Taberna Maritxu (Bilbao). Los 400 chuletones

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La taberna casta y bochera Maritxu está especializada en chuletones y también expende bocatas y sirve menus del día por 11,5 euros, éstos con muchos platos a elegir y también con mucha demanda a pesar del vino de mesa que lo acompaña amenazador, marca Guztia o algo así. Debutamos en semejante figón gracias a que un día compré vía Internet en Groupon un cupón de descuento chuletero para una oferta que rezaba así: «24 euros por un chuletón de 1 Kg para dos personas con patatas fritas y pimientos rojos, una ensalada, pan y dos copas de vino en Maritxu Taberna». Se prometía un ahorro de 26 euros y me entró la gusa de inmediato, claro. Y la oferta era real, pues el chuletón para dos tiene un precio habitual de 45 lereles.

Lo poco que vi en Internet antes de ir no hace justicia al local, que tiene un cenador en la acera para zampar al aire libre, una barra larga con pinchos entre paredes de tono claro y un comedor cuadrado, rústico y abierto al fondo a la derecha, antes de llegar al baño. Estos cupones caducan al de seis meses y yo acudí con Pato cinco días antes de que se me agotara el mío, un lunes prenavideño. Sabíamos llegar al Maritxu, pues se halla pocos metros más adelante del también paraíso carnívoro del Asador Zuria, y Pato (alias Mr. Duck), con la suerte que le acompaña, aparcó justo delante de la tabernuca. En su cenador exterior había currelas con monos azules, en la barra paisanos alienados y camareros acelerados, y en su comedor compartimos los momentos con un grupo de féminas chillonas, un trío de trajeados, algunas parejas, un hombre solitario que leía el periódico y se atrevía chulito con el mentado morapio, o el afable Karmelo, el encargado del pub Azkena, lo cual da una idea del encanto transversal del Maritxu.

Pues a Pato y al que suscribe nos acomodaron en una mesa esquinada y preparada con mantelería de papelería azul Bilbao. El cupón incluía dos copas de vino Arabarte y las consumimos pidiendo aparte media ración de otro de sus reclamos: croquetas (a seis lereles la media, a doce la entera). Las copas eran de crianza riojano sin aroma y con sabor cerrado y excesivamente coriáceo. Las croquetas, otra especialidad del Maritxu, estaban superbuenas, en su punto, con rica bechamel, sabor a carne y la textura crujiente de las recién hechas. ¡No se las pierdan!

Para atacar el chuletón pillé una botella de vino. En la carta solo figuraban cuatro crianzas, así que al atareado y estresado camarero le requerí algún reserva y me respondió que no tenían. Glups… Bilbao, cómo has cambiao… Eché un vistazo a la cartita y elegí el mejor caldo: Luis Cañas a 13 lereles. Y al instante le aposté a Pato:

– ¿Qué te juegas a que no nos traen copas para el nuevo vino?
– Y si te descuidas, nos trae una botella ya abierta -soltó Pato, el cántabro experto.

Al final ni pa ti ni pa mí. Trajo dos copas limpias y la botella la abrió en la barra, no en nuestra mesa. El caldo alavés olía a regaliz, alcanzaba los 14º, la cosecha era de 2008 y entraba astringente.

Y arribó el chuletón, en tabla de madera refractaria. Las patatas, perfectas, turradas pero blancas, pastosas en su interior y sabrosas en su esencia. Los pimientos rojos, con un corte sospechosamente artificial de economía de escala, pero ricos y válidos. Y la carne, uh, estupenda. Pato la calificó de sabrosa y tierna, aunque había que sortear algunos nervios. La sencilla ensalada de lechuga y cebolla sin aliñar estaba justita, pero también servía. La gozamos cortando carne, recolocándola sobre la tabla para que se calentara… Al final, cuando quedaban pocos comensales en el cuadrilátero culinario del Maritxu, agarré con las manos el hueso chuletero y lo roí como un caníbal, para apurar los restos pegados a los huesos, lo más sápido. Y añado sin rubor que ya para entonces yo comía la ensalada con los dedos, igual que en ese chiringuito turco de Can Pastilla, Mallorca, donde algún día me iré a vivir para no volver.

Al acabar la carne me dirigí al baño a lavarme la grasa y, de camino, pregunté al camarero cuántos chuletones habían colocado por Groupon: «400… y ya estamos hartos», confesó verosímil y fehaciente. Yo pensé en el título de la película de Truffaut ‘Los 400 golpes’. Y de postre, al margen del menú de oferta, para agotar el Luis Cañas pedí una ración de queso Idiazábal. 100 gramos nos dijo el camarero que eran. Llegaron cortados en triángulos, con nueces aparentes, buen membrillo y dos gustos en el queso, uno rico otro más justo. O se trataba de dos piezas distintas o los bordes estaban demasiado secos.

Pedí la cuenta y me la trajeron. En total añadí 28 euros a los 24 del cupón y me salió la sentada a 52. Pato avisó que iba dejar propina y le conminé: «Ni se te ocurra, que el queso nos lo han cobrado a nueve euros».

(el atavismo carnívoro le brotó a Óscar Cubillo)

Calle Uribitarte, 5; 48001 Bilbao (Bizkaia)
94 423 99 44

DCF compatable JPEG ImgÓSCAR CUBILLO

Otro más de los licenciados en Ciencias Económicas que pueblan la nómina colaboradora de esta web. Cuando le da por ser comunicativo, manifiesta que publicó el mejor fanzine de rockabilly de España (el Good Rockin’, allá por los 80) y la mejor revista de blues de la Europa Continental (llamada ‘ritmo y blues’, editada de 1995 al 2000). Actualmente junta letras por dinero en el periódico El Correo, por comida en El Diario Vasco, por ego en Lo Que Coma Don Manuel y por contumacia en su propio blog, bautizado ‘Bilbao en Vivo’ y tratante, sobre todo, de conciertos en el Gran Bilbao, ese núcleo poblacional del que espera emigrar cuanto antes. Nunca ha hablado mucho. Hoy día, ni escucha. Hace años que ni lee. Pero de siempre lo que más le ha gustado es comer. Comer más que beber. Y también le agrada ir al cine porque piensa que ahí no hace nada y se está fresquito.

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