Casa Navarro (Pámanes). Doble por sencillo

Fachada (y más) de Casa Navarro (foto: El Diario Montañés)

En su día escribimos del Casa Navarro, un restorán cántabro que sintetiza todo lo apreciado en la tradición culinaria española: comida de vitola casera, producto de calidad, elaboración en bruto (o sea, sin disimulos), carta corta, vinos contados, raciones abundantes, precio ajustado, local sin alharacas, junto a una carretera (la de Solares-Torrelavega), con la naturaleza a tiro (riachuelo, montes, verde, moscas, gansos, casas solariegas, perros ladradores…), bastante espacio para aparcar cerca de su puerta, paisanaje en la barra del bar y larga tradición del negocio.

El Casa Navarro lleva muchos años ahí, en Pámanes, satisfaciendo panzas (desde familias enteras vascongadas hasta Su Majestad El Rey Juan Carlos I, cuyo retrato oficial autografiado preside su comedor) sin que se necesite solicitar un préstamo para abonar la factura, contentando desde a domingueros hasta currelas. En nuestra tercera sentada en tal figón cantabrón papeamos el menú del día, por 12 lereles, impuestos incluidos. Estuvimos a gusto durante hora y media, acodados en un mantel de grueso papel y también usando servilletas de papel. Teníamos vistas al riachuelo y los árboles y ese viernes compartimos comedor con bastante gente: parejas, oficinistas y operarios, amigotes y un par de cuadrillas de jubilados, en una de las cuales (un ochote mixto) se recordó que el gourmand Martín-Ferrán afirma que en Casa Navarro se comen los mejores callos de España (y por esa razón acudimos la primera vez).

El menú del día no se expone abajo, en la puerta, sino que te lo cantan arriba, en el comedor. Nos cambiaron los cubiertos entre plato y plato y ese viernes había cuatro primeros: espárragos (los descartamos, pero seguro estaban buenísimos), sopa de gallina (lo mismo, y fijo que también) y lo que nos apeteció: ensalada y alubias. La Txurri pidió ensalada mixta, que al contrario de la de la carta no llevaba aceitunas. Con todo, el espárrago estaba buenísimo, el tomate rico, el atún correcto y la lechuga campesina. La comensal la juzgó poco avinagrada, pero que hubiera requerido vinajera, ¿verdad?

Alubias de Casa Navarro.

Yo comí una de las especialidades de la casa, alubias rojas. Buah, estaban de muerte… lenta. El encargado dejó el perol a mi vera y me serví cuatro veces o más; a ojo, unos tres platos. El chorizo estaba muy hecho, pero aún rico. También nos trajeron un platito de guindillas grandes, toscas como el esparto y que picaban la… leche; yo las cortaba con una tijerita rosita y las disfrutada en su tosquedad. La alubia estaba en su punto, el caldo cremoso pero no espeso, la legumbre suave, tierna, y su sabor superior al de cualquier alubiada que te ponen en La Arboleda tan afamada. Incluso unté el caldo con trozos de barra rústica que depositaron en una panera. Lo dicho: no paraba de servirme y alternaba agua Santolín con un rosado riojano competente, con tapón de silicona y 13º de alcohol. De segundo había tres cosas: trucha, escalope y filete. Intenté convencerle a ella de que pidiera escalope y… tras 17 años juntos me respondió que prefiere el filete. ¡Imagínense mi sorpresa! Pidió filete y estaba durito, mucho, pero los pimientos rojos asados de al lado entraban de cine (eran de esos cuyo sabor te retrotrae a la infancia) y patatas fritas ricas. Yo pedí trucha…  Era enorme… Como dos piezas… Quizá fuese un experimento genético. O una mutación atómica. Se había cocinado con bacón crujiente y potente y sápido, y la piel tostada también estaba crujiente y sabrosa, y la carne del pescado me duró un montón de tiempo y aún la recuerdo contento.

Como todavía tenía saque, escuché atento la lista de postres: queso fresco con miel, tarta helada contesa y de whisky), flan y otra especialidad de la casa, brazo de gitano… Lo pedí, claro… La ración era enorme… Tan doble como un abejorro doble, que diría Scott-Fitzgerald. La crema pastelera estaba perfecta, el bizcocho húmedo, el azúcar exacto… LaTxurri pidió una contesa tan industrial como rica, y yo a mitad de mi brazo de gitano me quedé bloqueado. No podía más. Veía a los oficinistas de la mesa de al lado comer callos y huevos rotos con paté y jamón, y reprimía las arcadas… No obstante, acabé como un campeón mi postre calé XXL y lo colé con un café bueno (1,30), aunque no pude ingerir la galletita artesana, marca La Luarquesa, que reposaba en el platito de la tacita.

Estaba empachado. Mi esposa me miraba y me decía: “estás blanco”… Me tocó la frente y diagnosticó: “tienes sudor helado”… Pero, bah, se me pasó al de dos minutos, sin necesidad de aclararme la cara. Y es que había comido doble (o triple) por un sencillo menú. Hagamos memoria:

-Tres platazos de alubias rojas.

-Una trucha entera que servía como dos raciones generosas.

-Un brazo de gitano igual que dos porciones copiosas.

-Medio litro de vino rosado.

-Algo de pan, un café, el bacón del truchón y cosas que le piqué a ella…

 (volvió a rozar el empacho Óscar Cubillo)

web del restaurante

ver ubicación

Barrio La Lastra, 66; Pámanes (Cantabria)

942 52 82 32

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