Mojo Club (Getxo). Burgers de Champions

Mar 21, 14 Mojo Club (Getxo). Burgers de Champions

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La de cambios de decoración y de regencia que he vivido en el ahora denominado Mojo Club. Justo anteriormente se llamaba Noho y se trataba de un pub modernuqui que devastó toda la excelsa decoración del precedente Britannia, un pub inglés barroco copiado de uno isleño de verdad y que tenía una fastuosa cristalera en el techo, maderas cálidas por doquier, una luenga barra que se caga la perra y unos cómodos taburetes tipo trono (sentado en uno de ellos se durmió una noche mi amigo Gabi hablando con el camarero; Gabi, alias Cubatón, jo, jo, jo). En sus buenos tiempos, hace unos diez años, yo acudía al Britannia de mañana y tarde, y a veces de noche. Comía pinchos de bacalao al pil pil, tacos de bonito con vinagreta, bebía vino tinto en una cristalería del copón, y observaba a los burgueses, gente mayor la mayoría. Qué lujo accesible y diario. Lo malo es que ese negocio pretendía abarcar demasiado (desayunos, comidas y copas de noche, con todo lo de en medio, desde el aperitivo matutino a los cafés vespertinos) y no salió para adelante. Ahí hace una década curraban el roquero Jorge Clavo, que ahora toca la batería en Los Fastuosos de la Ribera, y la bacaladera Elisa, una beldad tipo Ava Gardner (pero mejor y más joven), que ahora sabe Dios dónde andará. Y pensando, remontándome en el tiempo, el Mojo antes se llamaba Donato. Joder, eso igual era hace un cuarto de siglo.

Cartelería de Mojo Club.

Cartelería de Mojo Club.

El caso es que ahora suelo ir al nuevo Mojo Club. A tomar birras, a ver los partidos de Canal Plus (las pantallas de televisión con la nueva regencia son demasiado pequeñas, aviso) y a disfrutar sus burgers (¡sin cubiertos!). Pantalla enana y sin cubiertos, local con una decoración minimalista, esquinada e incómoda, y un horario reducido (tarde-noche; no abren los mediodías ni los findes), pero lo frecuento por la amplitud de sus espacios, la calidad de sus parroquianos (no chillan), su cerveza oro y sus burgers, por ejemplo. Y de vez en cuando me dejo caer por sus bolos, gratuitos siempre, a veces de mucho nivel; no en vano el Mojo se subtitula ‘Live Music & Good Food’, o sea ‘Música en Vivo y Buena Comida’.

La primera vez que me zampé una hamburguesa  en el Mojo era domingo y ya había almorzado en casa de mi madre: alubias rojas con guindillas y patas de cerdo espléndidas (varias veces me serví y al final rogué retiraran la cazuela para no acabarlas todas), regadas con Baigorri carbónico, más postre con turrones postnavideños regados con brandy Osborne, el de la botella de Dalí, de cuando la marca pertenecía a la familia de don José María Ruiz Mateos, un lujo en extinción (solera 80 años, voy acabando la botella). Con esto quiero decir que ese domingo no tenía hambre. Pero me acodé al final de la barra con una cocacola para ver el partido del Real Madrid (me he hecho del Madrí y qué presión social en el País Brusco; que si cómo se le ocurre a un vasco como yo, que si lo hago por llevar la contraria, que te echo de casa…), y me llegó desde la mesa de unos comensales ocultos tras una gruesa columna el olorcillo de una hamburguesa. Un aroma penetrante, en efecto, y, claro, no soy de piedra.

Fachada de Mojo Club (foto: Igor Cubillo)

Fachada de Mojo Club (foto: Igor Cubillo)

Pedí una. La más barata de la carta: la hamburguesa clásica, a 6,40 aurelios. Lo primero que me llamó la atención cuando la así fue su peso. Casi vencen mis brazos sus 180 gramos de carne, más el buen pan y tal. Lo segundo que me llamó la atención fue que en el Mojo sirven las hamburguesas sin cubiertos, dispuestas sobre una tablita con un cuenquito para unas ricas patatas fritas tipo gajo más un platito con un par de manchas de salsa, ketchup y allioli, para mojar las patatas. Todo en general estaba de p.m. y, contento, pedí una segunda cocacola zero, para no engordar. La hamburguesa clásica olía bien, sabía mejor, el queso cheddar se hacía notar con delicadeza y el pepinillo no repetía. Me hice fan de esas hamburguesas al instante.

Desde entonces he probado casi todas las de su carta. Servidas en tablas, sin cubiertos y con un pan estupendo, sápido, consistente pero a la vez tierno a la hora de masticarlo. Un pan que suele variar en algunas burgers y que tiene pedigrí: es pan artesano de Ohiko Ogia (nombre capicúa, pues ogia en vascuence significa pan), una empresa de Gorliz. La carne es de Juan Mari, un comercio de Las Arenas. A mi esposa le gusta mucho la hamburguesa chicken, o sea de pollo, servida en sabroso pan de maíz, a 6,90 euros la pieza. Se llena el fabuloso pan con unas jugosas pechugas de pollo de corral, gruesas hasta llegar a los 180 gramos de sápido peso. Se aprisiona todo el entramado con un largo palillo (lo que hace las veces de cubierto) y la mezcla de ingredientes está muy bien ideada y conjuntada. Aparte de la lechuga, la combinación de genuino queso de oveja y de cebolla caramelizada riquísima le confieren un aire… hum… ¿escandinavo? Y aire nipón tiene la hamburguesa japonesa o de atún, a 7,90 cada bocadillo de pan integral de semillas. El pescado está picado y poco plancheado, y tiene la consistencia de la carne. A mí esta burger me evoca a los ahumados, tiene cierto picante provisto por la mayonesa japonesa, y la cosa marida de cine con la cerveza Estrella Oro, que lo sepan.

Hamburguesa wagyu y complementos (foto: O.C.E.)

Hamburguesa wagyu y complementos (foto: O.C.E.)

No sé si me atreveré algún día con la hamburguesa vegetal (a 6,90, con 180 gramos de garbanzos y lentejas, más y el cilandro que me traslada a Portugal). La bautizada BBQ vale 6,90 lereles y es la clásica con salsa barbacoa más un poco de bacón. La más cara es la hamburguesa de wagyu, a 8,90 (¡1500 pelas!, exclamaría mi hermano), con los consabidos 180 gramos de carne de ese buey japonés también. Bueno, sí, está muy bien, la carne llega apelmazada y rojiza en el centro por poco plancheada, el sabor es opaco empero invasivo, el pan de maíz le aporta un toque distinto y mi esposa opina que está muy buena. No obstante, yo me lo paso mejor con las otras, la normal, la chicken y la de atún, pues no le veo gran diferencia de sabor ni textura al buey de origen nipón wagyu.

Al principio de su nueva andadura, en el Mojo Club ponían pinchos que te preparaban al instante (me quedé con ganas de probar el de atún por dos euracos), y la carta era muy larga, quizá demasiado para la afluencia del local. Así que recortaron la carta, quitaron los pinchos y propusieron cosas grandes, con más valor añadido, como las mentadas burgers deChampions, tres tipos de ensaladas, algunos postres y las raciones, de las que he probado estas, no siempre viendo el fútbol: patatas bravas sofisticadas (lo escribo así para entendernos), confitadas y fritas, naturales y en gajos, con cuatro tipos de salsas a elegir y muy ricas, para comer con palillos, a 4,90 la ración (pero pienso que no compensa: por 1,50 más te zampas una superburguer clásica y te ponen algunas patatitas), alitas de pollo de corral con salsa teriyaki (6,90), piezas grandes y sabrosas, sin patatas de guarnición pero con una salsa dulzona y nipona que marida con la birra también; panko (6,90), un surtido de tempuras de verduras (zanahoria, pimientos…) y también de queso de oveja servidas con una salsa para mojar agarrando con las manos cada pieza, pues seguimos sin cubiertos; y lo que no me llama la atención, los nachos (6,90), con guacamole y fundido de queso con salsa hot mojo (hum… igual van bien con las birras… a ver si me invita un colega… Gabi, alias Cubatón,  por ejemplo).

(Se ha hecho del Real Madrid, Óscar Cubillo)

web de Mojo Club

ver ubicación

Las Mercedes, 31; 48930 Las Arenas, Getxo (Bizkaia)

94 404 96 82

DCF compatable JPEG ImgÓSCAR CUBILLO

Otro más de los licenciados en Ciencias Económicas que pueblan la nómina colaboradora de esta web. Cuando le da por ser comunicativo, manifiesta que publicó el mejor fanzine de rockabilly de España (el Good Rockin’, allá por los 80) y la mejor revista de blues de la Europa Continental (llamada ‘ritmo y blues’, editada de 1995 al 2000). Actualmente junta letras por dinero en el periódico El Correo, por comida en El Diario Vasco, por ego en Lo Que Coma Don Manuel y por contumacia en su propio blog, bautizado Bilbao en Vivo y tratante, sobre todo, de conciertos en el Gran Bilbao, ese núcleo poblacional del que espera emigrar cuanto antes. Nunca ha hablado mucho. Hoy día, ni escucha. Hace años que ni lee. Pero de siempre lo que más le ha gustado es comer. Comer más que beber. Y también le agrada ir al cine porque piensa que ahí no hace nada y se está fresquito.

1 Comentario

  1. Maite Alaña /

    Buah!!! yo no me pierdo esa hamburguesa, y siendo la carne de Juan Mari, calidad asegurada. No tenia ni idea de que tenian carta. Lo cierto es que me esta costando quitarme de encima la mania que le tengo al local porque jooooder!!! menuda puta mierda de musica que ponen a partir de las 3:30 que es cuando voy, y el dj es un imbecil con un gusto pesimo y es imposible negociar con el. Hace muuuchos años este local se llamaba”el varon” iban mis padres y era la rehostia a todos los niveles, musica, ambiente y buenos copazos.

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