Restaurant Celler del Roser (Lleida). Especialidad en caracoles y bacalao

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Fachada de Celler del Roser (turismedelleida.com)

Camino del Levante le propuse a La Txurri hacer noche en Lérida, una capital en la que ella nunca había estado. “¿Ahí qué hay?”, interrogó. “Nada. Y es horrible. Por eso hay que ir”, insistí animoso. Y le avisé: “Y verás cuántos negros hay. Trabajadores del campo”. Hacía años yo había pernoctado ahí, una noche con Carlos y Gerar, camino del Festival de Blues de Cerdanyola, pues un tormentón en la autopista nos acojonó y nos desviamos a la capital entre los lloros de Gerar. Condujimos a la parte vieja (lo más barato, supusimos) y paseando nos perdimos entre las calles a tope de negros. Decenas de africanos y nosotros tres blancos, jóvenes y de buen ver, para qué negarlo. Buf, ése fue el segundo acojono del día, pero no pasó nada, of course.

­En Sábado Santo La Txurri y el menda arribamos con luz y calor solar vespertinos a Lérida -a partir de ahora Lleida- y la impresión fue muy positiva. A La Txurri le encantó. Atravesamos sus calles comerciales de la Parte Vieja (yo me compré una chamarra que causará sensación, lo sé), paseamos a la vera de su río (el Segre, el bautismo de uno de los barcos donde navegó mi suegro), vimos a los negros y los moros y los gitanos (estos yendo al culto), escalamos a la catedral vieja, al bajar nos topamos con una señora africana de buen ver haciendo la calle, oímos parlar catalán a tutiplén y entramos a pocos bares, pues les falta glamour, carisma. Son bares cutres.

Antes de partir ojeé una guía Michelin y los figones leridanos de más nivelón cerraban en Semana Santa. Uno que no lo hacía y que estaba recomendado era el Restaurant Celler del Roser, del que contaba la guía de 2006: «Instalaciones modestas pero decorosas, en pleno casco antiguo, con una pequeña sala de sencillo montaje y, en el sótano, otra ocupando lo que antaño era la bodega». En la gran calle comercial, a unos 20 metros de su puerta, unos paneles anunciaban su carta (la de vinos no), su menú especial de ese fin de semana (por 22 lereles y con solo una copa de vino por comensal, había dos aperitivos, esqueixada de bacalao, postre, y de segundo para elegir gambas enormes y a la plancha, entrecote con pinta de duro, etc.) y un menú diario que ya había caducado (a buen precio; lo evoco en el último párrafo, hummm…).

En el Celler papeamos a la carta dos días seguidos. Cena y almuerzo, por 60’20 y 69’49 euros, sin propina, pues no tengo costumbre. Ambas citas cursaron en el comedor superior y estuvimos circundados por paredes de ladrillo y gotelé, detalles de madera y cuadros feístas, desagradables, sin aportación artística y asaz esquizofrénicos. “No sé si es más friki el que los ha pintado o el que los ha colgado. Me dan miedo”, diagnosticó ella. Pero yo apenas los miré y salí contento los dos días, mientras La Txurri lo hizo insatisfechísima de la cena y alegre de la comida.

La cena sabatina

Gotim Bru.

Debutamos en el Celler del Roser con una cena. Poca gente había: al final una docena de comensales. Tranquilos estuvimos las dos horas, sí. Al principio picamos el aperitivo (un fuet finísimo y estupendo y unas olivas rotundas) con agua Viladrau (de Gerona, del Montseny, 139 de residuo seco) y un vino que ya conocía, que me había seducido antes y que me trastornó en Lleida: Gotim Bru(10,19 + IVA; era una botella de medio litro, ¿eh?), denominación Costers del Segre, bodega Castell del Remei, crianza de 2009, coupage de tempranillo, merlot, garnacha y cabernet. Un caldo potente, astringente, equilibrado, mineral y, según la etiqueta, torrefacto, con bayas negras y cedro, además de potente y estructurado. Me compré varias botellas en ese mismo viaje, para degustar en casa… ¡y siguen molando!

Ese sábado nos atendió una amable camarera (¿colombiana?) y abrimos la cena sanamente: La Txurri eligió ‘amanida del Celler’ (amanida es ensalada), o sea ‘Ensalada del Celler con cogollos y otros sabores del huerto’ (7,50, más IVA todos los precios), un platazo enorme que a pesar de que lo aliñó copiosamente no la satisfizo. Los ingredientes no le cabían en la vajilla, ella comentó que el tomate estaba buenísimo, y yo probé bien aliñado un cogollo y entraba estupendo. Las aceitunas eran peores que las del aperitivo pero nada grave, la zanahoria cada vez me gusta más, el espárrago tenía sabor, la endivia estaba justita y coronaba la amanida una sorprendente fruta colombiana (‘alquiquena’ o algo así). Estaba más que correcta la ensalada aunque la comensal se tiró el resto de las vacaciones despreciándola. Con un 3 sobre 10 la calificó. ¡Qué exigente! “Sabe a yerba”, alegó exagerando.

Como en el Celler son especialistas en bacalaos, yo probé la ‘Esqueixada de bacalao’(8,56), demasiado fría para mi gusto. Un plato de verano que habría ido bien por la mañana. El bacalao crudo, verdoso y salado estaba acompañado de pepinillo, cherrys, pimiento verde, olivas negras, y el conjunto estaba muy integrado. Y el Gotim Bru, estupendo entraba con él, lo cual tiene mérito.

Caracoles de Celler del Roser.

También presumen de especialistas en caracoles en el Celler del Roser. Yo también lo soy comiéndolos. Y mi madre y mi suegro preparándolos. En el Celler los sirven de dos maneras: ‘Caracoles a la llauna con alioli o vinagreta’ (receta típica leridana, o ilerdense, con el caracol cocido y servida aparte la salsa), y ‘Caracoles subiendo por la calle Cavallers (gormanda a nuestro estilo)’. Yo los pedí en salsa gormanda  (8,56). Los gasterópodos eran grandes y tan homogéneos de tamaño que revelaban su origen de granja. Su sabor era inferior a los que suelo disfrutar yo. Cuando llueve los pilla mi padre, cazador, en el monte de detrás de casa, y asegura que corren que se las pelan los que salen en las cunetas cercanas al Colegio Gaztelueta, del Opus  Dei. Para mi gusto, los caracoles del Celler estaban duros por poco cocidos, y se notaba que se habían preparado al margen de la salsa y luego se habían servido juntos, pues no estaban integrados, osmotizados, digamos. La salsa, sin tropiezos, estaba picantilla y era graciosa. Yo absorbía los gasterópodos de su cáscara haciendo ruido en el figón semipoblado. Ssssshhhbrrupppsss, hacía yo, o algo así. No me importaba. Había un montón de caracoles, los sorbía y dejaba sus cáscaras limpias en elplato. Lo pasé de cine, sorbía también el vino y compartía los ‘cargols’ (en catalán) con La Txurri, a la que los caracoles le daban asco hasta que entró en la familia Cubillo. Al día siguiente vi a un caballero que comía a solas los caracoles de otra manera: cocidos, servidos en bandeja, y con salsa ali-oli aparte. Bah, molaba menos.

Bueno, acabemos… La Txurri de segundo cenó ‘Lasanya vegetal con bechamel de ceps y gratinada de queso’ (7,96), inferior a las lasañas de carne de mi suegro. No artificial pero sí muy suave, con las espinacas desvirtuadas y el ‘ceps’ (setas) sin sabor a tal. El gratinado estaba bueno y el vino explosionaba en mi paladar. De postre no había queso según la camarera (¿y cómo gratinan y cocinan tanta pasta?, le pregunté a mi esposa), así que yo pedí una crema catalana (5,14), riquísima, grande, fría, con dos barquillos y el techito quemado y cristalizado. Ñam ñam. Y esta cena me costó 60’20.

El almuerzo dominical

Comedor del sótano de Celler del Roser.

Al inicio de mis vacaciones pascuales aún andaba rebosante de pasta. Quise repetir en el Celler del Roser, y La Txurri se opuso como gata panza arriba, haciendo muecas de asco y todo. Pero no había mucho dónde elegir ese Domingo de Resurrección en el que las campanas de Lleida tañeron exultantes por la buena nueva… Mi plan B era comer un menú con ensalada y huevos fritos con chorizo por 10 lereles en un bar del paseo del Segre, y lo habría hecho contento y sin ironía, pero al final la parienta convino en repetir… ¡y salió encantada!

Vayamos por partes. Entramos de nuevo y nos recibió sonriente la camarera de la noche, que ahora tenía un par de compañeros: una mature sabrosa y un flaco encargado. El local estaba a tope. Mucha gente consumía el menú especial de 22 lereles. Nos sentamos en la misma mesa de la víspera y por fuerza mayor repetí el mismo vino,Gotim Bru. Esperamos con el aperitivo, más prosaico, fuet a secas que comí yo con el pan que te cobran en el Celler a 1,25 la persona, unas rebanadas de baguette normalita.

De primero yo pedíescalivada, es decir ‘Berengenas (sic) y pimientos rojos asados al horno de leña’ (8,10), o sea pimientos asados rojos, recios y estupendos, formando franjas con el verde estupendo de la berenjena. Un poco sosito quizá, pero muy sano. Ella pidió ‘Crema de cigalas y espárragos verdes al aroma de la trufa’ (8,43), muy caldosa, pero riquísima, según observó. Con trigueros pimpantes, trufa sensible y tal. De segundo ella comió ‘Lubina al horno con crocanti de maiz tostado’ (11,66), un ejemplar que sería de piscifactoría, claro, pero estaba muy bien hecho aunque el maíz le tapaba un poco el sabor. Las verduras lo acompañaban con copiosidad y el plato me recordó a la lubina que me zampé en Menorca un verano de estos.

Yo pedí bacalao. Tienen amplia oferta bacaladera en el Celler y todos los platos rondan los 17 y pico euros, sumando el IVA. Entre ellos había algunas recetas vascas que desestimé, claro. Elegí bacalao a la catalana, o sea ‘Bacalao a la catalana con albóndigas, ciruelas, pasas y piñones’ (16,06), y estaba buenísimo. Al llegar pensé que la porción sería escasa, pero no, me quedé muy a gusto. El bacalao jugoso y tierno se desgajaba fácilmente, los piñones le iban muy bien, el tomate natural con cebollas infiltradas estaba de muerte. Tampoco quedaban mal los dátiles y había dos albondiguillas que, vaya, quizá contrastaban en exceso, aunque me las tragué con gusto. Y a todo eso le sumé el placer del Gotim Bru: bebía un sorbo y trascendía todo mi ser a no sé a dónde.

Y entre migas sobre la mesa consumimos un postrecito. Preguntamos al encargado si había queso, que no se consignaba en la carta. O sea que hicimos la misma jugada de la noche, y éste respondió que claro que sí había. Nos cobraron 5 + IVA por un manchego semicurado con nueces, cortado en cuadrados con la finura de los del sándwich, y sin misterio ni glamour. Por todo pagué 69’49 euros y tan contento.

Tengo ganas de volver a Lleida, en ruta al Mediterráneo. Ojalá recale entre semana, para comer el menú diario del Celler de Roser, por 11,8 lereles. Esa pre Semana Santa tentaba el menú con macarrones boloñesa, raviolis con salsa de queso, sopa de pescado, conejo y pollo al horno, bistec plancha y vino de la casa. Hum…

(no hay quien chupe los caracoles como Óscar Cubillo)

web del restaurante

ver ubicación

Cavallers, 24; 25002 Lleida
973 23 90 70 .. 626 007 362

DCF compatable JPEG ImgÓSCAR CUBILLO

Otro más de los licenciados en Ciencias Económicas que pueblan la nómina colaboradora de esta web. Cuando le da por ser comunicativo, manifiesta que publicó el mejor fanzine de rockabilly de España (el Good Rockin’, allá por los 80) y la mejor revista de blues de la Europa Continental (llamada ‘ritmo y blues’, editada de 1995 al 2000). Actualmente junta letras por dinero en el periódico El Correo, por comida en El Diario Vasco, por ego en Lo Que Coma Don Manuel y por contumacia en su propio blog, bautizado Bilbao en Vivo y tratante, sobre todo, de conciertos en el Gran Bilbao, ese núcleo poblacional del que espera emigrar cuanto antes. Nunca ha hablado mucho. Hoy día, ni escucha. Hace años que ni lee. Pero de siempre lo que más le ha gustado es comer. Comer más que beber. Y también le agrada ir al cine porque piensa que ahí no hace nada y se está fresquito.

6 Comentarios

  1. Teresa /

    Estaria bien poner la fecha en algun sitio (soy torpe y no consigo verla?) del post para tener idea de si todavia es valido o si han pasado mil años…

    • Igor Cubillo /

      Estimada Teresa, puedes ver las fechas de todos los textos de LQCDM en su propia URL. En este caso, se publicó el 3 de mayo de 2012.
      Un saludo.

      • Dicky del Hoyo /

        Nuestra intención y deseo es la mejora continúa. Así que si además de en la url,el jefazo del weg (Igor) lo considera oportuno, yo bisbo, el programateur, pongo las fechas en el post en un pispás. Y es que estamos para servir y para proteger a nuestros lectores, a los que queremos más que al oro en paño.

  2. Me pones el corazón en un puño Oscar con tu relato, creo acordarme de vosotros, soy la compañera de la camarera o sea la dueña, feliz y contenta por tener clientes como vosotros a los que siempre agradezco su visita. Y me gusta el saber de la gente y de mis clientes, como se sienten en nuestra casa y daría mil vueltas para hacer que todo fuera excelente, por eso te agradezco tus palabras. Os espero en Lleida otra vez y veréis que Costers del Segre os sirvo! Invita la casa!

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