Bar restaurante Rio Oja (Bilbao) Coma cazuelitas, no me sea guiri

Jul 17, 13 Bar restaurante Rio Oja (Bilbao) Coma cazuelitas, no me sea guiri
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Este domingo hice una pausa en uno de los veranos de los más viajeros que recuerdo. Regresé al bocho. El motivo fue sentimental, triste. Despedíamos a Jesús. Mi padrino. Padrino de cuando ser padrino significaba una responsabilidad y un compromiso. El padre sustituto  en el caso de que hiciera falta y un vínculo más fuerte que el de la sangre. Al menos en nuestro caso. Y es que ya  lo decía Mario Puzo en su famosa novela: “Los italianos piensan que el mundo es tan duro que hace falta tener dos padres, por eso todos tienen un padrino”. Y a mi también me hizo falta y allí estuvo.

Jesús se fue, adios caro padrino y nosotros nos quedamos. Y después de los funerales se suele celebrar la vida, bebiendo, comiendo y bueno… otras cosas. Y, se celebra que nosotros nos quedamos por algún  tiempo más.

Y así agarré del brazo a mi anciana aunque espabilada progenitora y en compañía de mi chica la llevamos a un plan que  le gusta, el domingo-cazuelita. En el Casco Viejo hablar de cazuelas de barro enormes, repletas de guisotes que, como el vino,  con los días va ganando sustancia y sabor es hablar del bar restaurante Rio Oja.

El Casco Viejo para los de Bilbao de toda la vida, y encima del centro, ha experimentado (no diré sufrido porque eso tiene connotaciones peyorativas,y no es eso) un cambio de la pera limonera. De ser un barrio tranquilo, de poteo para los de la zona y aledaños, se ha convertido por eso de lo autentico y del efecto Guggenheim  en el reducto guiri de la Villa (¡achtung! Bilbao no es una ciudad, coñe, que es una Villa, ¡hombre ya!). Y así, por un efecto curioso esa peregrinación laica masiva en busca de lo auténtico lo que consigue es desvirtuar nuestras esencias.

El pintxo se está convirtiendo en un artículo de lujo, a precios que parecen hechos de cuartos traseros de unicornio. (Hay alternativas de calidad-precio, léanse este post) Los crianzas te los cobran a precios de reserva. Los reservas a precio de Château Petrus, merlot del Pomerol, y no tempranillos riojanos. Y los menús se pueblan de “interpretaciones” de la cocina vasca, un tanto heterogéneas a precios de 20 euros (más iva). A eso se tiran los visitantes y creo que se llevan una impresión equivocada. A los que me preguntan, que suelen ser muchos, les digo que si pillan mesa, cosa harto difícil que vayan al Rótterdam, un restaurante bar chiquito y bonito que linda con el Rio Oja, pero ese lo dejamos para otro día.

Existe un Casco Viejo auténtico para los de Bilbao y para los de afuera que no quieran hacer el turista. Y el Rio Oja, es uno de esos lugares. Un larga barra por si te quieres tomar un txikito acompañado de una ración sin más pretensiones, un comedor a pie de barra, otro espacio de comidas interior, y un reservado para comidas de grupo.

El menú es lo que puedes ojear en la barra, donde están dispuestas las cazuelas con lo que luego te calentarán. Mucha pata, callo y morro, casquería de la que los Manueles somos fanes. Guisos con sustancia. Camareros castas, veteranos con más conchas que un galápago y no necesariamente simpáticos ni falta que hace, que hemos venido a comer y no al Club de la Comedia.

El domingo comimos, para compartir de primero, una ensalada de ventrisca fresquita, con un vinagreta de pimientos. Jugosa y suficiente. Bien hecha.

Pese al calor reinante me pedí una sopa de pescado y esa fue la decepción del día. La verdad es que pongo el listón alto en ese plato, yo lo hago de cine (sin falsa modestia) y me gusta cremosa y sustanciosa y no caldosa como la que me pusieron. Una agua caliente sin demasiado sabor y prescindible.

Patas de cerdo, picantes

Patas de cerdo, picantes

Pero los segundos… ¡ah, los segundos! Ahí acertamos de pleno. Mi amatxo se pidió chipirones en su tinta y daba gusto verla comiendo. Blanditos dijo ella, sabrosos, con sabor. Bien.  Mi chica pidió, ejem, rabo. Y aunque se quejó de la cantidad, ejem, ejem, escasa, dijo que el sabor era extraordinario y la carne se deshacía en la boca. No sigamos por esta línea que nos perdemos.

Mi elección fueron las patitas de cerdo. Lo se, soy previsible. Dos patas enormes que parecían cortadas del cerdo Tiberio que sortean en el Mercado de Santo Tomás. El camarero advirtió antes de servirlo que,  “igual nos hemos pasado un poco con el picante”. Que me digan a mi eso es como advertirme en un hotel, “lo siento no nos quedan habitaciones y tiene que compartir  cama con Natalie Portman y Scarlett Johansson”. Vamos, que no me importa, más bien lo contrario.

Los azulejos de Juan Carlos Eguillor

la foto (1)

Otro motivo para acudir al Rio Oja es contemplar los azulejos diseñados por el añorado dibujante Eguillor. Nadie supo retratar como él la complicada idiosincrasia vasca y el peculiar sentimento botxero. En sus azulejos hay escenas de txarribodas y también el mítico personaje Miss Martiartu, inspirado en las hermanas Andone, Julita y Lirita Gaztelu que regentaban el Txoko-Eder, un mítico restaurante de Barrenkale Barrena.

Las patas picaban, mucho. Mi cabeza se perló de gotas de sudor y, pese a las advertencias de mis acompañantes: “¡No comas más, que te va a dar algo!”, seguí dulcemente sufriendo, hasta que no quedo un huesito sin rechupetear ni una salsa sin untar. No hay dolor. Y así, winwin, la digestión se prolongo 24 horas con episódicos momentos de regusto recurrente, no doy más detalles.

De postre tarta helada, viejuna que te pasas, y detalle supremo, el camero me preguntó que si quería (en la tarta)un baño de güisqui (no se alarmen la  RAE dice que se puede escribir así). Dije que sí y disfrute del déjà vu. Pagué, que para eso soy de Bilbao, sobre los 45 euros, con agua para las chicas y cañón de cerveza para bajar mis ardores.

Señores guiris y foráneos, ya lo saben, si buscan la experiencia auténtica dejen de lado los menús de plástico y busquen la cazuelita de Bilbao. Sabor Auténtico.

Bar restaurante Rio Oja

Txakur Kalea, (la que toda la vida se ha llamado calle del perro ) 4,
48005 Bilbao
944 15 08 71

Este es un post botxero dedicado con mucho cariño a Jesús Miramón Felipe, del que se me pegaron muchas cosas en la pila bautismal y del que siempre recordaré la anécdota que me relató mi aita. En Venezuela, los dos piezas, acudían a espectáculos de burlesque y cuando la función finalizaba y a las señoritas sólo les quedaba piel por lucir, ambos dos gritaban al unísono “¡¡Qué se quiten la ropa!! LOL.

Genio y figura. Os echo de menos.

 

4 Comentarios

  1. He ido a ese restaurante y me ha encantado….. He probado 4 cazuelitas

  2. Dicky del Hoyo /

    Querida Ana Ro

    Gracias! Lo de los chipirones en su tinta, y como comentaba en reciente post las angulas, dan para muchas anécdotas.

    En concreto siempre me acordaré del momentazo choque cultural y mosqueo importante de los primeros ecuatoguineanos (negros) que llegaron en los early seventies a Llodio y en la comida de la cofradía se les agasajó con txipis. Todavía se recuerda en el pueblo el cabreo del pater familias.

  3. Igor Cubillo /

    Joer, Ana, la anécdota de la sueca no me la habías contado. Pero seguro que fue tal y como lo cuentas. Más de un guiri desfallecería si conociera los ingredientes de la morcilla. Por ejemplo.
    Y, por supuesto: ¡Viva las suecas! (pero que vivan más cerca -ejem-)

  4. Ana ro /

    Entrañable post! Recuerdo una ocasión, cuándo Bilbao era gris y los guiris parecían siempre perdidos de camino a la Bella Easo, que una pareja de nórdicos sentados en el Rio Oja esperaban la salida de sus platos. Cuando sacaron la ración de chipirones en su tinta, ella se desmayó. Insólito. A su salud, siempre que vuelvo cae una de txipis a modo de homenaje, ¡Viva las suecas!

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