Kalma (Madrid). Sabores y aires mediterráneos

Jun 07, 19 Kalma (Madrid). Sabores y aires mediterráneos

Publicado por en Destacado, Madrid

Kalma sirve comida sabrosa, platos sencillos de toda nuestra vida pasados por el tamiz de la actualidad y de productos quizás no tan clasicotes y españoles.

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De brunch en Bilbao: prisas, apreturas, cafeteras defectuosas y tortilla seca

May 22, 19 De brunch en Bilbao: prisas, apreturas, cafeteras defectuosas y tortilla seca

Publicado por en Bilbao, Bizkaia, Destacado, Euskadi

No parece la opción del brunch muy recomendable en Bilbao. A su paso por Brass y Hotel Consulado, nuestra redactora padeció prisas, apreturas, bollería industrial, cafeteras defectuosas y tortillas de patata secas.

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Castillo de Arteaga (Gautegiz-Arteaga). Calidad-precio en un marco de cuento

Quienes mejor me conocen saben que busco castillo, pues princesa ya tengo. Por eso no es extraño verme entre armaduras, estandartes, antorchas y piedras cargadas de historia. En tal peregrinar, en pos de encontrar una construcción digna de albergar el sueño tan elevado y bello que me ronda, fui a parar hace una semana a la reserva de la Biosfera de Urdaibai, sabedor de que allí no faltan opciones de disfrute, entretenimiento y relax en una jornada primaveral. En la margen derecha, que es la que yo pisé en esta ocasión, pueden hacer la visita de rigor a Gernika, con su Museo de la Paz, su Museo Euskal Herria, su Casa de Juntas, su legendario árbol… El bosque pintado de Oma, intervención artística de Agustín Ibarrola, y las cuevas de Santamiñe llevan años sin moverse de su emplazamiento… Está muy bien ver las rocas del monte desde el arenal de Laga… Elantxobe y su puerto, a resguardo del cabo de Ogoño, mantienen su escarpado encanto… Pero, ante todo, hagan como el menda y no pierdan la ocasión de tomarse un txakoli de Bizkaia, o lo que más les apetezca, en el bar de la playa de Laida (Atxarre Taberna), cuyos ventanales y terrazas permiten contemplar los bancos de arena de la ría, bella, evocadora y cambiante al albur de las mareas. Y coman en el Castillo de Arteaga, torre neogótica de piedra caliza y mármoles de Ereño que tiene su origen en el Siglo XIII, aunque su fisionomía actual se la deba a los arquitectos Couverchef y Ancelet, que la reconstruyeron en 1856. Lo hicieron, por cierto, para cumplir la voluntad de los emperadores franceses Napoleón III y Eugenia de Montijo, en agradecimiento al nombramiento de su hijo, Eugenio Bonaparte, como vizcaíno de origen, por las Juntas Generales de Vizcaya. Dicho esto, sepan que cuando se acomoden en el comedor les ofrecerán la carta y distintas fórmulas concertadas, entre 40 y 75 euros, pero, si no disponen de mucho dinero, opten por el menú...

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Restaurante Jaizkibel (Hondarribia). La ganga, como licencia poética

¿Se acuerdan de ‘Cometieron dos errores’ (`Hang’em high’), aquel film en el que el inocente Jed Cooper se libra de la horca en el último aliento? Pues bien, yo podría haber superado el casting, aunque no me parezco apenas nada a Clint Eastwood, para desgracia de ambos. Y digo que podría haber pasado la correspondiente prueba porque, precisamente, tengo por costumbre cometer dos errores. Indefectiblemente. Dos son compañía, tres multitud. Así sucedió, como era de esperar, en mi visita al restaurante Jaizkibel, del hotel de igual nombre. ¿Cuáles fueron esta vez los inconvenientes? Los siguientes: fiarme del GPS en mi intento por llegar al local y, aún más grave, acudir al mismo con las expectativas desbordadas, tras leer las encendidas recomendaciones de David de Jorge, quien aseguró que allí se come “fabulosamente”. Para empezar, lo dicho, me costó encontrar el lugar, pues TomTom y navegador del iPhone localizaban el hotel a 600 metros de dónde realmente se encuentra. Y era de noche. Y yo había conducido toda la tarde. Y tengo demasiada fé en la tecnología. Y no había nadie a quien preguntar en la calle (gajes de las frías zonas residenciales). Pero insistí, insistí, insistí, e insistí. Hasta cuatro veces. Una acabé aparcado junto al restaurante Abarka, otra me di la vuelta cuando adiviné la silueta de Ama Guadalupe, y una tercera me quedé perplejo al ver la vieja Villa Mendi-Alde transformada en una fea nave de Supermercados Dia. Pero el que la sigue la persigue. Y en ocasiones, incluso, la consigue. Así que pude apurar las últimas horas del día sentado en un comedor de diseño moderno, con una gran cristalera que deja ver la terraza y el jardín (y el muro) del acceso al hotel. Era de noche, así que realmente sólo vi mi reflejo en el cristal, pero presumo que ésa debe ser la visión diurna. Entré con aire distraído, pregunté al recepcionista por la ubicación del comedor, la camarera me preguntó si estaba alojado en el hotel y, tras...

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Restaurante El Caserío (Suances). Nada es perfecto

Ya he contado en este blog que me cautiva Suances y que voy siempre que puedo a pernoctar en sus numerosos hoteles (tan baratos fuera de temporada), a pasear por la playa, a potear en sus distintos bares y a comer en sus restoranes, siempre que puedo a la carta. Nuestros ambigús favoritos son La Dársena y el Amita, ya comentados en LQCDM. Y un día me animé a comer por todo lo alto en El Caserío espoleado por dos señales: primera, la visión de sus enormes pescados expuestos en la vitrina de su ancho bar, y segunda, la lectura de una recomendación de la Guía Michelin que rezaba: «Dese un homenaje con los mejores productos de la costa. Su comedor acristalado goza de unas magníficas vistas, siempre compartidas con un servicio de mesa de buen nivel». Prometía la cosa y en cuanto tuve pasta y oportunidad ahí nos sentamos. El Caserío goza de fama y empezó en 1961 como local de bodas y demás (grandes fotos evocan esos pinitos ilusionantes en blanco y negro) y ahora es bar, restaurante, hotel y apartamentos. Anteriormente ya habíamos hecho muchas noches en su hostería y apartamentos, pero para comer debutamos un sábado. Ese día, El Caserío acogía una boda en el edificio anejo y un bautizo en el comedor. El comedor, situado tras el bar, es un cenador que circunda coqueto el edificio principal y que dispone de unas vistas muy bonitas y tranquilas, la verdad. Tiene un par de pegas el restaurante: comparte baño con el bar (lo que no le gusta a La Txurri y siempre lo destaca) y no expone la carta ni los precios por ningún lado, pero sí se ven los pescados y las tartas expuestos en las neveras, ya lo he dicho. Acudimos reclamados por el presentimiento de que las piezas serían grandes, de que los alimentos se impondrían a los condimentos, de que el pescado sería como el que todo el mundo imaginana, o sea, gordo y suculento… Pero...

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Restaurante Aizian (Bilbao). Apuntando alto pero…

Pato me convenció para ir a comer un menú degustación al restaurante Aizian del Hotel Meliá de Bilbao usando un cupón de descuento de Planeo que por 34’5 € ofrecía tres entrantes, un principal, el postre y una copa de vino. Al final el supuesto descuento del 50 % me pareció a todas luces exagerado, pero en fin… Hace años, cuando el mismo hotel era el Sheraton yo solía ir ahí con La Divina y tomábamos cervezas españolas, refrescos americanos y vino australiano… ¡y siempre nos obsequiaban con conguitos gigantes! (los frutos secos cubiertos de chocolate, ya sabéis). La penúltima vez que fui a ese Gran Hotel fue con Pato y libamos dos gin-tónics: él de London, a 13,5 (me sabe a colonia), y yo de Seagrams, a 10 (viva América). Repantingados en un sofá al pie del inmenso y altísimo atrio de la recepción, veíamos pasar a aficionados de la ópera que salían del comedor y buscaban con poco acierto el baño, que está muy alejado del restaurante Aizian y es uno de sus fallos. Cuando el hotel también se llamaba Sheraton cené una o dos veces en sus reservados, invitado a causa de mis tareas periodísticas, y recuerdo que estuvo bien, sin más. Algo siempre torcía la buena impresión. Lo mismo que en la visita culinaria con Pato. Acudimos un sábado y vimos tres salones. Uno celebraba una comunión o algo parecido, y en los otros había bastantes niños pero no molestaban. Nos acomodaron en la sala que hace esquina, con ventanales que se abren al parque Doña Casilda, ese sábado verde brillante por el aguacero permanente. Los camareros nos atendieron con bastante protocolo, como debe ser para los precios que se gastan en el Aizian, y nos guardaron las chamarras (es perrofláutico colgar las prendas en los respaldos de las sillas). En nuestro comedor reinaba el silencio mientras en el más lejano imperaba la algarabía, como observó Pato. Por cierto, el empático Pato conocía a una chica del refectorio inmediato al nuestro, a...

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Hostal-Restaurante El Mesón de las Chuletas (Ramacastañas). Glamour cero

Ávila. Subiendo a Gredos desde el Sur. Justo antes de que la moto acometiera el asombroso puerto del Pico, que serpentea alrededor de la aún más asombrosa calzada romana, se encuentra Ramacastañas. Nombre castizo donde los haya. Aconsejados por un amable y maduro gasolinero, especie ya extinta en las grandes autovías de la modernidad, accedimos al Hostal Restaurante El Mesón de las Chuletas. Sin concesiones a la imaginación, como ven, pero, por si el nombre no resultase suficientemente descriptivo, el slogan lo explica: “Especialidad en Ternera fina de Ávila y Cordero Lechal” (nótese lo de ternera fina). Mantel de toda la vida, pan de barra, familias de la zona, viajeros, carta fotocopiada hace tanto que vive ya repegada al plástico que la protege… ¿Y la ternera? Pues a la parrilla, cortada al feo estilo de esa tierra, que piensa en la carne y no en el plato, con el resultado que cabe esperar: excepcional, tierna, sabrosa, en su punto. Tanto que la primera impresión de que uno no podrá con todo se desvanece en cuanto se empieza, y pronto descubre uno el plato limpio. Otro tanto con las chuletas de cordero, feas y excepcionales. Con los dos primeros y sin vino (jamás en carretera), 15 euros por barba. Volveremos. (Carlos Gorostiza Orbañanos) ver ubicación Camino el Águila, 1; 05418 Ramacastañas (Ávila) 920 37 08 85 dicky del hoyoPeriodista, especializado en nuevas tecnologías de la información, redes sociales, relaciones públicas, gabinetes de comunicación, Internet y vídeo. Licenciado en Periodismo por la Universidad del País Vasco. Máster en Mecanización de la Información promovido por la Unión Europea. Curso estudios de Filología Inglesa. Formación en multimedia, diseño web y gestión de empresas. Idiomas español, inglés y euskera. Colaborador de blogs de temática variada. Pertenezco a la Junta Directiva de la Asociación de Periodistas Vascos y a la Asociación Internacional de Escritores de HTML. Experiencia Radio Euskadi: redactor de informativos y director del programa especializado en nuevas tecnologías “Frontera Azul”, galardonado con el premio MTV. Radio Nacional de España:...

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El Restaurante de Pilar (Santoña). A bordo del Nautilus

Santoña, villa marinera cántabra donde los barcos aún faenan con regularidad y en cantidad, donde las fábricas mantienen una industria conservera de fama, donde los visitantes pueden explorar sus amplias marismas y tumbarse en la playa de Berria, donde sus bares aún nos magnetizan cuando vamos a ver conciertos a la sala Tropicana, posee ahora también un restorán ambicioso y de nivel que hará la competencia al del hotel Juan de La Cosa. Se trata del Restaurante de Pilar, lleva funcionando desde verano de 2010 y se ubica en el seno del Mirador de las Marismas, edificio que emerge en el paseo del muelle cual submarino ciclópeo de tres cubiertas donde los turistas (o no) pasean para asomarse a sus vistas. Excavado en su interior se halla este molón restorán diáfanamente acristalado, dominado por los tonos blancos, con detalles azules (columnas, repisas…), circundado por una terracita semicircular exterior, y servido por camareros elegantes y prestos. Desde fuera parece el Nautilus, y desde dentro papeas pensando en que compartes el puesto de mando con el capitán Nemo. Ahí debutamos en agosto y nos sentamos pudiendo otear la plaza de toros, la ría, los barcos, las montañas, la lonja, las piernas de alguna adolescente y la bandera rojigualda. El maître nos atendió locuaz y clarificador y nos informó de lo que no tenía (lubina) y de lo que sí: nos recomendó chipironcitos de temporada por su frescura (unos 24 euros por seis unidades que ponderó superlativas), las croquetas por su bechamel, las anchoas por ser ellos sus fabricantes, el marisco… Pero nosotros íbamos con las ideas fijas por conocer su carta colgada en Internet, así que no le hicimos apenas caso. Aunque me dio pena descartar la parrillada de verduras, La Txurri y el menda compartimos la ‘berenjena rellena con setas’ (7,48), un plato gratinado muy gustoso y ajustado, con sapidez en la bechamel, en los hongos y en la carne y la verdura. Parecidos pero no tan impactantes entraban los ‘langostinos en salsa gratinados al...

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El Real de Siota (Castañares de Rioja). Futuro hostelero

Sep 08, 11 El Real de Siota (Castañares de Rioja). Futuro hostelero

Publicado por en La Rioja

Vanessa y Enrique regentan en Castañares de Rioja El Real de Siota, un hotelito rural en una antigua casa-palacio del S.XVIII.

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Restaurante Chiqui (Santander). Muchos detalles, no tanto sabor

Como escribió en este blog mi hermano pequeño: si apoquinas en un lugar 4.000 duros por comer, qué menos que haya un poco de magia. Sin embargo, esa magia exigible se evaporó al poco de sentarnos en marzo en el restaurante del hotel Chiqui, sito en la playa del Sardinero, en el que solemos pernoctar a menudo por su tranquilidad, funcionalidad, aparcabilidad y vistas, pues todas las habitaciones dan al mar y la mayoría disponen de terrazas relajantes. Santanderinos de buen yantar nos habían recomendado ir sin falta al restaurante del Chiqui, subrayando incluso la calidad de su menú diario (unos 24 euros), y en el cumpleaños de La Txurri ella se empeñó en ir ahí y pagó 107’81 euros y le pareció barato pero no dejó propina porque se quedó absolutamente insatisfecha. Y eso que la cosa comenzó bien. Era miércoles y nos acomodaron pegados a la cristalera. El restorán se veía poco concurrido, con ejecutivos trajeados y ocupados más parejas matures con posibles y desocupadas. El servicio arrancó sin prisas y con atención, con paciencia ante la indecisión de la anfitriona cumpleañera. La carta de vinos era aparente y yo opté por lo barato y clásico: media botella de Rioja Bordón, crianza 2005 (9 euros + IVA). La abrió el maitre, dejó las esquirlas de cápsula y el corcho sobre una bandejita en la mesa, sirvió un culín, lo olí (grosella, cereza…) y le di el visto bueno. Al beberlo luego estaba suave y un par de grados por encima de lo recomendable; bah, no importó. Durante la espera nos obsequiaron con un aperitivo: dos pinchos de gamba rebozada en una gabardina deluxe acompañada por una suerte de lasaña/canapé de bonito, foie y piñones. ¡Ñam, ñam! Los entrantes no los compartimos: ella quería almejas y pulpo, pero yo repliqué que no me apetecía papear lo mismo de siempre. Me costó convencerla y ella, tras mil descartes de todo tipo (pasó de la sopa de pescado prometedora, del risotto seductor, de la ensalada...

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