Restaurante Kai-Eder (Plentzia). Retorno al pasado / Marasmo setentero

El 50 cumpleaños de Maradona le sugerí a La Txurri que por qué no lo celebrábamos y me invitaba a papear por ahí. Picó y de una larga lista de posibilidades me convidó en el Restaurante Kai-Eder del Club Deportivo de Plentzia. Un menú especial a 17 euros, IVA incluido, preparado por el Grupo K-tarsis. Ese día no había ni cordero ni, ñam-ñam, patas de cerdo, como en otras ocasiones; pero sí conejo, una carne rica y reivindicable con muy pocas calorías (La Txurri nunca me pone conejo en casa porque le recuerda a un gazapo blanco de ojos rojos llamado Iciar que criaron de niñas y, jua, jua… su padre, mi suegro, lo engordó hasta que le llegó la hora del sacrificio, cocción y deglución… ¡qué llorera!, recuerda). Mola el Kai-Eder porque cuando hay poca gente, como ese sábado de Maradona, en su enorme comedor con vistas a la ría, las pistas y la playa parece que el tiempo se detiene, que incluso se rebobina debido a la decoración setentera similar a la del colegio de las Irlandesas (radiadores, paredes, suelos, escaleras…) al que iba, sí, la Txurri.

Ahora tengo delante el menú fotocopiado, de platos tradicionales con ribetes modernistas. Veo que para empezar había ensalada de salmón, gambas y piña; ensalada mixta (pequeña, contundente, sin huevo cocido y con atún en vez de bonito, sin aliñar; se la preparó Susana y le gustó mucho); arroz con mejillones (lo probé en otra ocasión: tipo rissoto, suave y sápido); zurrukutuna de pescado (¿mandeeee?… preguntamos al camarero, un hermano sudamericano, y nos explicó: «es merluza con caldo»… lo desestimamos pero luego nos enteramos de que, según la ortodoxia gastronómica vasca, se trata de sopa de ajo con bacalao); y lo que pedí yo: ‘calabacines rellenos de carne con crema’. Eran cuatro tubitos verticales con carne imperceptible (quizá porcino picado) y emergían cual archipélago vegetal sobre una bechamel verde y fría; «es de guisantes de lata», adivinó La Txurri, la del paladar, pero me gustó y la comí alternando el agua de Insalus en botella de cristal con el vino Murillo Viteri del año 2009 y del triste pueblo de Cenicero, un morapio floral y rico aunque unos 4 grados más caliente de lo preceptivo.

De segundo plato había entrecotte con patatas (enorme lo primero y muchas las segundas); chicharro a la bilbaína; ‘mero meunière con menestra de verduras’ (una rodaja grande, sabrosa, a la plancha, con gelatina en las esquinas, poderosa y rica piel sin quitar, más una menestrita presuntamente de bote de cristal pero con sabor en sus vainas, zanahorias y col de bruselas); y mi elección, ‘conejo a las finas hierbas con humus de garbanzos’: las finas hierbas eran trocitos de laurel sobre champiñones laminados, el humos un puré potente y el conejo prieto, casi cazado, especiado y de ración satisfaciente y estupendo con el vino (atención, voy a contar un chiste me contó Miguelón, El Tartaja: «¿Sabéis cual es el animal que vuela más alto?… El conejo de la azafata…». ¡Jua, jua, jua…!).

De postre había pastel de moras (el amable camarero tampoco lo supo explicar), flan (en su punto), mousse de arroz con leche (bonita presentación en vaso; quizá debí haberme decantado por eso) y ‘relleno de bergara’, o sea un bizcocho con crema pastelera en el medio y azúcar en el techo, un pedazo muy grande que a partir de la mitad se notaba poco esponjoso, a pesar del café de acompañamiento que no incluía el menú.

Pues eso. Comimos muy a gusto por 36,40 euros, estuvimos sosegados y contemplativos, y regresaremos (también entre semana, cuando nos cuadre, que es más barato e igual de pacífico) pues no tendremos en cuenta los posibles agravantes según los tiquismiquis: barreras idiomáticas, atún por bonito, guisante de lata, champis de bote, menestra de cristal, vino caliente… En serio, estuvo bien.

(comprendido por Oscar Cubillo)

web del Club Kai-Eder

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Txurrua, s/n; Plentzia (Bizkaia)

94 677 08 77

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