All’Italiana 🔪 Cal, arena y una masa de categoría
Yo quise verlas danzar como los cíngaros del desierto. Aunque la base pregrabada que servía de colchón a la voz del cantante callejero era de raíz jamaicana, la clientela del Tiggy’s Bar esa noche bailaba descalza y vestía cual saltimbanqui de semáforo, como hippies posmilénicos de postal que pagan con móvil en las tiendas de Amancio Ortega. Y, claro, la cosa comenzó con bailes hipnóticos, derivó en saltitos desacompasados y terminó con una conga, como en las bodas de tu pueblo. En ese momento recé para que no sonara ‘Paquito el Chocolatero’, vía King África. Me faltaron manos para santiguarme, ocupada una con un canapé de merendola escolar y la otra con una copa de prosecco que no terminé, mientras contemplaba esa arrítmica alegoría del fin del mundo sentado en una mesa alta de la terraza de All’Italiana.
Sólo el supermercado El Mango La Caleta, abierto de par en par, me separaba del bullicio, de esos jóvenes que alborotaban sin consumir aparentemente ninguna bebida. «Vaya negocio», pensé mientras ojeaba la extensa carta.
Fue Víctor Planas, quien me recomendó este discreto restaurante italiano localizado en una anodina rotonda de Adeje, frente al hotel Riu Palace Tenerife. Yo tenía antojo de pizza, pensaba dejarme caer por Oro di Napoli (pista «para comer como un tinerfeño» recogida por el menda en un reportaje para 7 Caníbales) o Carbone, pero el sushiman de Kensei pensó que me sorprendería más ese establecimiento de ubicación tan desalentadora que a fin de cuentas, pese a su numerosa clientela, pasarías de largo una y cien veces si nadie te advirtiera de la calidad de su masa.
Es sin duda lo mejor en esta casa donde ponen la cara unos tales Sandro y Magda. Por eso merece la pena abrir boca con schiacciatines, finos bocadillos preparados con masa de pizza a la que se retira el exceso de miga, en pos de mayor ligereza. Probé medios de tartufata (relleno de burrata, rúcula, speck, tomate cherry y crema de trufa) y bolognese (mortadela, burrata, pistachos picados, crema de pistaccho, almendras tostadas y tomate cherry); sin duda, me quedo con el segundo, por su armonía y la ausencia de aroma sintético de trufa.
A mi paso, fuera de carta se ofrecían también raviolis de langosta escoltados por botarga, más tomate cherry y coquinas con restos de arena que, a fin de cuentas, me impidieron disfrutar de la preparación. Lástima.
Cal y arena en All’Italiana
El apartado de pasta muestra la loable intención de ofrecer platos diferentes y nos deparó una de cal y otra de arena (qué bien traída la reiteración). Resultó desacertado el tagliatelle cacio pepe e gamberi rossi, falto de todo equilibrio, con un gusto a naranja asumiendo el protagonismo absoluto que no le corresponde en una receta que, además de pecorino y pimienta negra, incluye gamba roja. En cambio, solo merece elogios el tagliatelle aglio olio acciuche noci, que unía con tino ajo, aceite, anchoa, nuez y guindilla. Notable.
Una pizza sencilla de base blanca, La Capri, cubierta simplemente de mozzarela, rúcula, parmesano y venga tomate cherry, para apreciar la referida calidad de la masa, puso punto final a la velada cuando ya los neojipis de escaparate mostraban signos de cansancio y el vocalista recogía los trastos. Su única competencia habían sido tres borrachines bien talluditos que salieron del súper litrona en mano y fueron reprendidos por la amable camarera. Allí sólo canta ella, aunque sea la carta de vinos sin precios, lo cual nos deparó otra sorpresa, pagar más por bodega y cubiertos (132,5 €) que por las viandas (70 €). Tampoco es la primera vez que nos pasa, ni será la última, pero concretamente abonamos 55 € por cada botella de Fantini Edizione Cinque Autoctoni, buen tinto italiano. ¡Y eso que detuvo la enumeración de referencias antes de empezar “con las de mayor precio”!
Más curioso fue el esperar a la factura solicitada, pues tuve que indicar mis datos en una nota manuscrita sin número de factura alguno; lo indiqué y la experta en vinos resultó no serlo en contabilidad. Al de un tiempo regresó con el documento; había escrito 0001. Era 5 de diciembre.
Guía Cuchillo: 🔪
Avenida Virgen de Guadalupe, 21 (C.C. Mango); 38679 Adeje (Santa Cruz de Tenerife)
+34 634 01 66 85
Periodista y gastrósofo. Heliogábalo. Economista. Equilibrista (aunque siempre quiso ser domador). Tras firmar durante 15 años en el diario El País, entre 1997 y el ERE de 2012, Igor Cubillo ha logrado reinventarse y en la actualidad dirige la web Lo que Coma Don Manuel y escribe de comida y más cuestiones en las publicaciones Guía Repsol, GastroActitud, Cocineros MX, 7 Caníbales, Gastronosfera y Kmon. Asimismo, vuelve a firmar en El País y es responsable de Comunicación de Ja! Bilbao, Festival Internacional de Literatura y Arte con Humor. También ha dirigido todas las ediciones del foro BBVA Bilbao Food Capital y fue responsable de la programación gastronómica de Bay of Biscay Festival.
Vagabundo con cartel, se dobla pero no se rompe, hace las cosas innecesariamente bien y ya han transcurrido más de 30 años desde que empezó a teclear, en una Olivetti Studio 54 azul, artículos para Ruta 66, Efe Eme, Ritmo & Blues, Harlem R&R ‘Zine, Bilbao Eskultural, Getxo A Mano (GEYC), DSS2016, Den Dena Magazine, euskadinet, ApuestasFree, eldiario.es, BI-FM y alguna otra trinchera. Además, durante dos años colaboró con un programa de Radio Euskadi.
Como los Gallo Corneja, Igor es de una familia con fundamento que no perdonaría la cena aunque sonaran las trompetas del juicio final, si es que no han sonado ya. Sostiene que la gastronomía es el nuevo rock and roll y, si depende de él, seguiréis teniendo noticias de este hombre al que le gusta ver llover, vestirse con traje oscuro y contar historias de comida, amor y muerte que nadie puede entender. Eso sí, dadle un coche mirando al sol, una guitarra y una canción, una cerveza y rock and roll, y no le veréis el pelo más por aquí.
Tiene perfil en Facebook, en LikedIn, en Twitter (@igorcubillo) y en Instagram (igor_cubillo), pero no hace #FollowBack ni #FF.
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