Tres hermanos, olivo, viñedo y cereal, vigilando la frontera

Entiendo cada vez mejor a Roger Dion cuando nos decía que conoceríamos mejor la historia de los pueblos observando sus huellas agrícolas antes que sus ruinas monumentales. Pienso en ello mientras avanzo en mi coche, dirección Lantziego (Álava), escuchando en el equipo de sonido a los Hermanos Gutiérrez. Sus melodías de frontera me abstraen e invitan a compartir con ellas el sentido de la vida en estos campos de Rioja Alavesa, donde el paisaje viene determinado por la garantía de supervivencia.

No es cosa de risa, que diría el Drácula de Bram Stoker. El agricultor nunca ha jugado a las granjas, siempre ha buscado la mejor manera de entender el entorno y sacarle un rendimiento que le permitiese vivir.

Suena ‘Pueblo man’ mientras atravieso la comarca alavesa de oeste a este y percibo cómo la conjugación de cultivos va variando.

Está claro que hoy el protagonista principal en la comarca es el viñedo, pero continúa acompañado, en menor medida, por el cereal y el olivo (compañero discreto, como lo define Fernando Martínez Bujanda). Cada uno de los hermanos ha ido buscando su lugar en el mundo, ubicándose donde el clima le era más propicio para dejar herencia y el ser humano determinara el plazo. El cereal en las zonas más al norte, donde la pluviometría era un poco mayor; el olivo donde la influencia mediterránea parecía rozar su frontera con el clima continental; y el viñedo en la zona intermedia, aprovechando al máximo la influencia mediterránea y atlántica.

https://www.youtube.com/watch?v=NY9EPkR61k0

Camino del Trujal Erroiz

Camino a Lantziego, donde he quedado con Mikel Izaguirre y Dounia El Kouissi, responsables del Trujal Erroiz, me doy cuenta de que según me acerco al pueblo la presencia del olivo es más notable. Me encanta ver como se integra con los viñedos marcando las lindes, observando, desde los barrancos, trasmitiendo paz al entorno con sus retorcidas ramas. ¡Árbol mágico, dan ganas de abrazarte eternamente!

Santos, aita de Mikel, me espera en un cruce cerca del pueblo. Con él comienzo un paseo donde la foto se sitúa en una finca familiar dominada por la viña y rodeada de olivos. Olivos viejos que han servido de recreo a niños de generaciones anteriores y alimento para sus familias. Olivos bajos, rapados como un monje, donde la poda habilitaba espacio de cosecha por ordeño y donde el fruto, mayormente, era para el autoconsumo.

Me cuenta Santos cómo al árbol le gusta el calor y resiste el frío, aunque al fruto el frío no le gusta tanto. Por eso, el saber del tiempo les enseña a los lugareños a marcar el ciclo vegetativo y la cosecha entre los tiempos de helada.

Consulto el nombre y apellidos del árbol y fruto que hoy llamamos Arroniz, que debate su origen entre el pariente silvestre lejano acebuche y un legado de la cultura romana. Sea cual sea el origen, lo que está claro es que esta especie se ha adaptado perfectamente al entorno y a su clima de contrastes.

Pero, al igual que la viña o cualquier otro cultivo, su mantenimiento y desarrollo viene determinado por la decisión del ser humano; no es un acto divino, es una decisión estratégica de cada tiempo, que determina qué cultivo es prioritario por su rendimiento o menor por su importancia en este sentido.

Aunque la viña se ha impuesto a los demás cultivos en Rioja Alavesa, parece claro que la apuesta por el monocultivo es de todo o nada y quizá sea demasiado arriesgada. Sobre todo cuando el territorio mantiene recursos naturales de alto valor, con un potencial de desarrollo fantástico como es el caso del olivar de arroniz que existe en la comarca.

Recuerdo de mi visita, hace unos años, al eco-museo de la nuez en Castelnaud La Chapelle del Perigord (Francia) con qué orgullo compartían los lugareños su apuesta por la nuez y el desarrollo que hicieron de su producto y derivados; un claro ejemplo de creer en los recursos propios y de cómo darles valor añadido. ¡Cuánto tenemos que aprender de los franceses en este sentido!

Aceite exquisito del olivar de arroniz

El olivar de arroniz ofrece un tesoro gastronómico que no podemos dejar de lado. El aceite que se produce es absolutamente exquisito, por eso tenía ganas de compartir con Mikel y Douina su proyecto, que arrancó hace ahora siete años y que, observando la historia y diversidad de cultivos en Lantziego, les erige como guardianes y defensores de una tradición y cultura locales donde el aceite virgen de oliva extra siempre ha estado ahí. No en vano, el pueblo cuenta desde hace dos siglos con un trujal municipal en el que todavía hoy se elabora aceite para el autoconsumo. Un trujal que ha fijado una costumbre en el gusto del aceite, marcado sobre todo por la extracción del zumo de oliva en frutos maduros que las piedras pudieran moler. Fantástica herencia que forma parte indeleble de la cultura y personalidad del pueblo y sus alrededores.

El proyecto de Mikel y Douina ha querido desde un principio respetar y mantener este tesoro, aportando en su nuevo trujal un nivel de conocimiento y tecnología que en cierta medida opta por profesionalizar un sector que puede abrir una senda de posibilidades complementarias a las que la viña aporta en los últimos años a la zona.

Una profesionalización que dibuja los marcos de plantación desde una perspectiva en la que la mecanización facilita las labores y permite un equilibrio entre el respeto al medio y un mejor rendimiento de los árboles. Un desarrollo tecnológico con el que podemos triturar y extraer el zumo de frutos más verdes, aumentando exponencialmente la capacidad de ácidos grasos, polifenoles y demás elementos que dan como resultado un aceite espectacular. Partiendo de una variedad, la arroniz, encontraremos un nivel de frutado, estructura y secuencias picantes amargas que se convierten en oro puro, crudo o cocinado.

Hoy, de hecho, antes de ponerme a escribir me he preparado una tostada de pan con AOVE Sustraiak (elaborado únicamente con aceituna recogida el primer día de recolección) y he pensado que los tres hermanos del territorio, viña, cereal y olivo, no sólo no han de desaparecer, sino que me tendrán siempre como aliado en su busca de la última frontera. On egin.

web de Trujal Erroiz

https://www.youtube.com/watch?v=duT62emRXIk

Artadi y Chillida desafían al ángulo recto

Dejó escrito el maestro Eduardo Chillida que no creía demasiado en la “experiencia”, pues le parecía conservadora. Era más partidario, en términos de mejora en el aprendizaje, de la “percepción”. Le parecía más arriesgada y progresista. La percepción actúa desde el presente con un pie en el futuro, mientras que la experiencia actúa desde el presente con el pie puesto en el pasado. Este enfoque vocacional fue una de las asociaciones de ideas con las que salí de la bodega Artadi, tras despedirme de Juan Carlos López de Lacalle y agradecerle el maravilloso día, lleno de diálogos de viña y vida que me había regalado.

Cuando llegué a media mañana reconozco que me sentía un poco abrumado. Quizá porque el personaje, no la persona, había sido objeto desde hace años de infinidad de informaciones, reportajes, comentarios, difamaciones… que marcaban una distancia virtual entre lo que yo conocía, sus vinos, referentes de calidad máxima reconocida, su trato siempre amable conmigo cada vez que me ponía en contacto y el halo de visionario, revolucionario, rompedor, qué se yo, que se había ido construyendo los últimos años sobre su persona.

Al llegar, quien me recibe es Carlos, su hijo. De forma absolutamente cercana y amable me propone hacer un recorrido por los viñedos, mientras aita regresa de hacer unas gestiones. En este primer recorrido, donde vamos viendo las viñas de Valdeginés, La Poza, La Hoya, El Pisón… me impresiona el nivel de conocimiento que tiene Carlos de cada rincón, reflejo de su solvente formación, respeto, pasión y compromiso adquirido con la tradición familiar.

Este aspecto, aun pudiendo parecer menor, siempre ha marcado, para mí, un matiz referencial en un gran número de proyectos en Álava. El “relevo generacional”, que apuntala la protección del patrimonio vegetal, cultural y económico de una región. Carlos, en su caso, representa a la quinta generación, ahí es nada.

El paseo me da pie a comentar con él ése y otros temas, mientras el paisaje de viñas cuidadas, tranquilas y asentadas en su sitio nos observan y dibujan en mi cabeza una gran habitación con vistas, interpretada de forma sonora por Henri Salvador. Una ventana desde la que veo una senda de identidad, no sectaria ni dogmática, que marca de dónde es uno con los brazos abiertos al mundo; como decía Chillida, emitiendo una frecuencia que emita calma, no distorsión.

https://www.youtube.com/watch?v=FmTyQbhSk_w

Esta secuencia llega al extremo cuando paramos en la viña de El Pisón. La pequeña parcela de 2,4 hectáreas, plantada en 1945 por el abuelo, expresa perfectamente ese sentido de la calma y pertenencia al que me refería. Sólo parece pedir respeto y que la mano humana interprete bien la añada y los cuidados que demanda; de lo demás se encargará ella sola y sabrá hacerlo bien.

De vuelta a la bodega, donde nos espera Juan Carlos, me despido de su hijo con ese guiño afectuoso que apunta agradecimiento y deseo de repetir la buena química del encuentro.

Mientras vamos viendo parte de las instalaciones de la bodega, el diálogo fluye natural, trasversal, de un tema a otro: sostenibilidad (¿es sostenible utilizar tantas veces esta palabra?), terroir, modas, tendencias, estilos de vino… Pero también asuntos de calado social: riqueza del territorio, futuro para nuevas generaciones, vocación, profesión y ocupación, la viña como identidad y oportunidad, etcétera.  

Temas todos ellos que Juan Carlos me dibuja, o así lo percibo yo, desde la perspectiva del gnomon griego, ese ángulo del que nos habla el maestro Chillida, que dibuja al hombre con su sombra. Ese ángulo que reconoce la hermosura y perfección del ángulo recto pero, a la vez, refiere en él un cierto grado de intolerancia, encontrando mejor respuesta en los ángulos que tiene alrededor, pudiendo ir de los 88 hasta los 93 grados. Casi tan poderoso como el primero, pero más dialogante, convencido de que en él se encontrará la virtud.

Este lenguaje conjugado en primera persona del plural alcanza más brillo cuando aparece en escena Jean Francois Gabeau, director técnico del proyecto y hombre de la casa hace más de 15 años. Nos acompaña a una sala anexa al parque de barricas, donde Juan Carlos tiene preparada una cata que situará a los vinos en el lugar que les corresponde, como embajadores que son de todas las palabras dichas hasta ese momento.

El ritual de los vinos de Artadi

Jean Francois comienza a servir los vinos que cataremos con una cadencia que ilumina el valor del ritual. Siempre me ha maravillado ese espacio de silencio que abre un diálogo íntimo con el vino, donde la palabra ocupa el último vagón y el lenguaje de los sentidos se va abriendo camino.

El primer vino que catamos es Valdeginés 2020. Admito que la primera sensación que tengo es la de haber ocupado con premeditación y alevosía la sala de neonatos; pero lo hacemos con respeto, apreciando el tremendo potencial de fruta que acompaña al vino con una estructura tánica dura, que anuncia recorrido. Seguimos con La Poza 2020, donde eso que damos en llamar “mineralidad” se propone como protagonista invitada, junto a la fruta madura y el tanino redondo que lo hace exquisitamente amable para empezar a tomarlo desde ya y disfrutar con su evolución. La cata continúa con El Carretil 2020, que expresa maravillosamente ese equilibrio perfecto entre el músculo y la sensibilidad, expresión directa de especia, flor y fruta que reposa en un manto mineral.

Llega el momento de catar El Pisón 2020. ¿Cómo decirlo? ¡Necesitaría tanto tiempo con mi copa! La dejaría y volvería a ella una y otra vez para comprender el qué, el cómo y el por qué. El vino enriquece mi paleta de sensaciones permanentemente. Un nuevo matiz, un detalle, una insinuación que no deja de atraparme; exquisitamente tramado, fruta, especia, flor, potencia contenida, elegancia extrema, sutileza, contención, esencias de pequeño perfume barroco… Impresionante.

Cuando estoy a punto de aplaudir y pedir bises como en un gran concierto, Juan Carlos nos invita a pasar a la mesa, donde tiene previsto compartir un fantástico menú casero, clásico, como diría Nuccio Ordine. Es decir, clásico, que no viejo. Clásico, porque responde siempre bien a las preguntas.

Cada plato vendrá acompañado de más vinos elaborados por Juan Carlos y su equipo. Vinos que nos dirigen a otro aspecto de este apasionado explorador de viña. La búsqueda permanente de respuestas a tantas y tantas preguntas, inquietudes, curiosidades. ¿Alguien conoce una batería de energía más potente que ésa?

Quintanilla y más vinos de Artadi

Comenzamos esta segunda parte degustativa con Quintanilla 2019, que asienta su viña sobre un terreno habitado en el pasado medieval y que guarda sus secretos, guerras, peste… en lo más profundo. Si te gustan los vinos con nervio, excitantes y expresivos, éste es tu vino. Fruto rojo, trufa y balsámicos, con el tanino bien domado. De textura sutil y largo recorrido. Sin camuflajes, haciendo apología de la austeridad, no de la pobreza, que diría José Múgica.

Los vinos nos van desplazando en el mapa como si fuéramos en busca de una luz distinta. Chillida sintió lo mismo durante su estancia en Grecia. Fue muy consciente de la luz blanca helénica, mediterránea, que contrastaba con la luz vasca, más oscura, de la que él provenía. Juan Carlos hace el viaje inverso y nos invita primero a deslumbrarnos con la luz de Navarra y la tan mal tratada, durante mucho tiempo, garnacha.

Degustamos primero el blanco fermentado en barrica Santa Cruz de Artazu 2016. Reto y tributo a la garnacha blanca en recuperación, que tras un periodo largo en contacto con sus lías muestra una cremosidad y delicadeza plena de recuerdos especiados, cítricos y fruta de hueso. El recorrido del vino es largo y el final súper agradable.

El proyecto Artazu, que nace en 1996, también nos ofrece un tinto: Santa Cruz de Artazu 2019. Garnacha de viña vieja, alegre, chisposo a la vez que serio y profundo, perfecto equilibrio de fruta y madera.

Continuamos el camino en busca de esa luz blanca que nos lleva al Mediterráneo, cuna del vino, como me trasmite Juan Carlos mientras me muestra la botella de El Sequé 2020. Monovarietal de monastrel, lleno de fruta negra madura, toffe, tostados y final balsámico. Denso, largo, contundente y fresco a la vez. Como todos los vinos catados, la secuencia de guarda se admite, se supone o se impone, según el vino y su añada.

Pensando en esta analogía virtual que me he atrevido a hacer entre Juan Carlos López de Lacalle y Eduardo Chillida, creo sinceramente que cada uno en su espacio no hubiera desarrollado sus obras sin un punto de poesía y construcción. Es más, creo que ambos reniegan de la geometría como herramienta única y entienden que la razón lo que mejor nos enseña son sus propios límites. Quizá también Juan Carlos sea un “fuera de la ley”, como se autodefinía el artista en este sentido.

A saber dónde nos llevará este viaje en un futuro. De momento, disfrutaremos de estos grandes vinos al son de ‘Jazz méditerranée’ con Henri Salvador.

On egin.

web de Bodegas y Viñedos Artadi

https://www.youtube.com/watch?v=m5gOX_G8Q_o

Songs of earth. Paseo por la viña con Melanie Hickman

No es historia exclusiva la que nos cuentan Ferenc y Candace Mate en su bonito libro ‘Un viñedo en La Toscana’, una historia de amor que recorre La Toscana y desemboca en Montalcino donde se materializa en bodega y vino. Aquí, mucho más cerca de casa, tenemos una preciosa historia de amor cuya expresión viva es el proyecto Struggling Vines y la bodega Bhilar situada en Elvillar (Álava). Una historia escrita día a día por Melanie Hickman y David Sampedro.

Repasando en casa las notas que escribí tras mi visita reciente al proyecto de estos dos aventureros románticos, mientras escucho el piano de Shirley Horn interpretando ‘My funny Valentine’, viendo que Miles sonríe, algo me lleva a pensar en la importancia del tono y el fraseo en la música jazz y en la viña.

Recuerdo haber leído a Joachim E. Berendt que los músicos de jazz marcan la diferencia con la música europea en la definición del sonido, ese ‘tono’ particular, que nace de una mirada quizá más ética que estética, completada con el ‘fraseo’, la forma en que cada músico descifra su esencia, haciéndole único pero identificable. Ese sonido propio que percibe, siente y abarca todo lo que toca.

Melanie y David tienen cada uno su tono y fraseo, individual, compatible y compartido, expresado en los diferentes vinos que elaboran.

Struggling Vines

En esta ocasión me gustaría detenerme en los vinos que Melanie desarrolla en su proyecto Struggling Vines, nombre que nos deriva a unas viñas luchadoras, que no por ello debe hacernos confundir la resiliencia con el abandono, sufrimiento extremo o esclavitud. Todo lo contrario, las de Melanie son viñas cuidadas, protegidas y mimadas. Una parte importante de ellas son de edad avanzada, situadas en altitud, en rincones de difícil acceso, lo que les ha permitido explorar por sí mismas, durante decenios, el suelo en el que se asientan y ofrecer su fruto sano, sabroso y lleno de vida.

El trabajo manual, la fuerza de arrastre delegada a los caballos, la filosofía biodinámica en el cultivo, el estilo personal y riguroso en la elaboración de David Sampedro, uno de los nuevos referentes de la comarca, que lleva la viña en la sangre, junto al ímpetu holístico de Melanie, hace que todo se impregne de razón, emoción y sentido.

Recorrer con ella las fincas Hapa y San Julián consigue que Shirley Horn nos invite a bailar con ella el tema de Gershwin ‘I got plenty of nuttin’, mientras observamos toda la biodiversidad que nos rodea. Los árboles frutales acompañando a la viña, los olivos vigilantes, el manto de plantas aromáticas que enfilan los caminos, las colmenas de abejas que ella cuida dando cobijo a las grandes protectoras de vida… En fin, tantos estímulos naturales que me hacen bromear a Melanie sobre lo auténtico y el marketing.

https://www.youtube.com/watch?v=pjjlNg3J1NM

Poco a poco volvemos de regreso a la bodega y le pido a Melanie, ver un poco las instalaciones, sala de máquinas como la llamo yo, y saludar de paso a David que en ese momento se encuentra embotellando. La bodega, de dimensión humana, expone un equilibrio entre depósitos de hormigón, fudres y tinas que interactúan la madera de forma no invasiva, con barricas de roble francés del mismo tonelero que reflejan una relación estable compartida. Sin ánimo de entorpecer el trabajo, le propongo a Melanie catar alguna referencia que me quede por probar de sus vinos.

Deseos y caprichos de Struggling Vines

Conocía Phinca Hapa blanco (recuerdos de fruta de hueso, membrillo y frescor balsámico que en boca expresa de maravilla la identidad de un orange wine Rioja Alavesa), Phinca Hapa tinto (vino que expresa el potencial y la finura de tempranillo y graciano con elegancia borgoñona), Carrakripán (blanco con alma de tinto que combina variedades autóctonas como la viura, malvasía, garnacha blanca… para envolvernos en cítrico, flor y especia siempre que le demos tiempo a respirar bien).

Me faltaba por probar Phinca San Julián. Después de haber visto la viña el reto se convierte en deseo y el deseo en capricho; así se lo trasmito y, muy generosamente, Melanie descorcha la última botella que queda en la vinoteca de Phinca San Julián 2018.

Pero antes, mientras dejamos respirar al vino, sale un momento y me dice que le gustaría que catáramos otros dos vinos curiosos elaborados junto a David: Kha Me, garnacha blanca vieja de san Martín de Unx fermentada en ánfora; una delicia de hidromieles y flor que me incita a invitar a Jessicca Williams a que se siente al piano, con el permiso de Shirley, y nos acompañe con el tema ‘Toshiko’; y Phinca La Revilla Sexto año, que reivindica la magia de la variedad viura, como aromática tardía que espera buen trato y envejecimiento para dar lo mejor de sí. Impresionante.

https://www.youtube.com/watch?v=gMZ_O87tJa4

Dejamos para el final el Phinca San Julián, vino heredero de esa finca de 0,6 hectáreas situada a 646 metros de altitud que acabábamos de ver. ¿Qué puedo decir? ¿Cómo definir la elegancia? Quizá sólo compartiendo la sutileza, la finura de la fruta perfecta con la envoltura fresca, balsámica que este vino regala.

Encantado y agradecido por tener la oportunidad de disfrutar de estos vinos y sus protagonistas, sólo puedo deciros que si os cruzáis con Melanie por la comarca o en cualquier otro sitio, no os olvidéis de decirle de mi parte “lady sings the blues”.

web de Struggling Vines

ver ubicación

Lanciego, s/n; 01309 Elvillar (Álava)

+34 647 157 283

https://www.youtube.com/watch?v=nCvNnshKpeQ

Créeme, Prez, la viticultura bohemia existe, la he visto en Gil Berzal

Sí, Lester, estoy convencido de que estos impulsos irracionales que me derivan de un espacio a otro, después de compartir una jornada especial plena de diálogos de viña, vida y vino, no son casualidad. Por eso, ahora, pasadas unas semanas, no me sorprende que, de vuelta a casa, tras pasar la jornada con Saúl Gil Berzal, del proyecto Gil Berzal en Laguardia, no dejase de pensar en ver de nuevo la obra maestra de Bertrand Tavernier ‘Around Midnight’. Volver a ver los paseos que el protagonista Dale Turner (tu alter ego) daba con Francis, el amigo noble, enamorado de tu música, de la sensibilidad, el talento y el espíritu bohemio que reflejaba tu existencia, a orillas del Sena.

Pero, ¿por qué pensaba en estas cosas? ¿Acaso el sentido bohemio de la existencia no se ha adherido de viejo a la vida libre, poco convencional, no ajustada a reglas, que han vivido fundamentalmente los artistas? Yo regresaba de visitar a un vigneron de Laguardia, de conocer de cerca su viña, su proyecto, su lenguaje, sus vinos…Entonces, ¿por qué sonaba en mi cabeza ‘Blue Lester’ al regresar a casa? ¿Por qué sentía la necesidad de ver la película de Tavernier?

https://www.youtube.com/watch?v=OPteKhaml_g

Creo que lo mejor será explicar cómo y cuándo descubro la bodega Gil Berzal y sus vinos. Hace unos meses tenía que preparar una cata especial, una cata que daría en el Basque Culinary Center a compañer@s sumilleres de Gipuzkoa sobre Rioja Alavesa. El caso es que preparando esa cata buscaba proyectos, vinos que me ayudasen a trasmitir matices que, desde la perspectiva de variedades, terruño, elaboraciones, filosofías diversas, pudieran ayudarme a trasmitir la magia y diversidad de la comarca alavesa. Compartiendo esto con una amiga de la zona, me preguntó si había catado un vino blanco llamado Recoveco. El alto de la Huesera, de Gil Berzal. Le contesté que no, pero que lo haría, dada la confianza que tengo en su criterio. Y no se equivocó, el vino me pareció espectacular, concentraba la magia de la tradición varietal que Laguardia siempre nos ha aportado con la profundidad y complejidad de una elaboración pausada y respetuosa. Después de catarlo, necesitaba saber quién estaba detrás y me puse en contacto con Saúl.

¿No os ha ocurrido alguna vez que en un solo minuto de conversación con una persona que no conocías personalmente la sensación es como de conocerse de largo y tener una conexión especial? Pues eso me ocurrió con Saúl. Cuantas más preguntas le hacía, más espacio de encuentro se abría. Alguien que se presenta en sociedad como “We are terroir” no puede irse sin explicarme a qué se refiere exactamente, sobre todo en estos últimos tiempos en que la retórica parece que se embotella muchas veces. La respuesta de Saúl me encantó porque no dibujaba certezas absolutas, sino búsqueda permanente, preguntas constantes, como 'El Perseguidor' de Cortázar (Charlie Parker). Una dimensión de consciencia y respeto centrada geográficamente en los lindes de su pueblo, Laguardia, donde me dice encontrar poco a poco toda la diversidad que necesita para comprender el sentido del terroir. Y, claro, esto tenía que verlo, así que me presenté en su casa.

El Barranco de San Julián

Yo, que hace tiempo dejé de emocionarme viendo depósitos, salas de elaboración, escuchando procesos y resultados (esa retórica desgastada del vino de la que recientemente nos hablaba Cubillo en un artículo), agradecí honestamente a Saúl que estuviera esperándome para ir al campo, allí entenderíamos todo mejor.

Primero me acercó a una de sus viñas icónicas, El Barranco de San Julián. Viñedo plantado en 1930, sobre laderas medias de arcilla y caliza, homenajeando al concepto Grand Cru, vigilado por varios Guardaviñas (que invitan a Saúl a pensar en la posibilidad de cerrar la finca en formato Clos) y con presencia de cubierta vegetal que nos abre el espacio para la reflexión sobre métodos de viticultura ecológica con criterios inteligentes de biodinámica, que interpreten la viña con el sentido común que plantea el paso del tiempo. La sostenibilidad anclada en dar protección y futuro a la viña para recibir de ella lo mejor cada añada. Sin líos, sin volverse loco, observando e interviniendo lo mínimo.

Pautas de viticultura que, a buen seguro, en una familia de viña como la de él, habrán supuesto debate por costumbre y riesgo, pero que ganan sentido con el resultado obtenido. De esta finca sale el vino que finalmente elegí para la cata del BCC, Alma Pura, un vinazo sutil, elegante y profundo que pone a la variedad tempranillo con el foco en Borgoña, donde la arrogancia nunca triunfó y la seda viste sus vinos. Un vino para disfrutar escuchando ‘Lester leaps in’.

https://www.youtube.com/watch?v=Ja1kIyW0mOE

El paseo, en modo Robert Walser, me permitió disfrutar de cada detalle, cada comentario, cada silencio; me gustó cómo Saúl describía algunas pautas y principios de trabajo, sin hacer comparación con los establecidos convencionalmente por los vecinos, sino por responder uno mismo ante los retos con criterio propio, aprendiendo de todo y de todos. Me hacía comprender un poco mejor el espíritu bohemio de Saúl. Claro que el precio a pagar es una implicación física y espiritual con la viña de principio a fin. ¿Recuerdas, Lester, cuando le pedías una boquilla del 3 para tu saxo a Lady Buttercup y te preguntaba por qué no podías tocar como los demás? Tu respuesta siempre fue la misma: “porque soy yo”. Tú querías susurrar con el saxo tenor mientras los demás querían gritar. Tú también eras consciente de que cuando se explora cada noche hasta el hallazgo más hermoso puede ser el más doloroso y no dejabas de tocar. Por eso Billie Holliday te llamó Prez, El Presidente.

Finca Valcavada, de Gil Brezal

De allí nos fuimos a otra de las fincas importantes del proyecto, Finca Valcavada, plantada en 1990 sobre suelo de arcilla, arena y caliza. Una viña espaldera reconducida en vaso, ofreciéndole espacio y libertad, protegiéndola con manto vegetal que, por cierto, invitaba a un montón de pájaros a alimentarse de su biota mientras charlábamos, en vez de atacar la viña. Todo adquiría sentido. De esta finca salen vinos fantásticos como Recoveco. Vino de Paraje o Glorya. Finca Valcavada, Single Vineyard, ejemplos de finura con tempranillo, el primero, y garnacha, el segundo.

El paseo continuó de vuelta a la bodega mientras Saúl me explicaba cada detalle del paisaje que íbamos encontrando, dibujando el valor de lo pequeño, lo escondido. Era el momento perfecto para catar los vinos.

En la bodega el trabajo marcaba el ritmo, preparando pedidos para enviar, lacrando botellas para vestirlas de gala, mientras yo observaba la importancia que Saúl le da al uso de hormigón, barricas de alta calidad y otros elementos que le permitan definir lo más honestamente posible lo que cada rincón de cada viña quiere trasmitir.

Cortázar y buen vino de la mano de Gil Berzal.
Cortázar y buen vino de la mano de Gil Berzal.

Además de los vinos comentados, no quiero dejar pasar la ocasión de compartir dos ejemplos que pudimos catar y que, a buen seguro, no os dejarán indiferentes si os apetece disfrutarlos. El primero es un vino llamado Tradición, ejemplo fantástico de cómo un vino joven puede ser la respuesta perfecta a la pregunta de cómo se expresa la uva tempranillo. Fresco, lleno de fruta y envuelto en regaliz.

El segundo lo he dejado para el final no por su calidad, que os sorprenderá, sino por reflejar claramente la curiosidad constante, las preguntas permanentes, la observación y la búsqueda. El vino se llama Buscando el paraíso, un blanco, según me cuenta Saúl, en crecimiento continuo. Resultado de la combinación de hasta 11 variedades distintas que buscan acomodo y desarrollo entre la madera, cerámica y botella. Vino carnoso y amplio, pleno de recuerdos a orejones, cáscara cítrica, manzanilla… seco y fresco a la vez.

Una gozada, Prez, que estoy seguro celebraríamos contigo mientras interpretas ‘Two to tango’ desde tu habitación en el Hotel Alvin.

(Iñaki Suárez)

web de Bodega Gil Berzal

https://www.youtube.com/watch?v=coxsiCKrlA8


Everybody digs Abel Mendoza

Me siento feliz al ser testigo de esos diálogos de viña, diálogos de vida que se producen en mi imaginario entre personas referentes en disciplinas aparentemente no conexas, como el jazz y el vino. Diálogos que muestran la transversalidad que entre ellas se puede generar, pues no dejan de ser herramientas de cultivo para el cuerpo y el alma. Escucho a Bill Evans pulsando tenue ‘Young and foolish’ en su piano de cola mientras le habla a Abel Mendoza de cómo percibe él la libertad.

Bill | Mira, Abel, para mí la libertad es encontrar sitio donde en principio no lo hay. Si coges una partitura, puede que en un principio no veas esa libertad por ninguna parte; pero si te tomas tu tiempo, profundizas y la comprendes, te darás cuenta de que ahí tienes toda la libertad que necesitas. Para mí la libertad real es la que se conquista sobre una base sólida.

Abel | Quizá tengas razón. En mi caso, el elemento determinante en esa búsqueda de libertad puede que haya sido la necesidad y la curiosidad infinita. No es fácil la vida en el campo, Bill. Nunca lo ha sido. Para mi familia la viña nunca ha sido un hobby burgués, un divertimento bucólico en el mundo rural. Ha sido y es un modo de vida, es decir, de poder vivir. Por eso, cuando tienes poco o nada, aprendes a convivir con el riesgo como escuela y ahí sí, tienes razón, ser constante, fiel a tus principios y aprender constantemente de cada añada te da un cierto sentido de libertad.

Bill | Te conozco y conozco tus vinos. No te negaré que me impresiona tu eclecticismo. No debe ser fácil comprender, cultivar y vinificar tantas variedades distintas de tu terruño y no perder la esencia, esa coherencia que marcan la personalidad que hace reconocibles y reconocidos a tus vinos.

Abel | ¿Y me lo dices tú? ¿Tú que has compartido grupo con bajistas (Scott LaFaro, Gary Peacock, Eddie Gomez , Marc Johnson…) y bateristas (Paul Motian, Larry Bunker, Joe LaBarbera y Marty Morell…) con personalidad y carácter sonoro distinto y que, sin embargo, no alteraban para nada la identidad de tu propuesta musical? La clave es tenerlo claro y actuar en consecuencia, aunque alguna de tus decisiones sea difícil de entender en tu propio entorno. Todavía recuerdo ver llorar a mi padre, Pedro, cuando me veía quitar uvas buscando la calidad en detrimento del rendimiento.

Bill | Creo que sé a qué te refieres. A mi modo, también me he sentido muchas veces desbrozando sonidos toda mi carrera, quitándole peso a la melodía, que no eliminándola, dibujando harmonías, para algunos complejas, que reflejaban de forma coherente mi esencia.

Abel | Quizá esos que te miran de reojo piensan que no eres lo suficientemente “negro”, “black”, que te falta blues. Bill, uno no puede estar pendiente del ruido externo porque puede desviarte de tu ruta y llevarte a ninguna parte. Llámame tozudo, si quieres, pero tengo la sensación de que vivimos un tiempo en el que el “Conocimiento” es como un océano de dos centímetros de profundidad. Trabajamos y profundizamos poco pero hablamos mucho.

Bill | ¡Joder, Abel, cómo te pones! Creo que necesito disfrutar uno de tus vinos para entenderte mejor, je, je.

Abel | ¡Claro! Pídele a Iñaki, el sumiller, que descorche una botella. Creo que anda por ahí, aunque no se deje ver.

Bill | ¡Iñaki! Por favor, ¿podrías abrir un vino de Abel para continuar este diálogo de viña y vida? ¿En tu opinión, qué encajaría ahora?

Iñaki | Hola, Bill. Qué tal, Abel. Pues yo creo que en este momento ‘first date’ que os he encontrado abriría un vino blanco elaborado por Abel y Maite (Fernández) que me parece especialmente inspirador: Abel Mendoza Malvasía 2019, pura seda, fruta, flor y vida.

Abel | Gracias, Iñaki, es un vino del que estoy muy orgulloso. Refleja junto con los demás vinos blancos que elaboramos el potencial de las variedades blancas que tenemos en la zona y lo bien que interactúan con el terruño.

Bill | No pensé que tomaríamos blanco. Me habían hablado tanto de tus vinos tintos, Jarrarte, Selección Personal, Grano A Grano… pero está delicioso. Continúa explicándome tu visión del tiempo que vivimos, poco esfuerzo, mucho marketing, esas cosas…

Abel | Mira, Bill, yo me centro cada día en las viñas, pero es muy difícil no sentirse rodeado de luces y sonidos que te pueden despistar si no estás atento. No sé. Ayer, por ejemplo, nos visitó un instagramer, o como se diga, que me habló todo el tiempo de sostenibilidad, ecología, vuelta al origen… conceptos que me trasmitía como si se tratase de un nuevo life style y me sonaba todo tan hueco… ¿Cómo podríamos mantener el legado recogido con nuestras viñas si no somos sostenibles cada día? ¿Cómo no voy a medir mi intervención en la viña, y Maite en la bodega, si sentimos cada añada cómo la tierra y los vinos también se cansan cuando los fuerzas al máximo? Es tan sencillo como dejar de buscar consonantes para explicar las cosas y trabajar en busca de las vocales que te lo explican todo.

Bill | ¡Eres un romántico, Abel!

Abel | Tú también. Siempre me lo has parecido, idealista, soñador, reflexivo y sentimental; por eso me encanta tu música. Regálame la escucha de tu tema ‘Peace piece’ mientras compartimos con Iñaki una botella de Abel Mendoza Tempranillo Grano a Grano 2018, mi interpretación más serena de cómo se define nuestra uva tempranillo. ¿Qué te parece? No te diré que es mi mejor vino, porque ése está por hacer, pero espero que lo disfrutes como nosotros.

Bill | Eso está hecho. Seguro que lo disfrutaremos sorbo a sorbo, porque, ya sabes, everybody digs Abel Mendoza.

https://www.youtube.com/watch?v=Ms9_sklJ5yE

Garnacha y Kandinsky.

Llévame a bucear, Kandinsky, el vino lo pongo yo

Tener tan cerca de casa la obra de Vasily Kandinsky, en el Museo Guggenheim Bilbao hasta el 23 de mayo, es un regalo para todos los habitantes de esta Casa de Huéspedes, en el sentido poético de Rumi, que es Bizkaia. Toda una oportunidad para salir de nuestra zona de confort, escapar de lo obvio, aceptar que la belleza puede estar en cualquier parte, muchas veces escondida, huyendo de la figura objetiva, dejando que la emoción exprese la forma, el color y la música que hay tras ella.

Hace tiempo que mi socio de toda la vida, José Antonio, pintor y farandulero, como él mismo se define, me invitó a observar el mar no desde la arena, en la playa, si no desde dentro, en el agua. No me negaba la belleza de la superficie ni el placer visual que ésta aportaba, pero sí me animaba a bucear y comprender esa otra belleza inesperada, plena, que de alguna manera me llenaría el espíritu.

En la búsqueda de esa plenitud, Vasily me da alguna pauta y deriva en la experiencia que tengo con algunos vinos. Claro, como paso previo, debo aceptar el reto, bucear en ellos, en su esencia, color y tono interior…. ¿O es que realmente usando la razón llegaremos alguna vez a comprender por qué algunos vinos se nos quedan tatuados en el alma?

Pienso sobre este asunto mientras revuelvo instintivamente la discografía en busca de otro buceador experto que nos acompañe. No tardo en encontrarlo aunque, en realidad, creo que él me ha encontrado a mí. Es Esbjörn Svensson, que acoge con agrado el desafío pues sabe que abriré algún vino especial. No puede ser de otra manera, le he prometido a Kandisky que el vino lo llevo yo y tengo que estar a la altura.

Pureza Pepe Mendoza 2018

Moscatel de Alejandría y garnacha

Esbjörn comienza a tocar ‘The message’, excusa perfecta para abrir un diálogo sobre el color y descorchar una botella de Pureza Pepe Mendoza 2018 (Casa Agrícola, D.O Alicante). Espacio para el blanco, color de la alegría, libertad, pre nacimiento. El primer impulso redirige mi foco atlántico al Mediterráneo. La variedad moscatel de Alejandría, hija del sol y del mar, encuentra en este vino el espacio óptimo para ser y estar. No hay corsés ni envolturas, su esencia desnuda se expresa en él de forma radical. En nariz, perfume de pétalos y neroli, envuelto en fruta de hueso madura y especia. Realmente intenso, homenajeando a los vinos brisados de los que hablamos hace poco en esta web. En boca su paso es fresco y salino, te sacia, refresca y a la vez abre el apetito. Recorrido largo con retro nasal cítrico y floral, un espectáculo de vino. Elegancia determinada por el respeto a la tradición, al terruño, a las variedades locales y al tiempo lento. La finura que le aporta su reposo en ánfora lo convierte en uno de esos vinos que, a mi juicio, enamoran y te transportan a su territorio.

Vasily permanece en silencio mientras bebe. Quizá sea el momento de preguntarle sobre el efecto del color en nuestras emociones, pero no quiero molestarle, creo que boceta mentalmente la impresión que le ha causado el vino.

https://www.youtube.com/watch?v=G-xQWqqTKEo

Sbjörn, sin embargo, se muestra exultante y comienza a susurrar mientras teclea en el piano ‘Spunky Sprawl’. Para mí ese giro de ritmo es como un aviso, una llamada para seguir disfrutando de forma totalmente desinhibida. Les propongo a mis compañeros invocar a la garnacha tinta, conocida también como navarro, gironet, lladoner, tinto aragonés, carignan rouge, etcétera. Mi querida garnacha, que tantas alegrías da y tantos palos recibe, muchas veces de forma inmerecida. En algunos territorios, como La Rioja, la he sentido como La Cenicienta en su confrontación con la todopoderosa tempranillo. Admito que es caprichosa; le gusta la altura, el frescor y también el sol. Es sensible al corrimiento y también a las heladas. Pero, si se le atiende bien, nos da esos vinos de sed, frescos, llenos de vida, con nervio, que tanto nos gustan. Estoy encantado de compartir con mis amigos un vino elaborado con esta variedad que me ha enamorado antes de preguntar quién lo hace y dónde; es La Dula 2018 (Sierra de Toloño, D.O.C Rioja), una de las propuestas que nos hace su elaboradora, Sandra Bravo. Atentos, creo que oiremos hablar mucho y bien de ella.

Vasily se ríe al escucharme, entiende mi excitación y la de Esbjörn. Estamos en el rojo, color que avanza hacia nosotros y no al revés. Color vital, inquieto, tenaz. Así se nos presenta La Dula, otro ejemplo del efecto que produce en los vinos la fermentación lenta, a baja temperatura en ánfora. Expresión nítida en nariz, frutillo rojo, arándano, tremendamente floral y ligeramente balsámico con un toquecito de pimienta. Hacía tiempo que no tomaba un vino con tan buen rollo, un disfrutón. En boca es espectacularmente fresco, sedoso y elegante. Sin duda, haber conocido este vino me anima a conocer a Sandra y su proyecto en Villabuena de Alava.

Obviamente, Vasily y Esbjörn se han convertido en mis compañeros de buceo. Les propondré que me acompañen, pero el vino, si no les parece mal, lo llevaré yo y el yantar Cubillo.

(Iñaki Suárez)

web de la bodega Casa Agrícola

web de la bodega Sierra de Toloño

Garnacha y Kandinsky.
Garnacha y Kandinsky.
Bodegón de Iñaki Suárez.
Bodegón de Iñaki Suárez.
https://www.youtube.com/watch?v=O9Uzm9VOMCA

Tributo a Manu Calera. For all we know

Hoy, como por impulso, he cogido el coche para ir en busca de la niebla, pero no cualquier niebla, ésa que habita en el corredor del río Cadagua, en Enkarterri (Bizkaia), y dibuja las sombras del paisaje en cada pueblo de la zona, con su arquitectura rural, industrial y de viña. Siento la necesidad de hacer ese camino que Manu Calera seguro transitó miles de veces mientras soñaba y daba forma a lo que hoy parece obvio, la Denominación de Origen Bizkaiko Txakolina, ese espacio colectivo donde la unidad se convierte en eslabón, la mirada en foco y la imagen en foto de familia.

Mientras observo el paisaje y me voy acercando al destino, Zalla, la melodía que suena en el equipo del coche, ‘For all we know’ en la interpretación de Keith Jarrett y Charlie Haden, me determina a explicar esa perspectiva que tenemos a veces sobre lo que nos parece obvio. Porque no, las cosas no han sido siempre así. La tradición vitivinícola en Bizkaia ha compaginado en el trascurso del tiempo la presencia de la viña, su complementariedad social y económica con el caserío, el esplendor y reconocimiento, y también el declive. Ahí es donde el papel de personas como Manu Calera se dibuja trascendental. Su convicción, tesón y capacidad para hacer una fotografía del pasado, presente y sobre todo futuro del txakoli en Bizkaia lo suficientemente objetiva, sugerente e ilusionante, fueron determinantes para obtener el soporte y apoyo necesario por parte de las instituciones públicas con el fin de que protegieran e impulsaran ese patrimonio social, cultural y económico que representa hoy la viticultura en Bizkaia.

Estamos hablando de los años ochenta del pasado siglo, cuando Manu elaboraba su txakoli en los bajos del caserón del barrio de Aretxaga, en Zalla, antes del acuerdo que vincularía su proyecto al sueño de Cosme Vivanco y supondría el salto al desarrollo de la bodega por todos reconocida, Virgen de Lorea, magníficamente descrita en esta misma web por Cubillo con el título “Virgen de Lorea, el mayor viñedo de txakoli”.

Un tiempo en el que Manu, junto a un pequeño grupo de txakolineros agrupados en la Asociación Bialtza, construía lo que sería el germen de la Denominación de Origen Bizkaiko Txakolina. Nacida oficialmente en 1994, él fue primer presidente de su consejo regulador provisional hasta 1995, como afirma Antton Txapartegi, secretario de la denominación desde entonces y testigo directo de los hechos.

Un tiempo en el que había 80 micro-proyectos, quizá con más afición e ilusión que oficio, que mirados desde la perspectiva de hoy, con 39 bodegas absolutamente profesionalizadas, tecnológicamente avanzadas y con vocación de vanguardia, nos dan una idea clara del camino que se ha recorrido. Esos primeros años donde el reto era corregir la acidez volátil y elaborar vinos aceptables al paladar han dado paso a una paleta cada vez más amplia de tipos de vino, muy bien valorados en las guías profesionales y galardonados con innumerables premios en certámenes locales, del Estado e internacionales.

Pero, ¿cuál era el papel de Manu en la bodega? Me contesta a esta pregunta Elena García, la enóloga discreta y humilde, como yo la llamo, que desde hace años ha colaborado puntualmente con él, y su respuesta no puede ser más clara: “Manu era todo, trabajo de campo, bodega y venta“. Hace poco escuché decir a un bodeguero joven de Rioja que está dando mucho que hablar que los bodegueros “modernos” por la mañana están podando y por la tarde vendiendo. Pues Manu debía ser un adelantado a su tiempo, porque durante muchos años no faltó la visita que hacía a mi casa para presentarme la nueva añada de sus vinos, aunque tuviera distribuidor en la zona para realizar esa tarea. De hecho, nuestra última conversación fue muy poco antes de que nos dejara y se centró en la ilusión y cariño puestos en el vino un año tan complicado como éste, a lo que yo contesté que con el mismo cariño lo cataría.

Con ello me quedo, con tu legado. Aretxaga, Señorío de Otxaran y Lainoa siempre serán el reflejo de una vida entregada al txakoli. For all we know, Manu.

(Iñaki Suárez)

web de bodegas Virgen de Lorea

https://www.youtube.com/watch?v=m9B24FrCOaQ&t=41s

Vinos de Madrid y el test de las tres miradas

Cuando Miguel Ángel Chastang, músico madrileño pionero del jazz español, tuvo la oportunidad de mejorar su dominio del contrabajo estudiando y viviendo en el barrio de Harlem (New York), en 1986, nada menos que con el apoyo del maestro Ron Carter, y de participar en numerosas jams nocturnas donde compartía experiencias con otros músicos, quizá nunca se planteó que tendría que superar ‘el test de las tres miradas’.

Esperando en la escalera de acceso al escenario junto a otros músicos para tocar una pieza junto a la banda de Greg Bandy (apodado The Mayor of Harlem y hoy amigo suyo) tuvo que superar la primera prueba, ‘la primera mirada’, la mirada del prejuicio. ¿Qué hace aquí este blanquito? Puedo imaginar la emoción y presión que tuvo que sentir Chastang al comenzar a tocar y ser testigo de ‘la segunda mirada’. ¡Vaya, parece que no lo hace mal! Cuando finalmente la pieza que tocaban avanzaba y funcionaba bien, sintió ‘la tercera mirada’, la del reconocimiento, “Yeah, man!”.

Este aprendizaje de Chastang me ha trasladado a cuando hace 25 años catábamos vinos de Madrid y comentábamos nuestras impresiones los aspirantes a txikiteros con diploma. Recuerdo que nuestra primera mirada era claramente prejuiciosa y solíamos comentar cosas como “en Madrid no hay vinos buenos”. Hoy me doy cuenta de lo osados e ingenuos que éramos y de cómo la desinformación genera superstición. Es cierto que como en otros territorios el recorrido hecho en los últimos años en términos de conocimiento, interpretación y elaboración de vinos ha sido fantástico, pero Madrid ha sido de antiguo tierra de viña y ha tenido que sobrevivir a la dureza del clima, la filoxera y la colonización permanente del asfalto, que acerca amenazante la ciudad al terruño.

Hoy, con casi 9.000 hectáreas de viña y cuatro subzonas (Arganda, Navalcarnero, San Martin de Valdeiglesias, El Molar), defiende a capa y espada su Denominación de Origen, joven pero inquieta (1990), y sus variedades de uva principales, como son garnacha tinta, tempranillo, malvar, albillo, airén. También otras variedades autorizadas, como son merlot, syrah, cabernet sauvignon, moscatel, parellada o torrontés, y la forma de interpretar su clima continental extremo, que puede pasar de -8ºC en invierno a 41ºC en verano, siempre de la mano de viticultores atrevidos y sabios, capaces de extraer la esencia del terruño.

Con estos mimbres, el dibujo de mi segunda mirada es claro, ¡al loro, que aquí tiene que haber vinos muy interesantes! Y como no hay mejor lenguaje que aquel que cada vino expresa, llevo días disfrutando a tope de diferentes propuestas, proyectos y vinos que llegan a casa. Aquí comparto sólo una muestra, pero os animo a que los disfrutéis como yo. Eso espero.

En términos generales me quedo con las sensaciones frescas, plenas de fruta, mineralidad, carácter especiado, floral y disfrute de beber que me han regalado los vinos. En lo particular, con los matices de zona, suelos distintos (granitos, pizarras, margas, franco arenosos, calizas…), juegos de altitud y elaboraciones que sólo me dejan la opción de aplicar la tercera mirada, la de los viajes de ida y vuelta, como Chastang, From Harlem to Madrid. Yeah, man!

(Iñaki Suárez)

web de Vinos de Madrid

Vinos de Madrid (foto: Iñakiz Suárez)
https://www.youtube.com/watch?v=7Ln4I5NCa4c&list=OLAK5uy_nu2-x_NjXVXC_InkZgYfMp6d52yo4NWAU

Ilun (Gorka Izagirre) y la magdalena de Proust

Hace tiempo ya que decidí sentir los vinos antes que conocerlos y entenderlos. Este ejercicio simple me aporta libertad de criterio y me libera de riesgos como el prejuicio o la opinión inductiva marcada por la mercadotecnia. En esta clave me acerco a la bodega Gorka Izagirre; rondando la hora clásica del té, José Ramón Calvo, enólogo del proyecto, me regala la oportunidad de catar el penúltimo reto ideado por él y Bertik Izagirre, Ilun 2019. (D.O. Bizkaiko Txakolina).

Antes de comenzar nuestro diálogo, Jose Ramón me da la opción de acercarme al ‘Dios de la noche’ en soledad, ensalzando la aventura que me supone siempre descubrir un nuevo vino. Resuelta la timidez inicial, la presentación no puede ser mejor; su aspecto jovial, marcado por su tono de fondo picota con envoltura violeta refleja su carácter joven y me anticipa una primera sonrisa. Pero el verdadero impacto me agita al acercar la copa a la nariz; inconscientemente me traslado en el tiempo y vienen a mi memoria recuerdos que dibujan el paisaje donde me he criado, crecido y alimentado (Bizkaia). Intenso aroma frutoso, frutillo rojo bien maduro, incluso un punto de cereza confitada, todo ello acompañado de un recuerdo sutil a huerta.

Probándolo en boca, el paso es libre, sin fronteras, goloso y fresco, lleno de vida. La fruta roja madura se cubre en el fondo del paladar con un toque ligeramente especiado y el retorno final deja una sensación de alivio balsámico.

Una vez terminada mi cata personal, José Ramón me acompaña y me explica 'el camino de Swann' que eligieron Bertol y él para obtener esta joya. Un camino cincelado por la recuperación y valoración de nuestro patrimonio vegetal, apostando por la variedad de uva hondarrabi beltza, injertada de forma sabia en un pequeño viñedo llamado Astoreka y situado en Larrabetzu. Con elaboración clásica y una ligera crianza con sus lías, fue embotellado en abril de 2020. Si te gustan las golosinas y los vinos frescos y fáciles de beber, no te puedes perder esta propuesta.

On egin.

(Iñaki Suárez)


Alfredo Egia | Vigneron. Petals on your path

La chica del columpio que aparece en la etiqueta de Rebel Rebel sonríe, sabe que a cada impulso sus pies se alejan más del suelo y el vértigo crece a la par que un inmenso sentimiento de paz interior y felicidad. No tiene miedo porque se sabe libre, conectada al medio y a su sueño personal.

Nada más llegar al encuentro con Alfredo Egia uno entiende que acepta una secuencia de declaraciones de principios; la primera, que el protagonismo corresponde a la viña (paraje Los Atravesados, en Balmaseda, Bizkaia) y no a la arquitectura. Probablemente, si un jardinero francés del S.XVII nos acompañase habría bajado a la villa en busca de ansiolíticos;  sin embargo, se respira un equilibrio absoluto, todo tiene sentido y encaje. Vemos la parcela de 0,8 hectáreas desde la parte baja, donde Alfredo nos explica la viña plantada en 2006, algunas pautas de cultivo, sistemas de poda, criterios de agricultura biodinámica y después, desde la parte alta, apreciamos el desnivel, el perfil franco arenoso y la cayuela que dibuja el suelo, junto a algún ejemplar de la microbiota que lo habita.

Tras esta inmersión en viña, nos invita a pasar a su “oficina”, una mesita y varias sillas diferentes junto a la propia viña que me hacen girar la vista por si cerca está aparcada la roulotte de Django Reinhardt  para pedirle que toque ‘Minor Swing’. Allí mismo, en el suelo, Alfredo enciende un fuego y comienza la magia; hablando de lo humano y lo divino, es decir de vino, mientras descorcha una botella de Rebel Rebel 2018 y la fauna local nos acompaña con sus cantos.

El vino elaborado con hondarrabi zerratia (petit courbú) e izkiriota txikia (petit manseng), fermentado en barrica de roble francés y ánfora de gres, se expresa en sí como la segunda declaración de principios, determinando que es el siguiente eslabón de la cadena. Su carácter pleno, sápido, envolvente, con expresión de fruta madura de hueso y cítrico, final sutilmente herbáceo que marca una complejidad, sobre todo en boca, que lo hace crecer a cada minuto que pasa. ¡Qué rico!

El concepto vigneron

La pauta en la conversación de Alfredo me hace pensar en el concepto vigneron que escuchamos por estos lares en los últimos años, pero que no es un término nuevo, sino que nos acompaña desde el S.XII y, cómo no, siendo heredero de la cultura minifundista de algunas regiones de Francia. Esa conjunción entre viticultura (entendida desde una medida humana, en equilibrio con el entorno sin ocuparlo, interpretándolo y canalizando su biodiversidad) y vinicultura (entendida como la expresión de lo anterior convertida en vino, desde una filosofía intimista, no expansiva y dirigida más al disfrute que al éxito predeterminado). Quizá de ahí su implicación con la viña me suena más física y emocional que intelectual. Me gusta escuchar a Alfredo su vocación de hacer vinos únicos, con personalidad propia, vinos hechos para disfrutar, ser felices y que además te sienten bien al cuerpo. Quizá esta mirada intimista,  de dentro hacia fuera y no al revés, esta mirada artística, me hace comprender mejor a qué se refería Lucca Gargano cuando impulsó el movimiento “Triple A” para redefinir de forma más amplia el término vigneron, al describirlo  como Agricultor - Artesano - Artista.

No todo el tiempo pertenece a la palabra, también el silencio y la escucha reivindican su espacio. Esto ocurre mientras Alfredo descorcha la siguiente añada de Rebel Rebel, 2019. Expectantes y fieles al rito, también sonreímos como la chica de la etiqueta. Apreciamos el sentido de la añada, el sentido del reposo en botella; un vino con una tensión diferente, pero la misma carga de complejidad y expresividad que el anterior, fresco, agradable y de matiz floral.

Sin darnos cuenta, la visita se alarga bastante más de lo previsto, señal de lo a gusto que estamos, y Alfredo nos propone catar antes de marchar una muestra de su experimento Vino Underground. ¡ Cómo son estos rockeros! Un divertimento basado en la observación de la evolución del vino en damajuana o garrafón (a gusto del consumidor) enterrado, buscando obtener una temperatura lo más constante posible. Uno de esos experimentos que llegará a una estación de destino indeterminado pero libre de prejuicio.

Quizá en breve dispongamos otro término para describir vigneron pero, como diría Manquiña, “Lo importante es el concepto”, y Alfredo sigue su camino. Petals on your path.

(Iñaki Suárez)

https://www.youtube.com/watch?v=PlAvlGdCjow

Vinos brisados, daddy plays the horn

Hay días en que, no sé por qué, me despierto con un sentido vital absolutamente ‘analógico’. Días en los que necesito respirar y salir de la ‘perfección digital’, del orden algorítmico; necesito sentir cómo la aguja recorre el surco del vinilo y cada pequeño chasquido me hace sentir más próximo a Dexter. Son días en los que, como hoy, me apetece descorchar un vino brisado.

Sí, he optado por este término por el profundo respeto y cariño que tengo a los vinos naranjas de Condado de Huelva (generoso aromatizado con corteza de naranja amarga mediante el procedimiento de maceración) y no quiero que se confunda con el término de origen y uso comercial “Orange wines” que se utiliza desde que David Harvey, comerciante inglés de vinos, lo popularizara en 2004 para referirse a este tipo de vinos tan especiales. Vinos blancos que se elaboran como si fueran tintos, macerando y fermentado el mosto en contacto con las pieles, a veces en inox y otras en madera o ánforas, como ya se hacía en Georgia hace más de 6.000 años. Siempre que abro una botella de este tipo de vino pienso, quizá por defecto del tiempo que me toca vivir, cómo catalogarlo, si como moda, tendencia u opción.

Que estos vinos se ponen de moda a partir de que Joško Gravner buscara en Friuli recuperar métodos de elaboración ancestrales, nos vuelve a confirmar que todo está inventado y es cíclico. Que este inicio crea una tendencia cada vez más extendida y aceptada en diferentes terruños del planeta parece evidente. Pero, quizá por causa de mi pragmatismo, me quedo con la categoría de opción, que me permite no hacer lecturas excluyentes y disfrutar de estos vinos que tanto disfrute nos pueden regalar con su fantástico encaje gastronómico (tengo que decirle a Cubillo que me proponga armonías de plato, que de eso sabe un rato).

Skin Contact, de Península Vinicultores

Hoy he descorchado Skin Contact 2018, de Península Vinicultores. Dexter me marca la pauta homenajeando a Charlie Parker con su versión de ‘Confirmation’ y, efectivamente, confirmo que estoy ante un vino que no me deja indiferente. De entrada, es un vino seco, varietal albariño elaborado por Bodegas Fontana en Fuente de Pedro Naharro, Cuenca. ¡Toma ya! ¡Me encanta que me descoloquen! Ha fermentado y macerado con las pieles 182 días en inox. Vino orgánico, estabilizado por frio y con mínima adición de sulfuroso previa al embotellado.

El resultado, fantástico, con presencia seductora. Su color de tono ambarino y dorado nos anticipa esa extracción en aromas y gusto que ha permitido el contacto con sus pieles. En nariz, intenso, profundo, complejo, regalando herbáceos, fruta y flor. En boca, carácter mineral, largo, con tanino marcado pidiendo plato. Desde luego, me ofrece una mirada distinta de esta variedad de uva que tanto me gusta, así que a la maleta de recursos, que todo suma.

Tengo en la recámara guardadas para otras jornadas analógicas, que vendrán seguro, otras dos opciones de este perfil de vinos, El Grifo Orange Wine (moscatel seco, D.O Lanzarote) y Marko Skin (D.O. Bizkaiko Txakolina).

De momento, Dexter me marca la pauta con ‘Daddy plays de horn’.

(Iñaki Suárez)

web de Península Vinicultores

https://www.youtube.com/watch?v=WmEemamIPzE

Mirene, artesanía en movimiento

Me gusta cómo define el término "artesanía" el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías de México (Fonart): “Artesanía es el producto de identidad cultural comunitaria hecho por procesos manuales, a veces ayudados por implementos mecánicos que auxilian la labor; con materia prima obtenida en el entorno, creando con el resultado vínculos simbólicos con el territorio, la cultura y la sociedad”.

Tras disfrutar unas horas de la compañía de Arkaitz Larrazabal (Gure Ahaleginak), compartiendo su terruño, sus vinos y su constante aprendizaje, como él mismo dice, no tengo duda de que estoy ante un auténtico artesano del S.XXI. Sus vinos son reflejo nítido del suelo donde nacen (Orduña), expresando esa finura y viveza característica de la zona; pero también el continuo aprovechamiento de lo hecho y aprendido anteriormente, como el artista William Kentridge cuando culmina sus obras aprovechando los borrones anteriores, diciéndonos que en el fondo no inventamos nada, sino que aprovechamos lo hecho y aprendido con anterioridad.

Mirene llega en el momento que le corresponde, respondiendo a lo que Arkaitz quiere transmitirnos: la personalidad específica de los vinos de la zona, con esa acidez fresca que tanto le gusta y el potencial de amplitud y complejidad que permite otro tipo de elaboraciones, como el caso que nos ocupa, con su crianza en lías, paso por barrica francesa y reposo en botella.

Mi propuesta para disfrutar Mirene a tope es airearlo, pero no descantándolo sino despacio y libremente en la botella abierta. Veréis qué viaje sensorial más chulo. El vino va abriendo espacio, expresando en inicio una verticalidad alineada entre fruta blanca y flor para llegar sin prisa a desinhibirse por completo con recuerdos de fruta de hueso, cítrico maduro y sutil especia, ganando permanentemente volumen, longitud y complejidad. Con recorrido de guarda pero también fantástico para disfrutar ahora con buena armonía gastronómica. Otro diamante para el joyero de Bizkaiko Txakolina.

Eskerrik asko Arkaitz.

(Iñaki Suárez)

web de bodega Gure Ahaleginak

La botella de Mirene y la mano de Iñaki Suárez.
La botella de Mirene y la mano de Iñaki Suárez.