Río Coura (Lisboa). Sabores primarios

Ago 08, 13 Río Coura (Lisboa). Sabores primarios

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Fachada pintoresca y en cuesta del Río Coura (foto: Susana)

Fachada pintoresca y en cuesta del Río Coura (foto: Susana)

Lisboa en verano es luminosa, calurosa y olorosa. Huele a sardinas asadas, sobre todo. A veces también, en algunos montones de polvo urbano que se acumulan en las esquinas más vetustas y descuidadas de las aceras, atufa a detritus. Las mujeres de ahí son muy hembras y se ven muchos negros de las colonias. Lisboa, capital imperial: imperial llaman a las cañas de cerveza servidas a presión. El turismo está en alza y, gracias a los líos de los moros y los árabes, hay visitantes de aluvión ajenos a la amenazas del rescate económico del gobierno portugués. Estas vacaciones leo en un periódico luso que los guiris (igual que yo ahí), sobre todo, acuden por la buena comida, el buen vino y la simpatía de la gente. Vaya: en España se come mejor, el vino luso parece potable (pero en bares todos a precios superiores a los de España y, generalmente, servidos en peor cristalería) y el paisanaje portugués es probable que sea más humano.

No obstante, si puede, el comerciante portugués de a pie se salta el 23 % de IVA en las facturas. Las facturas de los restoranes y tascas aparecen y desaparecen como en juegos de manos; las reclamas a los camareros y se hacen los despistados, te las escriben a mano en papeles sin rigor legal y, a veces, te llevas algunas notas y, cuando luego te fijas, se indica ‘este documento no sirve de factura’. Ja, ja. ¿Hablamos de la curva de Laffer? ¿Recordamos que a más impuestos más fraude, más economía sumergida? Bah, ahora no, pero señalemos que a menudo a los hosteleros lusos se les rompe el datófono, el ‘multibanco’, y no puedes pagar con la Visa. Je, je…

El comedor, generalmente lleno (foto: Susana)

El comedor, generalmente lleno (foto: Susana)

En el primer día en Lisboa acudimos a cenar al restaurante Río Coura, garito sito en la cuesta entre la catedral y el castillo, en el barrio de Alfama, donde conseguí mi pulsera de la suerte. El Río Coura me lo ha recomendado El Cohete, mi cuñado de Madrid, comentando algo así: «Nos comimos un arroz con marisco por 13,50. Pero 13,50 para los dos, ¿eh? Eso sí, es un sitio muy cutre. Aunque se puede fumar». Confiando en su buen criterio, ahí debutamos. Al entrar nos sientan en la puerta, pegados a una pareja joven, porque en el Rio Coura te acomodan próximos para que amistes con los vecinos y así maximizan el espacio. Supongo que nos ubican a la entrada para hacer interesante el local con un par de clientes tan cool a la vista de la calle. Yo estoy debajo y de espaldas a la tele, que da la etapa final del tour, pero mi esposa protesta por el volumen de la música (nada alto) que se escapa de la parte lateral, donde enredan los trabajadores del Río Coura. Nos reubican al final del figón, al lado de una familia chillona y paisana: ella gruesa y escandalosa, él chulito y adicto a algo fijo, y una niña que a este paso dentro de poco será un trauma con patas. Devoran con ruido un pulpo con buena pinta. La Txurri observa: «Estoy por decirles algo». Y yo: «No. Este es un sitio popular y barato. No protestes». Y cutre, como advirtió El Cohete: el platillo de mantequilla que descansa en el centro de nuestra mesita está sucio y lo apartamos sin prisa y con desparpajo a otra mesa vacía cercana.

El local no es muy grande. Es estrecho y alargado, encajonado en una ‘no-decoración’ de tasca modernista sin ínfulas. No es alegre, es cerrado y carece de terraza. Nos atiende un camarero presto, pero no tanto. Yo me ando al loro con eso que aprendí en esta web, lo de que en Portugal te dejan en la mesa viandas y aperitivos (paté de sardina, fritos, aceitunas…) y luego te lo cobran de improvisto. No nos pasa nada de eso. Quizá porque no cabe casi nada en nuestra mesita. Apenas nos preguntan si queremos pan, pero no.

Descartamos el arroz recomendado por mi cuñado El Cohete. Ahí los sirven en cazuela y a la vista parecen en exceso blanquecinos. Hay raciones para una persona y para dos; a ojo, 8 euros y 15. Y si el arroz es de marisco, 9 y 18, ó algo así. Leo luego en Internet que mucha gente pondera ese arroz. Asegura mi cuñada María que ahí hay que comer arroz. Pero yo paso de noche. Así que empezamos con sopa; mi esposa de marisco, que le encanta. «Sabe a cigala», dice. Vale 2,50 lereles, creo, y está aparente, no como mi sopa alentejana. El camarero me la ha descrito como algo parecido a la sopa de ajo, pero para nada: el pan es bimbo (o similar), hay una triza de huevo escalfado y el resultado demasiado líquido, en absoluto conjuntado, e insípido a pesar del montón de cilantro. Creo que me cobran 1,75 por eso. Soy incapaz de terminarla, aunque lo intento colar con una copa de vino blanco ignoto (1,50) y un botellín de agua (1,30).

La nevera expositora de la entrada (foto: O.C.E.)

La nevera expositora de la entrada (foto: O.C.E.)

De segundo, Susana pide sardinas, cuatro piezas enormes con ensalada que describe como ‘de cortar’. Las sardinas huelen, tienen tripa y piel dura. Son primarias. Manifiesta ella: «Lo mío está alucinante». Lo mío también es enorme. Bacalao a la brasa, con partes quemadas. Está muy tieso, salado, con espinas gruesas. Es genuino. ¿Lo acabaré? Buf… Tan tieso que se me pega a los dientes. Es un bacalao rudo, antañón, primario, penitencial, penitenciario casi de no ser por su guarnición de vegetales con buena patata cocida, brócoli durito (como debe ser) y vainas seguramente congeladas (pero no lo apunto como crítica). Para ingerirlo requiero otra copa vinatera, esta de tinto, a 1,50 también. Este morapio está peor que el blanco. Por los dos pescados me cobran 13,50 y la factura (la nota) no los desglosa.

Suena ‘When A Man Loves A Woman’, el soul de Percy Sledge, y los de al lado, por la segunda botella, chillan más. A mi izquierda tengo la ventanilla de la cocina, donde se dejan los platos cocinados para ser distribuidos. Los camareros suelen tardar en darse cuenta de que ya están y se enfrían antes de llegar a su meta. La niña, Beatriz se llama, el trauma con patas, recuerden, habla con la cocinera a través de esa ventanilla y La Txurri piensa que babea sobre los platos y arruga el morro. Es un local pintoresco, ya se ha dicho. Yo no voy al baño, ni por curiosidad. Mi esposa me lo desaconseja y lo califica de ‘regular’. El maromo vecino, para acabar el vino, de postre pide una sopa de Alentejo y la traga con fruición. Hay gente pa’tó. Nosotros de postre comemos el quesito que suelen poner en la mesa al principio. Está tan frío que pierde potencial, una pena. Es de la marca ‘Lacticinios Inácio Corvelo’. En Portugal te suelen dejar la etiqueta del quesito en el plato. Buena idea.

Yo salgo decepcionado pero Susana encantada. En Tripadvisor, de 146 opiniones sobre el Río Coura, 54 califican al local de excelente y 11 de pésimo. Dependerá de lo que pidas. En total pago 25 euros, pero me han querido cobrar 28,30. Le digo al camarero que se ha equivocado, que no hemos comido ni pan ni entradas, y lo descuenta sin pegas. Uh, no me fío y evito pagar con tarjeta, no sea que me carguen 250 euros. O un millón. Abono en efectivo, que es mi primer día en Portugal y tengo liquidez.

Y antes de salir presencio otro detalle cutre: en la mesa de los ruidosos, que se han ido (la mujerona me saludó simpática al salir y la lancé una mirada no recuerdo si displicente o hipócrita), se ha sentado una familia europea fina, con niña guapa, madre mature apetitosa y padre ausente, como harto de su existencia. Apartan los fritos de los entrantes y, al servirles mejillones, al camarero se le cae la salsa sobre el tenedor de la dama, manchando servilleta y mantel. En vez de cambiarle el cubierto, se lo limpia con la propia servilleta de la señora. Viva Portugal. Mi último día ahí casi vuelvo a cenar carne en el Río Coura, pero me da pereza. Me rajo, más bien.

(así debutó culinariamente en Portugal, Óscar Cubillo)

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Rua Augusto Rosa 30; 1100 Lisboa (Portugal)
+351 21 886 9867

DCF compatable JPEG ImgEl autor: ÓSCAR CUBILLO

Otro más de los licenciados en Ciencias Económicas que pueblan la nómina colaboradora de esta web. Cuando le da por ser comunicativo, manifiesta que publicó el mejor fanzine de rockabilly de España (el Good Rockin’, allá por los 80) y la mejor revista de blues de la Europa Continental (llamada ‘ritmo y blues’, editada de 1995 al 2000). Actualmente junta letras por dinero en el periódico El Correo, por comida en El Diario Vasco, por ego en Lo Que Coma Don Manuel y por contumacia en su propio blog, bautizado ‘Bilbao en Vivo’ y tratante, sobre todo, de conciertos en el Gran Bilbao, ese núcleo poblacional del que espera emigrar cuanto antes. Nunca ha hablado mucho. Hoy día, ni escucha. Hace años que ni lee. Pero de siempre lo que más le ha gustado es comer. Comer más que beber. Y también le agrada ir al cine porque piensa que ahí no hace nada y se está fresquito.

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  1. LQCDM: Restaurante Río Coura (Lisboa). Sabores primarios | bilbaoenvivo - [...] por el marisco o el arroz. Así lo cuento en el blog ‘Lo que coma don Manuel’:…

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