Makatzeta (Atxondo). El secreto del valle encantado

Ago 11, 15 Makatzeta (Atxondo). El secreto del valle encantado

Publicado por en Bizkaia, Destacado, Euskadi

El gallego Carlos Gulín Cid lleva la cocina de mercado un paso adelante en este restaurante plantado a los pies del Anboto. Pone mimo, pasión, conocimiento y buen género en cada plato; él es el gran tapado del valle de Atxondo.

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Casa Ojeda (Burgos). Elegancia, tradición e imaginación

(+10 rating, 2 votes)Cargando... Burgos acaba de ser escogida Capital Española de la Gastronomía 2013. A buen seguro, el Jurado ha tenido en consideración la reputación del Ojeda, una casa de comidas abierta en 1912 por Félix Ojeda y su esposa, la cocinera Casilda Carcedo; como sus propios nietos pregonan, nada menos que un siglo ya sazonado por el aroma de los guisos, el perfume de las viandas y el vaho de los caldos. A principios del siglo pasado eran trabajadores, en su mayoría, quienes daban buena cuenta de asadurillas, manitas, truchas, cangrejos y verduras cultivadas en la actual avenida de los Reyes Católicos, entonces sembrada de huertas. Habría que esperar a mediados de los años sesenta para presenciar la transformación de taberna a restaurante, con la consecuente ampliación y transformación del local, que ahora forma parte del Grupo Ojeda, empresa que incluye apartamentos, hoteles y despachos de productos delicatessen, y presume en su web de hacer “inolvidable” tu estancia en la ciudad. La cuestión es que hay lugares en los que uno duda qué restaurante recomendar; por falta de calidad en la oferta existente, o por todo lo contrario. No es el caso de Burgos, donde la gente entendida, sobrada de categoría y buen gusto (léase mi padre, Mikoldo, Uve…) aconseja unánimemente reservar mesa en Casa Ojeda. Pensando en los corderos, dice mi aita que vale más una hora en el Ojeda que cuatro días en el campo. Mikoldo es más burro: “De comer… ¡Casa Ojeda! ¡Indocumentados! Con solera de verdad, no de esas novedades que te quedas con hambre”. Y Uve no sé lo que comenta del lugar, pues hace tiempo que contrató servicio de identificación de llamadas para no descolgar el teléfono cuando le llamamos los responsables de Lo Que Coma Don Manuel, pero también evocó grandes recuerdos antes de que le comiera la lengua el gato. El pasado otoño nos plantamos en el susodicho restaurante una buena representación de mi cuadrilla con la idea, en mi caso concreto, de que...

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Casa Méndez. (Villafranca del Bierzo) La comida berciana y los pimientos anhelados

Don Manuel, cascarrabias y grosero,  me lleva varios días diciendo que las lectoras las prefieren cortas. A las entradas me refiero. Así que, para hablar del Casa Méndez, en lugar de desviarme por los cerros de las Médulas, que era donde pensaba acudir y bucear en su historia romana de ruina montium y toneladas de oro, de contar cómo recobramos el Silencio en un bello hotel leonés y de narrar el paseo  por la señorial Villafranca del Bierzo, diré sin rodeos cómo, por cuánto y cuándo allí comimos. Somos europeos de horarios cuando estamos de vacaciones. ¡Viva Europa, coño!, nos ha costado siglos construirla y ahora nos la quieren arrebatar en cuatro días por quítate allí una crisis y unos cuantos ombligos. Somos europeos, digo,  y nos gusta  la cena temprana tras poteos cortos y luego, reposo y trago largo, cama blanda, sueño largo y lo que se tercie por el camino, pero a conciencia. Y en Villafranca, la verdad es que la búsqueda de la cena  por eliminación  horaria quedó reducida a pocas opciones, por no decir a sólo  una. Nos hizo gracia el nombre de Casa Méndez. Conocemos a un tal Méndez, empresario y mentor, al que profesamos cariño desde que decidiera con sus dineros montar una emisora de radio en la que perdimos la virginidad profesional y  también algunas de las otras. Esa, amiguitos,  es otra historia (guiño, guiño). Casa Méndez es un restaurante pequeño que, por lo que adivinamos tras la rápida mirada a su comedor se surte fundamentalmente  de los alojados en el hostal aledaño. Los comensales eran cultos abuelitos solitarios centroeuropeos que cenaban lo que, presumimos,  era un menú del día (en este caso de la noche). La camarera un simpática argentina (creo) intentaba hacer comprender a los ancianos lo que eran los platos que les iban a servir. “Estee,  mirá vos, soooppa de fideo” y el abuelo miraba a la camarera como las vacas a los ferrocarriles y sin entender nada decía “eso”, lo que inevitablemente me recuerda al...

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