Restaurante La Bola (Madrid). Cocido madrileño con prisas

(+10 rating, 2 votes)Cargando... Un par de veces al año cae una escapadita a la capital del reino. La última ha tenido como excusa llevar a mi sobrina a ver un espectáculo de esos que se supone que son para público infantil, pero que los mayores disfrutamos más que ellos. Particularmente en mi caso, ya que no hay cosa que más me guste en esta vida (después del buen comer) que un musical en vivo y en directo. Da igual que sea bueno o malo. Si hay cante y baile de por medio, me vale. Teniendo en cuenta que mi sobrina es muy mala comedora (lo que se está perdiendo la pobre; ya se arrepentirá, ya), y que de las pocas cosas que le hacen tilín es la sopa con fideos, la elección fue bien fácil: La Bola. Sopita para ella, cocido completo para el resto, y todos contentos. Además, estaba cerca del teatro para ir poder ir andando tras la comilona. En la Bola sólo ofrecen dos turnos de comida: uno excesivamente pronto, a las 13:30 horas (la hora de las rabas en Bilbao), y otro muy tarde, a las 15:30 (casi casi la hora del patxaran). Así que, como teníamos que estar en el teatro a las 17:30 horas, elegimos el primer turno. Llegamos con diez minutillos de retraso al local, y nuestra mesa era la única que faltaba por ocupar. Qué puntualidad más británica la del resto de comensales… Sorprendente. Nos empezamos a quitar los abrigos y, casi antes de sentarnos, el camarero nos pregunta (más que nada por educación, porque se da por hecho que todos los que van a La Bola comen lo mismo) si queremos cocido para todos. Le puntualizo que sólo dos y una sopa sin “sacramentos” (a los sacramentos sólo les llamamos así en el País Vasco, ¿no?), a modo de menú infantil castizo, para mi sobrina. Para que los garbanzos pasaran mejor, elegimos un Beronia crianza. Pues fue sentarnos, ponernos la servilleta encima y ya...

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Restaurante Vegetariano Ecológico Museo del Órgano (Vitoria). Esperábamos más

Uno no es especialista en comida vegetariana, pero se atreve a juzgarla desde el punto de vista del no iniciado, de un hombre afilado que recuerda con curiosidad las albóndigas de arroz del vegetariano de Algorta y ha comido alguna vez en el Garibolo de Bilbao, por ejemplo. Y que se plantó en el Museo del Órgano atraído porque sus responsables presumen de ofrecer, desde 1987, “comida casera y de temporada” en uno de los “restaurantes vegetarianos pioneros de Vitoria-Gasteiz y del País Vasco”, Entré con paso decidido y pronto comprobé que se trata de un comedor austero al que beneficiaría una reforma, al menos un lavado de cara. La distancia entre mesas es adecuada, el servicio diremos que algo informal, sin rodeos, alejado de protocolos, llano. Y el menú, de 14 euros, lo componen tres platos, postre y agua “filtrada”. De primero, buffet de ensaladas (que inmediatamente descartamos, por pura vagancia y por la disposición de los ingredientes, en plena zona de paso), zumo y un plato caliente (ese día, cus-cus con calabacín). A modo de entreacto, sopa de verduras (crema fría, en verano). Plato fuerte, a escoger entre berenjenas con tomate, alcachofas con guisantes y pimientos del piquillo rellenos de puerros. Y para terminar, crêpe de plátano, intxaur-saltsa, compota de frutas, manzana, kéfir o yogur. ¿La carta de vinos? Diminuta (cinco referencias), centrada en producto ecológico y ampliada con unas pocas sidras, cervezas y aguas. Nuestra elección, Luis Cañas de año (6 euros la botella, 2 la copa). Malo. Lo recordaré, con cariño, toda la vida. Para comer, yo escogí cus-cus y pimientos. Y mi misterioso acompañante cus-cus y alcachofas. El juicio fue unánime: “¡psse…! Me esperaba mucho más”. Concretamente, el cus-cus me pareció un plato monótono y desprovisto de virtudes. Y la sopa mereció una opinión unánime: esto no tiene mal sabor, pero no deja de ser un purecito desleído. Mi partenaire se tiró un rato hablando de las estupendas alcachofas de su ama; mala señal. Y los pimientos pasaron sin pena...

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Casa Porto À Noite (Oporto). La recomendación que haría un amigo

Nos gusta Oporto. No es una ciudad rutilante, sino más bien destartalada, pero nos agrada.  Apreciamos la elegancia del tramo que va del ayuntamiento a la Praça da Liberdade, sus casas abuardilladas y sus señoriales edificios, mas también nos seducen sus miserias, sus fachadas desvencijadas, su ropa tendida a pie de calle, sus rasgos de humanidad. Buena parte de esa realidad, de esa sociedad acuciada por la crisis que nos acogota, se concentra bajo la catedral, en la empinada barriada que desciende hacia la turística Ribeira, con sus paredes desconchadas, sus estrechas calles empedradas de trazado laberíntico, sus andamios y refuerzos, sus pintadas, sus gaviotas, sus cristales rotos, sus imágenes de Vírgenes y tallas de San Miguel. Ese microcosmos sucio y devoto contrasta con la bajada del edificio consistorial, con la Avenida dos Aliados y la orilla del Duero, donde puedes escoger mesa para comer numerosas preparaciones de bacalao, otros platos y variedad de vinos dulces a precio de restaurante fino. Allá cada cual. Yo comulgo con Julio Camba cuando afirmaba que fuera de casa, cuando uno está sin dinero, la necesidad le obliga a descubrir los pequeños rincones donde se come bien; mientras que cuando se enriquece va a los restaurantes ya famosos, es decir, donde se comía bien tiempo atrás. Me reconforta mucho mas dar, entre esos angostos desconchones y graffitis, con un bistró como Porto À Noite, un local pequeño, humilde, limpio e incluso coqueto donde puedes comer por 6 euros dos platos y bebida. Volveré a escribirlo, para que usted, apreciado lector, no piense que se trata de una errata: “un local pequeño, humilde, limpio e incluso coqueto donde puedes comer por 6 euros dos platos y bebida”. ¡Olé! Como sucede con todos los grandes descubrimientos, dimos con él por casualidad. Bajábamos por el referido barrio, ahora a la derecha, ahora a la izquierda, cuidado con ese palomar, no te caigas por la escalera, agáchate y vuélvete a agachar, cuando pasamos casualmente junto a tres mesas dispuestas en cuesta (toma...

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