Akari (Donostia). Preferíamos Txubillo

Mar 03, 21 Akari (Donostia). Preferíamos Txubillo

Muchas personas recordarán Txubillo, aquel restaurante de raíz oriental que tan lijonseado fue en estas mismas páginas, donde recibió casi tantas reverencias como Amaterasu, hija de Izanagi e Izanami, hermana de Susanoo y Tsukuyomi. Algunas incluso lo echarán de menos en San Sebastián, pues su letrero ya no se ilumina en El Antiguo. Pues bien, para aplacar estas nostalgias tenemos una información que sería noticia si no hubieran pasado ya meses desde el cambio: Txubillo se llama ahora Akari y se ubica a un paso de la estación de Amara. Hacia ahí dirigí mis pasos la semana pasado, dispuesto a contar sus bondades.

Sigo con la contextualización: yo reconozco que nunca salí plenamente satisfecho de Txubillo, siempre pensé que había pagado más de lo debido, pero es cierto que el lugar tenía encanto, en su propio desorden. Se ubicaba en un callejón, las cajas se acumulaban en la escalera de acceso, utilizada como improvisado ‘almacén’, y se imponía una penumbra propia del subsuelo que ocupaba. Asimismo, las pequeñas mesas se apiñaban una junto a otra, a costa de la comodidad y la privacidad del comensal, frente a la barra donde trabajaba discreto, afanoso y serio Hitoshi Karube. Brillaba la simpatía y el acento de Akari Yoshida, pareja del cocinero, y esa condición de espacio singular (una tumba comercial en tiempos de COVID) se complementaba con la intención manifiesta de brindar una propuesta gastronómica igualmente diferente, una suerte de cocina vasco-japonesa.

El ánimo sigue presente en Akari, al menos en la escasa promoción del nuevo local, que insiste en esa vertiente “vasco japonesa”. Las mesas se vuelven a situar frente a una barra donde trabaja callado Hitoshi y continúa brillando la chispa de la jefa de sala. Lo que sí ha cambiado sobremanera es el comedor, que ahora se encuentra a pie de calle y es amplio, limpio, ordenado y luminoso, tanto que al negocio se le ven las costuras que antes, quizá, quién sabe, pasaban más desapercibidas. Ha perdido duende, ha ganado asepsia y, para mí, ha quedado un tanto en evidencia.

Croquetas japonesas en Akari

Es la conclusión de una comida que arrancó con contundentes “croquetas japonesas de carne” (2,80€/ud.) de aspecto pétreo donde, a falta de bechamel, la propia gelatina del rabo de vacuno parecía hacer de elemento amalgamador. Un curioso y sápido aperitivo de cobertura rígida, ordinaria. Pronto llegó lo mejor de la comanda, un carpaccio de lubina de anzuelo con aliño de “cebiche japonés” (19,80€) abundante y fresco, pleno de matices especiados y cítricos, y rematado por un ligero picante, donde las blancas láminas de pescado se acompañan de rúcula, bolas de pimienta y un testimonial tomate cherry.

Carpaccio de lubina, lo mejor en Akari (foto: Cuchillo)
Carpaccio de lubina, lo mejor en Akari (foto: Cuchillo)

Me las prometía felices, pero el castillo mostró sus primeras fisuras con la degustación de sushi (17,90€), ocho nigiris y dos makis de aspecto simple. Sin poner sobre la mesa que prefiero que el sushi llegue ya aderezado a la misma, por ejemplo con una pincelada de soja y arbequina, como sucede en Kuma (Bilbao), resultó acartonado el básico nigiri de langostino. El abecé del nigiri dice que se come con la mano y se unta el ‘topping’, no el arroz; pues bien, aplicar la técnica provocaba que cayeran sobre el cuenco de soja las huevas de trucha que adornaban el salmón ahumado. Resultó intrascendente el nigiri de txitxarro y tampoco brilló el de vieira, pese a mostrar un pellizco de “trufa”. Y hacían falta dos bocados para comer un maki propio de fiesta infantil, pensado para bocas como las de Mick Jagger, Steven Tyler y el feo de los Hermanos Calatrava.

Unagi no kabayaki, decepción en Akari (foto: Cuchillo)
Unagi no kabayaki, decepción en Akari (foto: Cuchillo)

La decepción volvió a aflorar con unagi no kabayaki (20,20€), a fin de cuentas un súper-nigiri cubierto por tres pedazos caramelizados de anguila asada y un trozo de foie gras a la plancha. Nuevamente el arroz blanco no era ningún prodigio y determinaba la falta de cohesión del plato de prometedor enunciado. Menos mal que no defraudó el sabayón con fresas gratinadas (6€) y que sumé una pieza a mi colección de placas de espumoso, la de Vives Ambròs, cava brut reserva.

Cabe desear lo mejor a Akari Yoshida y Hitoshi Karube, que aún pueden presumir de buenas intenciones y un servicio célere y más que agradable. El local presenta mejores condiciones que el viejo Txubillo, aunque haya perdido encanto, y el componente vasco se queda muy justito, cogido con pinzas como en la mayoría de iniciativas similares.

(IGOR CUBILLO)

web de restaurante Akari

Amara, 14 – Local B; 20006 Donostia – San Sebastián (Gipuzkoa)

(+34) 943 21 11 38

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