La Lobera (Sanlúcar de Barrameda). Tradición con un toque diferente

Existe un momento en el que dejas de ser un turista y quieres sentirte un local. Odias que te pregunten de dónde eres y te repatea que te expliquen las cosas como si fueras un “forastero”. Y cuando llega ese momento solo quieres mimetizarte con tu entorno y alejarte lo máximo posible del resto de los turistas que tanto odias porque, en el fondo, sabes que son iguales a ti cuando llegaste por primera vez. Y ese yo tuyo era muy patético. Por eso valoras como una gema preciosa cada joya culinaria, cada rincón que te cuenta un foráneo, cada tradición cuanto menos conocida mejor. Es una especie de postureo turístico que todos hacemos tarde o temprano en nuestras vidas cuando repetimos destino.

En nuestro caso, el destino es Sanlúcar de Barrameda. Uno de esos sitios en los que te sientes a la vez un marciano y un oriundo. En el que, por más que disimules, es evidente que no eres uno de ellos, pero, aún así, te tratan como si fueras de su familia. Y donde la elección de un lugar donde calmar tu hambre y tu sed es algo francamente complicado. Y lo es porque hay mucho bueno y, además, barato. Y hay sitios que se vuelven instituciones. Con sus fotos con famosos llenando las paredes, con sus especialidades; que si aquí el samorejo, que si aquí las papas con melva, que si allí abajo hacen un atún mechado que te mueres, etcétera, etcétera.

Papas con melva, de La Lobera (foto: Jarvisey)
Papas con melva, de La Lobera (foto: Jarvisey)

Pero, luego, tampoco es oro todo lo que reluce. Así que cuando alguien te recomienda algo y compruebas por ti mismo que merece la pena, el universo entero se merece enterarse, en detrimento de todos aquellos que queremos posturear turísticamente hablando y hacernos los exclusivos. La Lobera, regentado desde marzo de 2013 por Paco Lobo, es uno de esos sitios. Te das cuenta enseguida. Cuando llamas para reservar y te dicen que no hay sitio hasta la semana siguiente. Cuando consigues sitio y ves a la gente que llega, pregunta por una mesa y se va con cara de pena, pensando que estás ocupando un hueco que ellos merecen más que tú. Y no os imaginéis un sitio exclusivo, ni un refectorio engalanado. Se trata de un bar/restaurante decorado con gusto, pero modesto y con precios muy razonables.

Cenamos cuatro personas por unos 60 euros, que no es ni lo más caro ni lo más barato que hemos pagado por allí. Eso sí, con ese toque diferente del resto. La carta en papel y en tablet, cosa inusual en esos lares. Cerveza Estrella de Galicia (se agradece después de tanta Cruzcampo) y un tratamiento del producto excepcional.

Tarantelo de atún a la plancha, en La Lobera (foto: Jarvisey)
Tarantelo de atún a la plancha, en La Lobera (f: Jarvisey)

Hemos estado dos veces seguidas, y en cada ocasión probamos cosas diferentes. Ineludibles el plato de habitas con jamón y huevo (éxtasis), el tarantelo de atún a la plancha (ojos en blanco) y el pulpo a la parrilla (aplausos). El resto de platos fueron también muy buenos pero, dado que son especialidades, que los encuentras en cualquier sitio, no me voy a extender en ellos. Sí que voy diferenciar a La Lobera en esta nueva moda sanluqueña de incluir platos japoneses elaborados con salmón y atún de almadraba que, en casi todos los casos, no alcanzan el nivel que podríamos esperar; se quedan a medio camino entre el bar de tapas alemán y la paella belga. En este caso, pudimos probar algún nigiri y un tataki que no estuvo mal. Aunque soy de la opinión de que las fusiones son complejas y que, a veces, es mejor dedicarse a lo que sabes hacer y dejar esos berenjenales a los que en verdad lo bordan.

En resumen, una gran opción para disfrutar de comida tradicional, pero con un toque diferente, en la cuna del langostino y la manzanilla.

(Jarvisey)

web de La Lobera

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Avenida del Cerro Falón, 32; Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

95 638 91 47


Azurmendi (Larrabetzu). Una experiencia sorprendente y deliciosa

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Hay ocasiones que merecen grandes celebraciones. Mucha gente disfruta con macro fiestas, champán, o regalos caros. Yo lo tenía muy fácil. Mi homenajeado era un amante del buen comer y, para honrarle en un cumpleaños muy especial, decidí llevarle al templo gourmet que siempre había querido conocer. Y para allá que nos fuimos.

Todo empieza como las películas de miedo. Carretera sinuosa y portón enorme incluido, aunque en este caso no chirriaba al abrirse. De repente, la historia cambia y se convierte en cuento. De hadas, además. Con un jardín encantado donde comienza nuestra aventura.

En Azurmendi todo es una experiencia. Te reciben uno a uno; cada mesa de modo personalizado. Comenzamos con un picnic improvisado, cestita incluida, con aperitivos, para hacer hambre. Y ahí empieza la puja. A ver qué es cada cosa. Porque ellos explicártelo te lo explican, pero el ambiente y los nervios por disfrutar hacen que se te olvide nada más escucharlo. Entonces, te metes esos pequeños trocitos de cielo en la boca. Y estallan cuando los muerdes. Y ya sabes que estás jugando en otra división.

De picnic, en Azurmendi (foto: Jarvisey)
De picnic, en Azurmendi (foto: Jarvisey)

Después viene el jefe de sala y te conduce a la cocina. Puede que para mucha gente esto no tenga mucho interés, pero en el caso que nos ocupa la visita fue la parte más emocionante de la noche. Abrimos la puerta y entramos en esa NASA que es la cocina de Azurmendi. Con un arbolito del que colgaban unos pimientos de Gernika ya fritos y con una mini botellita de vermú. De repente, un ejército de cocineros te saluda, liderado por Eneko Atxa. Ya estás dentro.

Accedes al salón. Ambiente moderno e impoluto. Atención extrema a cada movimiento, a cada necesidad. La sumiller viene a atendernos y nos pregunta si hemos elegido el vino. Después de haber visitado unos pocos restaurantes de los conocidos por sus estrellas regordetas, valoro mucho la delicadeza con la que sucedió todo este terrible proceso de elección del vino. Por supuesto que las sugerencias son siempre extraordinarias, pero es cierto que algunos vinos que te ofrecen en otros lugares no sólo son excesivamente caros, comparados con su calidad, sino que en ocasiones sobrepasan el precio del propio menú. Entiendo que es la desventaja de este tipo de sitios, pero sí que me genera bastante desazón ver cómo un vino que en situaciones normales cuesta 19 euros, por el mero hecho de ser descorchado en territorio Michelin, eleva su precio a la enésima potencia. Así que la sugerencia basada en nuestra inicial elección (bueno, basada en la categoría y el precio, aunque no te lo haga ver) es un detalle para aquellos que, aún disfrutando del vino, no queremos hipotecarnos para pagarlo.

Eneko Atxa, en persona (azurmendi.biz)
Eneko Atxa, en persona (azurmendi.biz)

El resto de la cena fue un desfile de platos que no sabría muy bien definir. Sorprendente, delicioso, con algún pequeño susto que mucho depende del gusto personal. No me atrevo a ir dando mi opinión sobre cada plato. Primero, porque puedo tirarme diez días escribiendo, dada la variedad de platos y, después, porque dependerá de tu gusto personal; y, sobre todo, de la impresión que te cause probar por primera vez cada propuesta. No quiero quitaros ese momento. A mí me pareció una experiencia sólo comparable a la que sentimos en Les Prés d´Eugénie, de Michel Guérard, o en Martín Berasategui.

A los muy curiosos podría contaros el menú. No sé qué ganaríais con ello, pero podría hacerlo. Aunque lo que de verdad os recomiendo es esto; un día que tengáis que celebrar algo, algo realmente importante, como lo fue este cumpleaños, coged el teléfono y reservad una mesa en Azurmendi. Sentaos y respirad profundo. Si elegís cenar, no comáis ese mediodía, eso sí, porque nosotros cometimos ese error y para el quinto plato ya estábamos sufriendo para acabar. Y vivirlo. Porque hay comidas que no son sólo eso, hay comidas que son experiencias vitales y, como tales, las tienes que vivir tú mismo.

Ah, se me olvidaba. Un pequeño detalle. Eneko Atxa, al menos en apariencia, es el cocinero menos endiosado que haya podido conocer. Me encanta ver que todavía hay alguno que no lo está, que no quiere ser estrella como las que distinguen sus locales. La forma de agradecernos nuestra visita me pareció adorable y siempre la recordaré.

El precio, pues bueno, qué os voy a decir. Eso también es lo malo de estos sitios. Pero un vuelo a Madrid cuesta lo mismo, y yo prefiero bajar en coche.

(Jarvisey)

web de restaurante Azurmendi

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Corredor del Txorierri, salida nº 25; Larrabetzu / Lezama (Bizkaia)

34 94 455 88 66

info@azurmendi.biz

[box type="warning"] El menú Erroak

Jarvisey pretendía mantener el secreto, pero nos hemos hecho con el menú que le sorprendió y fascinó esa noche en Azurmendi, un tres estrellas señalado como el gran Restaurante Sostenible por la revista Restaurant y su lista The World's 50 Best Restaurants, donde ocupa el lugar 26º. Ahí es na'.

Es el siguiente, no le digáis nada...

Menú Erroak

* Aperitivos en el jardín

Pan y jamón

CaipiriTxa

Anchoa sazonada en casa

* Menú

Avellana, cacahuete, almendra y hoja de setas

Huevo de nuestras gallinas, cocinado a la inversa y trufado

Tartaleta de tomate, queso y albahaca

Bogavante asado y descascarillado sobre aceite de hierbas y meloso de cebollino

Habas con su propio pesto y rabo estofado

Royal de pato “a la naranja” y aroma de azahar

Salmonete y tapenade a mi manera

Presa de cerdo ibérico asada y aromatizada a la brasa con tubérculos y eneldo

Fresas y rosas

Huevo y lácteos; helado de leche de caserío, toffee de mantequilla, “huevos caseros” piel de leche y gelée yogurt

Petit fours

148,50 euros, bebidas no incluidas[/box]

Una ventana con vistas, en Azurmendi (foto: azurmendi.biz)
Una ventana con vistas, en Azurmendi (foto: azurmendi.biz)
Eneko Atxa en la cocina de Azurmendi (foto: azurmendi.biz)
Eneko Atxa en la cocina de Azurmendi (foto: azurmendi.biz)
Atardecer en Azurmendi, el Restaurante Sostenible por antonomasia (foto: azurmendi.biz)
Atardecer en Azurmendi, el Restaurante Sostenible por antonomasia (foto: azurmendi.biz)

[box type="bio"] La autora: JARVISEY

Foto perfil JarviseyPeriodista de carrera, que no tanto de profesión, aunque sí de afición. Con el corazón partido por medio Europa, de manera caótica y descompensada. Defensora de causas perdidas, amante de los animales, soñadora empedernida y gastrónoma frustrada. Mis tardes de lluvia y manta las paso acompañada de buen cine. Obsesiones confesables: Allen, Kubrick, Ophüls, Catalina de Rusia, Bowie, Brel y Escandinavia. Inconfesables; el cine y la música de los 80, Truffaut, Gardel y los documentales de guerra. Absténganse aficionados a encuentros deportivos varios, cine de palomitas y hit parades. Soy esa rara avis que siempre cae mal en las primeras conversaciones. Qué le vamos a hacer.[/box]


Le Bistrot du Moulin (Villeneuve lez Avignon). Los mínimos para comer a gusto

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Resulta que en junio acudí como acompañante a una boda cerca de Mónaco en la que sólo conocía a una persona; a la que, como adivinaréis, estaba acompañando. La propuesta en su día me pareció de lo más interesante, así que accedí y allí que nos fuimos en coche, a recorrernos toda Francia en un roadtrip de cuatro días escasos y muchos incidentes de tráfico. Decidimos parar de camino. A la ida en Toulouse (que a mi edad me acabo de enterar que es Tolosa en castellano) y a la vuelta en Avignon (esa maravilla que volveré a visitar con más tiempo).

El azar y la falta de atención quisieron que entendiéramos que estábamos reservando un hotel en el centro de Avignon cuando, en realidad, lo estábamos haciendo en el centro de una población cercana llamada Villeneuve lez Avignon. Tras un pequeño disgusto inicial, por tal metedura de pata, descubrimos que, lejos de ser una torpeza, habíamos acabado en un lugar idílico y tranquilo, y con un hotel de esos que se autodenominan románticos por algo. La pena es que era un viaje de amigos y el romanticismo, en nuestro caso, brillaba por su ausencia.

La carta de Le Bistrot du Moulin (f: Jarvisey)
La carta de Le Bistrot du Moulin (f: Jarvisey)

Sólo íbamos a estar un día, por lo que tocaba hacer la visita de rigor a toda prisa, pero el intrigante dueño del hotel nos hizo una recomendación: “Si quieren cenar bien un domingo, aquí sólo les recomiendo un sitio: Le Bistrot du Moulin". Disfrutamos de un breve tour a pie por Avignon, pero el tiempo apremiaba y había que volver para poder cenar, ya que nuestra reserva era para las 20.30, horario tardío francés (menos mal que reservamos porque estaba literalmente lleno).

Llegamos y nos encontramos un restaurante de esos en los que no puedes evitar utilizar muchas onomatopeyas cuando entras: “¡ayyyy!, ¡ohhh!, ¡uyyy, qué bonitooo!, ¡ohhhh, qué chulo!, ¡mira mira mira! ¡Pero, ohhhh!”, ya me entendéis. Nos quedamos en la terraza, que hacía calor para eso y para piscina de hielos. Un diligente camarero nos trajo la carta tamaño real. Nos recomendó la grillade du bistrot ("grillade du bistrot, frites maison, salade verte aux croûtons, olives et parmesan"; 14,50 euros) y nosotros, que somos muy confiados, allá que fuimos. Y nos aventuramos a pedir también el salmón ahumado en una tartaleta de pasta quebrada (error) y el tartar de buey (error). Compartimos todo.

En Le Bistrot du Moulin (foto: Jarvisey)
En Le Bistrot du Moulin (foto: Jarvisey)

Con sinceridad, no puedo decir que comimos de maravilla. No soy yo muy fan de la comida francesa, en general, de sus condimentos y la sobreutilización del cilantro, pero los mínimos para poder comer a gusto se cumplían todos. El punto de la carne, la calidad de la misma, las patatas caseras, el salmón muy suave (a pesar de la crema que lo acompañaba).

En realidad, es posible que parte de culpa en las quejas que he enumerado fuera mía, por no saber elegir. Vi platos mucho más apetecibles en el resto de mesas y el lugar merecía mucho la pena. Dentro hay un salón a dos alturas que parece el salón de un castillo medieval y, a un lado, hay una estancia con artículos para decorar tu casa a la venta, todo muy vintage.

En resumen, ¿recomendaría este sitio a alguien que pasara por ahí? Pues yo creo que, en general, sí. Aunque preparando la cartera, ya que te cobran hasta los licores de hierbas. Te sacan carta y tu miras alucinado los precios de esos vasitos gratuitos en nuestro territorio. ¡Y qué precios!

(Jarvisey)

web de Le Bistro du Moulin

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74, Rue de la République; 30400 Villeneuve lez Avignon (Francia)

04 90 25 45 59

contact@bistrotdumoulin.com

Salmón ahumado, en Le Bistrot du Moulin (foto: Jarvisey)
Salmón ahumado, en Le Bistrot du Moulin (foto: Jarvisey)
Un comedor de Le Bistrot du Moulin (foto: lebistrotdumoulin.com)
Un comedor de Le Bistrot du Moulin (foto: lebistrotdumoulin.com)

[box type="bio"] La autora: JARVISEY

Foto perfil JarviseyPeriodista de carrera, que no tanto de profesión, aunque sí de afición. Con el corazón partido por medio Europa, de manera caótica y descompensada. Defensora de causas perdidas, amante de los animales, soñadora empedernida y gastrónoma frustrada. Mis tardes de lluvia y manta las paso acompañada de buen cine. Obsesiones confesables: Allen, Kubrick, Ophüls, Catalina de Rusia, Bowie, Brel y Escandinavia. Inconfesables; el cine y la música de los 80, Truffaut, Gardel y los documentales de guerra. Absténganse aficionados a encuentros deportivos varios, cine de palomitas y hit parades. Soy esa rara avis que siempre cae mal en las primeras conversaciones. Qué le vamos a hacer.[/box]


Comedor de Sukalde Kultura.

Sukalde Kultura (Donostia). Comida sin tonterías

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Fachada de Sukalde Kultura.
Fachada de Sukalde Kultura.

Hace ya tiempo que nos hemos convertido en habituales de este nuevo bar-restaurante de El Antiguo donostiarra. Pero, por hache o por be, no encontraba el momento para hacerle su merecido homenaje público, como salvavidas de nuestros hambrientos estómagos a 5 minutos de casa.

Todo comenzó como lo hacen las historias de amor: de un vistazo rápido. Pasamos por delante de su llamativa puerta, cuando paseábamos, y la duda se cernió sobre nosotros: "este sitio... ¿no era antes diferente? Parece que ha cambiado... A ver, a ver la carta..." (qué peligro tiene eso).

De ahí al boca a boca de la gente, que parecía más avispada que nosotros y ya lo había probado: "Pues está muy bien, muy agradable".

Entonces llegó un día, no recuerdo muy bien cuál, pero era un domingo, a la hora de comer, que por un azar del destino decidimos adentrarnos a esa cueva con aspecto tropical de la que tan bien habíamos oído hablar.

Empezamos por lo fácil, el aperitivo. Cañas bien echadas (milagro), camareras amables (milagro dos), y pintxos ricos (menos milagro, pero se agradece). Según pasaban los minutos, nuestra curiosidad iba en aumento y decidimos preguntar si había mesa para comer. ¡Bingo! Tuvimos suerte y allá que fuimos, con el cuchillo y tenedor en ristre, para hacer gala de nuestro curtido arte en cortar y masticar.

Comedor de Sukalde Kultura.
Comedor de Sukalde Kultura.

La oferta gastronómica es perfecta para lo que suele ser esta bendita ciudad. Rica, sencilla y muy muy muy asequible. Me dejo un muy por el camino. Su carta es simple, se pueden tomar raciones, pintxos y platos, y  combinar todos, para crear tu comida o cena particular. También hay una solución llamada "Pintxo pack" (8 euros), que incluye tres pintxos salados y uno de postre, que, si la combinas con alguna ración, te apaña la comida. La merluza (tanto el cogote como la merluza al horno) son un absoluto imprescindible, así como la ensalada de ventresca y el revuelto de hongos (en temporada). La tortilla de patatas es de las mejorcitas que he probado y de los pintxos dulces no puedo hablar por desconocimiento, ya que no suelo llegar al postre.

El sitio es muy agradable y tiene un pequeño rincón, con asientos bajos y mesitas, que es perfecto para tomar algo sin estar rodeado de mesas, mucho más íntimo. En este sitio todo tiene su toque, hasta la carta que está troquelada sobre madera (aunque ya nos han dicho que, por culpa de bastantes robos, han decidido cambiarla por cartitas de papel). Aunque tiene dos comedores, casi siempre hay que reservar, porque se llena muy rápido (para mí, la mejor señal).

El precio, dependerá de lo que tomes. Suelo ir bastante con amigas, a cenar el fin de semana, y solemos salir a unos 20 euros (gin tonic incluido) pero dependerá de lo que decidáis pedir. Mi fórmula ganadora para cenas de viernes es un par de pinchos por persona, un par de raciones para compartir y un plato también para compartir. Con esto ya nos cuesta levantarnos y somos de buen comer. El vino está bien de precio, aunque casi siempre bebemos cerveza (Amstel bajo cero).

Lo mejor; esa sensación al entrar, bajando esas escaleras, de que te adentras en un lugar totalmente inesperado. Los fumadores serán felices en invierno, porque no hace falta salir a la calle para fumar, ya que en las escaleras hay un pequeño hueco para ellos donde pueden sentarse y están resguardados de la lluvia y el viento.

(Jarvisey)

web de Sukalde Kultura

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Paseo de Heriz, 3; 20008 Donostia-San Sebastián (Gipuzkoa) * nada más entrar en Heriz, en el barrio del antiguo *

943 22 74 82

[box type="bio"] La autora: JARVISEY

Foto perfil JarviseyPeriodista de carrera, que no tanto de profesión, aunque sí de afición. Con el corazón partido por medio Europa, de manera caótica y descompensada. Defensora de causas perdidas, amante de los animales, soñadora empedernida y gastrónoma frustrada. Mis tardes de lluvia y manta las paso acompañada de buen cine. Obsesiones confesables: Allen, Kubrick, Ophüls, Catalina de Rusia, Bowie, Brel y Escandinavia. Inconfesables; el cine y la música de los 80, Truffaut, Gardel y los documentales de guerra. Absténganse aficionados a encuentros deportivos varios, cine de palomitas y hit parades. Soy esa rara avis que siempre cae mal en las primeras conversaciones. Qué le vamos a hacer.[/box]


Konoba Marjan (Split). Trozo de cielo de cocina tradicional

Este año hemos hecho una ruta bastante común, por lo que he podido comprobar. Tan común que casi hemos ido pisando los talones a una amiga mía, a la sazón bilbaína y periodista, que viajaba también en pareja por la costa croata. Lo bueno que tienen estas coincidencias, y el wifi en los hoteles, es que te puedes valer de su experiencia previa y decidir con cierto tino dónde ir, o no ir, aprovechando sus vivencias.

Esto nos pasó en Split, donde la oferta hostelera resulta bastante agobiante. Los sudores empapan tu frente debido más a las opciones sobre las que elegir que a los calores propios del verano dálmata. Y, por fin, recibes un mensaje salvador que vaticina lo siguiente: “Tenéis que ir a Konoba Marjan, acierto seguro”.

¿Quién soy yo para dudar de la palabra de una amiga, y más si esa amiga es de Bilbao? Así que nos ponemos a buscar este pequeño trozo de cielo de cocina tradicional, de una manera casi impulsiva y bastante infructuosa, ya que todas las calles son pequeñas y laberínticas, y la palabra Konoba aparece en todos los letreros, viniendo a significar algo así como taberna.

En una calle serpenteante, en cuesta, a la entrada del barrio Marjan (elemental, mi querido Watson), vemos un cartel fosforito, que más recordaba al de un Dönner Kebab, que reza el nombre que buscamos con tanta inquietud. Nos miramos y dudamos…. Hace mucho calor, la terraza es mínima, no corre ni una brizna de viento y justo en frente hay una pizzería que tiene pinta de ser mucho más barata. Y siempre está la duda de que no sea para tanto. Preguntamos si hay sitio y nos colocan en una de sus mesas de fuera. Es bastante pronto, pero en unos minutos empieza a llegar gente y el camarero tiene que pedir disculpas porque están completos. Es entonces cuando respiramos tranquilos. No puede ser tan malo.

En esta calle se encuentra Konoba Marjan.
En esta calle se encuentra Konoba Marjan.

Un camarero, bastante agradable y diligente, viene a atendernos y nos recomienda el mix fish, una parrillada de pescado del día que incluye bonito (sí, ellos también lo llaman bonito), lubina, mejillones al vino, gambas a la parrilla, emperador o pez espada, y otro pescado que ahora mismo no recuerdo. Por primera vez en todo el viaje nos miramos con la satisfacción de haber elegido bien. El pescado era fresquísimo, la lubina concretamente espectacular, y el precio era lo mejor de todo. Pagamos 45 euros, incluyendo las bebidas (varias rondas de cervezas y un tercio de vino blanco de la casa) más una ensalada de tomate para acompañar el plato principal.

Después de la cena, y hablando con mi amiga, descubrimos que ellos habían encontrado este lugar gracias a TripAdvisor. Reconozco que, después de varias experiencias truncadas, no confío mucho en este tipo de rankings pero, por una vez, le daremos las gracias a esa gente que compartió su puntuación con medio mundo para que podamos elegir entre la vorágine hostelera de los epicentros vacacionales.

(Jarvisey)

Facebook de Konoba Marjan

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Senjska 1, Split 21000, Croacia

+385(0)98 934 6848

Parrillada en Konoba Marjan (foto: Jarvisey)

Stari Kaštel (Buje). De la prehistoria a la modernidad, pasando por la trufa

Acostumbrados a elegir y buscar por nosotros mismos los restaurantes o bares donde comer estando de viaje, agradecemos cuando alguien organiza el plan y te lleva cual padre a sus vástagos, de la mano, a descubrir rincones desconocidos que nunca hubieras encontrado por ti mismo. Esto fue lo que nos pasó durante nuestra estancia en Portoroz, Eslovenia, cuando unos amigos que nos hacían de Cicerone decidieron llevarnos a la vecina Croacia a conocer algo inesperado.

La prueba consistía en cruzar la frontera (sí, son comunitarios pero siguen pidiendo el pasaporte para cruzar) para entrar en un pueblo, totalmente fantasma, donde un amigo suyo estaba a punto de abrir un restaurante. Según subíamos por la carretera inhóspita y oscura, iban desapareciendo mis esperanzas de pasar una velada agradable. Finalmente el coche paró en un acantilado de terreno irregular donde nos esperaban unas escaleras que darían al misterioso lugar. Estábamos en Buje, población perteneciente a Istria, en un pueblo amurallado que existe desde la prehistoria.

En lo alto, Stari Kaštel.
En lo alto, Stari Kaštel.

Nada más llegar nos dimos cuenta de que habíamos acertado dejándonos llevar. Stari Kaštel: una tradicional casona de piedra en lo alto de un acantilado totalmente reformada por dentro. Ambiente acogedor, a la vez que moderno, que sorprendía a cada paso que dábamos.

Subimos a la azotea donde tenían montada una terraza con vistas al Adriático (las vistas duraron poco por la hora, pero el ambiente continuó siendo mágico hasta que nos fuimos).

La carta, bastante curiosa. Nos hicieron una degustación de platos, ya que el restaurante estaba abierto sólo para que sus amigos lo probaran y dieran su opinión. Así que, como suele pasar en estos casos, hubo de todo. Su fuerte era el pescado crudo, aunque no al estilo japonés; más bien al mediterráneo. Aliños de cítricos con carpacios de pescado. Incluso hubo un intento de ceviche con pulpo que no triunfó nada. Pero he de decir que algunas de las combinaciones, como la vieira a la trufa y el carpacio de dorada con berenjena, resultaron impensablemente deliciosas.

También se comen platos así en Stari Kaštel.
También se comen platos así en Stari Kaštel.

Finalizaron con la marca de la región: un lenguado a la parrilla con virutas de trufa negra, que es el aderezo favorito en la zona (esa suerte que tienen de que la trufa sea el producto nacional).

Como colofón, nos hicieron un tour por el establecimiento que, curiosamente, también alberga una suite. Sólo una. Cuidada al mínimo detalle y con magníficas vistas. En el sótano, y aprovechando su originaria forma de cueva, han situado la bodega que conserva los vinos más especiales.

Lo malo de esta crítica es que no puedo recomendaros basándome en el precio, ya que el restaurante estaba sin inaugurar y nuestros amigos nos invitaron a cenar. Aunque seguro que en breve se podrá comprobar en alguna web de restaurantes.

Si tuviera que resumiros mi opinión, para que toméis una decisión sobre el lugar, os diría que es perfecto para una experiencia diferente en la costa croata, en un enclave maravilloso, aunque con un estilo gastronómico un poco chocante para nuestro paladar.

(estrena la categoría Croacia, Jarvisey)

web de Stari Kaštel

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Kaštel 85, Buje; 52460 Buje (Croatia)

info@starikastel.com

Cell: : 00 385 993 459 570
Tel: 00 385 52 777 011

Terraza y vistas de Stari Kaštel.
Qué verde era mi valle; terraza y vistas de Stari Kaštel.
Uno de los comedores del restaurante Stari Kaštel.

Barra de pintxos del Orio, con txakoli y sidra a mano (foto: Jarvisey)

Orio Gastronomía Vasca (Madrid). O la eterna paradoja

¿Sabes cuando te pasa algo o has estado en algún sitio y, de repente, empiezas a ver cosas por todos lados que te recuerdan a eso? Pues eso; desde que vivo en Euskadi veo vasquedades por todas partes. Y esta situación se vuelve mucho más obsesiva cuando voy a Madrid, ya que busco correlaciones absurdas entre mis dos hogares, mi ciudad natal y la ciudad donde vivo.

Pues paseando, paseando, por la calle Fuencarral, me encontré hace tiempo, un bar de pintxos cuyo nombre llamó rápidamente mi atención. Orio, pueblo guipuzcoano al que solía ir cada mañana a recoger a una compañera de trabajo y que me recuerda a la boda más surrealista a la que he acudido por la mezcolanza de culturas de los que allí asistimos. Dejando mis tonterías aparte, vamos a lo que os interesa a vosotros, sabedores de los placeres de la gula y entendidos del buen vivir.

Hace poco volví a pasar por la puerta y, tras asomarme, decidí entrar. De repente estaba en Donosti (seamos realistas, Orio es muy bonito, muy marinero y todo lo que quieras, pero no tienen esos bares y, es más, resulta surrealista que en un bar con ese nombre tengan carteles de la trainera de San Sebastián… en fin). Volvamos al tema. Estaba en Donosti, con sus barras y paredes de madera, una trainera gigante colgando del techo, vasos de txakoli, y una barra a reventar de suculentos pintxos. Su especialidad, según reza en las vitrinas de la entrada, son las ostras de Arcachon (más paradojas) y casi todo el mundo con el que pude hablar en el bar era vizcaíno…

Cuidado con esa trainera (foto: Jarvisey)
Cuidado con esa trainera (foto: Jarvisey)

Pero, más allá de lo incomprensible de la elección de su nombre, fue reconfortante encontrar un pedazo de Euskadi en Madrid, tan bien ambientado, con unos pintxos tan buenos y la típica tradición para el guiri de contar los palillos del plato que tanta rabia me da (aunque comprensible ya que puedo asegurar, como madrileña, que la picaresca castiza no permitiría subsistir a un local que no lo aplicase). Comimos pintxos en la barra de abajo, pero también hay un comedor en la parte de arriba con mesas corridas de madera. No probamos la carta pero los pintxos estaban deliciosos y a un precio nada donostiarra, por otra parte (quizás de ahí venga el nombre del bar). Cada cierto tiempo sacaban pintxos calientes y los ofrecían en bandejas por todo el bar, como si de un catering se tratase. Gran idea…

Por lo tanto, y a modo de resumen: pintxos ricos, ambiente agradable y descoordinación entre nombre y realidad serían mis tres tips de este lugar. Un recuerdo afectuoso a la camarera que nos atendió que, al contrario de lo que he podido leer aquí sobre Arbelaitz Miramón, supo perfectamente aguantar el chiste de mi acompañante guipuzcoano sobre el txakoli vizcaíno con deportividad y una sonrisa mientras nos decía, “yo soy de Bilbao pero no pasa nada”. Por todo esto, el Orio será lugar de referencia para mí siempre que pase por Madrid y sienta morriña de mi nueva casa.

(Jarvisey)

web del restaurante 

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Calle Fuencarral, 49; 28004 Madrid
902 52 05 22

Barra de pintxos del Orio, con txakoli y sidra a mano (foto: Jarvisey)
Barra de pintxos del Orio, con txakoli y sidra a mano (foto: Jarvisey)

Pepino y algas, de Aki (f: Jarvisey)

Restaurante Aki (Madrid). Para disfrutar la comida japonesa, con el estómago

Como gran aficionada a un restaurante japonés en Donostia sobre el que no opinaré (porque es ya como el salón de mi casa y parece que me paga cuando hablo sobre él), me aventuré a preguntarle a los dueños, oriundos de Tokio, dónde podía cenar en mi propia ciudad natal, o sea Madrid, en una próxima visita que tenía pensado hacer.

Tras mirarme aturdida y con cara de ni siquiera conocer la ciudad, la encargada me emplazó a un par de días más tarde, para poder preguntar a un cliente que solía ir mucho por trabajo y era fanático de la comida japonesa. Por fin llegó la recomendación y, una semana después, el viaje. Reservamos por teléfono en este lugar llamado Aki, con la advertencia de nuestro guru gastronómico de que no nos dejáramos llevar por la primera impresión. Pues la primera impresión, y la segunda, fue quedarnos parados en la puerta no dando crédito, mirarnos con risa nerviosa y decir: “¿y si cenamos aquí al lado, que he visto un bar de tapas con buena pinta?...”. Tras varios minutos de duda en la puerta, atónitos, nos aventuramos a entrar.

La sala no sé si se puede describir. Era una especie de taberna viejuna y fea, con sillas incomodísimas y mesas imposibles de casar con las sillas para no darte en las rodillas. Suelo de baldosa como el de la casa de mi abuela y baldosines setenteros en la pared. Pero al fondo vimos algo que nos convenció para quedarnos. Las cuatro mesas largas de la zona interior estaban repletas de japoneses.

Por fin llegó la carta (que el Chef Ramsay hubiera criticado porque tenía más de 10 páginas en el típico clasificador con fundas transparentes) y sus precios. La verdad que no podía entender esos precios en un lugar así. Hasta que empezamos a comer.

Pepino y algas, de Aki (f: Jarvisey)
Pepino y algas, de Aki (f: Jarvisey)

Primero apareció el aperitivo. Teniendo en cuenta que no había ningún fan del pepino y las algas entre nosotros, no triunfó mucho, pero ayudaba a preparar el paladar. Antes de terminarlo llegó el ansiado plato de degustación de sushi. Por supuesto, nuestra impaciencia se debía a todos los comentarios que habíamos leído en internet sobre el mejor corte de pescado jamás probado en España. La realidad fue que el pescado era muy bueno, pero no había tanta diferencia con el que hacían mis queridos chefs donostiarras.

Para diferenciar sabores marinos y campestres decidimos probar las gyozas, esas empanadillas rellenas de carne y verdura que se te derriten en la boca. Nuestra opinión iba cambiando a mejor con cada plato y casi llegamos a olvidar el horrible lugar y la falta de comodidad de su mobiliario. Para finalizar algo ligerito: un cocidito japonés con udon, pollo y verduras, y un plato de gyu teppanyaki (ternera y verduras) como diría aquel “que quitan el sentido”.

Gyu teppanyaki, de Aki (foto: Jarvisey)
Gyu teppanyaki, de Aki (foto: Jarvisey)

No podemos recomendar postres porque nunca usamos de eso. Qué le vamos a hacer, somos gente salada y el dulce nos garrapiña.

Resumen, un lugar con comida de calidad por un precio normal, para disfrutar con el estómago. Para disfrutar con la vista os hará falta más de una botella de vino japonés o jarra de sake.

Moraleja: nunca más volveré a dejarme llevar por la apariencias. mira que me lo decía mi madre.

(Jarvisey)

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c/ Echegaray, 9; 2806 Madrid

91 429 58 06