Un paseo gastronómico por Almería. Sus tapas, sus restaurantes, sus platos típicos y su materia prima

Abr 15, 19 Un paseo gastronómico por Almería. Sus tapas, sus restaurantes, sus platos típicos y su materia prima

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Del mar a la montaña, productos de primera calidad, tapitas y mucha alegría, la gastronomía almeriense vive ahora su momento para hacerse visible. Almería vale una visita de descubrimiento culinario.

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Chiringuito Bellavista y La Gamba de Oro (Roquetas de Mar). Dos oasis en ‘Roqueeeeeta’

Una semana en Almería sonaba bien. Sergio Leone, Sancho Gracia, David Bisbal… Y había varias posibilidades: ¿San José? ¿Níjar? ¿Cabo de Gata? Pero al final, como siempre, decide el bolsillo y éste no se pudo resistir a un ofertón en la Urbanización de Roquetas de Mar (‘Roqueeeta’ para los lugareños). Y lo primero, tras comprar una sombrilla, fue buscar un refugio alternativo al feísmo reinante en el hotel, sus alrededores y sus gentes. Porque en general, Roquetas no resulta un lugar demasiado  “acogedor” y el buen trato a un par de turistas patrias brilló a menudo por su ausencia. Así que tal vez se cumpla el tópico de que en el país de los ciegos el tuerto es el rey, pero en cuanto pusimos el pié en el Chiringuito Bellavista decidimos que ése sería el lugar en que nos gastaríamos la mayoría de nuestras perrillas destinadas a la manduca y al pimple. Y qué gran acierto, señores. El mérito lo tiene uno de sus camareros que, mira tú por dónde, no era de Roquetas, sino de Logroño, y nos recibió con una sonrisa espectacular y una simpatía de 10. Pero esa nota aumentaba  aún más cuando nos recibía para el aperitivo con una Mahou de tercio en copazo helado, servida en una ventilada y sombreada mesa y acompañada por la esperada tapa. Casi siempre era de pescado y destacaron sobremanera una de caballa en escabeche y otra de cazón en adobo, de esas que no se olvidan. ¿Para comer? Pues qué mejor que un arroz con bogavante. De infarto, tanto por su sabor como por la textura del bicho y su punto de cocción. Excelente. Lo regamos con un fresquísimo Barbadillo que se acabó antes de tiempo pero al que no quisimos reemplazar, por pudor quizá. “Qué bien me beben ustedes”, solía decir el logroñés con su espléndida sonrisa. El arroz, la botella, dos helados y dos cafés, apenas llegaron a 50 euros. Ese día nos despedimos besando a la cocinera. También hubo jornadas...

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