Visitar Gijón. Comer y cantar

Jun 15, 17 Visitar Gijón. Comer y cantar

Para qué les voy a engañar, uno no es Paul Theroux, no aspira a ser señalado como exponente de la literatura de viajes, pero sí es cierto que, en alguna ocasión, se me ha podido ver fuera de la capital de la galaxia. Gusto de perderme por carreteras terciarias, esas que el navegador sólo recomienda cuando quiere hacer una faena (ahóguese en este pantano, atraviese este bosque que asustaría a la bruja de Blair), y también de confundirme entre el paisanaje. Por eso, cuando los amigos de los amigos me traen chapas de cerveza de los lugares más exóticos y/o remotos del planeta me alegro por ellos y por mi colección, pero apenas paso envidia sana, pues sé que para sorprenderse y gozar no es imprescindible llenarse el brazo de vacunas y embarcar en un avión; buena parte de las maravillas de este mundo están a un paso, a un depósito de distancia.

Muchos de esos tesoros los ofrece, más que los esconde, Asturias, una tierra donde mar y montaña se funden para solaz de nativos y visitantes. Doy fe. He recorrido la costa oriental de un extremo a otro, me he bañado en sus playas, he atravesado sus desfiladeros, vadeado sus ríos y trepado sus riscos. He paseado por las calles de Oviedo, cual Woody Allen, me ha sorprendido la belleza de Avilés, he exprimido Llanes y, cómo no, son muchas las veces que me he dejado caer por Gijón. Unas por seducir a una chica, otras por ver a mi Athletic Club jugar en El Molinón, el campo de fútbol más antiguo de España, otras por correrme una buena juerga con amigos y un par de ellas más por disfrutar del Crossroad, un festival entregado al rock and roll que ya pasó a peor vida. Ains… Podía haber ido allí con motivo de la Semana Negra, pero no se ha dado el caso.

También quedan lejanos los días de gloria del Xixón Sound, cuando las bandas locales rivalizaban sanamente con sus colegas del Getxo Sound, con referencias comunes en el noise rock y un arsenal de pedales para sacar chispas a sus guitarras eléctricas. Pero no se equivoquen, la música no se ha apagado en los dominios de Australian Blonde, Manta Ray y Eliminator Jr. Los ecos del ‘Chup chup’ son cada vez más débiles, apenas perceptibles, pero ahí siguen batiéndose el cobre músicos como Chiquita y Chatarra, Pablo Und Destruktion, Igor Paskual, Peralta y Kaplan.

Chiquita y Chatarra, en acción (foto: neo2.es)

La vida entera está recogida en mil canciones, así que cualquiera es buena excusa para tomar nuevamente el pulso gastronómico a un lugar donde nunca pasas sed ni hambre, donde la alta cocina se ha hecho un hueco partiendo de la tradición, y donde se experimenta con bebidas y alimentos. Están pasando cosas y se aprecia el esfuerzo por dejar atrás tópicos.

Las sidrerías de Gijón

Empezaré por un tópico, permítanme el contrasentido: resulta impensable recalar en Asturias y no beber sidra, una bebida tan humilde como excelsa que cuenta en cada culín un párrafo de historia y predispone al encuentro y a compartir. Su consumo está muy localizado geográficamente, pero la esperanza está puesta en que esas murallas no detengan el anhelo de que el escanciado, como exponente de la cultura y las tradiciones que sustancian el universo sidrero, sea reconocido por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Camarero de la desaparecida sidrería El Mariñán (foto: Cuchillo)

En Gijón uno puede comprar botellas y empantanar la habitación del hotel arrojando el líquido desde lo alto, brazo estirado, más chulo que un ocho, pero lo más recomendable es dejarse de líos y acudir a las muchas sidrerías que siembran esa gran Gran Manzana. En muchos casos, ver a los camareros servirla es todo un espectáculo y la ciudad cuenta con su propia Ruta de la Sidra (Cider Trail). La oferta abarca desde locales bien lustrosos hasta tascas austeras.

Entre los primeros figura el restaurante asturiano La Galana, donde el chef Denis Edeline anhela aplicar sus conocimientos de nouvelle cuisine y ofrece platos como tataki de atún rojo con salsa de soja, espuma de wasabi y miso (18€) y juliana de tirabeques y calamar sobre crema fría de arbeyos (16€). Yo, cucharilla en mano, comí en temporada unos oricios -erizos de mar- cocidos (14€, la docena) que portaban algo de arena, lo que dificultaba el disfrute de sus huevas anaranjadas (me está bien empleado, por no pedirlos crudos, que es lo suyo); y una buena porción de pixín -rape- con almejas, aunque hoy la hubiera preferido en salsa de llámpares -lapas- (24€).

Más popular, y económica, es la propuesta de sidrerías como Canteli, locales sin excesos de decoración ni lujo en el mobiliario, donde las elaboraciones son más sencillas, el trato bueno y la clientela local, del barrio. En su menú del día es fijo el pote asturianu,

En la zona de San Lorenzo me gusta Román, segundo clasificado en la séptima edición del concurso La Mejor Fabada del Mundo, celebrada en 2017. Tiene numerosas mesas, pero me gusta acodarme en su barra y pedir unas nécoras o unos santiaguiños que pocos más tendrán. Además, me han hablado bien de La Carreña, otra sidrería de barrio. Y se dice que en La Corolla no derrochan simpatía, pero sí buen marisco.

Tambien hay restaurantes en Gijón

La oferta hostelera no se limita a las sidrerías, claro está. Existe la posibilidad de salirse de su sota – caballo – rey acudiendo a algún restaurante ‘convencional’. O, mejor aún, comprobando el referido esfuerzo de varios profesionales por actualizar la tradición, por reinventarla y llevarla un paso más allá. Hay vida, sabores, aromas y texturas, más allá de la fabada y su compango. Mostrarlo es el empeño, por ejemplo, de quienes trabajan en las cocinas del restaurante Ciudadela. Nos pusimos en sus manos, pedimos que sacaran al centro, para picar, lo que se les antojara, y esto fue lo que probamos: piruleta de gamba con salsa de wasabi; cecina; rollitos de cigala; champiñones rellenos de oricio; tiras de pitu; alcachofas con vieira y tacos de ternera con Afuega’l Pitu. Sólo una pega evidente, el punto de la carne, demasiado hecha.

Más propuestas: dicen que en La Zamorana, allí mismo, tienen el mar entero; y para carnes la recomendación es asador La Bolera.

Jarrete de cordero del restaurante Auga (foto: Cuchillo)

El firmamento

Entre los renovadores de la gastronomía asturiana merecen un apartado especial los galardonados por la guía roja: La Salgar y Auga. Ambos cuentan con su estrella Michelín y la fórmula Gijón Gourmet permite comer en ellos (y en otros cinco comedores) un menú degustación de cinco platos por sólo 50 euros, impuestos y bodega incluidos. Una ganga, hablando de preparaciones como oricio con holandesa acidulada, hierbas aromáticas y yogur; suflé con tierra de avellanas, helado de nata y jengibre; vieira, manzana verde y coliflor trufada; manzana caramelizada con queso Rey Silo, tomate y sardina marinada. Pero no se equivoquen, también se puede pedir arroz con pitu de caleya, especialidad de La Salgar y del otro restaurante regentado por Nacho Manzano, Casa Marcial, hoy reverenciado. La suya es una (r)evolución desde el respeto y el conocimiento; un modo diferente de comer Asturias.

También es buena opción coger el coche y plantarse en Casa Gerardo, en Prendes, a 13 kilómetros. Uno puede comer allí, preparadas por la familia Morán, las mejores croquetas del mundo (de compango, ellas), una fabada extraordinaria y una afamada crema de arroz con leche requemada. Fantástico. Además, se incluye en Gijón Gourmet. No hay excusas.

Estampas de El Castañón (fotos: Cuchillo)

Llagares de sidra

Beber sidra es un placer, incluso cuando uno ignora de dónde sale. Pero sabe aún mejor cuando conoce el proceso de elaboración de la misma, que se explica in situ en los llagares. En Gijón se pueden visitar varios, y también están a tiro de piedra los de Villaviciosa, por eso yo me dejé caer por las modernas instalaciones de Castañón, donde me sentí como una manzana que llega en camión y es recibida en los manzaneros. El agua las arrastra por conducciones hasta el área de selección manual, y las óptimas son picadas y mayadas (trituradas). El mosto, entonces dulce, termina en depósitos de fermentación de 25.000 y 50.000 litros, donde duerme aproximadamente cuatro meses. Hoy son de inoxidable, pero en su día eran toneles de madera, como se aprecia en una nave donde se explica qué es la espicha, etcétera.

Ah, en Asturias no sólo se elabora sidra tradicional, con o sin Denominación de Origen (reservada a las producidas con manzana autóctona), también se comercializa sidra de mesa, que no precisa escanciado y se degusta en copa de vino, y sidra brut, elaborada según el método champenoise. Con manzana, por supuesto. ¿Quieren saber mi opinión? Mejor la tradicional.

Escolinas y Pésico, vinos asturianos (fotos: Cuchillo)

Me gusta el vino (aún)

Gijón huele a sidra, pero ésta no es la única alternativa de poteo. El vino está recuperando terreno. Tanto es así, que mi antepenúltimo alojamiento se situaba en el corazón de la ‘ruta de los vinos’, en la calle Santa Rosa, donde bares como Turnedo, Sinatra, Al Voroto y Gilda reivindican el protagonismo de la uva. Se ofrecen caldos de diferentes procedencias y se acompañan con pequeñas tapas, cortesía de la casa.

Si nada ha cambiado, a mí me gusta empezar la ronda en el Turnedo, donde oficiaban el simpático Ricky y su pareja. Cuando aprieta el hambre están a un paso las singulares hamburguesas de Gilda Bar & Diner, que conceden protagonismo al cordero y al pulpo, por ejemplo. Y cuando me canso de Toro, Ribera de Duero y Rioja, busco Vino de Calidad de Cangas. De Cangas del Narcea, Allande, Grandas de Salime, Illano, Pesoz, Ibias y Tineo, a base de uvas carrasquín, albarín de Ibias, verdejo negro, mencía, godello… Porque sí, en Asturias también se elabora vino. Qué sorpresa, ¿eh?

Los quesos

Anda que no he presumido yo veces, sin caer en la petulancia, diciendo eso de que Asturias es la mayor mancha quesera de Europa. Afuega’l Pitu, Ahumado de Pría, Cabrales, Gamonedo, La Peral, Casín, Peñamellera, Taramundi, Vidiago, Beyos, Bedon… Casi todos se pueden comer en mesas y barras.

Amagüestu, de Pomme Sucre (foto: Cuchillo)

Las confiterías de Gijón

Yo tenía apuntado en mi agenda que uno no se puede perder las milhojas de La Fe y que Pomme Sucre se cuenta entre las mejores pastelerías de España. Y resulta que la ciudad, pese a promocionar el lema “Asturias con sal” (Northern Spain with zest, Le nord de l’Espagne qui pétille), también quiere presumir de dulce. Por eso se ha creado el programa Gijón Goloso (Sweet-thoothed Gijón, Gijón Gourmand), que propone descubrir 16 especialidades de otros tantos establecimientos. La princesita de La Playa, el bombón de cabrales y nueces de Imperial, el desmigado de avellanas y queso de varé de Balbona; el amagüestu de Pomme Sucre…Cinco degustaciones, 7€; 10 degustaciones, 13€.

Qué quieren que les diga: ¡Ñam! Y no hemos hablado de andaricas, ni de arroz con leche, ni de cachopos, ni de fritos de pixin, ni de la fabada de Casa Segundo, ni de comprar cosas ricas (paté de oricios, mermeladas, quesos…) en La Gijonesa… Lo mejor es que se pierda por sus calles y compruebe en qué sidrería o vinoteca se encuentra más a gusto; si le gusta más la sidra natural, la de mesa o la brut; si prefiere el oricio crudo…

Sala del reloj, en la Laboral.

Otros planes en Gijón

Ay, pero no todo va a ser comer y cantar en Gijón. Cuando no hay conciertos, es hora de hacer la digestión o simplemente se nos antoja otro plan, existen otras inquietudes, la ciudad no nos abandona a nuestra suerte, como hizo el padre de Pacho Murga con el protagonista de ‘Alacranes en su tinta’. En el mismo centro, existe la posibilidad de patear Cimavilla, el barrio más antiguo, coronado por el Cerro de Santa Catalina y el ‘Elogio del horizonte’, de Eduardo Chillida. También se recomienda pasear por las playas de Poniente y San Lorenzo, pues la vista y la brisa marina tienen efectos reparadores y evocadores. Quienes gustan de visitar museos tienen opciones que abarcan desde la arqueología a la vanguardia; lo mismo pueden aprender a diferenciar un hórreo y una panera, en el Muséu del Pueblu d’Asturies, que entretenerse con el mar de proyecciones y pixeles de LABoral Centro de ARte y Creación Industrial. Éste ocupa las naves de los antiguos talleres de la Universidad Laboral, un mastodonte digno de ver y conocer. Enfrente, las 16 hectáreas del Jardín Botánico Atlántico.

¿Estatuas y esculturas? Al margen del clásico monumento a Pelayo, me quedo con el referido ‘Elogio del horizonte’; ‘Mañana saldrá el sol’, que recuerda al añorado Manolo Preciado, entrenador de fútbol, “un hombre que hizo feliz a la gente”; y la primera composición dedicada en todo al mundo al descubridor de la penicilina, Alexander Fleming, erigida en el Parque de Isabel la Católica. ¿Playas? Diez, cuatro urbanas y seis en el entorno rural. ¿Campos de golf? Cuatro. ¿Puertos deportivos? Dos. ¿Eventos gastronómicos? Más de 20, anualmente. ¿Una tortilla de patata? La de Cafetería Europa. ¿Librerías? Todos los caminos llevan a Paradiso.

Fachada del bar La Plaza (foto: Cuchillo)

¿Y por la noche? Pues ahí está el bar La Plaza, incombustible vestigio de la movida indie local, empeñado en poner buena música; los dos Savoy, entregados a la música, la estética y los sabores de los años cincuenta (I’m a rockabilly rebel from head to toe, I gotta keep a-rockin’ everywhere I go…), donde no faltan actuaciones en vivo; La Vida Alegre, frente al local de la asociación Caja de Músicos; Varsovia, que permite tomar un cóctel de categoría con vistas al mar…

(Igor Cubillo)

LABORAL CIUDAD DE LA CULTURA

Patascortas la erigió, con idea de que fuera un orfanato minero, por eso ha estado a punto de ser reducida a escombros. Pero la imponente silueta de la primera Universidad Laboral del país se mantiene erguida a las afueras de Gijón, reconvertida en Laboral Ciudad de la Cultura. Allí, en el edificio con mayor superficie construida de España, conviven hoy trabajadores de la Radiotelevisión del Principado de Asturias; estudiantes de la Facultad de Comercio, Turismo y Ciencias Sociales Jovellanos de la Universidad de Oviedo; alumnos del Centro Integrado de Formación Profesional, del Conservatorio Superior de Música y de la Escuela Superior de Arte Dramático…

La visita guiada permite conocer la historia del recinto. Se pisa el patio de butacas del Teatro de la Laboral; se contemplan exposiciones (recuerdo una fotográfica del holandés Erwin Olaf, que recreaba obras clásicas de la pintura con participación de profesores y alumnos); se camina bajo la mayor cúpula elíptica del país, en la vieja iglesia; se otea el horizonte desde el piso 19 de una torre inspirada en otras tres: la de Hércules, la Giralda y el faro de Alejandría… Y, si uno insiste, quizá hasta le enseñen la Sala de Pinturas, el palacio dictatorial de ‘La gran aventura de Mortadelo y Filemón’, adornada con frescos de Enrique Segura Iglesias. Insistan, merece la pena contemplar ese ejercicio inconcluso de idealización pictórica.

Andaricas -aka nécoras- en Román (foto: Cuchillo)

Andaricas -aka nécoras- en Román (foto: Cuchillo)

En Gijón se brinda con sidra brut (foto: Cuchillo)

Oricios cocidos, en La Galana (foto: Cuchillo)

Fritos de pixin en una sidrería gijonesa (foto: Cuchillo)

La legendaria fabada de Casa Gerardo (foto: Cuchillo)

Arroz con pitu de caleya, en La Salgar (foto: Cuchillo)

El sobrevalorado cachopo, en Román (foto: Cuchillo)

Crema de arroz con leche requemada, de Casa Gerardo (foto: Cuchillo)

Tabla de quesos, como para dos de Bilbao (foto: Cuchillo)

Productos seleccionados de La Gijonesa (foto: Cuchillo)

Escalera rockera, en la zona de Cimavilla (foto: Cuchillo)

La librería Paradiso, bien surtida ella (foto: Cuchillo)

Panera exhibida en el Muséu del Pueblu d’Asturies (foto: Cuchillo)

Fachada del viejo Savoy Club. Go, cat, go… (foto: Cuchillo)

Alumnos del Centro Superior de Arte Dramático, en Laboral (foto: Cuchillo)

Sala de Pinturas, en Laboral Ciudad de la Cultura (foto: Cuchillo)

Puerta de acceso a Laboral Ciudad de la Cultura (foto: Cuchillo)

Estación de Alsa en Gijón (foto: Cuchillo)

IGOR CUBILLO

Periodista especializado en gastronomía y música. Economista. Equilibrista (aunque siempre quiso ser domador). Se dobla pero no se rompe, hace las cosas innecesariamente bien y, puestos a hablar, colabora con Radio Euskadi, dirige Lo Que Coma Don Manuel y le dejan salsear en Mundaka Festival. Aún escribe de música en Kmon y de comida en Gastronosfera, y la buena gente de eldiario.es cuenta con sus textos coquinarios en distintas ediciones.

Vagabundo con cartel, ha pasado la mayor parte de su existencia en el suroeste de Londres, donde hace casi 30 años empezó a teclear, en una Olivetti Studio 54 azul, artículos para El País, Ruta 66, Efe Eme, Ritmo & Blues, Harlem R&R ‘Zine, Bilbao Eskultural, Getxo A Mano (GEYC), DSS2016, Den Dena Magazine, euskadinet, ApuestasFree y alguna otra trinchera.

Como los Gallo Corneja, es de una familia con fundamento que no perdonaría la cena aunque sonaran las trompetas del juicio final, si es que no han sonado ya. Y si es por él, seguiréis teniendo noticias de este hombre al que le gusta ver llover, vestirse con traje oscuro y contar historias de comida, amor y muerte que nadie puede entender.

Ah, tiene perfil en Facebook, en Twitter (@igorcubillo) y en Instagram (igor_cubillo), pero no hace #FollowBack ni #FF. Se le resisten ciertas palabras y acciones con efe. Él sabrá por qué…

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