Mahasti, no te pierdas en Hondarribia
Los hijos mayores del Basque Culinary Center se independizan. Después de pasar sus primeras etapas laborales aprendiendo y trabajando con cocineros como Adrià o Juan Carlos Ferrando, Markel Ramiro, alumno de la primera hornada de la institución académica, se ata el delantal y coloca el toque blanche para decidir por sí mismo la carta del restaurante Mahasti. Agazapado en los bajos del hotel Villa Magalean (Hondarribia), el local dispone de mesas para alimentar a una treintena de comensales que, si son avispados, no deberían dejar pasar la oportunidad de armonizar sus platos con alguna de las referencias vinícolas que guardan en su bodega.
Es curioso cómo, ayudado de la iluminación, cambia el local donde se sirven, de mañana, los desayunos… Iluminación y ambientación musical, claro. Aprovecho ahora, antes de que me vaya por las ramas, para aconsejar que además de comer y beber presten atención a las lámparas, no solo la que preside la mesa. Y, mientras miran y esperan a que les sirvan, aprovechen para pedir un cóctel de aperitivo; claro que, bien mirado, también podrían pedir uno digestivo para apurar la sobremesa.
Al grano: el chaval se lo curra. Sí, el chaval, ¿porque como llamarían a un joven de 28 años? Si hubiera críticas o aspectos a mejorar, que lógicamente los hay, son perdonables porque esa edad es la edad de equivocarse y corregir rumbo, aunque en mi visita no encontré motivos para cuestionarle.
Será, quizá, porque solo trabaja con materias primas de esas que quisiéramos ver en todos los restaurantes. De ‘lejos’ llega el aceite que viene de Córdoba. Menos kilómetros recorre la pata del jamón de Guijuelo, que sale andando desde Salamanca. Sin embargo, los pescados nadaban horas antes por las aguas en las que pescan los arrantzales de Hondarribia, Pasajes o San Juan de Luz. Y si a todo eso le añades verduritas de Tudela o pan de masa madre que elabora Amona Margarita,.solo queda babear mientras esperas.
Mira que es joven el irundarra. Oye, pues lo hace de cine presentando “mini-bodegones” emplatados que da lástima deshacer. Pero no queda otra, porque es imposible resistirse a retirar el velo de tocino que cubre las alcachofas y ver la cara de esas “inflorescencias inmaduras”.

La temporada de espárragos no es eterna, así que cuando hay, hay que tomarlos. Y lo hice peleando con alguna hebra que se resistía ante el cuchillo y tenedor. Gané por goleada porque no era cuestión de no probar la mayonesa de hongos y paté, francés claro -que dejaba un ligero toque salado-, con la que habían sido profusamente decorados. Sin problema alguno porque para eso estaba esperando el Neipperg Collection (Saint Emilion) con el que se habían ennoviado poco antes.
Sobre la piel de la merluza descansaban discretos y crujientes trozos de avellana que servían, me parece, para contrastar con la suavidad de sus carnes; y no, no eran carnes morenas, lo siento, la de la merluza sigue siendo blanca..El gaznate mojado ahora con Hubert de Bouard.

Lo de comer cordero es infinitamente más fácil si lo convierten en hebras. Ni te manchas, ni peleas con los huesos. Pan comido con la propuesta que paladeamos con vino Clos Marsalette 2014, proveniente de la bodega de los propietarios de Villa Magalean. No quedaba mucho hueco en el estómago para el postre, pero si hay que sufrir se sufre. Helado de chocolate blanco sobre un brownie para cuya elaboración, no se podía ni quería ocultar con el recuerdo a yemas de Santa Teresa, se habían utilizado huevos. Muchos huevos de corral. Vamos, que quizá por eso los trozos de fresa que coronaban la porción me recordaban las crestas de las gallinas.
Sé que en Hondarribia hasta un bocadillo de cebolla cruda sabe bien, pero no hay color con las sensaciones que puede producirte la propuesta de Mahasti, que me encantaría volviera a retomar los brunch para los fines de semana.
Saveurs du Soleil (Futuroscope). Sorprende en un parque temático
A gusto, muy a gusto me hubiera comido yo una de las pizzas
de fina masa y recién salidas del horno de leña que se mostraban sobre un largo
mostrador del restaurante. Sin embargo, Saveurs du Soleil nos guardaba varias
sorpresas. La que nadie esperaba, la impredecible, fue una doble ración de
tarta cuando supieron que un par de comensales celebraba cumpleaños. Con las
luces apagadas, adornadas con bengalas, y acompañadas de los compases
internacionales de cumpleaños feliz, las hicieron llegar a la mesa ante los
atónitos ojos de quienes nos apresurábamos por terminar el postre que ya nos
habían servido pocos minutos antes. Lamenté haberme comido, sin pestañear, las tres
deliciosas bolas de helado (mandarina, frambuesa y lima) sobre fruta cortada
que nos sirvieron de postre y no haber dejado apenas hueco para las tartas de
nata con fresas frescas y chocolate en tres texturas que, para más sufrimiento,
resultaron ser ¡supremas! Chapeau, que seguimos en Francia.

El local es inmenso, grande en el interior y con tanta o más capacidad en el exterior, siempre que el tiempo lo permita. Lo mejor: la comida, que es lo que importa cuando se va a mover la mandíbula. De haberme dejado llevar por la primera impresión, la que me causó el mojito azul que recordaba lavavajillas disuelto, nunca hubiera dicho lo mismo. Por fortuna, seguí pegada a la mesa, porque lo bueno, lo estupendo, estaba por llegar. Llegó acompañado de un equilibrado vino Anjou Demon 2017 (Domaine des Terres Blanches) en versiones de tinto y blanco. Y lo que siguió fue, sencillamente, estupendo….y abundante.

Si, la palabra ensalada se sigue vinculando a lechugas más o
menos acompañadas de otros productos. Y así era. Solo que en esta ocasión el
acompañamiento era jamón, queso, chorizo, bacon, lomo embuchado (embutidos
varios de la región y paté de champagne, cómo no) además de paté de aceituna
negra y de pimiento rojo. Todo en abundancia; que no falte de na. Ni siquiera
pan para untar esos pates ‘vegetarianos’.

Las gyozas de marisco y curry, tampoco tenían desperdicio. No
diré que amo la carne, porque soy más de animales de agua, pero quizá esa
ternera había paseado su solomillo por una poza, porque estaba estupenda. Eso sí,
la salsa bearnesa tenía el mismo volumen que la porción de carne. Mucho debe
gustar a los franceses para que se sirva en esa cantidad, mucha, a mi parecer,
aunque sea para impregnar también en ellas las patatas salteadas.

El poste, ya lo mencionaba al principio, estupendo de principio a final. Sorprende que ese tipo de comida pueda ser encontrada en el interior de un parque temático (Futuroscope). Posiblemente en plena canícula las colas sean interminables y el servicio menos atento pero, de lo que yo he vivido, solo puedo decir que de 10. Más aún, matrícula de honor.


Rancho en La Table d'Arthur
Insisto, comida en un parque. Que se come más barato en la calle, seguro. Que aun así se come bien por un precio razonable, también. Y no es el único restaurante del parque; otro que también probé fue La Table d’Arthur. Ni punto de comparación: rancho, autoservicio y mucho, mucho dulce. A escoger uno de entre los tres platos principales: fletán, el pescado, y carne a la plancha o pollo, las carnes. De primeros, a repetir cuantas veces se quisiera, risotto de setas, vaina redonda salteada y patata en gajos. Como postre, uno a escoger de los muchos que había, entre los que no figuraban opciones de fruta fresca (la macedonia incluía melocotón y piña en almíbar) o lácteos. Otra opción, diferente, que seguramente gustará a los más pequeños pero, desde luego, menos saludable.
(lamentó comerse todo el helado, Araceli Viqueira)
Château du Clos de la Ribaudière (Chasseneuil du Poitou). Casi en el cielo
Ay pena, penita, pena, cantaba Lola Flores, y eso mismo tarareaba yo para mis adentros durante mi visita a Clos de la Ribaudière, un château a la orilla del rio y a escasos kilómetros del parque temático Futuroscope. Pena, penita, pena porque el sol se ocultó y ni el cóctel ni la cena que se sirven un su restaurante pudimos disfrutarlos en esa superterraza con vistas a un parque. Para no salir más mojados que del pequeño spa que también tiene la propiedad, hubo que conformarse con una rápida incursión para una rápida sesión de fotos mientras maldecíamos las nubes cargadas de agua que rondaban sobre nuestras cabezas y sobre la piscina vacía, pese a estar climatizada. ¿Mala suerte o simplemente más tiempo para disfrutar de la comida y arte de vivir francés, en una salita privada? Va a ser lo segundo.
De lujo, el sitio. Un edificio estupendo al que no se le
notan los años y que, afortunadamente, sus pasos por el cirujano han eliminado
arrugas, más o menos profundas, pero no han acabado con elementos originales
del siglo XVIII, como la chimenea, los suelos o las maravillosas vidrieras.
Punto a favor, y ya van dos. El tercero se lo lleva, por mérito propio, el
cóctel que precedía a la cena: malvavisco salado de pimiento y coco tostado,
mouse con espuma de coco y lima, palitos de pan hojaldrados con semillas de
lino, frutos secos, zumos naturales de pomelo y manzana… Pero ni los
impactantes nombres, ni los zumos o el agua de S. Pellegrino -italiana, por
cierto- consiguieron hacer sombra al vino espumoso del Poitou que, combinado
con Cassis, se impuso en el top de las preferencias de esa noche.

En la mesa, elegancia para un menú, a escoger entre varios
platos, que arrancaba con un entrante común: espuma con atún, con sabor poco
definido.

Tierra de espárragos
Advertidos de que uno de los platos de la región más típicos son los espárragos, me decanté por esa opción. No sé, esperaba algo más que decoración. No me parecieron especialmente jugosos, gruesos o tiernos; sin embargo, recomiendo probarlos ya que estamos en la región donde se cultivan. Tampoco me impactó el marisco de la decoración, honestamente. Comprensible viniendo, como venimos, de zona de costa y habituados a exquisiteces marinas en todas sus fórmulas. Eso sí, aún sin ser espectacular, los espárragos resultaron perfectamente aceptables. Más entusiasmo causó el tataki de atún, que no probé.

Las carnes, cordero e hígado de ternera, también producto de
la zona, parecieron todas opciones acertadas. La dorada, parcialmente oculta
tras una costra de lo que parecía pan rallado, agradable también. Mi
imaginación la había ideado en filete fino pero resultó ser un taco. Como digo,
bien, tanto que no supuso problema alguno contradecir a mi imaginación pues
cada bocado ayudaba a ello. Mejor, insuperable diría, la selección de quesos. Variada,
completa, inmensa, extensa, laaaaarga tabla de quesos entre los que elegir.
Podría haber sobrevivido solo con ellos y acompañarlos de un pan que volaba de
la mesa. Estábamos en Francia y se notaba. Pero para vistosos vistosos, los
postres. Y el café, soberbio. Francia, no podría ser de otra manera.

Conclusión: no se le puede pedir más a un menú de 40 euros, cóctel aparte, en el que prima el producto local y en un sitio que, de haber salido el sol, hubiera sido como estar en el cielo. Casi lo era, aún con nubes sobre el château.
(Araceli Viqueira)
web del Château du Clos de la Ribaudière


Reyes de Aragón (Nuévalos). El restaurante del Monasterio de Piedra
Joyita de edificio. Aunque me gustó más el exterior que el interior, al que tampoco hay que objetar nada. La decoración encaja con la del resto del hotel Monasterio de Piedra, desde donde se accede directamente si se está alojado en él. Sin embargo, la entrada exterior tiene mucho encanto, siempre que en el ‘rellano’ no haya gente fumando, claro.
Y ya que he comenzado por el final, por el final voy a seguir. Ahora que lo pienso, ¿el final es el precio o son los postres? ¡Ea!, vamos con el precio del menú: 24 euros, tanto almuerzo como cena con opción de escoger entre varios primeros, segundos y tres postres. Incluye pan y agua. Vino no, a pesar de que las viñas son parte del paisaje durante muchos kilómetros a la redonda y de que el propio monasterio cisterciense incluye el museo del vino D.O.P. de Calatayud. A mí, personalmente, me parece un error perder una magnífica oportunidad de dar a conocer sus vinos, aunque sea incluyendo en la carta uno de los más sencillos.

Los postres de Reyes de Aragón
De los postres diré que no son lo más cuidado ni esmerado de la carta. El granizado era, o si no lo era lo parecía, un helado de limón batido empalagoso por lo dulce. El lingote dulce, un bizcocho industrial decorado con un par de frutos del bosque y una flor. La torrija, una especie de crema catalana muy, muy, muy dulce en la que, posiblemente, la única elaboración casera de este apartado, los granos de azúcar, habían sobrevivido. Para un diabético las alternativas pasaban por un yogur o una pieza de entre el trío de frutas que nos ofrecieron. Curiosa la limitada oferta de fruta como postre cuando en el desayuno sirven fruta, entera y cortada, fresca, variada y rica.

Pero para llegar a ese remate habíamos pasado antes por
otros platos que tuvieron mejor fortuna y que fueron servidos en cantidades
generosas. Las migas, acompañadas de chorizo y uva negra y que también se
encuentran en la carta, merecen mención honorífica incluso habiéndolas comido
en un día caluroso. Nada desdeñable el risotto con teja de parmesano que llevaba
lo que decía: muchas setas (¡estupendo!) y mucho parmesano; quizá un poco menos
hubiera impedido que se ocultara el sabor de la seta. A la ensalada de brotes y
ahumados solo objetaré el uso de lechuga envasada en una época del año en que
la fresca abunda. Al César lo que es del César, también aquí, como en el caso
del arroz, no escatimaron en ahumados. La crema de marisco con brocheta de
langostino crujiente fue la última opción de primeros platos que probamos y resultó
grata al paladar.

Deliciosas y tiernas resultaron las carrilleras con setas y melosa la salsa en la que se deshacían las hebras de carne. Era como si nos hubiera invadido el deseo de que aparecieran las setas en nuestros montes o nos hubiera llegado la inspiración desde el bosque que envuelve el Monasterio de Piedra, donde está, no sé si lo he dicho, el Restaurante Reyes de Aragón. Una vez más pedimos otro plato con setas que resultó ser el solomillo albardado con setas de temporada, envuelto en lonchas de bacon consiguiendo que la carne quedase hecha por fuera y permaneciera sonrosada por dentro. De entre los pescados, siempre descansando sobre una generosa capa de verdura, la corvina supero con creces a la lubina, a la que le faltaba tersura pese a ser el pescado del día.

De las raciones volveré a decir que son generosas y que
además ofrecen un aperitivo antes de comenzar el servicio. Del local, que es espacioso
y bien decorado. Del entorno, que es una joya. Del menú, que se podrían mejorar
algunas cosas para justificar los 24 euros que bien merecen ser pagados por un
menú en fin de semana y en un paraje como el del Monasterio de Piedra.
(Araceli Viqueira)
web de restaurante Reyes Católicos
c/ Afueras SN; 50210 Nuévalos (Zaragoza)
+34 976 870 700





De brunch en Bilbao: prisas, apreturas, cafeteras defectuosas y tortilla seca
Ante la falta de ocasiones para platicar, un grupo de amigas unidas por el idioma del genial Bardo de Avon, osease Shakespeare, tomamos la osada decisión de rendirle homenaje mensual en torno a una mesa. Podríamos haberlo hecho al grito de “cheers”, con una de las tradicionales cervezas inglesas en mano, o rumiando con calma y saña una de esas gingerbread man (galleta elaborada con pan de jengibre), pero decidimos hacerlo frente a un brunch, una propuesta igualmente inglesa para la cual, por el momento, no hay demasiadas opciones en Bilbao; aunque a ella se suman, o pretenden hacerlo en un futuro, algunos de los hoteles de nueva generación en la villa.
Siguiendo el instinto y las 'voces' de conocidos, reservamos en el Brass, lugar frente al que transito a diario y del que no me había percatado de la pizarra exterior en la que, claramente, se señala que los fines de semana tienen esa opción a un razonable precio de 18 euros. De momento, en la primera 'sentada' todo bien, aunque se hubiera agradecido un menor aprovechamiento del espacio porque las mesas, más que contiguas, parecían corridas. Cinco a la mesa, un tanto apretadas, con poco margen para 'maniobrar' y mirando a la apetitosa y surtida barra. Prometía.

La cosa comienza con un café y zumo a elegir entre naranja y detox, que no siempre es el mismo. La opción con matcha que ofrecían ese día estaba realmente buena y, como cafeinómana que soy, agradecí que volvieran a ofrecer una segunda ronda de cafés. Fruta entera y cortada, yogures, sándwiches, embutido, tostadas, quesos, panes, tartas, gofres, frutos secos, chucherías, huevos en diferentes versiones preparados al momento, tortitas. Nadie se va de allí sin haber encontrado algo para llevarse a la boca.

Lo que no sabíamos, porque nadie nos lo había indicado al hacer la reserva ni habíamos ojeado la web previamente, es que el brunch se sirve en dos turnos… y que el primero, que comienza a las 10.30 horas, debe levantar campamento a las 12:15 horas, ya que 15 minutos después comienza la segunda tanda. Ése es, a mi juicio, el gran inconveniente del Brass. Hubiera preferido pagar algo más y poder alargar la estancia teniendo en cuenta que el concepto de brunch no es tomarse un café bebido y listo. Es verdad que, teóricamente, hay dos horas de disfrute, pero son irreales. Llegas, te sientas (nunca antes de la hora acordada, o al menos a nosotros nos 'pidieron' que nos mantuviéramos en la barra), preguntan que infusión o té quieres tomar, te ofrecen los zumos, se interesan por el tipo de huevos o tortitas que quieres, te levantas a la barra a hacer una primera inspección y para entonces ya ha pasado media hora. Media hora que se suma a esos 15 minutos que se 'ceden' para dar paso a la segunda tanda, que termina a las 14.00 horas.
Después de Brass, el Consulado
La experiencia inversa la tuvimos en el Hotel Consulado de Bilbao, donde, entre risas, decimos que celebramos un "bruncher” (breakfast-lunch-dinner) por las horas que estuvimos en ese rinconcito maravilloso, chimenea incluida, con vistas al Museo Guggenheim. Eso sí que es privacidad y comodidad. Parecíamos VIPs. Los 25 euros se quedan cortos para pagar la 'estancia' que amortizamos a base de bien.

Sin embargo, las cuatro estrellas del hotel y su ambiente no se han trasladado a la mesa. O no las vimos ese día. El surtido, ya lo sabíamos, era infinitamente más discreto: pintxos de mozzarella y cherry, mini-sándwiches, mini-bollería, mini-trozos de tarta, fruta fresca ensartada, tortilla de patata y bocadillitos de jamón. Infusiones, agua, zumo de naranja y cafés. Punto. Suficiente caso de haber sido si no abundante, al menos sí delicioso.

La patata de la tortilla -seca a pesar de haber sido presuntamente hecha al momento- estaba dura y tenía un extraño sabor a 'verde'. Desde luego, no era tortilla de concurso. Lo mejor de ese pintxo, que a lo largo del tiempo terminamos por comer, era el pan y el pimiento verde que lo coronaba. Los mini sándwiches de sobrasada natural, más que discretos, y sufrimos lo indecible con la cafetera que, pese a que la cambiaron, siguió sin funcionar correctamente. Aunque, la verdad, si lo hubiese hecho, las cápsulas dañadas en los reiterados intentos de ponerla a trabajar habían reducido a la mínima expresión la posibilidad de tomar más café. La opción de dedicarse al té tampoco era viable, porque la jarra apenas si contenía agua para tres infusiones. Y beber un segundo vaso de zumo de naranja (el detox nunca fue servido) implicaba preguntar al resto si pensaban repetir, así que bebimos agua, de la que nos trajeron otra botella. Posiblemente, de haber pedido más zumo o incluso que trajeran otra cafetera que funcionase, la hubieran traído, porque amables eran un rato, pero estábamos ya un poco cansadas de pelear contra los elementos.

Dimos cumplida cuenta de los pintxos de mozzarella y cherrys, de los trozos de tarta de queso, de los bocadillos de jamón, de la fruta, incluso de los sándwiches. De entre la bollería industrial, cayeron sin tardar las mini cup-cakes (¡ricas y tiernas!). Algunas palmeras y caracolas siguieron por la misma senda, aunque nos resistimos más al bizcocho, croissant y a una especie de tarta rusa. En resumen, un 11 para el sitio (y para la paciencia del personal que nos aguantó durante horas), pero la tortilla del brunch, de 25 euros, debe mejorar bastante para conseguir el aprobado.
Que lo que el inglés ha unido... ¡no lo des-una nada ni nadie!
(Araceli Viqueira)
Ola (Bilbao). El encanto infinito de Martín Berasategui
¡Ene ama! Yo sentada a la mesa del señor de la gastronomía en España. Del dueño del firmamento Michelin, del más estrellado. Hubiera sido sublime estar en Lasarte, pero no es baladí hacerlo en Bilbao, en ese restaurante Ola, abreviatura del segundo apellido de Martín Berasategui Olazabal. Nació el mismo año que yo, lo que me lleva a pensar que lo del horóscopo chino no funciona. Él, éxito rotundo, y yo, ya ven, boqueando por salir de la mediocridad.
Que me disperso. A lo que vamos. He comido en el restaurante Ola, en la primera planta del Hotel Tayko, en una de las 12 mesas chipén decoradas con orquídeas blancas, que me gustan mucho. Con copas que llevan la firma de Martín tallada en el pie. Con música de fondo suave aunque, la verdad, más fuerte tampoco hubiera venido mal para mitigar la verborrea incesante de la cual hacía gala la ‘señora’ que comía en la mesa de al lado quien, en realidad, parecía hablar a un volumen más elevado de lo que se considera educado sólo por el placer de escucharse. Con luz suficiente, sin ser cegados por el invento de Edison. Con un precioso escabel al lado para apoyar el bolso que, cuan Gracita Morales, no dejé en el guardarropía. Confieso que no lo hice porque quería sacar fotos, muchas fotos.
La supuesta duda sobre decantarse por el menú degustación o la carta fue cuestión que apenas duró unos diez segundos. La lectura rápida de los ocho platos del menú nos convenció por esa descripción poética lista para ser devorada y anunciada con estas dos frases del chef: “Mis creaciones son distintas según el antojo del mar, el campo y las estaciones. Os propongo dejaros seducir por los pequeños bocados, seductores, livianos y sobre todo sabrosos”. Nos robaron el corazón y solo estábamos en los inicios en los que optamos por rechazar la opción del maridaje, que seguro era espectacular pero temíamos fuera mucho para añadir a las rondas que previamente traíamos del recorrido por el Casco Viejo.
Un menú degustación poético
Y comenzó la fiesta con el color de unas mantequillas a las que me habría abonado de por vida; la de hongos, tan perfecta que el cerebro se negaba a trasladar la orden de dejar de untar en el pan. Pero llegaba ya la “crema de sardina y su lomo ahumado, piparra encurtida y caviar", y no era cuestión dejar en pause esa cosa rica y, por increíble que parezca, combinación delicada.

Venían después las “milhojas caramelizadas de anguila ahumada, foie gras, cebolleta y manzana verde”, como dos piezas de dominó pero en rico. Las había probado con anterioridad y no me causaron la misma impresión. En esta sí que comprobé cómo las distintas texturas no se invaden una a otra ni se restan sabor. Pero, si he de descartar uno de los platos, sería el de “ostra con pepino, fruta acida, kéfir y coco”. Según pregonaba la señora de la otra mesa, a la que seguíamos escuchando todas las explicaciones, estaba de muerte, pero la textura de la ostra sigue sin ser mi preferida. Todo lo contrario me ocurre con la vieira, que nunca antes la había tomado asada fundida en ibérico sobre fondo marino al anís y espuma de erizos de mar.

Estábamos en racha con el pescado y bebiendo vino de
Fedellos do Couto (ya advertí de la coña de los gallegos para los nombres y estos
han jugado de lo lindo), cuando llegaba a la mesa el “lomo de merluza asado a
la parrilla sobre una velouté de percebes, toques de café, pimienta y curry”;
de quitarse el sombrero. Prefiero la carne al pescado, así que sabiendo que lo
próximo en ser servido era el “solomillo Luismi asado a la brasa sobre un lecho
de clorofila y acelgas y láminas de ibérico”, di por hecho que podría
prescindir de él fácilmente pero, en cuanto lo probé, supe que estaba
equivocada. Un manjar, incluso para mí.

Nuevos traguitos de vino, aclarando la boca porque llegaban los dulces. Del antiguo recetario de Martín se ha recuperado el “turrón de foie gras con matices de manzana, vino tinto y crocante de sésamo” al que siguió un velo de pistilos de azafrán con un macarrón cremoso de naranja y granizada de té early grey. Ufff, ¡que flipada! Y el remate llegó acompañado del café con pequeños bombones de chocolate, licor de leche al armañac y financieras de almendra, mini cup cakes que quitaban el hipo.

¿Merece la pena desembolsar los 95 euros del menú? Sin lugar
a dudas.
(flipó en la casa bilbaína de
Martín, Araceli Viqueira)
Hotel Tayko. Ribera, 13; 48005 (Bizkaia maitea)
+ 34 94 465 20 66





Trinkete Borda (Irun). Lágrimas, wagyu y mantequilla
Las lágrimas que más cerca estuvieron de mi boca fueron las de guisante que probé, en crudo, de la huerta que Iñaki Hernández tiene junto a Trinkete Borda. La escapada hasta Irún me permitió comprobar que la memoria infantil es traidora y que el municipio guipuzcoano es mucho más que la playa de vías que mis recuerdos guardaban grabadas a fuego.
No está en el centro, ni falta que le hace. El hecho de estar 'retirado' es, precisamente, lo que permite que el asador Trinkete Borda esté rodeado de huerta propia, desde cuya cima se vislumbra el mar, y de una importante extensión de campas donde pasta el exótico ganado de raza wagyu que luego Iñaki se encarga de convertir en txuletas.
A por txuletas acuden todos los que disfrutan con la carne, sea de wagyu o de vaca, que cuesta seis veces menos y se vende otras tantas más... Olorcito a brasa, de la que Iñaki es un maestro y al que por su 'sapiencia' en esta materia habría que tratarle de usted, y que él no limita a lo cárnico. El ganado que pasta por allí pasa sus últimos meses en Ciudad Real antes de ser llevado al matadero. La verdura tiene un recorrido más corto: directamente de la huerta al plato, con breve parada en la parrilla. Y juro que me encantó, será porque me inclino más por la verdura y el pescado que por la carne.

Tienen fama las alcachofas fritas y, al probar la primera, entendí el porqué. ¡Mantequilla pura, oiga! Bueno, mantequilla que, de puro rica que estaban esas alcachofas, a mi me supo a jamón de Jabugo. Una ración para dos que, si me dejo llevar por el instinto, hubiera transformado en individual. #madremiadelamorhermosoquericasestaban! Vaya, que le gustaron incluso al colega acompañante, quien sitúa las alcachofas encabezando el ranking de verduras que no le gustan. Una pena haberle incitado a que las probara y que así saliese de su error, porque de haberse mantenido en su idea yo hubiera engullido doble ración. Desde luego, no haré lo mismo cuando llegue el momento de probar emplatados esos guisantes de los que en crudo caté los suficientes como para formar una pulsera de 'perlas' verde esmeralda y que él osa incluir en el listado de productos “mejor evitar”.
Estar en Trinkete y no probar la carne sería como estar en Rovaniemi y no visitar a Papá Noel, así que a nuestra mesa llegó un plato de carpaccio de wagyu. ¡Más mantequilla, oiga! Pero con un sabor ligeramente dulce gracias a esas “venas de araña” que reparten la grasa por toda la geografía animal. Aquí se invirtieron los papeles: yo, más de pescado, no dudé en probar una loncha de carne. Era tan ligera que a esa primera le siguió una segunda, una tercera… y así hasta dar cumplida cuenta de todas las que formaban parte de ese plato que nos habían servido como entrante.
A esas alturas ya me había metido en el coleto un buen trago de tinto Luis Cañas Reserva 2012 (Selección de Familia) acompañado de unos pimientos rojos de la mismísima huerta, asados y embotados por el Sr. Hernández y que, para describir, so pena de ser reiterativa, me veo obligada a buscar en el diccionario un sinónimo de mantequilla. La cosa es que ése es el mismo término que también usaría para referirme a la lechuga que, arrancada minutos antes de la susodicha huerta, venía como acompañante -junto a unas patatas- de la chuleta –de vaca- que llegó a la mesa a continuación.

Y ahora sí que sí. Tú a Boston y yo a Nueva York, o lo que es lo mismo: dedícate a la chuleta que yo me rindo ante el pesado. A la brasa, por supuesto. Txuleton de vaca, de kilo y medio. La chuleta, claro, no la vaca. A ésta me limité a darle una 'mordidita' y no porque no me gustase, sino porque quería dejar hueco para la merluza que me atraía cual canto de sirena al ingenuo navegante. Pues, oiga, que no me arrepentí. Puntualizo y matizo: no nos arrepentimos ninguno de los dos. De la chuleta quedaron los huesos y de la merluza las espinas porque hasta las salsas y jugos fueron embebidos por el pan que no paramos de untar. ¡Ay, madre, que falta el postre!

En la mesa de enfrente corría el vino y el champán cuando a la nuestra llegaba el postre que decidimos compartir. A reventar estábamos, pero sin querer eludir esa sensación de que lo que ocurría era inevitable. Si las alcachofas y txuletas tienen fama, de Trinkete Borda hay otra recomendación que corre de boca en boca y que no quisimos dejar de probar: la tarta de queso gratinada. Otra recomendación acertada. Dicen que surgida fruto de un error y, por lo diferente que es, probablemente sea así. Dulce, muy dulce me pareció pero, como los implantes estaban amortizados y la diabetes bajo control, dimos buena cuenta de ella e incluso nos supo a poco.
En nuestra ingenuidad pensamos que un gintonic compartido sería suficiente para hacer la digestión de tamaño menú. Pues no, no fue suficiente. No sólo por lo pantagruélico de aquel, sino porque, receptivos como estábamos, me pareció el mejor gintonic que había probado nunca. Así que tomamos dos y nos desabrochamos el botón del pantalón para poder seguir adelante.
Menos mal que hay jardines, caminos por los que pasear y bancos en los que descansar mientras, como remate, tomamos un café acompañado de virutas de chocolate con almendras. Coincidirán conmigo en que no había lugar para las lágrimas. Ni las de guisante.
(si acaso lloró de satisfacción, Araceli Viqueira)
Borda baserria, Olaberria auzoa, 39; 20303 Irun (Gipuzkoa)
+34 943 62 32 35 / info@trinketeborda.com








La Rectoral de Cines (Oza dos Rios). Se come bien en el monasterio
Es la casa Rectoral de San Nicolás de Cines. Cines, para
los parroquianos de esta pequeña aldea perteneciente al ayuntamiento de Oza dos
Rios, en la comarca de As Mariñas, en A Coruña. Se intuye que, si estamos en la
rectoral, la iglesia no está lejos, y la intuición no falla. En realidad la
iglesia románica y gótica, edificada sobre una antigua ermita del siglo X, está
tan cerca que si el coro cantase se oiría en la mesa. No era hora de misa
cuando fuimos, ni sabemos si hay misa cantada, pero nos encargamos de meternos
entre pecho y espalda, dando por hecha la bendición, unos cuantos platos de los
muchos que se sirven. Aclaramos, antes de empezar, que no todos los que figuran
en la carta están disponibles y que, a mayores, se sirven otros que no figuran.
Pedimos lo que íbamos a tomar y, mientras se servía, a la
mesa llegaron de aperitivo unas porciones de empanada de atún a las que dimos salida con unos tragos de mencia de otra rectoral, la de Amandi, en
la Ribeira Sacra. Apostamos por productos de la tierra y el vino nos gustó
tanto por su color cereza como por su sabor afrutado. Diría que acertamos.
La empanada, rica, quizá un poco falta de sal, pero sobre todo cargada de bonito y no de cebolla, pecado que suelen tener en demasiadas ocasiones. El restaurante lleva a gala servir platos tradicionales gallegos, así que la empanada era tan imprescindible como ese vino y agua gallegos que nos ayudaban a aligerar bocados. Me pierdo. Como digo, la empanada rica, jugosa y con masa finamente estirada, a caballo entre el hojaldre y el pan. Por cierto, lo que eché en falta es que, precisamente, el pan no fuera sino ya de Cea, Carral, Neda u Ousá, al menos si un pan común de bolla, moña, rosca o barra, pero de harina de trigo gallego. Pena, penita, pena que fueran esos mini panes en forma de diminutas chapatas. Ricas, eso sí, pero no cumplen el requisito de “tradicional gallego”.

Llegaron los entrantes: croquetas, callos y pulpo. Croquetas de jamón muy suaves, aunque no les hubiera venido mal más carga porcina para ahuyentar el sabor de mantequilla con la que habían elaborado la masa. A ver, que no se me entienda mal, estaban en su punto de temperatura, crujientes por fuera y suaves por dentro, pero jamón, lo que se dice jamón, no había mucho. Como dice mi padre con sorna, el título de jamón se lo habían dado por el paseo que el marrano había dado delante de la cocina mientras elaboraban la masa.
Imprescindible pulpo
Imprescindible pulpo si se está en Galicia. Sigo preguntándome por qué los lucenses, con menos kilómetros de costa que A Coruña, se han ganado la reputación de ser los mejores pulpeiros de toda Galicia. Bueno, a lo dicho, estábamos en Galicia y era difícil sustraerse a la idea de comer pulpo en alguna de las versiones que se ofrecían en la Rectoral: a feira o a la brasa. Ganó la primera opción. Raciones abundantes y, aunque hubiera preferido una cocción más al ‘dente’, el cefalópodo estaba bueno y cargadito de pimentón, en poca medida picante, y rociadito con aceite de oliva. Me sorprendió que no se acompañase con trozos el tubérculo rey que ha hecho merecedores a mis antecesores, y a los de Manuel Rivas, de ser conocidos como “los comedores de patatas”. ¡Ummm! Qué ricas esas patatas que se tornan rosadas cuando se cuecen en el mismo agua en la que se ha hervido el pulpo.

Y, cómo no, callos. Callos que en Galicia vienen de la mano de garbanzos. Sea verano o invierno, los callos no faltan en las fiestas familiares y, al igual que en esas ocasiones, el olor a comino se esparcía por la mesa. Volaron, no quedaron ni los pellejos. Solo la buena educación, o el intento de no parecer un troglodita, nos llevaba a preguntarnos unos a otros si alguien iba a comer la última porción que quedaba en la mesa. La “vergüenza del gallego” apenas duró segundos sobre el mantel.
Y llegó el momento de pedir los platos principales: rape, carrilleras, bacalao asado y jarrete de ternera se impusieron a otras opciones tan tradicionales y gallegas como las vieiras o las zamburiñas, por ejemplo. Volvimos a enfrentarnos a raciones generosas, tanto que terminamos llevando la parte inacabada a casa para que sirviera de cena o comida al día siguiente. ¡Ay, que me disperso otra vez! Sigamos.

Cuatro medallones de rape descansaban sobre una cama de patata panadera y junto a unas verduritas picadas que podrían ser calificadas de pisto, sin el huevo de “ligue”. Rico, rico. Jugoso y fresco el pescado y me atrevo a decir que las patatas no habían hecho muchos kilómetros desde la huerta al horno. Posiblemente de pastos cercanos se habían alimentado también el cerdo y la ternera con la que los platos de carne se habían elaborado. Con el jarrete tuvimos un pequeño debate hasta concluir que es el equivalente al morcillo o al ossobuco. Muchos nombres diferentes para el mismo producto hacen que mi memoria de pez se quede en mínimos cuando más necesaria es. Es un misterio saber por qué mi madre sigue llamando bistec a mi filete. Debe de ser porque Galicia está más cerca de Londres y Bilbao de París, aunque conste que mi madre no sabe ingles ni yo, su hija, sé francés. Al hilo, que me pierdo otra vez. Tierno el jarrete, como tiernas estaban las carrilleras, oscuras y melosas porque estaban cocidas con vino tinto. No sé en qué aguas habría nadado el bacalao, otro de los platos frecuentes en la cocina tradicional gallega. Simplemente cocido con patatas, está de muerte lenta. Completa, completísima ración de un filete grueso y bien sellado en la plancha, lo que no impidió que se mantuviera jugoso por dentro. De diez.

A estas alturas había poco sitio en los estómagos para
dejar un hueco a los postres. Aun así, no quisimos levantarnos de la mesa sin
haber probado un par de ellos. Yogur con
frutos secos y miel y una tarta de yema. Del primero poco que decir, simplemente
una combinación de productos ya elaborados y servidos en copa. La miel del
fondo, ligera, no parecía autóctona. El yogur, un griego de compra, y los
frutos rojos directos del supermercado. La tarta, algo más trabajosa, por decir
algo, ya que simplemente era una acumulación de capas. Bizcocho, nata y la
tercera yema, a modo de San Marcos. Error
no incluir entre los postres algo característico de la zona, como quesos
kilómetro cero, kiwis gallegos o, estando tan cercano el carnaval, alguna
“oreja”.
Volveré una vez más, seguro. La comida, en líneas generales,
bien. La atención muy buena. Sonrisas y cariño de la gente joven que atiende en
mesa y una decoración entre paredes de un metro de grosor que, cosas de la
imaginación, me trasladan a la casa de Rosalía de Castro en Padrón. Debe de ser
la nostalgia. Bueno, la morriña.
(le
invade la morriña a Araceli Viqueria)
web de La Rectoral de Cines
Casas Novas, 4 / San Nicolás de Cines. 15380 Oza dos Ríos (A Coruña)
981 777 710 | 686 385 306 | reservas@larectoraldecines.com
Restaurante Politena (Basauri). Recuperar su espacio
Más de un restaurante hay que lleva ese nombre a lo largo y ancho de la geografía vasca. No sé si todos han corrido la misma fortuna, en cuanto al éxito culinario, pero el Politena de Basauri fue, en su día, una institución. Después de años cerrado, intenta ahora recuperar su espacio. No es buen momento o, al menos, no es momento fácil. José Miguel Gallastegi, alma mater y cocinero al que se ve haciendo las compras por los establecimientos del pueblo, lo sabe y por eso se las ingenia, día si y día también, para encontrar argumentos novedosos que incentiven a los clientes. Día de la Madre, de la Mujer, mariscada para dos, menú degustación… todo vale. Aunque no cuesta lo que vale.
Entre semana dispone de menú del día. Los fines de semana de menús a la carta y cerrados. En este caso los precios suben sin que se disparen. Vamos, no es un sitio tirado de precio pero, puestos a hacer comparaciones con restaurantes de similar categoría en las inmediaciones, "el Poli”, como lo conocen en Basauri, se lleva la palma en cuanto a precio. Y calidad. Y presentación. Y atención. Y servicio.

Hace muuuchos años, tantos como 30 quizá, Gallastegui introdujo en los paladares el gusto por su merluza rellena. Después muchos otros locales siguieron sus pasos y dejó de ser novedad. Ahora, mantiene su receta en el menú y sigue siendo tan rica como la recordaba. Fue una lástima que la cámara de fotos jugase una de esas malas pasadas que nunca quieres que ocurra, pero ocurrió. No hay fotos de la comida pero, a cambio, hay muy buenos recuerdos.
Las croquetitas, pequeñitas, hacen casi saltar las lágrimas de lo suaves que son. Bocaditos de bacalao, carne... Son como las que uno siempre dice que hace su “mamá”. El marisco, incluso el más humilde langostino, es fresco y trabajado con tanto mimo que resulta el pescado tan rico como el juguito que éste desprende al cocinarse a la plancha.
Después de haber intentado otras aventuras, José Miguel ha vuelto, esperemos que esta vez para quedarse, al local que el Politena tiene en la calle Ibaigane. No es grande, pero 80 personas pueden acomodarse fácilmente en el comedor.
(Araceli Viqueira)
Ibaigane, 8; 48970 Basauri (Bizkaia)
94 400 06 66
info@politena.com
Pista: Granel Bilbao. Los nuevos ultramarinos, a granel
Ya sé lo que voy a comer los próximos fines de semana. Conste que digo fines de semana no porque los días de labor practique el ayuno voluntario, sino porque suelo comer fuera de casa y el arroz recalentado, aunque comestible, no es la mejor opción. No iba yo predispuesta a dejarme sorprender, ni siquiera sabía de su existencia pero, según me detuve en seco ante el escaparate de Granel Bilbao, un nuevo establecimiento abierto hace un mes en la capital vizcaina. Después de pestañear un par de veces y asegurarme de que, tras la estética de tienda de golosinas, detrás de los cristales, había un enorme surtido de comestibles en versión deshidratada y a granel, entré.
Hay opciones para todos los momentos del día: infusiones, tés o cafés para el desayuno, que se pueden acompañar con cereales o pastas; frutos secos para tomar entre horas; sopas en tantas versiones que hasta Mafalda tendría tentación de probar; pasta de formas, colores y tamaños que ríete tu de Agatha Ruiz de la Prada; hierbas aromáticas que realmente huelen, y bien; legumbres y arroces preparados en seco con todas las combinaciones posibles.

Yo, que soy una arrocera declarada, caí rendida a sus pies. Vamos, que se me nubló la vista y me resultó muy difícil prestar atención a todas las otras cosas que tienen; que son muchas. Incluidas harinas, sales, azúcares y condimentos especiales. Y lo mejor de todo: es autoservicio y, como puedes servirte un mínimo de 5 gramos, evitas comprar más de lo necesario y te permites el lujo de probar varias cosas. Las “minidosis” se introducen en pequeñas bolsitas de papel, que se etiquetan para recordar la fecha de compra, ¡y a casa!
No veo el momento de que llegue el fin de semana. El arroz me espera.
(Araceli Viqueira)
web de Granel
María Díaz de Haro,19; 48013 Bilbao (Bizkaia)
94 611 27 65
[box type="warning"] Granel se anuncia como red de tiendas de alimentación ecológica a granel que promueve la compra responsable y sostenible, con la eliminación del residuo plástico.[/box]



Ruperto El Ciego (Amurrio). Comer sin dejarse un pastizal
Con los tiempos que corren, encontrar un menú del día a 16 euros es difícil. Pero posible. El restaurante Ruperto El Ciego se ha especializado en alubiadas y, de hecho, es el plato estrella en ese menú. Hay otro 10 euros más caro, más completo y algo más elaborado, pero, si se trata de pasar un día con la familia, la cuadrilla o de invitar a las visitas que llegan de fuera a comer sin dejar un pastizal, es una buena opción.
Hace años era más bien un bar de barrio, en el que terminaban comiendo quienes acudían a pasar el domingo en las campas de San Roque. Hoy le han lavado la cara, se han puesto más mesas y el boca a boca ha hecho lo demás. Aún así, no es imprescindible reservar, salvo, quizá, en fechas muy concretas.
¿Qué comimos? Alubias con sacramentos, servidos aparte. Aunque el sabor de la legumbre delata que alguno de los ingredientes, de una u otra manera, ha estado en contacto con ellas. Chorizo, rico, muy rico. La morcilla, cortada en trozos y cocinada habilidosamente para que no se deshaga, no le va a la zaga en sabor. Y el bacon, turradito, como tiene que ser.
Incluso sólo comiendo eso, uno ya no pasa hambre, pero hay más. Paella; bueno, arroz con carne y marisco. Ese día no era lo mejor. El arroz bastante pasado; quizá, simplemente, fue un mal día. Tras eso llega el pescado. Merluza, pequeños trozos de merluza sin piel albardados. Y luego la carne, redondo en salsa con champiñones de lata. Generosos trozos de esa carne se utilizan para la paella.
Para postre: goxua, natillas, flan, tarta, helado, fruta, yogures… Y, si hace buen tiempo o no temes los chaparrones, en el exterior hay una terraza descubierta donde se puede tomar el café, que ya no está incluido en el precio. Después dará pereza, pero no es mala idea aprovechar para ir caminando por los senderos, para bajar la comida.
Son los 16 euros a los que más rendimiento se saca. Sobre la mesa, nada más llegar ya tienes la jarra de vino, gaseosa, agua y pan. Manteles de papel grueso. Una pena que antes de sentar a la gente no revisen si tiene manchas. Probablemente solo era el cerco de la jarra de vino, pero daba mala impresión, porque las migas sobre la mesa hacían intuir que alguien había comido allí antes. Asombroso que sólo dos camareras sean capaces de dar servicio a tantas mesas, con tanta rapidez. Y, además, simpáticas.
(Araceli Viqueira)
web de Ruperto El Ciego
Barrio de San Roque, 22; 01470 Amurrio (Álava)
945 890 949
info@restauranterupertoelciego.com

Casa Brandariz (Arzúa). Salpicón de marisco y otras delicias
Desde el café 'de pota' a las filloas rellenas de crema, todo está delicioso en Casa Brandariz. Y, además, las raciones son abundantes. Con todo, si tengo que elegir sólo uno de los platos, me quedo, sin lugar a dudas, con el salpicón de marisco. Uno de los más ricos y frescos que nunca haya probado. Tiene todo el norte fama de ser punto de buenos comedores y de mejores cocineros, y Brandariz, que no tendrá premios internacionales, se gana en cambio los halagos de centenares de clientes cada año.
Garbanzos con callos o judías (alubias) con almejas para los hambrientos, que dispondrán para ellos de toda una cazuela de la que se podrán servir a discreción; hasta acabar, si quieren. Arroz para los más tradicionales y para mí, siempre, siempre, salpicón.
En cuanto a los segundos platos, recomiendo la carne asada (si, asada le llaman en Galicia, aunque no pasa por el horno; en realidad se 'sella' con aceite caliente en una cazuela y luego se guisa). Los pimientos rellenos con salsa de queso, que en color se asemeja a una mayonesa, siguen sin convencerme. Por muy buena que sea la lata de pimientos (la vi sobre la mesa de la cocina, una muy grande), sigue notándose que no son de elaboración propia. Nunca habíamos probado en Brandariz el capón; esta vez lo hicimos, pero me sigo inclinando por la tradicional carne.

Y aunque no soy amiga de lo dulce en semejantes comilonas, no porque no me guste sino porque termino a reventar, las opciones para rematar el festín son variadas. Tartas, lácteos industriales (lástima), fruta, queso... Pero las reinas de los postres siguen siendo las filloas rellenas de crema. Si es la primera visita, mejor dejar hueco para probarlas.
Una vez que el colesterol y el azúcar comienzan a remorder las conciencias, siempre cabe la posibilidad de dar un paseíto por los alrededores. La verdad es que el local, aunque no es grande, tiene la virtud de hacerte sentir en casa de un familiar capaz de decorar la casa con mucho gusto y calidez. Manteles y servilletas de tela, lámparas menudas distribuidas por todo el techo y el recibimiento siempre cercano de Eduardo, el propietario, un aliciente para volver por allí. Eso, y que el precio no asusta.
(Araceli Viqueira)
ver ubicación
Parroquia Dombodán (San Cristovo); 15819 Arzúa (A Coruña)
981 50 80 90





















