Restaurante Mercado do Peixe (Aveiro). Supera la media del lugar

La cocina española es excelente porque no hace falta acudir a un restaurante de campanillas para quedar realmente satisfecho, para comer bien y querer contarlo u recomendarlo. Es posible vivir una experiencia reconfortante en el lugar más inesperado; da igual que sea un barrio decadente o un austero menú del día. Lo normal es comer bien. No sucede lo mismo en la vecina Portugal, donde la gastronomía necesita también un rescate. Al menos en sus costas, desde Vila Real de Santo António hasta Oporto, abundan los comedores donde la oferta se limita a poco más que pequeñas lubinas y doradas de piscifactoría servidas con patatas hervidas y/o ensaladas descuidadas, y donde te intentan colar con el pan tarrinas de mantequilla y paté de sardinas, así como aceitunas y porciones de queso. ¿Convite? Eso parece, ya lo hemos contado en otras ocasiones, pero realmente es una manera rastrera (y sorprendentemente extendida, junto al país de la tapa) de engordar la factura. Vergüenza nacional. No obstante, no pasa lo mismo en el restaurante Mercado do Peixe de Aveiro, habilitado en el primer piso del Mercado Municipal José Estêvão, un ejemplo de art nouveau diseñado, dicen, por el mismísimo Gustave Eiffel. Allí nos recibió Madalena, una camarera que dominaba el español y se ganó nuestra confianza al tratar con deferencia a los adultos y con complicidad nada infantil a los críos, haciéndoles sentir importantes. Pues lo son. Además, nos ofreció entrantes que rechazamos, no los colocó sobre la mesa sin haberlos pedido, y acercó una bandeja con los pescados disponibles, para comprobar su frescura y decir este sí, este no.Pagando sólo un poco más que en los muchos locales de los alrededores, donde la gente se agolpaba en numerosas mesas repartidas por la plaza del mercado y era mecida por el toque de un guitarrista, gozas de un servicio esmerado, te miran a los ojos y te aseguran que se trata de pescado “de mar”. De origen noble y bien preparado. No abrazan la excelencia, la verdad...

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Casa Porto À Noite (Oporto). La recomendación que haría un amigo

Nos gusta Oporto. No es una ciudad rutilante, sino más bien destartalada, pero nos agrada.  Apreciamos la elegancia del tramo que va del ayuntamiento a la Praça da Liberdade, sus casas abuardilladas y sus señoriales edificios, mas también nos seducen sus miserias, sus fachadas desvencijadas, su ropa tendida a pie de calle, sus rasgos de humanidad. Buena parte de esa realidad, de esa sociedad acuciada por la crisis que nos acogota, se concentra bajo la catedral, en la empinada barriada que desciende hacia la turística Ribeira, con sus paredes desconchadas, sus estrechas calles empedradas de trazado laberíntico, sus andamios y refuerzos, sus pintadas, sus gaviotas, sus cristales rotos, sus imágenes de Vírgenes y tallas de San Miguel. Ese microcosmos sucio y devoto contrasta con la bajada del edificio consistorial, con la Avenida dos Aliados y la orilla del Duero, donde puedes escoger mesa para comer numerosas preparaciones de bacalao, otros platos y variedad de vinos dulces a precio de restaurante fino. Allá cada cual. Yo comulgo con Julio Camba cuando afirmaba que fuera de casa, cuando uno está sin dinero, la necesidad le obliga a descubrir los pequeños rincones donde se come bien; mientras que cuando se enriquece va a los restaurantes ya famosos, es decir, donde se comía bien tiempo atrás. Me reconforta mucho mas dar, entre esos angostos desconchones y graffitis, con un bistró como Porto À Noite, un local pequeño, humilde, limpio e incluso coqueto donde puedes comer por 6 euros dos platos y bebida. Volveré a escribirlo, para que usted, apreciado lector, no piense que se trata de una errata: “un local pequeño, humilde, limpio e incluso coqueto donde puedes comer por 6 euros dos platos y bebida”. ¡Olé! Como sucede con todos los grandes descubrimientos, dimos con él por casualidad. Bajábamos por el referido barrio, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, cuidado con ese palomar, no te caigas por la escalera, agáchate y vuélvete a agachar, cuando pasamos casualmente junto a tres mesas dispuestas en cuesta (toma...

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Francesinha. Más es más

Desde el desconocimiento, uno piensa en un sandwich a base de pan, queso, salchichas, fiambre, bistec, una especie de chistorra y huevo frito, y la elucubración deriva en visiones de omeoprazol y sensaciones de pesadez y dolor de barriga provocados por el rascacielos. Desde la experiencia, cuando uno come en Oporto una francesinha, que así bautizaron al invento en Portugal, descubre que la superposición de tanto ingrediente proteínico resulta sorprendentemente armoniosa y hace tambalear el principal axioma minimalista para ratificar, sin que sirva de precedente, que en ocasiones más es más. En nuestro caso, sabíamos que es una preparación típica de Oporto, pero no fuimos a su encuentro, fue ella la que nos asaltó. Paseábamos a orillas del Douro (Duero), tras visitar el austero Museo del Vino de Oporto y el dedicado a Transportes y Comunicaciones  en la Alfândega Nova, cuando en una deteriorada barriada llamó nuestra atención un gran cartel que la anunciaba. No era el rincón más coqueto de la ciudad, sino una de las muchas estampas decadentes que aumentan su encanto, y precisamente por ello nos decidimos a descubrir en ese salón esta interesante manera de satisfacer a un bilbaíno con un bocadillo de cuchillo y tenedor. El local se llama Verso em Pedra (Rua da Arménia 12-14-16) y despacha gran variedad de francesinhas (hasta una decena, con lomo, hamburguesa, hongos, marisco…), pero nosotros nos decidimos por la que llaman “tradicional”, la más parecida a la que habíamos visto en una guía gastronómica, que cuenta con los ingredientes detallados en la primera línea. Por 13 euros nos sirvieron en dos platos una pieza enorme, lo suficientemente grande para satisfacer a una pareja y bañada en la picante salsa característica, el toque distintivo que la referida guía presenta como el resultado de mezclar salsa de marisco, cerveza, salsa Worcestershire, mostaza, brandy y mantequilla. Casi nada al aparato. Si pasas un par de días en Oporto date los homenajes que quieras a base de bacalao, fados y vino dulce, pero reserva también un momento para una comida informal, completada por...

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