Restaurante Chiqui (Santander). Muchos detalles, no tanto sabor

Como escribió en este blog mi hermano pequeño: si apoquinas en un lugar 4.000 duros por comer, qué menos que haya un poco de magia. Sin embargo, esa magia exigible se evaporó al poco de sentarnos en marzo en el restaurante del hotel Chiqui, sito en la playa del Sardinero, en el que solemos pernoctar a menudo por su tranquilidad, funcionalidad, aparcabilidad y vistas, pues todas las habitaciones dan al mar y la mayoría disponen de terrazas relajantes. Santanderinos de buen yantar nos habían recomendado ir sin falta al restaurante del Chiqui, subrayando incluso la calidad de su menú diario (unos 24 euros), y en el cumpleaños de La Txurri ella se empeñó en ir ahí y pagó 107’81 euros y le pareció barato pero no dejó propina porque se quedó absolutamente insatisfecha. Y eso que la cosa comenzó bien. Era miércoles y nos acomodaron pegados a la cristalera. El restorán se veía poco concurrido, con ejecutivos trajeados y ocupados más parejas matures con posibles y desocupadas. El servicio arrancó sin prisas y con atención, con paciencia ante la indecisión de la anfitriona cumpleañera. La carta de vinos era aparente y yo opté por lo barato y clásico: media botella de Rioja Bordón, crianza 2005 (9 euros + IVA). La abrió el maitre, dejó las esquirlas de cápsula y el corcho sobre una bandejita en la mesa, sirvió un culín, lo olí (grosella, cereza…) y le di el visto bueno. Al beberlo luego estaba suave y un par de grados por encima de lo recomendable; bah, no importó. Durante la espera nos obsequiaron con un aperitivo: dos pinchos de gamba rebozada en una gabardina deluxe acompañada por una suerte de lasaña/canapé de bonito, foie y piñones. ¡Ñam, ñam! Los entrantes no los compartimos: ella quería almejas y pulpo, pero yo repliqué que no me apetecía papear lo mismo de siempre. Me costó convencerla y ella, tras mil descartes de todo tipo (pasó de la sopa de pescado prometedora, del risotto seductor, de la ensalada...

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