeteció para combinarlo con el vino.

Poca gente había ese día. Alguna familia con madre pija mature sexy y poco más. Nosotros nos sentamos, pedimos tres medios entrantes, dos segundos, medio postre quesero y un café más una cerveza Alhambra (3 lereles) y una de vino Marqués del Riscal (17 euros, fuera de carta me lo ofreció el camarero; no acabó de despegar: de 2006, afrancesado, olor a frutos rojos, sabor a cuero y mucha madera al principio; me llevé en una bolsa de papel los 20 centilitros que no bebí), y en total pagué 77,40 y no dejé propina porque no tengo costumbre.

En total probamos unas siete de sus propuestas gastronómicos, de su picoteo deluxe, seguramente con mucho margen de beneficio a su favor en cada plato. Del apartado de la carta nominado ‘producto’ catamos media ración de ‘anchoas elaboradas en Cantabria, con tomate y pan de cristal’ (7 euros media, 14 entera), que eran tres piezas que olían de lejos, con gruesos filetes de anchoa contundente y pelín salada, bien combinados con el tomate y montados sobre pan rico y crujiente que no comí todo. De aperitivo nos convidaron a un par de ‘croquetas de jamón ibérico’(10,5 la ración), exquisitas, redondas, pequeñas y suaves (ups, a Susana le tocó una un poquito congelada). Además yo pedí para mí media de ‘buñuelos cremosos de bacalao’ (6, a 10 la ración entera) y estaban tan sabrosos que Susana, que asegura odiar el bacalao, se comió tres esferas ponderándolas positivamente por su fina fritura, su bacalao soterrado y su bechamel de cortar. Je, je…

Vista del comedor de La Casona del Judío (foto: Susana)

Del apartado‘vegetal’ de la carta me interesé por las ‘alcachofas fritas a la judía servidas con su propia crema’ (12), pero me respondieron que no era la temporada. Sopesé papear media ‘ensalada César con pollo, picatostes y la famosa salsa’ (12) y ni me fijé en su ‘ensalada mixta con los mejores ingredientes’ (12), como indican en su web ideal para dos comensales o como plato único. Pedimos ‘ensaladilla rusa’,media ración (7 euros, 12 entera) porque nos lo recomendó así la camarera, pues esa mayonesa llena mucho, alegó. Airea la web de La Casona que la ensaladilla se termina en mesa, porque nos la trajeron en un cuenco con los trocitos vegetales debajo (y el bonito era en escabeche, jaleó La Txurri) y un grueso dosel de fina mahonesa encima, la cual mezclamos a nuestro gusto. La web elviajero.elpaís.com la ubica entre las 10 primeras mejores ensaladillas de España. A La Txurri le gustó pero yo he de destacar que soy experto mundial en ensaladillas y que la de mi madre le da mil vueltas. Y la de mi esposa, que mantiene la fórmula de su padre. Y por ejemplo la de los pinchos del bar Irrintxi de Las Arenas (Getxo). Los ingredientes de La Casona del Judío no estaban compactados, integrados, y su mera visión me recordaba a una ensaladilla o menestra de verduras congelada. Correcta estaba esa ensaladilla, sin magia turbadora, sin más.

Nos saltamos los arroces y del apartado ‘de interior y costa’, o sea de los segundos, carne o pescado, comimos albóndigas de pescado y de carne en sendos platos que llegaron quemando, como advirtió el camarero. Entre las carnes se ofrecían también mini y maxi hamburguesas seguro que fascinantes para la chavalería (14 y 15 euros), bacalao con tomate y pimientos (17) y carrilleras melosas en lo que no fijé mis pupilas (15), merluza a la plancha (16) sobre la que sí se detuvo mi mente, o ‘solomillo de novilla con salsa de vino tinto’ (25) con el que me planteé seriamente autotributarme. Al final, elegimos las pelotillas de mar y tierra por compartirlas en plan picoteo, que es de lo que se trata en La Casona del Judío. No en vano ofrecen varios menús baratos en los que colocan al centro varias propuestas elegidas por la casa, no por el comensal, en plan sorpresa (más margen de beneficio para la casa, pero seguro que todo está bueno).

Curiosamente ya estábamos bastante llenos y no habíamos comido demasiado para cuando empezamos el segundo plato. Estaban mejor las ‘albóndigas de pescado con salsa de hongos’ (14), en especial cuando las mezclabas con la salsa. Con ellas el Marqués de Riscal crecía. Pero el Marqués no podía con las ‘albondigas de vacuno y presa ibérica con crema trufada de patatas’ (14), tan poderosas que el caldo se difuminaba. Vaya: yo veía botellas borgoñesas de tintos en otras mesas y pensé que había debido probar algo inusual, por ejemplo… miro ahora en su web… el Coto de Hayas garnacha centenaria (un Campo de Borja a 14 euros).

De postre le sugerí a La Txurri que pidiera para ella una tentadora y dulce copa cónica con blanco arriba y rojo arriba que había degustado una pareja a nuestra vera, tipo la tarta de queso invertida de nuestro figón favorito santanderino Lasal, pero me respondió que la pidiera yo. Bah, me conformé con media ración (5) de queso Idiazabal riquísimo, para ver si subía el Marqués de Riscal, pero no hubo modo. Ella tomó un café bien rico (2) y salimos tan campantes, yo con mis 20 centilitros de Marqués de Riscal en la bolsita de papel marrón.

(No suele ser partidario de compartir Óscar Cubillo)

Calle de Repuente, 20; 39012 Santander (Cantabria)
942 34 27 26

1 Comentario

  1. Marcela /

    Acabo de echarle un vistazo a la carta, los precios están dentro de lo normal si tomamos en cuenta que sigue siendo un restorán de alta gama. Me pregunto si alguna vez saldrán descuentos como para salir a comer y no quedarse en cero. Por el momento me quedaré con las opciones que me da esta página, las cuales tampoco están malas.

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