Kata.4 Oyster Bar (Donostia). No es mi idea de self-service

La barra del Kata.4, bien tranquila (foto: Uve)

La barra del Kata.4, bien tranquila (foto: Uve)

Dicen las malas lenguas que por mis venas corre sangre aragonesa, y que pudiera ser la causa de ese punto cabezota que, dicen también, brota en mí con cierta frecuencia. Exageran. Dicen, además, que muestro excesivo empeño en defender mi ciudad, con ese “déjame presumir de ti un poquito”. Cuánto dicen, por Dios. Quizás estén en lo cierto, no lo sé, y por eso precisamente me resistiera. Pues sí. Me resistía, pero al final voy a tener que dar la razón a aquél que me susurra que en la hostelería donostiarra se vive de rentas. Mal que me pese, empiezo a pensarlo. Y es que, como diría ese mismo aquel, las cosas llegan sin prisa, sin atajos. El problema surge cuando simplemente no llegan.

Esto viene a cuento por una de mis visitas a Kata.4, Oyster Bar de apellido. A una de tantas, que es lugar que me agrada. No puede ser que un día no cualquiera, de una semana tampoco cualquiera, intente (la que suscribe) recomponer un desagravio y le salga rana. Muy rana. Intentaba recompensar a mi acompañante por el olor a ancas del citado anfibio del que, muy a mi pesar, impregné su impoluta camisa en nuestro anterior encuentro. Ahora que lo pienso, no fue nada afortunada aquella decisión de apalancarnos en la barra de un bar junto a dos bandejas que, de inmediato, empezaron a afectar negativamente a nuestra pituitaria. Poca capacidad de reacción la mía. Trataremos de olvidar el episodio, ya que los olores no siempre se olvidan… Para bien o para mal.

Volviendo al recomendado Kata4, mucho diseño. Estilo. Colores suaves. Mucho nombre. Mucha ostra, sí… Pero poco tacto. Cuatro personas en todo el local, dos en una pequeña mesa y nosotros, dos más, junto a la barra (2+2=4). Tras el mostrador, dos camareras, sí, con “dosmásdos” cuatro manitas, también. Siendo precavidos, nos aseguramos de no quebrantar el limitado horario de cocina, que dicho sea de paso, no se entiende que en ciertas fechas cierre a las 15:30 horas. Pero evitemos contestaciones poco apropiadas y seamos capaces de decidir la comanda a las 15:28 horas. Hecho. De su pizarra seleccionamos tres nombres y los acompañamos con vino y cerveza. Listo, también.

No se me amontonen... (foto: Uve)

No se me amontonen… (foto: Uve)

Sumidos en una interesante conversación, pasado un rato apreciamos en la ventana de la cocina, bajo los infrarrojos, un plato de patatas de renombre muy fino, “sauteés” (5,50 euros), pero que, vaya por adelantado, causaron en nosotros cierta desilusión. La ausencia de clientela alrededor nos lleva a pensar: “puede que sean nuestros esos tubérculos…”. ¿Lo son? Sí, nos responden. Pues estaría bien que nos los acercaran, a menos que esperasen una maniobra de abordaje por nuestra parte. No era el momento de demostrar ningún tipo de habilidad acrobática, tuve suficiente con el “momento ancas”. Ausencia de inquietud en el rostro de la camarera. No se inmuta. Sonríe… No, si simpática sí era.Ya que tenemos tiempo, y espacio, decidimos apostarnos en la mesa larga del fondo, un sitio agradable y recogido. Bien cómodo. Pero se nos empiezan a resistir las patatas sabor a barbacoa. “Veremos el resto, que no llega nunca”, pensamos. Espera, eso que reposa en el mármol blanco, junto a las cuatro manos de las dos camareras, en una barra vacía (ya se han ido los otros dos clientes), parecen nuestras raciones 2 y 3. “Disculpa ¿eso es nuestro?” Sí rotundo, sin sonrojo alguno. Anda, ¿y por qué se tiene que levantar él? El bar está vacío. No es tanto el camino a recorrer y quien mueve las piernas mueve el corazón, señorita. No hace falta indicar que cuando quisimos llenar nuestras copas de nuevo (tanta salsa barbacoa…) fue mi acompañante quien en otras dos ocasiones se acercó al mostrador. Caballeroso él, impidió en todo momento que yo emulase con la bandeja a alguna de las dos jóvenes que en esos momentos detentaban el turno.

Sobra comentar que en caso de afluencia masiva al local, camareros apabullados, desbordados, trabajando de manera incesante, sin pausa, aturdidos por el consumo masivo, qué sé yo…, no se nos caen los anillos por recoger en la barra nuestra comanda y volver a que repongan nuestras copas. Pero cuando hay dos camareras para dos clientes, sobran las palabras. Es que sobran manos. Y sí, seguramente pagarán justos por pecadores. Una pena.

(Uve)

web de la Cafetería-Oyster Bar

ver ubicación

Santa Catalina, 4; 20004 Donostia (Gipuzkoa )

943 42 32 43

4 Comentarios

  1. Igor Cubillo /

    Jarvisey, Uve, considero que muchos hosteleros deberían cerrar sus puertas coincidiendo con la celebración de fiestas populares y otros eventos populosos, pues los ingresos extra no deberían compensar la imagen patética que transmite su incapacidad para atender en condiciones a su clientela. Que sea Semana Grande, no debe ser excusa ni coartada para tales despropósitos.
    Si sólo eres capaz de atender cuatro mesas, no eches por tierra tu presunto prestigio desatendiendo 14. Aunque muchos no han precisado prestigio ni calidad para llenarse los bolsillos de dinero, dada la falta de capacidad crítica y/o analítica, e incluso de amor propio, de buena parte de la población. El cliente manda, decide y determina con su nivel exigencia la calidad que recibe. Tenemos la hostelería que nos merecemos.
    No obstante, me alegra la disposición de mis compañeras a tropezar una y otra vez con las mismas piedras, para ratificar sus impresiones y desaconsejarnos ciertas paradas con verdadero conocimiento de causa y tan admirable prosa.
    Un placer compartir espacio.
    Besos, abrazos y más muestras de afecto y respeto.
    Besos, abrazos y demás

  2. Pues tienes toda la razón. Yo también repetí, y fui atendida por una simpática camarera. Pena que pidiéramos mejillones al vapor y nos los sirviera “Provenzzale”, que se le cayera la salsa en mi falda y se olvidase del pan. Además quiso cobrarnos un chupito de licor cuando sólo tomamos dos copas de vino. Se lo perdonaré, era Semana Grande. Un saludo!

  3. Lo he vivido en multitud de ocasiones en el kata 4 así que te reafirmo en tu experiencia. La culpa es nuestra por volver.

  4. Alucinada me dejas!

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