Taberna Euskalduna (Zarautz). Recomendada por la guía Trotamundos / Routard

Lengua en salsa con champiñones, de Taberna Euskalduna (foto: O.C.E)

Lengua en salsa con champiñones, de Taberna Euskalduna (foto: O.C.E)

Un jueves de invierno, de paso por Zarautz, localidad pijo-costera guipuzcoana ese día exenta de veraneantes, nos topamos con una pizarra que anunciaba un largo menú del día, por un lado en euskera y por el otro en castellano. Se alzaba a la puerta de la Taberna Euskalduna, y como de segundo había conejo y lengua, y de beber sidra si se deseaba, ni lo dudé. No confío en los menús del día con seis o siete primeros y segundos platos, propuesta habitual en Zarautz, pero éste me sedujo y habría pagado más de los 10’50 lerelines que costaba.

Tras un par de potes previos en bares del tranquilo centro, regresamos a la taberna y me fijé que en su puerta había una carta con raciones y ensaladas además de pegatinas de la guía Routard (en España, Trotamundos) que recomendaban el local (vi adhesivos de los años 2003, 2005, 2006 y 2010). Cruzamos su larga barra con pinchos y música (quizá sonaba Gary Moore) y nos sentamos en su comedor, un cenador de madera en la parte trasera. Había mucha clientela ese jueves: caballeros solos todos escanciando sidra, señoras y jóvenes solas que decantaban agua, algunas parejas, algunos vecinos franceses y un pilón de obreros que evacuaron nada más entrar nosotros, por suerte.

De la mesa de al lado, ya desocupada, cogí la abandonada botella de tinto del menú: Telesforo Ardoa (ardoa es vino en vascuence), de mesa, de San Sebastián, y se me ocurrió un pareado: «Telesforo cómeme el sicomoro». (Por cierto, ¿qué será un sicomoro?). Así que pedimos agua Peñaclara (riojana, 672 de residuo seco, o sea alto) y sidra Saizar, de Usurbil, olor dulzón, sabor levemente ácido, entrada fresca, 6º de alcohol y 10-13º de temperatura recomendada de servicio. Nuestra mesa, de propaganda de San Miguel, estaba coja, pero lo olvidamos al poco, y la cubrían sendos manteles de papel con motivos feministas euskéricos. Además nos limpiamos el morrete con servilletas también de papel.

La barra, con sus vinos y sus pintxos (f: Susana)

La barra, con sus vinos y sus pintxos (f: Susana)

De primero había siete platos: alubia roja con berza, sopa de pescado de muy buen color (se les habría acabado la de cocido que anunciaba la pizarra), puré de calabaza, canelones rellenos de carne (enormes y con un aspecto tentador), y lo nuestro: ensaladilla rusa para ella, que apartó la remolacha y el maíz de adorno y disfrutó con una pimpante ensaladilla bien aderezada con mayonesa, y paella para mí, un arroz artificial que entraba bien empero el embeleco, con guisantes también artificiales, vainas muy ricas, y tropiezos sabrosos como pollito y pulpitos, más quisquillas aparentes y mejillones pochos. Yo disfrutaba del momento, pensaba que ese cenador maderero podría estar ubicado en Suances, Cantabria, y me escanciaba más sidra.

El eficiente encargado nos trajo los segundos. Otros siete había para elegir: muslo de pollo, filete con patatas, lomo con pimientos (lo vio Susana y le apeteció, pero se aguantó para cumplir mi voluntad), chipirones ‘pelaios’ (se me olvidó preguntar qué eran, pero he investigado y se refiere a los pelayos, con cebolla pochada, un plato creado en la vecina Getaria durante una temporada con abundante pesca de este calamarcito), merluza rebozada (la servían con ensaladita) y lo nuestro, sendos platos de carne con abundante ración de patatas fritas ricas a modo de nutrida escolta: yo conejo en salsa, y flipé nada más ver la abundante ración, y no daba crédito cuando lo probé tan tierno y suculento, y me sentí superado por la salsa casera que unté con pan de barra, y encima me tocaron los dos riñones (qué día de suerte), y pensé que era un plato exquisito y tardé en terminarlo todo porque chupé todos los huesos (creo que hice una foto de los restos de esqueleto), y ella pensando en mí, su esposo, pidió lengua rebozada en salsa, tres anchas y delgadas rodajas suculentas cuya última porción me preparé en bocadillitos (es mi costumbre) y aunque ya estaba fría la carne aún tenía un pase y una salsa que se diferenciaba de la cunicular por la presencia de champiñones.

De postre había también muchas cosas: arroz con leche, helado, yogur, cuajada, fruta, la novedad del mousse de limón, y lo nuestro: natillas cojonudas, caseras y con galleta Fontaneda que me llenaron la tripa, y ella un sublime pudin de queso, un postre apreciado por unas jóvenes locales que lo pidieron antes (y yo me quedé con la copla de sus parabienes), un postre este pudin con estética de leopardo por el caramelo, con sabor fuerte y genuino a queso, tan chic que pensé que en una tasca como la Euskalduna en la carta deberían cobrar más de 4 lereles. A eso La Txurri añadió un café con leche aparente (1,30, en total por semejante pitanza aboné 22.30), acabamos, me sentía con la panza llena y seguimos camino de vuelta a casa. Hum… estoy dispuesto a hacerme mochilero de la guía Routard/Trotamundos para regresar a este figón.

(se sintió superado por el conejo Óscar Cubillo)

web del restaurante

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Calle Nagusia, 37; 20800 Zarautz (Gipuzkoa)

943 13 03 73

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