Los riesgos de la crítica gastronómica (cuchillos, improperios y bombas caseras)

Sep 15, 17 Los riesgos de la crítica gastronómica (cuchillos, improperios y bombas caseras)

En las cocinas, en la sala de máquinas de nuestra gastronomía se corta, se trincha, se hierve, se deshuesa. Se sangra y se desangra. Y no sé yo si es precisamente por eso, por dicho entorno de trabajo que serviría de campo de entrenamiento a Freddy Krueger, Jason Voorhees, Michael Myers, Leatherface y Jack El Destripador, porque se trabaja con tijeras y machetes, o porque las cuchillas de la Thermomix son realmente afiladas, pero lo cierto es que los cocineros son, en general, poco amigos de la crítica y la sugerencia. Cuanto menos talentosos, menos receptivos, además. Tienen la piel muy fina, muchísimo más que los profesionales de la música, el teatro, el cine, la televisión, la literatura, las artes plásticas o el deporte, donde el cuestionamiento es el pan nuestro de cada día, dadas su exposición pública y su afán de lucro. Si tal canción es infumable, aquel folletín un verdadero bodrio, ese reality show y su tertulia sendos insultos a la inteligencia, si lo del árbitro es de sainete y el defensa la ha pifiado de tal modo que nos han metido una canasta trascendental, el hecho de narrarlo es un ejercicio de libertad y coherencia informativa totalmente asumido por todas las partes, exactamente igual que cuando el repaso en cuestión es laudatorio. Ahora bien, si ejerces tu libertad y escribes o hablas con idéntica naturalidad de un bar o de un restaurante, de sus recetas, de la capacidad de su personal o de su listado de precios, otro gallo puede cantar. Puede incluso que seas vilipendiado por algún aludido o, más frecuente aún, por la ignominiosa caterva de las redes sociales, la nueva ‘masa’, el grupo tras el cual se esconden hoy los cobardes de escaso conocimiento, insulto fácil y mala ortografía.

Visto el sombrío panorama, ya no extrañan noticias como la detención, acusado de al menos cuatro asesinatos, de Stephen Port, quien tomó parte en la versión británica de MasterChef. Ni aquella que reveló que Ahmad Khan Rahami, el tarado que hace un año colocó dos artefactos explosivos en Manhattan, trabajaba en First American Fried Chicken. ¿Y si el chaval se torció porque alguien publicó que se le quemó el pollo, que tal salsa no armonizada, la cocacola no maridaba, las fotografías promocionales conducían a engaño, la decoración estaba recargada o el servicio dejaba que desear?

Anton Ego, el célebre crítico gastronómico de la película Ratatouille.

Anton Ego, el célebre crítico gastronómico de la película Ratatouille.

Ya ven, cuchillos, trinchantes, improperios y bombas caseras. No es raro, pensará el lector, que la crítica gastronómica esté condicionada, atemorizada, anestesiada, desmotivada, prácticamente desaparecida, cuando escribir un pero es casi un acto inconsciente de heroicidad. Así están redacciones y publicaciones tan bien surtidas de correveidiles, copiadores de notas de prensa y pesebreros con vocación de influencer que sólo ejercen de gabinete de propaganda, de vendedores de anuncios y fotos en Instagram. De “lameculos”, como le gusta decir a mí apreciado Rafael García Santos.

No cuenten conmigo para esa empresa. Yo amo esta profesión. Yo estoy con Rafa y con Eduardo Galeano, quien aseguraba que el gran escritor camina sobre la cuerda del equilibrista y se juega la vida en cada palabra. Y es una lástima que hoy apenas nadie del gremio quiera ser grande. Que la mayoría se conforme con la palmadita en la espalda, el compadreo, la impostación y el buenrollismo. Con la foto en Facebook, un saludo en el próximo evento y una segunda ronda gratis.

(Igor Cubillo)

Rafael García Santos e Igor Cubillo, críticos ellos (foto: Mikel Marín)

Rafael García Santos e Igor Cubillo, críticos ellos (foto: Mikel Marín)

IGOR CUBILLO

Periodista especializado en gastronomía y música. Economista. Equilibrista (aunque siempre quiso ser domador). Se dobla pero no se rompe, hace las cosas innecesariamente bien y, puestos a hablar, colabora con Radio Euskadi, dirige Lo Que Coma Don Manuel y le dejan salsear en Mundaka Festival. Aún escribe de música en Kmon y de comida en Gastronosfera y Guía Repsol, comunica en Ja! Bilbao y la buena gente de eldiario.es cuenta con sus textos coquinarios en distintas ediciones.

Vagabundo con cartel, ha pasado la mayor parte de su existencia en el suroeste de Londres, donde hace casi 30 años empezó a teclear, en una Olivetti Studio 54 azul, artículos para El País, Ruta 66, Efe Eme, Ritmo & Blues, Harlem R&R ‘Zine, Bilbao Eskultural, Getxo A Mano (GEYC), DSS2016, Den Dena Magazine, euskadinet, ApuestasFree y alguna otra trinchera.

Como los Gallo Corneja, es de una familia con fundamento que no perdonaría la cena aunque sonaran las trompetas del juicio final, si es que no han sonado ya. Y si es por él, seguiréis teniendo noticias de este hombre al que le gusta ver llover, vestirse con traje oscuro y contar historias de comida, amor y muerte que nadie puede entender. Eso sí, dadle un coche mirando al sol, una guitarra y una canción, una cerveza y rock and roll, y no le veréis el pelo más por aquí.

Ah, tiene perfil en Facebook, en Twitter (@igorcubillo) y en Instagram (igor_cubillo), pero no hace #FollowBack ni #FF. Se le resisten ciertas palabras y acciones con efe. Él sabrá por qué…

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