Mirador de Ulía (Donostia). Trampantojos, ángeles y mucho arte

(+33 rating, 7 votes)Cargando... Hay quien sostiene que comer con los ojos vendados es un gran placer. No pongo en duda que lo sea, dependiendo de la circunstancia y de la compañía, pero cuando acudo a un restaurante procuro hacerlo con los cinco sentidos despejados. Y alerta. Uno se pone en manos de los cocineros para recrear el paladar, para darle el gusto al gusto, pero una experiencia gastronómica plena precisa una implicación sensorial completa, requiere atender también a olfato, tacto, vista y oído (¿qué sería del ku-bak chino sin su crepitar, o del hojaldre sin su crujido?). Y, particularmente, comer con los ojos vendados en el Mirador de Ulía sería un desperdicio, una necedad imperdonable. Cuando uno acude a la casa de Rubén Trincado, lo primero que hace al aparcar el coche (difícil acceder de otro modo, pues el edificio se ubica en una falda del monte Ulía, y llegar a él requiere recorrer una intrincada carretera no especialmente ancha) es asomarse al borde del aparcamiento para ver San Sebastián a sus pies. No está mal, pero la vista mejora incluso una vez dentro del local, pues buena parte del comedor, aquella correspondiente a la terraza, está suspendida sobre la referida ladera y el acristalamiento permite contemplar con detalle y ensimismamiento la ciudad, los montes que la cercan, sus tres playas, la isla de Santa Clara y el bravo mar. Un espectáculo digno de ver. Uno se sienta en su silla y puede dejar pasar el tiempo reparando en mil y un detalles, como si observara un gigantesco lienzo; un espectáculo que incrementa su belleza cuando se tiene suerte, como sucedió durante mi visita, y el sol deja paso a las nubes, para que sean barridas por el fuerte viento, en dura pugna con la lluvia, que llena el cristal de incontables gotas antes de que caiga la noche y sean las bombillas, los focos, las farolas y las lámparas, las que dibujen la refulgente silueta de La Bella Easo. No me gusta...

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Restaurante Munto (Donostia). Salí con una idea: qué bien he comido

Entre las canciones que guardo desde hace años en el disco duro biológico figura el boogie ‘I drink alone’. No obstante, en realidad no me gusta beber solo. Y tampoco comer solo. Más allá de obvias razones de subsistencia, considero ambos ejercicios como auténticos actos sociales. Me gusta beber un trago y continuar la conversación mientras nado en los ojos de mi interlocutor o interlocutora. Y los pocos negocios que cierro, las pocas victorias que celebro y los encuentros con viejas amistades, me gusta que tengan como escenario un refectorio. Sin embargo, en una de mis últimas visitas a Donostia recorrí bajo la lluvia las sendas de Cristina Enea, el parque que Fermín de Lasala y Collado, Duque de Mandas, cedió a la ciudad; hablé con patos, palomas y pavos, pegué patadas a las hojas arrancadas por el frío viento otoñal, busqué inútilmente ciervos, abrí una frigoteca en la que únicamente esperaba lector la ‘Lolita’ de Nabokov y, ya empapado, decidí dar una tregua a mi osamenta resguardándome de las inclemencias meteorológicas en algún restaurante de lo viejo. Aunque fuera para comer yo solo. Dirigí mis pasos al Morgan, un local que quiero visitar desde que hace meses disfruté en su hermano Morgan Kompany, pero estaba lleno y no me apetecía esperar de pie. Giré a la izquierda, enfilé la calle Fermín Calbetón y, tras desechar la oferta de Bodegón Alejandro, donde aprendió fundamentos de cocina el sideral Martín Berasategui, entré en el Munto, negocio regentado por la familia Gómez Muñagorri desde 2001. Lo hice con intención de comer ensalada templada de bogavante, rape y postre casero por 25 euros. Con esa idea atravesé el pequeño bar y bajé las escaleras que conducen a lo que es, mayormente, el restaurante preparado para dar asiento a medio centenar de comensales. Grandes extintores rojos conviven con cuadros a la venta en las paredes de ese sótano sin ventanas ciertamente acogedor, con vigas de madera en el techo y paredes que combinan ladrillo visto, piedra, pared amarilla...

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