Tres cafés y un destino (una más de camareros)

Tengo que estar muy fastidiada para pasar un día sin café. Momentos de asueto y relax, de profundas o mundanas conversaciones, todo cabe; la cuestión es encontrar un lugar agradable que ofrezca buen producto y, no voy a pretender que sea a precio razonable, me conformo con que la atención sea correcta. Los ejemplos se nos presentan a diario, no hace falta ir demasiado lejos. Caso concreto, el que descubro comparando tres establecimientos próximos, dando la vuelta a la manzana… juntos pero no revueltos. En pleno Boulevard donostiarra, donde, por encontrar puntos comunes, todos pagan una renta astronómica, doy fe. Cada uno de ellos despacha una marca diferente de café, en general buena, aunque tengo mis preferencias. Cuentan con diferentes comodidades y personal en proporción al tamaño de la barra. Hasta aquí todo cuadra, la parte estructural. El quid de la cuestión está en “lo espiritual”. Empezamos por el más reciente, Kafe bat?, que me pilla de paso. El local es cómodo y me presta su suave café (La Casa del Café). Dispone de una agradable y recogida terracita que se pone de bote en bote en cuanto asoman dos rayos de sol. Su esquina acristalada y su cómoda barra exterior, bien protegida bajo los arcos de la Plaza de Gipuzkoa, permiten disfrutar de un pitillo sin esa sensación de verse desterrado al frío barril con cenicero. La atención es correcta, sin excesos, dependiendo de quien ostente el turno del momento. Pero echo de menos un mejor servicio en la terraza. Que el cortado lo vale, que te pimplan un euro y cuarenta céntimos por taza. ¿Café o petróleo? Empiezo a considerar si estoy haciendo el primo. En la oficina tenemos una preciosa Nespresso que por 0,35 € dispensa un coqueto y sabroso vasito. Y eso que las chicas de la ofi desearían tener a mister Ristretto junto a la máquina, pero todo no puede ser. A pesar del ahorro que supondría para mi bolsillo, me gusta salir a tomar el café, si es...

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