Cafetería Praia Fluvial de San Clodio (Ribas de Sil). La sorpresa, la sopa de pescado

Una vez hemos parado en la cafetería Praia Fluvial de San Clodio, chiringuito de interior, plantado junto al río Sil, rodeado de montes y alguna vid, en la misma playa fluvial. Y esa ocasión ha sido suficiente para acumular experiencias y extraer alguna conclusión. A saber, siempre atendiendo a lo sucedido durante la referida visita: las navajas a la plancha (5,90 euros) van cargadas de arena; los langostinos que despachan a 4,80 euros la ración son de chiste (gambas tipo peladas y congeladas, de sobre, tamaño mediano), y el pilpil de las mismas no es tal (es aceite hirviendo con pimentón, ajo y cayena); el parrillero no controla el punto de la carne (que goza de buena fama, al ser de un ganadero local); y la selección de vinos, con énfasis en el producto local, es paupérrima, minúscula y carente de calidad. Pero, paradójicamente, a 150 kilómetros del mar, la sopa de pescado y marisco está buenísima. Densa, sabrosa y coronada por una rebanada de pan tostada de efecto saciante.Yo volvería, preguntaría por los atractivos y las posibilidades de la Ribeira Sacra (la cafetería hace las veces de punto de información turística), tomaría mi plato de sopa con una Estrella Galicia de tercio (1,50€) y seguiría mi camino tan tranquilo, con el estómago caliente. (consejo ofrecido por Cuchillo) web del restaurante ver ubicación Paseo Praia Fluvial; 27310 San Clodio – Ribas de Sil (Lugo) 982 105 033 Don...

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Restaurante Munto (Donostia). Salí con una idea: qué bien he comido

Entre las canciones que guardo desde hace años en el disco duro biológico figura el boogie ‘I drink alone’. No obstante, en realidad no me gusta beber solo. Y tampoco comer solo. Más allá de obvias razones de subsistencia, considero ambos ejercicios como auténticos actos sociales. Me gusta beber un trago y continuar la conversación mientras nado en los ojos de mi interlocutor o interlocutora. Y los pocos negocios que cierro, las pocas victorias que celebro y los encuentros con viejas amistades, me gusta que tengan como escenario un refectorio. Sin embargo, en una de mis últimas visitas a Donostia recorrí bajo la lluvia las sendas de Cristina Enea, el parque que Fermín de Lasala y Collado, Duque de Mandas, cedió a la ciudad; hablé con patos, palomas y pavos, pegué patadas a las hojas arrancadas por el frío viento otoñal, busqué inútilmente ciervos, abrí una frigoteca en la que únicamente esperaba lector la ‘Lolita’ de Nabokov y, ya empapado, decidí dar una tregua a mi osamenta resguardándome de las inclemencias meteorológicas en algún restaurante de lo viejo. Aunque fuera para comer yo solo. Dirigí mis pasos al Morgan, un local que quiero visitar desde que hace meses disfruté en su hermano Morgan Kompany, pero estaba lleno y no me apetecía esperar de pie. Giré a la izquierda, enfilé la calle Fermín Calbetón y, tras desechar la oferta de Bodegón Alejandro, donde aprendió fundamentos de cocina el sideral Martín Berasategui, entré en el Munto, negocio regentado por la familia Gómez Muñagorri desde 2001. Lo hice con intención de comer ensalada templada de bogavante, rape y postre casero por 25 euros. Con esa idea atravesé el pequeño bar y bajé las escaleras que conducen a lo que es, mayormente, el restaurante preparado para dar asiento a medio centenar de comensales. Grandes extintores rojos conviven con cuadros a la venta en las paredes de ese sótano sin ventanas ciertamente acogedor, con vigas de madera en el techo y paredes que combinan ladrillo visto, piedra, pared amarilla...

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