Mirador de Ulía (San Sebastián). Emociones donostiarras

Rubén Trincado ha concebido el menú ‘¿A qué sabe Donosti?’ tirando de un hilo que arrastra estampas y memorias de su ciudad. Una propuesta gastronómica con vocación de emocionar principalmente al público local, aquel que ha frecuentado los bares de la ciudad, sus paseos, sus hábitos. Un disfrute garantizado también para el extraño, que se sentirá como en casa.

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Todos somos ‘Fans del bocata’, ¿o no?

Ago 08, 15 Todos somos ‘Fans del bocata’, ¿o no?

Publicado por en Destacado, Euskadi, Libros

Qué buena la carrillera, los chopitos, el cordero, los erizos de mar, el micuit, las manitas y la oreja de cerdo, la perdiz, el rape, los riñones de ternera y el txangurro. En el plato y también entre pan y pan, como señala el libro ‘Fans del bocata’, firmado por el donostiarra Félix Garrido (Route 33 Gourmet).

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Por comentar: la tortilla del Begihaundi (Pasai San Pedro), bien buena sin cebolla

Mar 25, 13 Por comentar: la tortilla del Begihaundi (Pasai San Pedro), bien buena sin cebolla

Publicado por en Euskadi, Gipuzkoa

Es curiosa, o no tanto, la admiración de los maestros de la nueva cocina, los gurús de las emulsiones y las mezclas imposibles, por la sencillez. José Carlos Capel tuiteaba hace unos días lo siguiente: “@JCCapel: Detalle entrañable Arzak: me gusta cocina moderna pero nada comparable a mojar pan (lo dice mojando jugo chuletón)”. Y mi última visita al Mirador de Ulía se cerró con una conversación en la que el cocinero Rubén Trincado nos recomendó con énfasis la tortilla del bar Begihaundi, de Pasai San Pedro (Arraunlari kalea, 36). Mostraba su estupefacción porque tal manjar pueda salir de la mera unión de patata y huevo. Y se rendía ante la pericia de la cocinera. Sin estrella, pero mayúscula, a su juicio. Si Rubén nos dice id, nosotros vamos, así que hace unos días nos montamos en el coche, nos confundimos de Pasajes y tomamos el bote de San Juan (Pasai Donibane) a San Pedro (70 céntimos) para hincar el diente a la susodicha tortilla. Llevábamos el estómago regular, merced a la ingesta de unas patatas fritas británicas, de packaging atractivo pero contenido asaz acartonado, y a la grasilla del foie a la plancha del donostiarra bar Alcalde. Y, la verdad, el austero pintxo del Begihaundi fue mano de santo. Siempre en formato de pequeño bocadillo, o pulga, allí se despacha una tortilla consistente, pero bien agradable en su paso por el paladar. Sápida, pese a no incluir cebolla (!!), mullida y con buen punto de sal. Buen complemento para el disco de nuestro admirado Ruper Ordorika que amenizó nuestra estancia. Los pescadores se acercaban a la corta barra (al fondo hay varias mesas) para comprar latas de cerveza, los habituales se despedían aio, guipuzcoano cerrado, en vez de agur… ¿Y el precio? Dos pintxos (formato bocadillo, ya se ha dicho) y un botellín de Estrella Galicia, 4,20€. Café solo, 1,15€. ¿Merece la pena desplazarse hasta Pasaia con la sola intención de comer la tortilla del Begihaundi? Si estás San Pedro, merece la pena desplazarse...

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Mirador de Ulía (Donostia). Trampantojos, ángeles y mucho arte

(+33 rating, 7 votes)Cargando... Hay quien sostiene que comer con los ojos vendados es un gran placer. No pongo en duda que lo sea, dependiendo de la circunstancia y de la compañía, pero cuando acudo a un restaurante procuro hacerlo con los cinco sentidos despejados. Y alerta. Uno se pone en manos de los cocineros para recrear el paladar, para darle el gusto al gusto, pero una experiencia gastronómica plena precisa una implicación sensorial completa, requiere atender también a olfato, tacto, vista y oído (¿qué sería del ku-bak chino sin su crepitar, o del hojaldre sin su crujido?). Y, particularmente, comer con los ojos vendados en el Mirador de Ulía sería un desperdicio, una necedad imperdonable. Cuando uno acude a la casa de Rubén Trincado, lo primero que hace al aparcar el coche (difícil acceder de otro modo, pues el edificio se ubica en una falda del monte Ulía, y llegar a él requiere recorrer una intrincada carretera no especialmente ancha) es asomarse al borde del aparcamiento para ver San Sebastián a sus pies. No está mal, pero la vista mejora incluso una vez dentro del local, pues buena parte del comedor, aquella correspondiente a la terraza, está suspendida sobre la referida ladera y el acristalamiento permite contemplar con detalle y ensimismamiento la ciudad, los montes que la cercan, sus tres playas, la isla de Santa Clara y el bravo mar. Un espectáculo digno de ver. Uno se sienta en su silla y puede dejar pasar el tiempo reparando en mil y un detalles, como si observara un gigantesco lienzo; un espectáculo que incrementa su belleza cuando se tiene suerte, como sucedió durante mi visita, y el sol deja paso a las nubes, para que sean barridas por el fuerte viento, en dura pugna con la lluvia, que llena el cristal de incontables gotas antes de que caiga la noche y sean las bombillas, los focos, las farolas y las lámparas, las que dibujen la refulgente silueta de La Bella Easo. No me gusta...

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