Mesón Los Templarios (Villalcázar de Sirga). Masticar líquidos y beber sólidos

Presentación del lechazo asado del mesón Los Templarios (foto: Beatriz)

Presentación del lechazo asado del mesón Los Templarios (foto: Beatriz)

Andaba (y nunca fue más cierta la expresión) por el peregrino Camino de Santiago, sin ninguna pretensión de búsqueda pero siempre abierto a lo que pudiera suceder, cuando observé, en el pueblo de Villalcázar de Sirga, una iglesia con una enorme porticada y unas magníficas esculturas de gran tamaño en la fachada. no lo dudé, salí del Camino y me fui a contemplar tan magnífica obra, de la que sólo pude ver su exterior; el acceso al interior estaba cerrado.

Pero no es de arquitectura de lo que trata este blog, y lo bueno llega cuando, retornando al Camino, me encuentro por sorpresa (encuentro y sorpresa, estas sí que son dos bonitas palabras cuando van juntas) con el Mesón Los Templarios, especializado en lechazo asado en horno de leña. ¡Humm! Eras las diez de la mañana y este templo también estaba cerrado.

El segundo encuentro, que por previsto no deja de ser menos mágico, tendría lugar en Carrión de los Condes, mi final de etapa del día, donde me reuniría con mi hermana Beatriz, que se uniría unos días en mi peregrinar, y con Luis, su afortunado marido, que la acercó hasta allí en coche.

Con todos los ingredientes para una tarde genial (tenía el lugar donde comer, la mejor compañía y coche para desplazarnos hasta Villalcázar), nada podía salir mal, así que allí nos plantamos, a las dos del mediodía. Cual fue nuestra sorpresa cuando vimos que el local estaba completo. Reservamos y, hora y media después, nos sentamos a la mesa.

El mesón rústico castellano con mobiliario de madera, paredes decoradas con diplomas, fotos de la Familia Real en el local, relojes de pared pendulares de madera y metálicos parados en horas diferentes, como si el tiempo no existiera, tinajas, vidriera en la puerta de entrada y hasta una mini armadura, como las que venden en los chinos. En las mesas, los salvamanteles de mimbre hacen las veces de mantelería y el servicio de mesa viste rústicamente, con pantalón negro, camisa blanca y fajín rojo.

Un vistazo del comedor de Los Templarios (f: Beatriz)

Un vistazo del comedor de Los Templarios (f: Beatriz)

El local está dividido en tres salas escalonadas con capacidad para más de cien comensales. En la sala del fondo, la más alta, hay un grupo de asturianos que van por cuanto año consecutivo; y es allí donde, cada cierto tiempo, sube una banda de dulzaineros interpretando tradicionales jotas castellanas precedida del apóstol Santiago, que se lo pasa en grande con la música y el ambiente festivo. El Non Plus Ultra de la actuación musical llega cuando interpreta una muñeira con dulzainas y tamboril; esto sí que es auténtica fusión: si les pilla Peter Gabriel, les saca un disco de distribución internacional. Ya en la queimada, el tradicional feitizo se convierte en un ritual canto al peregrino y, tras ésta, los músicos se atreven con ‘éxitos’ más festivos, como ‘Paquito el Chocolatero’ y ‘El chacachá del tren’ (unos genios, los tíos). Pero, ante tanto ímpetu, en algún momento le falla el fuelle a alguno de los dulzaineros.

En la segunda sala también hay un grupo grande, aunque menos festivo, en una larga mesa. Observamos que todo el mundo come cordero y bebe el vino de la casa, servido en una rústica jarra de barro.

Entre la extensa carta, nos llama la atención la morcilla casera (12,50 euros), elaborada por ellos, que decidimos pedir de entrante; y, naturalmente, el lechazo asado en horno de leña (17,50 euros), que lo acompañamos de la correspondiente ensalada. Olvidándome por hoy de mi dieta vegetariana habitual, caigo en los pecados de la carne, que tantos placeres nos aporta. Todo esto irá regado por una botella de agua Mondariz, minero-medicinal, de 177 de residuo seco; y un vino de Ribera del Duero, Dehesa de los Canónigos (28 euros), crianza de 2007, con un 14% de volumen de alcohol, y de las variedades de uva tinto fino (88%) y cabernet-sauvignon (12%).

En cazuela de barro llegan a la mesa seis trozos hermosos de deliciosa y suave morcilla de arroz y verdura, con trozos enormes de cebolla. La piel está tostada y crujiente, como si se hubiera dado una pequeña fritada, pero no está nada grasa. Los trozos se funden en la boca, dejando un final con un ligero toque dulce, como si estuviera caramelizada la cebolla; especialmente después de un trago de vino, donde la morci se crece y aquel pierde sus propiedades, volviéndose picante, alcohólico y mentolado, cosa que a Beatriz le parece que le deja cierto frescor en la boca, como un caramelo de mental.

De boca de Luis sale un “¡qué buena la morcilla, por Dios!” que suena a experiencia mística, como si hablara su alma, mientras él permanece absorto en la contemplación y degustación.

La ensalada es brillante, colorista y muy vistosa, con su tomate, lechuga, lombarda, pimiento rojo, cebolla muy picada, por un lado, y cebolleta, por el otro. Destacan el tomate, dulce y sabroso, y el rico aliño; al ir terminando observamos que media fuente está impregnada de aceite y la otra media de Módena, sin mezclarse, como si se hubiera aliñado media ensalada con cada una.

Tres hermosas raciones de cordero se presentan ante nuestros ojos. ¡Qué bien huele! Reconozco que es mi carne favorita y que, junto al jamón, sería lo único carnívoro que comería siempre. En la boca no hace falta masticarlo, porque se funde, se puede beber, como dice el maestro Swami Satchidanandu: “hay que masticar los líquidos y beber los sólidos”. Y, hablando de líquidos, el vino marida perfectamente, volviendo a recuperar las frutas, la madera, los tostados y un largo final a cacao amargo que perdía con la morcilla.

Ni que decir tiene que en el plato no quedaron más que huesos, porque no se comen. Y en la fuente de barro no quedó nada, ni el jugo que soltó. Luis vuelve a salir del nirvana y se le escapa un “¡Qué bueno el zumo de cordero!”, mientras con una mano sujeta la fuente y con la otra un trozo de pan que va directo a su boca.

A los postres, Beatriz pasa, pues no es golosa, aunque los prueba todos y los cocina muy bien, desde pequeña. ¡Anda que no me habré zampado yo sus goloseos con auténtica devoción y glotonería! Las notas las escribe ella, Luis seguía en nirvana y yo subiendo a los cielos. De la lista que nos enumeran como caseros, nos inclinamos por una tarta de queso (4,75 euros) para Luis, cuadrada y gordita, con una base de bizcocho bastante gruesa, que no empalaga a pesar del sirope de miel y los frutos secos, y que culmina con la mermelada de fresa decorada con migas de hojaldre. Textura suave y ligera. Para mí pido, cómo no, la tarta de Santiago (4,50 euros). “De la de verdad”, apunta Beatriz. Consistente y densa, con el toque mantecoso en el bizcocho y su azúcar glas espolvoreado.

Estamos comentando que todo el mundo sale contento cuando me fijo en un tipo todo serio y digo: “menos este”. Pero al llegar a nuestra mesa le dice a su colega, que iba delante: “Tenemos que volver, eh”. Y es cierto que dan ganas de repetir, aunque nos queda un poco lejos… ¡Tal vez en mi próximo Camino de Santiago!

(subió a los cielos de Los Templarios, Juan Carlos Pérez Vivanco)

web del restaurante

ver ubicación

Plaza Mayor, s/n; 34448 Villalcázar de Sirga (Palencia)
979 88 80 22

1 Comentario

  1. Dia de visita a Fromista , hemos reservado mesa desde Cantabria, por el curioso menu del peregrino ,pero que no hay tal menu si no lo reservas con antelacion , carta pura y dura ,comedor amplio ,servicio “agil” y los camareros con la leccion aprendida , siempre te recomiendan ,pero no mirando por el comensal, como es logico, siempre te dicen que pides poco, el lechazo con calidad, pero sin guarnicion , hemos tenido que pedirla , la morcilla hecha por la casa riquisima , hemos tenido que ampliar los entremeses pues llevaba sol tres tajadas de morcilla , los postres ricos ,el arroz con leche , y los buñuelos, el vino clarete que te lo sirven en jarra de barro , en mi tierra que no es de vino , lo llamamos “peleon” de malo que es , al final precio clidad , altisimo , una de entremeses , una sopa castellana , una de morcilla , dos de lechazo, una de chuletillas , una de buñuelos , una de arroz con leche , y una tarta de hojaldre con dos cafes 150 € precio altisimo ,como para no volver ,pero que ha merecido la pena por el dia que hemos pasado por tierras Palentinas

Trackbacks/Pingbacks

  1. Restaurante Mandarín (Getxo). Sí hay menú, oigan | LO QUE COMA DON MANUEL - [...] por alto los consejos del maestro Swami Satchidanandu, quien, como Juan Carlos Pérez Vivanco recordó en este mismo espacio,…

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *