Orio Gastronomía Vasca (Madrid). O la eterna paradoja

¿Sabes cuando te pasa algo o has estado en algún sitio y, de repente, empiezas a ver cosas por todos lados que te recuerdan a eso? Pues eso; desde que vivo en Euskadi veo vasquedades por todas partes. Y esta situación se vuelve mucho más obsesiva cuando voy a Madrid, ya que busco correlaciones absurdas entre mis dos hogares, mi ciudad natal y la ciudad donde vivo. Pues paseando, paseando, por la calle Fuencarral, me encontré hace tiempo, un bar de pintxos cuyo nombre llamó rápidamente mi atención. Orio, pueblo guipuzcoano al que solía ir cada mañana a recoger a una compañera de trabajo y que me recuerda a la boda más surrealista a la que he acudido por la mezcolanza de culturas de los que allí asistimos. Dejando mis tonterías aparte, vamos a lo que os interesa a vosotros, sabedores de los placeres de la gula y entendidos del buen vivir. Hace poco volví a pasar por la puerta y, tras asomarme, decidí entrar. De repente estaba en Donosti (seamos realistas, Orio es muy bonito, muy marinero y todo lo que quieras, pero no tienen esos bares y, es más, resulta surrealista que en un bar con ese nombre tengan carteles de la trainera de San Sebastián… en fin). Volvamos al tema. Estaba en Donosti, con sus barras y paredes de madera, una trainera gigante colgando del techo, vasos de txakoli, y una barra a reventar de suculentos pintxos. Su especialidad, según reza en las vitrinas de la entrada, son las ostras de Arcachon (más paradojas) y casi todo el mundo con el que pude hablar en el bar era vizcaíno… Pero, más allá de lo incomprensible de la elección de su nombre, fue reconfortante encontrar un pedazo de Euskadi en Madrid, tan bien ambientado, con unos pintxos tan buenos y la típica tradición para el guiri de contar los palillos del plato que tanta rabia me da (aunque comprensible ya que puedo asegurar, como madrileña, que la picaresca castiza no permitiría subsistir...

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Taberna Ekaitz (Donostia). Casa Polipaso, benditos sacramentos

(+28 rating, 8 votes)Cargando... Donostia-San Sebastián siempre nos recibe con los brazos abiertos. Hacer el pertinente eslalon por la autopista A-8 merece la pena pues, tras las temidas cabinas de peaje y el sinfín de curvas, esperan amigos y familiares dispuestos a entablar conversación, compartir mesa y mantel, y brindar por la certeza de lo que ya pasó y la ilusión de lo que aún está por venir. Uno de los últimos encuentros fue en la Taberna Ekaitz, en lo más alto de Igeldo, justo en el edificio que igeldotarras y antiguotarras conocen como Casa Polipaso, donde uno puede dejar atrás la capital donostiarra y poner rumbo a Orio, donde todavía abundan los lugareños y se dice que lo mejor es pedir croquetas de ensueño, guisos aprendidos en casa, chuleta a la parrilla y pescados como la merluza, que las hermanas Etxarri cocinan con mimo. Pues bien, nosotros pedimos alubias. Y no fuimos los únicos. La meteorología incitaba ­al cocido y al guiso contundente. Fuera arreciaba la lluvia, no faltaba el viento y el frío atería los huesos, la pequeña terraza estaba desmantelada y numerosos coches reposaban inertes y empapados frente a la austera fachada del asador. Ya sentados a la mesa, casi en el centro de su apretado comedor, decorado con chimenea y profusión de lauburus, pedimos una botella de Muga (19,80 euros), un crianza de 2008 prácticamente infalible, a base de tempranillo (70%), garnacha (20%), mazuelo (7%) y graciano (3%). Clásico, en absoluto audaz, pero un valor seguro. Abrimos boca con unas anchoas ricas (15,40), aunque el abundante aceite, extrañamente, no invitaba a sumergir pan en él. Y cometimos el error de pedir revuelto de morcilla (8,80), que resultó ser una tortilla sencilla e innecesaria, dado que pronto llegarían los sacramentos de la alubiada. ¡Ah, qué sacramentos! Benditos sean. Alabados sean el tierno y sabroso chorizo, la fina morcilla de verdura, la abundante berza y esa tiernísima carne que se deshacía en la boca cual delicada carrillera. Todo dispuesto en cantidad suficiente en el pertinente...

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